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Marienbad electrico – Enrique Vila-Matas

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Marienbad electrico – Enrique Vila-Matas

  —¿Y de qué hablasteis el otro día cuando os dejé? —me preguntó Eduardo al volver a verle, una semana después de su desaparición del Bonaparte.
Era evidente que su precipitada fuga en busca del libro de Nabokov le había dejado in albis acerca de cuáles eran en aquellas reuniones nuestros temas más
habituales. Y evidente también que parecía muy interesado en saberlos.
Como no se me escapaba que con mi respuesta él construiría la versión canónica de las tramas y temas que tejíamos en aquel rincón del Bonaparte, traté de fijar el
probable género al que pertenecían nuestras conversaciones, y me pareció que el doctor Johnson y su amigo Boswell eran ideales para marcar las diferencias con lo que
desarrollábamos DGF y yo.

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Hablamos, le dije a Eduardo, del doctor Johnson, tan famoso por ser un rival correoso en cualquier discusión. «Señor, yo a usted es que no lo entiendo», le reprochó
un día un oponente. Respuesta del doctor (según Boswell): «Señor, he encontrado un razonamiento idóneo para usted, pero no me considero en la obligación de
encontrarle también un sensato entendimiento».
—Ah —sonrió Eduardo—. Ese doctor se lanzaba a la conversación como a un duelo a espada en el que se ponía a prueba la talla intelectual del individuo.
—Nosotros en cambio —le dije subrayando bien mis palabras para que viera que me refería a DGF y a mí— no rivalizamos en nada, no competimos entre los dos,
eso facilita mucho las cosas.
2
No sólo los encuentros bonapartianos son importantes en mi relación con DGF, también lo son los correos electrónicos de todos estos años, prolongación de la
agitación verbal de las citas parisinas; correos con mensajes breves, en ocasiones muy crípticos, con los que DGF y yo proseguimos nuestro diálogo sobre el «estado de
las cosas» en nuestra particular república del arte.
Hoy, uno de sus mensajes crípticos de hace meses ha cobrado una dimensión que no tenía el día en que me lo envió: «¿Y qué me dices del Hotel One, de una sola
habitación, creado y regentado por el artista Alighiero e Boetti en la periferia de Kabul en 1971?».
Para mí es evidente que ese e-mail prefiguró el Splendide, el hotel de una sola habitación, del que ayer DGF me habló por primera vez. Si no he entendido mal, en
marzo del año que viene piensa convertir el Palacio de Cristal de Madrid en un hotel de una sola habitación que llevará ese nombre, que citó Rimbaud en Después del
diluvio, un fragmento de Iluminaciones: «Partieron las caravanas. Y el Splendide Hotel fue edificado en el caos de hielos y noche polar».
Concentrarme en el Splendide que DGF va a instalar en Madrid y del que hasta ayer no tenía noticia ha hecho que me acuerde de The Roger Smith Hotel, el texto
que en septiembre de 2009 escribí para el catálogo neoyorquino de Chronotopes & dioramas, la instalación que DGF llevó a cabo en Broadway, en The Hispanic
Society of America.
Por cierto, ¿qué me pasa con los hoteles?
Nada, es sólo que los veo como si fueran un libro que hubiera que leer y luego juzgarlo, compararlo con otros, hacer como uno hace con las ciudades que visita y en
las que se dice a sí mismo: en ésta viviría; en esta otra jamás; ésta me fascina, pero no me quedaría ni un minuto; ésta es horrible y sin embargo me gustaría pasar una
temporada, etcétera.
Nada tan cierto como que al entrar en una nueva habitación de hotel, todo para mí empieza maravillosamente de nuevo. Sí, puede que sea eso. Michelle Perrot
definió los hoteles como teatros de lo imaginario, donde acontecen todas las cosas posibles. Voy a los hoteles igual que empiezo novelas, para tratar de cambiar de vida,
para ser otro. Falto de la destreza que tiene DGF para modificar los espacios en los que le encargan obras visuales, hago lo que puedo con mi talento y cambio mi
domicilio por un cuarto de hotel cualquiera y de inmediato imagino que estoy llevando a cabo —en todos los sentidos de la palabra— una instalación.
Tres son los hoteles que relaciono especialmente con DGF.
Uno es el One, de Kabul.
Otro, el Lutetia, en el bulevar Raspail, París.
El tercero es el hotel próximo a Cascais en el que Wim Wenders en 1982 rodó El estado de las cosas. Hará dos inviernos lo recorrí de arriba abajo con DGF, Tristan
Bera y un sosias de Bob Dylan de joven. Nos adentramos con felicidad en el escenario de ese film que tanto varió la vida de algunos de mis más viejos amigos: film
esencial para mi generación, rodado en invierno en un destartalado hotel de Praia Grande, frente al incisivo oleaje del Atlántico, que a lo largo de la película se
desparrama sobre una piscina vacía, hoy en día todavía ahí, desierta, frente al océano, cerca de la carretera de Sintra a Lisboa, «tan lejos de todo y tan cerca de mí», que
diría Pessoa.
Ese poético y desesperado hotel de Cascais fue el escenario de aquel monólogo tremendo al final del film de Wenders, aquel soliloquio en el que se denunciaba «el
estado de las cosas» en la industria del cine y se anunciaban largas catástrofes por venir. Fue un soliloquio terrible, inolvidable. El mensaje decía que la relación entre la
industria y el cine podía haberse jodido ya para siempre, y dejó huella en las mejores mentes de mi generación.
3
El Splendide va a confundirse con el Palacio de Cristal y yo, aceptando la sugerencia que ayer me hizo DGF, intentaré contar «la historia secreta de esa
transformación», que es como decir que, a través de los datos que ya tengo y los que seguirá facilitándome ella, me iré dedicando a describir lo que imagino que será su
exposición.
El primer dato que me facilitó llegó por e-mail y giraba en torno a un hecho histórico: la exposición madrileña de finales del XIX que sirvió para inaugurar el Palacio de
Cristal. Me habló de «los igorrotes», pero no la entendí mucho, por lo que me lancé a buscar en las enciclopedias de la casa de mi padre y pude saber que eran un
conjunto de pueblos filipinos afincados en los terrenos abruptos de la Cordillera Central al norte de la isla de Luzón, en Filipinas: «indígenas relacionados con la
inauguración del Palacio de Cristal en Madrid, construido en 1887 con motivo de la Exposición que se dedicó a aquellas lejanas islas, entonces bajo el dominio de
España».

Marienbad electrico – Enrique Vila-Matas

Es extraño manejar esa posibilidad si uno se acuerda de que su leyenda se montó en torno a su ausencia, a una desaparición en toda regla. Pero la carta de Rimbaud a su
madre desmonta en parte ese mito.
Al final me he quedado pensando en la necesidad de una escritura que sepa exponerse, en el sentido más literal de la palabra, tal

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