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Médium – Luz Divina Baena

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Resumen y Sinopsis De 

Médium – Luz Divina Baena

Quiero que me lleves de vuelta, Joana le pidió Ian en uno de sus últimos momentos de lucidez, antes de fallecer.
El sol de la tarde se colaba por las persianas. A duras penas iluminaba la habitación del hospital en el que su marido acabaría sus días. Debía estar muy enfadado
para llamarla «Joana» en lugar de «Jo». Su respiración agitada, su mirada fija y su expresión grave tan solo eran una muestra más de ello.
No hables así, Ian, no hables como si fueras a morirte…
Mis cenizas, Jo insistió él.
Ian guardó silencio e inspiró con dificultad; con un esfuerzo sobrehumano, movió una frágil mano hasta la barbilla de Joana para obligarla a mirarle. Ella hubiera
podido zafarse de esos dedos con facilidad. Su marido estaba tan debilitado que solo hubiera tenido que girar la cabeza para no verse obligada a observar aquellos ojos
apagados, agotados por el dolor y el cansancio, que la miraban con determinación.
Lo haré, cariño prometió, derrotada, sin poder evitar que las lágrimas ardiesen bajo sus párpados. Llevaré tus cenizas a la isla. Después me quedaré allí,
cerca de ti.
Ian asintió satisfecho, incapaz de decir nada más.
Meses después de la muerte de su marido, Joana abandonó Lanzarote, lugar en el que nació y al que se trasladó durante los tres años que siguieron al diagnóstico de
la terrible enfermedad que acabó con él, para volver a la isla de Wight. Aquella diminuta porción de tierra en el Canal de la Mancha, en la que atesoraba todos y cada uno
de los buenos recuerdos de su matrimonio, se había convertido en el único sitio del mundo al que podía llamar hogar.
Por eso estaba allí, en lo alto del acantilado, mientras observaba cómo las olas lamían con furia las rocas de la orilla a unos cincuenta metros bajo sus pies.
2
El viento lanzaba ráfagas de arena sobre la densa espuma de la playa. David intentó encender el cigarrillo por tercera vez; el mechero se apagó antes de que la llama
consiguiera su objetivo. Guardó el tabaco dentro de la cajetilla antes de meterla en el bolsillo de la camisa. Había vuelto a fumar tras el divorcio: mala idea.
En un rápido gesto, cruzó sobre el pecho la prenda de franela para protegerse del aire y se acomodó en la arena. Lo mejor sería concentrarse en el paisaje. La playa
estaba casi desierta. Así, vacía, disponía de un aire extraño de mágica irrealidad. De hecho, en aquella isla todo parecía tener un halo de cuento de hadas al que no
terminaba de acostumbrarse.
No podía negarse que aun siendo pequeña, la isla de Wight albergaba multitud de rincones con un dulce y tradicional encanto británico, que relacionaba con las
historias gaélicas que su madre solía contarle antes de dormir. Días después de su llegada, descubrió, no sin sorpresa, que en la isla se encontraba bien. Sin duda, la playa
y la majestuosidad de los acantilados tenían mucho que ver con ello.
La imagen de su pequeña Carol y su última excursión a la playa asaltó su estómago como una dolorosa puñalada. Estaba convencido de que a Carol también le
gustarían la costa, las diminutas casas con tejado de paja y las serpenteantes carreteras que bordeaban los acantilados de la isla.
Durante su último día en Misisipi, horas después de despedirse de su niña en la puerta de entrada al colegio, se reunió con Lucy en una cafetería de la ciudad.
Es mi hija, Lucy. No puedes separarla de mí. Tendrás que respetar el acuerdo de visitas.
El acuerdo de visitas no incluía un viaje de casi ocho horas a un país europeo replicó ella, molesta con su marcha, pero también satisfecha por ser quien tuviera
la sartén por el mango.
David hablaba con las manos apretadas, la voz controlada, no quería dar motivos a su exmujer para montar una de sus habituales escenas. Estaba convencido de
que el brillo en los ojos de Lucy y su postura triunfante significaban que ella disfrutaba de llevar la voz cantante por una vez. No era el momento de hacerle comprender
el tremendo error que cometía al apartarle de Carol: lo haría más adelante.
Lucy desvió la vista y alzó la mano para saludar a Margaret, una compañera de trabajo con la que solía almorzar: acababa de entrar en la cafetería. Por su parte,
David dirigió una fría mirada a la recién llegada que la hizo retroceder para buscar otro lugar donde sentarse.
Eres un maleducado, Dave.
Ese no es el tema; Carol, la dejarás venir dos meses al año. No intentes jugármela esta vez.
Dos meses… repitió Lucy pensativa, mientras repiqueteaba sus falsas uñas de porcelana sobre la mesa. Ya veré lo que hago.
David parpadeó varias veces, la dolorosa tensión que comenzaba a acumularse en su mandíbula le trajo de vuelta a la realidad. No estaba seguro de cómo lograría
que su pequeña de apenas seis años viajara desde Misisipi, e ignoraba cómo convencería a Lucy para que le permitiera venir hasta el Reino Unido; pero no dejaría ganar
a su exmujer, no esta vez.
Extrajo el paquete de tabaco de su bolsillo y encendió un pitillo. Una bocanada de cálido humo con sabor a tierra seca ayudó a ocultar la amargura que llenaba su
boca. Se comportaba como un idiota; estaba claro que no era, ni de lejos, el mejor momento para pensar en el divorcio o en lo mucho que echaba de menos a Carol.
David dio otra calada al cigarrillo y dejó que sus ojos se concentrasen en la playa. Lo mejor sería dejarlo estar; cuando pudiera hacer algo para solucionar la situación,
entonces echaría mano de todos sus recuerdos y su rabia acumulada.
Para relajar la tirantez que le agarrotaba los hombros, apoyó su mano derecha sobre la nuca y elevó el rostro. En su campo de visión, a lo lejos, sobre el acantilado,
divisó la silueta de una mujer. Era pequeña. Su pelo largo y oscuro ondeaba al viento. Aunque solo un metro, tal vez dos, la separaban de una fuerte pendiente que
podría hacerla caer al vacío, no daba la sensación de hallarse en peligro; al contrario, se mostraba recia, enérgica.
La mujer cargaba un pequeño envase metálico que centelleaba con los rayos de sol que aparecían y desaparecían tras las nubes. Su vestido corto se movía con la
brisa marina. Parecía anclada a la tierra. Fuerte. Sólida. No podía verla bien, pero desde la lejanía le resultó bella, integrada en el paisaje, hermosa… Como todo lo que

Sentada sobre la arena, Niyati observaba a sus tíos pasear cerca de la

Pages : 92

Autor De La  novela : Luz Divina Baena

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Médium – Luz Divina Baena

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