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Mara, un incendio de amor – Miguel Ángel Mori

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Resumen y Sinopsis De 

Cómo empezó todo? No lo s abría decir o, mejor dicho, no lo quis iera decir. Tal vez más adelante mi pudor me permita confes arlo; aunque una
novela no es una confes ión, es un relato más o menos veros ímil que al lector interes a o entreene. Y es neces ario mocharle cierta parte de la
realidad para no quedar des nudo frente a los demás .
Son párrafos que hacen ruido pero que tal vez al lector le abra la curios idad de s aberlo todo, y comiencen las conjeturas , como una his toria
fuera del libro pero no ajena.
Creo que tenía s uficientes movos para s alir a bus car una mujer afuera de mi cas a. Des de s iempre el ritmo del amor había s ido diferente.
Había tenido que bus car en la calle es a dos is que me faltaba. Podía s er una aventura pas ajera, una chica por horas , o un amor platónico. Es e po
de amor que nunca s e concreta. Un amor que malogran los prejuicios : la mujer de un amigo, la amiga de mi es pos a, la vecina del barrio, o del
trabajo. Siempre hay una mujer al acecho cuando uno anda mal comido. ¿Y des pués qué? En una s ociedad donde s e des precia y s e cas ga la
poligamia.
Hay veces que piens o que la condición natural del hombre y de la mujer es la manada. Un macho alfa que cuida, que ha ganado la s upremacía
por s er el más fuerte, el más hermos o, el más prolífico y las hembras amamantando a la cría. Las mujeres s atis fechas y los hombres también.
Pero hubo una vez que me s entí en peligro y lo que has ta allí había s ido s olo un aperitivo, derivó en una urgente neces idad.
Con unos amigos habíamos formado un grupo cultural donde pens ábamos abarcar todas las dis ciplinas y comenzamos a organizar eventos de
poes ía, de mús ica, de plás ca, de conferencias , en un marco atrevido donde s e podía es cuchar a diez metros una batucada mientras una poeta
con voz dulcís ima recitaba al amor, al des apego y a la aus encia, mientras un cuadro colgado temblaba de miedo. ¿Cómo s e llama es o?
¿Happening?
Y en es e ambiente conocí mujeres . Es taba fuera de training, es cierto; mis palabras s e trababan y mi edad s obres alía del marco; temía errar el
tiro. Aunque me s orprendí piropeando a una promotora y a una moza con res ultados ines perados . ¡Es taba vivo!
Un día, Rolo, el poeta mayor del grupo, nos invitó al cumpleaños de una amiga. Allí me volví a encontrar con Mara; me volví a encontrar porque
ya s abía de ella y en diferentes noches nos habíamos cruzado: era poeta, era rubia, era cantante y tenía unas tetas blancas inconfundibles . Había
también un nervios is mo es pecial que prometía cos as buenas .
Y aunque parezca menra, me atrajeron s us ojos verdes marrones y es e toque de locura de la mirada. Ahh, me olvidaba, también era puta, por
lo menos era lo que ella manifes taba. Hoy, no alcanzaría a dar fe porque, en realidad, no s é qué s ignifica s er puta; s i fuera pros tuta es taría más
claro pero ella no lo era o no s e pres entaba de es a manera. Tampoco s é que s ignificaba para ella s er una puta aunque a lo largo de mi relación
me dio algunas pis tas s in que por es o alcanzaran para redondear el concepto.
Es increíble que una his toria tan s imple como un amor y un des pecho conlleven tantas palabras . No alcanza para rees cribir “En bus ca del
empo perdido” de Prous t pero tampoco puede limitars e a la letra de una tango, de una cumbia o lo que fuere. Y uno le da vueltas al as unto,
vueltas y más vueltas , gas ta palabras pero nunca alcanza a precis ar los hechos . Como s i uno leyera un libro y al fin no s e quedara con nada. Tal
vez, el único momento, el de haberlo leído, como una pres a de pollo y un plato vacío.
Entonces , en un rincón, le as es té tres palabras a la rubia, tres palabras que s alieron como dardos : que me gus taba, hace empo, y no
recuerdo más . Y ella s e contoneó y me clavó s u mirada en el iris , en un rincón de es e balcón que daba a la calle. Pero ens eguida la llamaron para
tocar la guitarra y yo s alí dis parado para contarle a mis amigos : parecía un adoles cente, había logrado es cupir la palabras que tenía apris ionadas
en el s emen; habían logrado abrirs e pas o en mi laringe y expuls ado en un te quiero. Como un adoles cente; y me s en feliz, muy feliz, de haberlas
pronunciado.
Entonces regres é al balcón, donde ella, rodeada de un grupo de amigos , cantaba, con voz de Violeta Parra, en un s us urro pidiendo auxilio; s u
voz fina y s uave como una onda, una caricia; una voz dolorida, s edienta de amor. Y cruzaba s us piernas poderos as y abrazaba la guitarra como a
un niño.
Sí, fue como una revancha del 70, una revancha de amor que me debía. La ilus ión de tener todo el mundo por delante, las calles agitadas de
s exo, por cuadras , levantando las banderas del futuro. Todos jóvenes , muy jóvenes , demas iado jóvenes . Y el futuro que nunca s e alcanza, es quivo
como una alucinación, el reverbero del pavimento a lo lejos , un lugar inalcanzable. Yo neces itaba vivir el pres ente s in pens ar en mañana, s enr
que es taba vivo por mi s emen. Romper las s imetrías , hacer pedazos la razón.
Y ella me cantó una canción; y me miró una vez, dos , y fue s uficiente, la melodía hablaba de lo mis mo. Es taba todo dicho.
Entonces nos retiramos , creo que en algún momento le tomé la mano y cuando llegamos frente a es e bar de San Temo, contra el derrame de la
ventana, le as es te dos bes os de lengua. Y fue mágico, ens eguida s e hizo cuerpo, Aladino.
Tampoco era que tenía hacia ella una atención des bordante. Solo me habían picado s us ojos verdes y s u mirada his térica.
Me adviró que era una mujer peligros a, y lo era. Pero yo es taba tan des es perado que la advertencia fue una bris a que me des peinó, nada
más . Fuimos caminando hacia s u cas a, nos bes amos alguna vez más , no recuerdo, y todo hacía pens ar que tenía que pas ar y hacer el amor. Pero yo
tenía horarios , no podía violarlos bajo cargo de s os pecha. Mi mujer regres aba a hora y yo debía es tar pres ente como la Cenicienta para evitar las
preguntas .
Bus qué una excus a; no s é cuál, los recuerdos s e van borrando y las palabras no los alcanzan, s e s umergen en una ciénaga donde yacen
dormidos , tal vez muertos . Quedamos de vernos al otro día, por la tarde. Miro s us ojos brillantes cuando nos des pedimos , unos ojos que decían
todo, que no querían pos tergar para mañana lo que s e podía hacer hoy.

Título: Mara, Un incendio de amor
Autores: Miguel Ángel Mori
Formatos: PDF
Orden de autor: Mori, Miguel Ángel
Orden de título: Mara, Un incendio de amor
Fecha: 07 ago 2016
uuid: ff81f825-a49d-45f9-87fe-eb54e204a984
id: 57
Modificado: 07 ago 2016
Tamaño: 0.47MB

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