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Lo que sé de los milagros – Alberto Fuentegris

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Resumen y Sinopsis De 

Lo que sé de los milagros – Alberto Fuentegris

del alma humana y a un original juego literario.
Martín me había invitado a cenar un jueves. Me llamó por teléfono y me soltó aquello de :
Vicente, camarada, (solía llamarme así en honor al Gran Gatsby, personaje al que a veces jugaba a parecerse) qué ganas tenías de escuchar mi voz para que
te saque de tu vida anodina de responsable marido y padre.
Martín, por favor… mi familia es mi vida, no la cambio por nada.
Está tu mujer ahí al lado, ¿verdad?
Hombre… la ocasión lo precisa, tienes razón… si no hay más remedio… si es necesario… No creas que me apetece, pero si solo es un rato..
Aunque lo intentes ocultar, eres más golfo que yo. Esta vez tengo una excusa fenomenal para ti, pues además es cierta: el excelso Emilio “Cráneo” va a
exponer sus pinturas. Los cuadros, como imaginarás, son pura basura, cuanto arte hay en la basura. Es una mierda exquisita la que vamos a degustar
los asistentes, heces de primer nivel, calentitas y auténticas. Los pseudointelectuales necesitamos estas pequeñas dosis de realidad revestidas en
una fina tela de arte que nos haga creernos auténticos al apreciarlo. Además, qué cojones, después nos vamos tú y yo de cena y copas, te
llevo a un sitio elegante de verdad, como si fuéramos dos enamorados.
¿Una exposición de Emilio? No podemos faltar… me alejé de la habitación en que estaba sentada mi esposa hay que
apoyarlo, si no, se nos hunde, y es cierto que lo necesitamos. Gracias a que existe jamás se nos agotarán los temas de conversación. Aporta siempre ese
sabor diferente, nos da esa perspectiva retorcida y absurda que jamás sospecharíamos. También nos necesita un poco, para una cosa que lo
mantiene a flote, que es el arte. Somos sus mecenas.
Sí, por supuesto, contribuimos a su drogadicción. Sin nuestros fondos, ¿qué sería de él? Estaría muerto o cuerdo, no sé qué es peor.
Bueno, cuenta conmigo. Aunque lo de la cena… no sé… es jueves pensé en mi mujer. Me asomé a través del pasillo. No parecía seguir mi conversación,
estaba abstraída cortando etiquetas de las nuevas prendas de ropa. Las cortaba con la precisión de un artesano, sin dejar ni un solo hilo, ni un rastro de
etiqueta. Estaba hermosa con el cabello recogido sin esmero, con ese peinado casero y la luz en la espalda, envuelta en un halo de misterio, casi parecía una
chiquilla. La convencería con una de mis sonrisas de enamorado. Bueno, bueno, está bien. No te prometo nada de la cena, pero ir iré, y al cóctel me quedo
seguro, también, claro, cómo no.
La exposición fue, digamos, no, no digamos nada. Cualquier adjetivo que coloque a aquel evento desvirtuará la realidad, si digo que fue
excéntrica, o divertida, o sorprendente, o fastuosa, o sucia, o desconcertante, si elijo alguno o todos esos adjetivos, resultaré impreciso. Baste decir que no
me arrepiento en absoluto de haber presenciado aquel evento. Si había en la ciudad un personaje auténtico ese era Emilio. A él sí resulta fácil definirlo: un
tipo que, aunque no tenía ni puta idea de pintura, dibujo ni perspectiva, fue capaz de coger unos cuadros que encontró abandonados en un
piso que alquiló un colega, se los agenció todos por dos euros, pintarrajeó sobre ellos con lo que encontró, utilizando
chicles, cigarros, comida, alcohol, algún rotulador y basura como paleta de colores, se dejó llevar por su instinto y fue capaz de, con eso, montarse una
exposición y vender la mayoría de los cuadros. El comisario de la exposición, tras acabar su charla y comenzar a tomar conciencia de lo
que estaba sucediendo, miró a un lado y a otro en búsqueda de una pala para cavar un agujero y meterse dentro y, al no encontrarla, hizo mutis por el
foro. El tipo no había hablado con Emilio en persona, había visto los cuadros en fotografía, y había leído el texto de presentación de la
muestra que un colega artista escribió para Emilio. Llegó a pensar el comisario que esta exposición sería fina, intelectual y muy superior a la
última que presentó de las amas de casa. No esperaba encontrar a un personaje tan auténtico y desmedido como Emilio

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Lo que sé de los milagros – Alberto Fuentegris

‘Cráneo’. El cóctel, cortesía del artista, consistía en vino de cartón de marca blanca, vasos de plástico y unos frutos secos rancios que
sospechábamos habría encontrado en algún rincón de su casa olvidado incluso por las ratas.
Yo no me atreví a probar el vino ni los frutos secos, conocía

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