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Lazos de sangre – Myranda Wolf

Lazos de sangre – Myranda Wolf

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Resumen y Sinopsis De 

Lazos de sangre – Myranda Wolf

Mientras esperaba en la caballeriza con mi libro bajo el brazo, Eric Dalry se aproximó a mí, silencioso como un depredador.
“¿Salimos de paseo, principito?” me hizo una reverencia exagerada y burlona. Siempre hacia eso, ponerme en ridículo, era obvio que lo disfrutaba. Cuando levantó la
cabeza de nuevo, sus cabellos negros cayeron sobre su rostro, desordenados como de costumbre. Bajo esos rizos yacían su sonrisa lobuna y sus ojos grises. Grises, al
igual que los míos. “Es hora de nuestra lección de esgrima…supongo que la realeza hace lo que quiere….”
“Voy a dar un paseo y disfrutar de un libro…” respondí, de manera seca. La verdad era que Eric Dalry me intimidaba; su presencia hacia que una extraña cosquilla
irradiara desde mi pecho hacia el resto de mi cuerpo.
“Tú y tus libros…” refunfuñó “Hay toda una vida fuera de esas páginas ¿lo sabes?”
Y dio un pequeño paso hacia mí. De nuevo, pude apreciar sus ojos grises observándome, y el calor en mi pecho bajo inmediatamente hacia mis muslos mientras Eric
me sonría. Tenía un par de años menos que yo. Éramos tan parecidos, y a la vez tan diferentes. Si yo hubiese tenido la mitad de la malicia que Eric, hubiese hecho
hincapié en que él jamás disfrutaría de un buen libro pues los bastardos no saben leer. En su lugar, dije:
“Pues… ¿Qué haces tú aquí? ¡Deberías estar en la lección de esgrima también…!” noté como mi vos tembló un poco. Gire mi rostro a ver cuando llegaba el mozo de
escuadra con mi caballo. Parecía tardar una eternidad. Las rodillas me temblaban en la presencia de mi hermanastro.
“No necesito lecciones de esgrima….soy diez veces mejor que tú con la espada” Eric me respondió entre dientes “Si la gente valorase más el talento que los
apellidos, el juego seria otro….Tú serias mi escudero, y no al revés…”
Volví a mirar a Eric. Era cierto que era mejor espadachín que yo; de hecho era el mejor que había visto. No poseía mi técnica elegante, pero poseía la fuerza y la
agresividad típica del bastardo. Supongo que era consecuencia de una crianza mucho más pobre y violenta que la mía; en el pueblito de Dalry tenías que ser fuerte para
sobrevivir. Los rumores decían que Eric había asesinado a su primer hombre a los nueve años, cuando este intentó robarle lo que había ganado mendigando en el día.
Ahora mi hermanastro estaba frente a mí, usando las mismas ropas de terciopelo que yo, con la capa de los colores de mi familia colgando de su espalda. Pero con una
simple mirada a sus cabellos negros o su mueca cruel te dabas cuenta que él no pertenecía allí, que era un bastardo.
Yo debería ser la única persona que lo veía como un igual, como a un hermano. Irónicamente, yo también era la persona que recibía mas rechazo de su parte.
El mozo de escuadra llegó con mi caballo favorito; una yegua joven de color negro como la noche. Negro como los cabellos de mi hermano y mío. Tomé sus riendas y
acaricie su hocico.
“Eric… ¿no quieres dar un paseo conmigo?” le pregunté, vacilante. No sé qué diablos se me había metido para hacerle tal invitación. Eric no amaba los caballos como
yo, de hecho ni siquiera le gustaban las personas. Era más afín con los perros de caza. “Hace meses que llegaste aquí y todavía somos como dos extraños…”
“No tengo nada que hablar contigo…” Eric refunfuñó. Era obvio que él no tenía tantas ganas de tener un hermano como yo. “Disfruta el paseo, principito…”
Y me ofreció otra de sus sonrisas desconcertantes. Una sonrisa que me acompañó durante todo mi viaje, y que me hizo imposible concentrarme en mi lectura.
Esa mañana cabalgué lejos de las proximidades del castillo, y me adentré en los bosques de Averett. Estas tierras también le pertenecían a mi padre, sin embargo aún
conservaban esa belleza salvaje de lo inexplorado. Allí me sentía lejos del mundo, rodeado por las altas copas de los árboles que cubrían la luz de sol y los sonidos de los
pájaros y bestias distantes. Descendí de mi caballo al llegar a un claro, y me arrojé en la hierba a disfrutar de mi libro de poesía., el mismo que había leído un millón de
veces. Pero el rostro de Eric seguía rondando en mi mente, despertando preguntas y sensaciones perturbadoras en mí.
Dejé caer el libro sobre mi pecho y suspiré, frustrado. No iba a ser posible leer nada hoy. No con Eric Dalry en mi cabeza. Recordé el día que llego a nosotros; su
madre natura había muerto de fiebre y el muchacho estaba solo en el mundo. Era un secreto a voces que mi padre había engendrado un bastardo con una puta del pueblo
de Dalry hacia casi veinte años atrás. Pero no fue hasta que Eric apareció en nuestro castillo con sus ropas derruidas y su cuchillo en el cinturón que tuvimos la certeza.
Mi madre lo odió al momento de posar sus ojos en él, poco le importaba si el chico moría de hambre. Pero mi padre se decidió que Eric viviría con nosotros, cumpliendo
la función de mi escudero. Aunque no le concedió el derecho de usar el nombre de nuestra familia, y Eric continuo usando Dalry, el nombre de su pueblo natal, como
apellido
A veces me pregunto si solo fue piedad lo que motivó a mi padre a aceptar a Eric, y no el hecho de que mi hermanastro tenía ciertas características que a mí me
faltaban. Virtudes como fuerza en combate, resistencia y agresión eran deseadas para el heredero de una casa noble. Y yo no tenía ninguna de ellas. Una parte mía estaba
convencida que mi padre estaba decepcionado de mí.
Aun así, nunca rechacé a Eric. De hecho, su llegada a nuestro castillo había sido lo más excitante que me había ocurrido en la vida. Siendo hijo único y bastante
introvertido, la idea de un hermano con quien compartir intereses y tiempo era algo increíblemente afortunado. Pero Eric se encargó de destrozar mis ilusiones en pocos
días; nunca he recibido de su parte más que rechazo y bromas crueles. El único momento del día que compartíamos era nuestro entrenamiento obligado de esgrima, el
resto del tiempo Eric se la pasaba bebiendo en tabernas y metiéndose en problemas.
Miré hacia el horizonte, el sol me indicaba por su posición que ya era casi mediodía. Debía volver al castillo pronto. Guardé mi libro, del cual no pude leer ni una
sola página, y subí nuevamente a mi caballo.
Cuando llegué a la caballeriza, estaba vacía. No pude encontrar al mozo de escuadra por ningún lado. En su momento no me pareció nada extraño; a esa hora se les
otorgaba un descanso a todos nuestros sirvientes para que coman algo. Entré al establo y guardé a mi yegua yo mismo, asegurando bien la puerta de su corral para que
no escape. Tomé un cepillo y comencé a acicalar su piel, cuando escuché un sonido extraño. Provenía del fondo de la caballeriza, donde usualmente se guardaba el heno,
y sonaba como si alguien estuviese herido. Presté atención, y la segunda vez el gemido sonó más largo y lastimoso. Aun con la nula experiencia que tenía en esos
asuntos, reconocí que era un hombre gimiendo de placer.
Debería haberme retirado sin decir nada, pero esos sonidos me provocaron una fascinación instantánea. Sigilosamente, caminé hacia el fondo de la caballeriza,
buscando la fuente de esos sonidos que aumentaban en intensidad. Cuando descubrí el origen, tuve que cubrirme la boca con ambas manos para no gemir yo.
El mozo de escuadra estaba desnudo en el piso, en cuatro patas como una bestia, y mi hermano Eric estaba follándolo como si quisiera asesinarlo con cada
embestida. También estaba desnudo, y me tome un momento para observar su piel pálida, desnuda y cubierta de sudor. Eric no era tan alto y estilizado como yo, pero
su cuerpo era fuerte, con hombros y espalda anchos, y brazos bien modelados. Sus manos estaban sujetando al muchacho de la cintura, y lo atraía con facilidad hacia su
cuerpo, enterrando su polla cada vez más profundo en él.
Inmediatamente, sentí un relámpago recorrer todo mi cuerpo. Cada nervio de mi estaba despertando hacia esa visión obscena. Mi respiración y mi pulso se
aceleraban mientras me escondía entre el heno, cuidadoso de que no me descubrieran. Mis ojos devoraban la escena, estudiando e cuerpo desnudo de mi hermano, y
como sus caderas empujaban hacia adelante y atrás para follar al muchacho aún más duro. Este apretaba sus parpados y se mordía los labios, tratando de no gritar muy
alto. Su rostro estaba acalorado y retorciéndose de placer mientras mi hermano lo follaba brutalmente.
“¿Te gusta esto, pequeña puta?” Eric le gruñó al chico, mientras sus caderas embestían todavía más rápido.
El muchacho balbuceó algo inentendible, cuando oí a mi hermano decir esas palabras deseé con todas mis fuerzas que me las estuviera diciendo a mí. Miré hacia
abajo, hacia mi propia entrepierna, mi polla estaba rígida debajo de mis pantalones. Volví a observar a mi hermano y al mozo, por suerte ninguno de los dos se había
percatado de mi presencia allí. Estaban demasiado inmersos en su propio placer, lo cual también me provoco una enorme envidia.
Instintivamente desaté los lazos de mi pantalón y comencé a frotar mi polla dura, mientras mis ojos no se apartaban de mi hermano. Sus músculos se contraían de
una manera hermosa con cada embestida, y una finísima capa de sudor cubría su piel pálida. Sus manos eran grandes, con dedos largos y fuertes, sujetando con fuerza la
cadera del mozo. Su espalda era ancha, y su abdomen era plano, con músculos definidos asomando bajo la piel, pero sin ser excesivos.
En un momento Eric retiró su polla del muchacho, solo para embestirla de nuevo por completo. El mozo respondió con un largo gemido de placer, y yo aproveché
para admirar la polla de mi hermano. No era tan larga como la mía, pero definitivamente más ancha y gorda. Con razón el muchacho gemía y se retorcía de esa manera
en el piso. Comencé a masturbarme con más ímpetu, mientras imaginaba como se sentiría la polla de su hermano dentro de mí.
“¿Quieres que me corra en tu culo, putilla?” Eric gruñó entre dientes mientras le daba un sonoro bofetazo en el trasero al muchacho. Yo me froté mi polla aún más
rápido mientras mis muslos y mis testículos ardían. El mozo de escuadra apenas podía hablar, su rostro estaba

Pages : 50

Autor De La  novela : Myranda Wolf

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Lazos de sangre – Myranda Wolf

enterrado en el piso del establo, balbuceando, gimiendo.
Su cuerpo se retorcía de placer mientras mi hermano embestía más duro dentro de él.
Mi clímax llegó antes que el de mi hermano, como una ola que me golpeaba

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