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Los domingos de Jean Dézert – Jean de la Ville

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Los domingos de Jean Dézert – Jean de la Ville

Vamos a llamar a ese joven Jean Dézert.
A menos de tropezar con él, nadie lo distinguiría entre la multitud, de tan incoloro como va vestido. Lleva un cuello postizo demasiado grande y una corbata
cualquiera. Las perneras de su pantalón, así como las mangas de su chaqueta, se arrugan por sí mismas en las rodillas y en los codos. Sus pies caben cómodamente en
unos zapatos cansados.
¿Qué más decir para describirlo, sino que en su rostro alargado, de mejillas cuidadosamente afeitadas, solo llama la atención el enorme bigote? Cuesta concebir su
función, incluso su utilidad, en una fisonomía de aspecto tan discreto.
La delgadez de Jean Dézert explica por qué no ha servido a la patria. Por lo demás, hace poco ejercicio físico, al estar empleado en el ministerio de Estímulo al Bien
(Dirección de Material).

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Su vida —tal vez más adelante sacaremos de ella informaciones útiles— no ofrece nada que no sea muy mediocre, en apariencia. Habita en la rue du Bac, en un quinto
piso, enfrente del Petit Saint-Thomas —y sin idea preconcebida. Tiene una asistenta que le barre la habitación y el vestíbulo, le hace la cama, le cepilla la ropa y sacude
la alfombra en el patio común del edificio. Se llama Angèle. Es viuda.
La única originalidad del piso consiste en la poca elevación del techo. Si Jean Dézert se subiera a una silla, se vería en la obligación de agachar la cabeza. Pero el deseo
de intentar esa experiencia, como tantas otras, nunca se le ha presentado. Las personas con imaginación, en su casa, creerían estar en el entrepuente de un velero. Y el
caso es que un declive transversal del suelo —imputable, en realidad, mucho más a la vejez de la casa que al movimiento del mar— parecería confirmar la hipótesis.
Por suerte, con el mobiliario todo vuelve a la normalidad. Incluso hay una pandereta en la chimenea, y dos vistas de Suiza colgadas en una pared. Además, cuando se
aburre en casa, Jean Dézert, desde la ventana, puede explorar la rue du Bac hasta el bulevar Saint-Germain. La gente, allí abajo, circula, comercial y apresurada. Los días
de aguaceros y barro, solo se conoce de ella la marea monótona de sus anónimos paraguas. Pero, con cualquier clima, los coches de los repartidores disputan la calzada a
los demás vehículos.
Muy avanzada la noche, Jean Dézert oye, a través del sueño, el cascabel que tintinea y el pobre trote de un caballo. Después estalla la bocina de un automóvil, de
vuelta de los barrios donde la gente se divierte hasta tarde.
Jean Dézert se levanta a las ocho. Se prepara él mismo el café con leche, en la cocina de gas. A las nueve en punto se dirige a su oficina, en la rue Vaneau. Almuerza
distraídamente en una mantequería. Muy raras veces tiene la oportunidad de cenar con sus colegas, pues no le gusta la malilla ni la política, y no sabe discutir.
Su trabajo no le ocupa mucho el pensamiento. Se trata de rellenar impresos, comunicar, o transmitir, según los casos, documentos a otros servicios. Y además no hay
que olvidar la diferencia que existe entre las fórmulas «dar a conocer» y «hacer saber».
La fantasía está bien fuera de las horas de oficina, y especialmente los domingos. El domingo es la vida entera para Jean Dézert. A él le gusta ese día que pocas
personas comprenden. Él no se cansa de recorrer y errar a lo largo de los grandes bulevares. Si estuviera casado, empujaría un cochecito de niños, como un papá
cualquiera.
En los tiempos del ómnibus, sentado en la imperial, le gustaba seguir los trayectos desde el principio hasta el final. Así leyó una cantidad considerable de anuncios y
meditó sobre los nombres de muchos empresarios.
Estas son sus diversiones. Tiene todo el derecho a escogerlas. En cuanto a sus pasiones amorosas, las mantiene en un estricto misterio. Como mucho, confesaría que
en el turbio amanecer de su nubilidad amó a una maestra alemana y cortejó a una dependienta. Por lo demás (añade por modestia), fue el azar quien lo hizo todo; sin la
fuerza de las circunstancias, una mecanógrafa o un profesora de piano habrían jugado el mismo papel en su ordenada existencia.
Jean Dézert no habla jamás de su familia. He sabido que vino a este mundo en una gran ciudad del suroeste. Su padre ocupaba el puesto de subdirector de la fábrica de
gas. Al otro lado de la calle estaba el cementerio protestante. Llovió mucha carbonilla en su infancia limitada por un horizonte de cipreses. Este dato nos resultaría muy
valioso para un estudio del carácter de Jean Dézert. Por lo menos, nos ayudaría a comprender la paciencia y resignación de su alma, la modestia de sus deseos y la
pereza triste de su imaginación. Puesto que, fíjense bien, Jean Dézert nunca realizó ningún viaje largo en sueños. ¿Piensa siquiera que existe una estrella en la que la
gente se ama para siempre?
Sus ojos no se apartan de la tierra, su mirada no se eleva por encima de este mundo donde, así como algunos son actores y otros espectadores, él no es más que un
figurante. ¡Oh, a él le daría igual ir disfrazado de campesino suizo, de gentilhombre hugonote o de guerrero egipcio! En efecto, se parece a esos coristas de los teatros de
ópera que, mientras piensan en sus asuntos personales, abren la boca al mismo tiempo que los demás fingiendo que cantan con ellos. Él ejecuta todos los gestos
necesarios y no retrocede ante ninguna concesión.
Cuando llueve, abre el paraguas y se remanga los bajos del pantalón.
Evita los coches y no responde a las frases algo fuertes de los conductores.
Saluda al portero y se interesa por su salud.
Se mezcla con los grupos que rodean a los buhoneros o a los vendedores de canciones.
En varias ocasiones ha actuado como testigo en accidentes de tráfico.
Pero, sobre todo, Jean Dézert hace suya una gran virtud: él sabe esperar. Durante toda la semana espera el domingo. En su ministerio, espera el ascenso, mientras
espera la jubilación. Una vez jubilado, esperará la muerte. Él considera la vida una sala de espera para viajeros de tercera clase. Una vez adquirido el billete, no le queda
más que, sin moverse, mirar pasar a los ferroviarios por el andén. Un empleado le avisará cuando arranque el tren; pero él no sabe hacia qué estación.
Jean Dézert no es ambicioso. Ha comprendido que las estrellas son innumerables. Así que, a falta de algo mejor, se limita a contar las farolas de los muelles en las
tardes de aburrimiento.
Jean Dézert no tiene envidia, ni siquiera de aquellos que detentan la verdad. Sin embargo, tendría razones para envidiar a su amigo Léon Duborjal (un cerebro bien
equilibrado), licenciado en la escuela Pigier, que sabe estenografía, progresa cada día en esperanto, sabrá agarrar la vida por el lado bueno, y triunfará en el comercio.
Sí, Jean Dézert es un resignado. Ha dado la vuelta, sin prisas, a sus propiedades y ha perdido cualquier ilusión sobre las dimensiones del jardín, la fertilidad de sus
plantas y el pintoresquismo de las perspectivas. Se resigna, y cuando esté harto de escupir en el estanque —para distraerse— se paseará con las manos en los bolsillos
junto a los parterres, sin preocuparse por nada y sin mala intención.
JORNADAS
En una palabra, la naturaleza de las cosas
y la experiencia me convencieron,
después de maduras reflexiones,
de que en este mundo las cosas solo son buenas,
en relación a nosotros,
según el uso que hacemos de ellas.
AVENT URAS DE ROBINSON CRUSOE
(CAP. XVI)
I
Ha empezado la lluvia, lluvia de otoño, sin remisión, definitiva. Llueve en todas partes, en París, en las afueras, en las provincias. Llueve en las calles y en las plazas,
sobre los simones y sobre los transeúntes, sobre el Sena, que no lo necesita. Unos trenes salen de las estaciones silbando; otros los substituyen. Hay gente que se va,
gente que vuelve, gente que nace y gente que muere. El número de almas seguirá siendo el mismo. Y llegó la hora del aperitivo.
La gente vive, circula, se cruza sin conocerse a la luz de los escaparates. Miles de pies mezclan el barro de todos los barrios y lo amasan para convertirlo en esa pasta
uniforme que mañana por la mañana habrá que cepillar en los zapatos aún húmedos. Los vendedores de prensa gritan los periódicos de la tarde: Revolución en
Nicaragua, la Bolsa, los Estrenos. Un notario atropellado en Neuilly. Explota una fábrica en América —trescientos muertos. Pero eso queda demasiado lejos.
Jean Dézert cierra el paraguas.
Después entra en su mantequería, en la rue du Bac, a dos pasos de su casa. En el cristal esmerilado de la puerta, se puede leer:
CHÊNEDOIT
Café, leche, chocolate, huevos a cualquier hora.
Plato del día.
En el interior, solo están encendidas la lámpara colgada encima del mostrador que preside madame Chênedoit con delantal blanco, y la que ilumina el fondo de la pieza.
Jean Dézert llega temprano, a causa de la lluvia. Pero Léon Duborjal le ha tomado la delantera, a causa de sus proyectos. Come de prisa y lee Les Nouvelles sportives
cuyo papel rosa se extiende sobre el mármol de la mesa.
—¿Qué tal? —pregunta Jean Dézert.
—Nada nuevo. Bueno, sí. Las carreras empiezan el domingo, en el Hipódromo de Invierno.
—¡Ah!
Jean Dézert desdobla la servilleta, mira la carta —puro formulismo— y pide dos huevos al plato, como cada noche.
—También habrá patinaje —añade Léon Duborjal.
Léon Duborjal es amigo de Jean Dézert, porque ambos cenan en el mismo local desde hace casi tres años. Es el único amigo de Jean Dézert. Pero solo se los ve juntos
en el restaurante. Cada uno es para el otro un accesorio de la comida; uno habla, el otro escucha.

Los domingos de Jean Dézert – Jean de la Ville

—Esta mañana he cobrado una prima de seguro. En la consulta de un médico. Me ha recibido con sus pacientes. Lo importante es ir bien vestido, porque hay que
causar buena impresión.
O bien:
—He conocido a un joven. Está bien relacionado y no es ningún tonto. Un día de estos voy a invitarle

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