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Los conquistadores no iban solos – Verónica Rodríguez

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Resumen y Sinopsis De 

como un novio que se aleja de su novia, piensan en ella, sueñan con ella, añoran el momento de regresar a verla, están enamorados de su color y de sus cambios de
humor, amanecen con ella y duermen con ella, le hacen canciones y se emborrachan de amor.
Son cambiantes como el mar. Desfallecen a mitad del océano y cantan melancólicamente para regresar a casa y cuando están aquí, buscan cualquier pretexto para
regresar. Se alimentan de sus propias historias, tejen nuevas esperanzas, se lanzan una y otra vez a ese pedazo de madera tambaleante.
Más de la mitad de los marineros que acompañaron a Don Alonso continuaron su vida en el mar. Uno de ellos fue Andrés, por supuesto. Nada más se quedó para
que le dieran su porción de tierra y luego mando por mí y por Fernando, apenas tenía 6 años de edad cuando llegamos a las islas y Rebeca la cargaba todavía en brazos.
Andrés nunca gasto para otra cosa más que para su familia, todo el dinero que ganó lo ahorraba y me dejaba solo monedas de oro para que yo las administrara. Yo
no gastaba mucho, la verdad hasta me daba miedo. Él me decía que comprara cosas, que me comprara vestidos, que comprara ayuda para la casa, pero a mí eso no me
gustaba. Yo estaba muy a gusto donde vivíamos, me sentía con familia, pero Andrés quería que me fuera a las islas y a mí me daba mucho miedo, porque no sabía si me
conocían y si estaríamos a salvo. Pero Andrés me prometió que todo iba a estar bien, que nuestra vida iba a cambiar y que él se iba a quedar con nosotros. Mandó traer
piedra por piedra para construir nuestra casa, una finca grande, como de diez varas de frente, alta, con cuatro habitaciones, todas con ventanas, adornadas con ladrillos
rojos y un patio en medio con muchas macetas alrededor.
Él estaba a cargo de todo, en el puerto todos lo conocían y yo por un momento creí que me decía la verdad, que se iba a quedar con nosotros, que iba a buscar un
empleo de oficial en el puerto y que por fin el Señor nos iba a bendecir con más hijos. Pero no, los hombres del mar no se quedan quietos en un lugar. Cuando encontró
una oportunidad, sin más ni más se embarcó de nuevo.
¿Qué si lo extrañaba? ¡Qué lenta era la espera! Lo aguardaba con ansias, contando las horas de los días, suspirando por su regreso, anhelando su llegada y rogándole
a Dios porque no tuviera que volver al mar. Cada vez era peor que la anterior, aguantaba por no llorar, porque no fuera esa la última imagen que tuviera de él, pero
cuando se iba… pareciera que el corazón no me cupiera, como si ese sentimiento guardado por días, no soportara la prisión donde se encontraba y explotaba dentro de
mí. Luego regresaba y mi sueño volvía con él, era una fiesta, un pájaro revoloteando, traía regalos, telas, especias, un montón de cosas, había música, mucha comida,
mucha gente, era el padre más amoroso y un esposo envidiable. A todos le gustaba que regresara, la casa se apretujaba de gente para escuchar de sus andanzas.
Una vez contó que después de una gran tormenta salieron todos a cubierta, con miedo, porque habían oído voces de mujeres, voces que parecían lejanas, como un
canto, por eso pensaron que estaban cerca de tierra, de alguna isla, pero no, alrededor había solo mar y niebla, no se veía nada y entonces dijo sentir escalofríos por todo
el cuerpo, porque esas voces que al principio parecían hermosas, comenzaron a ponerlos nerviosos, todos sintieron lo mismo. Uno de los mozos comenzó a rezar, los
demás lo siguieron y después de un rato se quedaron callados, nadie oyó nada… comenzaron a reírse como tontos y por dentro daban gracias a Dios porque lo que haya
sido se hubiera alejado.
Me acuerdo que le preguntaron que si eran sirenas y todos lo voltearon a ver esperando su respuesta con la bocona abierta.
– Pues no sé, puedo asegurar que lo que escuchamos no era humano Si, ya sé que dice que las sirenas son monstros marinos que toman la forma de mujeres y con
su canto atrapan a los hombres dejándolos sin alma, pero lo bueno es que mi Andrés regresó a salvo. Yo le pregunté que si creía en sirenas y él me contestó que nomás
creía en lo que veían sus ojos. Yo creo que tanto vino y tanto contoneo los hace imaginarse lo que no es.
La fiesta duraba hasta su próxima partida. Me acostumbraba rápidamente a que anduviera por ahí, luego en un parpadeo, se iba y la casa se quedaba otra vez vacía.
Cada año era lo mismo, todos los oficiales que lo acompañaban cada vez le mostraban más respeto, lo nombraron Capitán y eso me quitó la esperanza que se quedara en
la casa.
¿Qué si le reclamaba? ¿Cómo podía reclamarle yo algo? Más bien me resigné a tenerlo por lo menos unos meses al año y le agradecía a Dios por devolvérmelo cada
vez. Tenía algunos amigos le decían que se aplacara, que me tenía aquí sola y que, si no le daba pendiente que metiera alguien a mi casa, pero él se reía porque decía que
a ver cómo le hacían porque me dejaba un cinturón de la castidad. ¡No era cierto! Pero por eso cuando terminamos la casa y se fue por primera vez de las islas, me dejó
un cuidador que no me dejaba sola ni un momento. A mí me daba tanta pena, pero si así se sentía más tranquilo, pues lo dejaba, a mí no me gustaba que me siguieran los
pasos.
Todavía me acuerdo ese día que fuimos a comer al campo, el día de la fundación de Tenerife, estaba estrenando un vestido y Andrés me hizo una guirnalda. Me dijo
que le habían ofrecido una embarcación a las Indias, no me acuerdo si le dije algo, creo que me comí una aceituna y creo que trate de sonreír, aunque lo que yo quería era
llorar y echarme en sus brazos.
Mi padre me advirtió, me dijo que casarme con un marinero me traería muchas lágrimas

Pages : 115

Tamaño de kindle ebook : 1,O8 MB

Autor De La  novela : Verónica Rodríguez

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Los conquistadores no iban solos – Verónica Rodríguez

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