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Mándame al infierno pero bésame – Lucinda Gray

Mándame al infierno pero bésame – Lucinda Gray

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Resumen y Sinopsis De 

Mándame al infierno pero bésame – Lucinda Gray

presa de la rabia o se las regalé a Piluca!
Rebuscó entre las prendas un poco hasta que encontró lo que buscaba.
¡Aquí están! exclamó feliz.
Sacó del cajón un pequeño cofrecito plateado y lo abrió. La verdad es que aquellas prendas le habían costado una fortuna. Sonrió al ver el
delicado tanga de encaje negro abierto por la parte de la vagina y se sintió enloquecer. Desde hacía unas semanas, la necesidad de practicar sexo
había hecho presa de ella, y esa noche no pensaba quedarse con las ganas de un buen revolcón. Seguramente se debía a que ya había superado
aquella traición, al menos en lo referente a desear estar con otro hombre. Y si no era por eso…, se encogió de hombros, para qué buscar
respuestas; el caso es que tenía ganas de tener una buena experiencia carnal que la ayudara a deshacerse de sus fantasmas.
Un hombre, eso es lo que necesito, refunfuñó, sí, eso exactamente, precisamente lo que no era mi ex.
Ya estaba un poco cansada del pintalabios; es cierto que habían pasado buenos momentos juntos pero, ¡leches!, necesitaba el contacto
humano, por lo que decidió acudir a la fiesta que su hermano había organizado en el chalet que sus padres tenían en la costa marbellí. La guarida
se llamaba la finca y, Álex, aprovechando que estos estaban en Bali, había decidido montarse un fiestón. Según su hermano, había invitado a
mucha gente, la mayoría de fuera de su círculo social, para poder divertirse a gusto y que nadie le fuera con el cuento a su estricta y dominante
progenitora.
Así que Mina había decidido acudir a aquella fiesta donde no había sido invitada porque seguramente no conocería a la gran mayoría de los que
sí lo estaban, por lo que podría actuar con libertad, sin tener que dar muchas explicaciones de lo que tenía planeado hacer: elegiría a un tío que
estuviera cañón, y si todo pintaba bien, se lo llevaría a un hotel, pasaría una noche de súper buen y abundante sexo, o eso esperaba, y al otro día,
¡adiós, muy buenas! Sí, eso es lo que haría; por todos sus bolsos que nadie se lo iba a impedir.
Se quitaría el mono y no comprometería su corazón. No habría llamadas, ni mensajes, ni quedadas posteriores. Sería un rollo y punto. Actuaría
como lo hacían muchos hombres, buscando sexo sin más.
Sonrió triunfal.
Tomando aquel tanga, con una sonrisa de anticipación, se dispuso a ponérselo mientras oía las últimas notas de aquella sensual canción, por lo
que corrió a ponerla de nuevo. Le encantaba, y oírla la hacía sentir poderosa. Acababa de ungirse el cuerpo con su crema preferida de Kenzoki,
aquella que olía a bambú, después de haberse dado un relajante baño con sales. Lo cierto es que se estaba preparando a conciencia, y se
excitaba solo de pensar que fuera capaz de tirarse a un desconocido. Me he vuelto una chica mala, malota.
A continuación, tomó unas medias de seda negra con encaje en la parte superior y que se ajustaban a sus muslos sin presionar demasiado, y se
las puso; le siguió un sujetador de esos que dejaban los pezones al aire y que iba a juego con el tanga. Todo el conjunto era negro y demasiado
provocador, demasiado erótico. Ainss, sí –se dijo– erotismo, sexo y mucha marcha es lo que me pide el cuerpo esta noche. Sonriendo, se observó
en el espejo de cuerpo entero y sintió el calentón cuando vio la abertura de su vagina, completamente rasurada, por la tela inferior que le faltaba
al erótico tanga.
Se sentía perversa, malvada y lujuriosa.
Ahora coronaría su indumentaria con un entallado vestido abotonado por la parte delantera, negro también porque ese color era elegante y
sexy, hasta la rodilla, sin mangas, y unos tacones de infarto, de esos con plataforma que había puesto de moda doña Letizia. Se soltó el
abundante pelo castaño claro hasta los hombros, y se pintó los labios de rojo. Esa noche iba pidiendo guerra y quería que el mundo lo supiera. No
quería que nadie albergara dudas acerca de sus intenciones.
Se miró una vez más y se detuvo al darse cuenta de un detalle.
Un momento, se abrió otro botón de la pechera y se guiñó un ojo. Ahora sí.
Perfecta. Bien cuadró los hombros, allá voy.
Tomó su bolso y se marchó en dirección a aquella fiesta, presa de la anticipación.
Soy una mujer que sabe lo que quiere y va a por ello.
***
Llevaba un rato interminable allí, junto a la mesa donde se servían las bebidas, observando a la marabunta que se había juntado en casa de sus
padres con cara de querer matar a alguien. Concretamente a Álex, su hermano. Si mi madre se entera de esto, lo mata, se dijo. Lo cierto es que
Álex se había pasado tres pueblos, se había súper pasado. Había montado una bacanal. Aquello estaba fuera de control y esa gente era de lo más
ordinaria. Nunca, nunca se había relacionado, fuera de lo estrictamente necesario, claro, con ese tipo de personas. Y para una vez que decidía
hacerlo se encontraba con… Es que eran, eran… Justo lo que necesitas: un hombre guapo, ordinario y que te eche un buen polvo. Y que no lo
vuelvas a ver, eso es lo más importante. Se tomó la copa de un trago, sin respirar, esperando que quien quiera que fuese el elegido, al menos no
tuviera piojos.
No pudo evitar observar que había botellas tiradas por el cuidado jardín, gente vestida metida en la piscina, parejas pegándose el lote por
diferentes lugares del enorme chalet sin ningún pudor, personas gritando a pleno pulmón y diciendo soeces… Se sintió un poco inquieta y pensó
que vaya su mala suerte, porque después de haber estado casi un año encerrada, sin ganas de hacer otra cosa que trabajar o ir al cine, había
decidido hacer su primera salida a una de las bacanales de su hermano.
Se le acercó una chica y le ofreció un porro. Mina estuvo a punto de rechazarlo y echarla de su casa, pero se lo pensó mejor y decidió que
nunca más volvería a estar entre esa gente, así que: ¿Por qué no? Sonriendo, lo cogió y le dio una enorme calada que la hizo marearse un poco,
para después volver a darle otra.
¡Eh, colega, ve con cuidado que es un porro de coca!
No me digas le dijo volviendo a dar otra fuerte calada.
La chica se lo quitó sonriendo y le dijo que tuviera cuidado que estaba aliñado con algo más que el polvo blanco, y se alejó de allí gritándole a
alguien que se había colado una pija inocentona en la fiesta y que esperaría para ver cómo acababa.
A Mina le molestó un poco que la llamara de esa forma, pero decidió no darle importancia. Era la primera vez que fumaba droga, la primera vez
que se acostaría con un desconocido. Se sintió un poco mareada, pero muy bien. Es más, se sentía genial, eufórica, como si pudiera con el mundo
a pesar de que no le gustaban aquellas personas.
No me importa, es mejor así se dijo con una seguridad de la que normalmente no hacía gala. No conozco a esta gente. Y no voy a
marcharme si no es acompañada. He tomado mi decisión.
Cogió otra copa y se la tomó de nuevo del tirón, sin apenas respirar. Sabía que se estaba emborrachando pero no le importaba, se sentía muy
bien. Y fue a por otra, pero esta vez decidió tomársela más despacio; justo en el momento en que daba un nuevo sorbo a su gin-tonic
condimentado con fresas y vainilla, alguien la empujó provocando que se manchara la barbilla y la pechera del vestido. ¡Jolines!
Perdona, tía se disculpó una rubia que iba de alcohol hasta las cejas y sin ningún remordimiento, ha sido sin querer le dijo con cara de:
me importa un pimiento, y marchándose de allí carcajeándose.
Mina la observó marcharse apretando los labios. ¿Aquella poca cosa se había reído de ella? Se sintió impotente. Le hubiera gustado tirarle el
resto de la bebida sobre aquel pelo oxigenado a lo barato y quedarse a observar si tenía ganas de reírse después de eso. Pero no lo hizo, mantuvo
el tipo, después de todo aquella chica tenía toda la pinta de ser una barriobajera, y ella no iba a rebajarse a armar una pelea con alguien de su
calaña. Sobre todo si temía que la cogiera de los pelos, que seguramente es lo que la otra haría si ella la encaraba; pudiera ser que fuera puesta,
pero no había perdido completamente la cabeza. Simplemente se calló, mirándose con rabia el estropicio que la otra le había causado, molesta al
ser consciente de que ahora olería a alcohol. ¡Con lo que se había esmerado en su olor corporal para esa noche!
Estupendo murmuró mientras se miraba el escote todo mojado.
Lo siento se disculpó alguien con la voz completamente embotada por el alcohol o algo más, y a quien ella no miraba porque estaba
decidiendo si aquel incidente le había estropeado la noche y acababa marchándose de allí, o por el contrario pasaba de todo, buscaba un tío y se
lo tiraba en su propia casa. Déjame ayudarte, al fin y al cabo ha sido mi amiga quien ha provocado esto.
Aquel hombre se dispuso a limpiarle el escote con toda la confianza del mundo, por lo que Mina hizo el intento apartarse antes de levantar la
vista hacia él. Una cosa era que anduviera buscando un amante puntual, otra que cualquiera le pusiera las manos encima sin ningún respeto, y sin
que ella lo hubiera decidido todavía.
¿Qué haces? le preguntó indignada mientras alzaba la vista a la vez que conseguía que el hombre le soltará el vestido de un manotazo.
Y mejor que no lo hubiese hecho porque se quedó ¡ploff!
¡Por las bragas de Mafalda! ¿Quién era ese? Se quedó sin respiración cuando por fin pudo ver a su samaritano indeseado. ¡Toooma! ¿De dónde
había salido ese hombre que no lo había visto en toda la noche? Se fijó en sus vaqueros, su camiseta de una concentración motera, un poco
desgastada, eso sí, y sus tenis de mercadillo. Demasiado normal, demasiado ordinario, demasiado… pobre. Desde luego que no presentaba el
aspecto que solían mostrar sus amistades, sus amigos que cuidaban con esmero su aspecto, su peinado, su piel, pero… ¡Jolín, estaba cañón! Para
quedarse todo el día mirándolo y mucho más. O al menos eso parecía, porque algo le ocurría que no podía enfocar la vista demasiado bien. Pero
estaba segura de que estaba bueno, mucho.
Mina se dio cuenta de lo alto que era, porque ella también medía lo suyo, y con los altísimos tacones que llevaba, aún más; y, sin embargo,
este la sobrepasaba en un par de centímetros. Se sorprendió al darse cuenta de que le gustaba, vaya si le gustaba. Y decidió que, después de
todo,

Pages : 100

Autor : Lucinda Gray

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Mándame al infierno pero bésame – Lucinda Gray

no había sido tan mala idea acercarse a la fiesta de Álex.
Le dedicó una brillante y coqueta sonrisa, una de esas que el sexo opuesto solía

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