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Mi nombre es Pecado – Adriana Rubens

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Libro Mi nombre es Pecado – Adriana Rubens

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—Sin, necesito que me hagas un
favor.
Aquellas siete palabras cambiaron mi
vida para siempre.
Estaba sentada en la cafetería de la
universidad, esperando a que comenzara
la clase de Lengua China 2, una
asignatura optativa del último curso del
grado en Traducción y Mediación
Lingüística que estaba haciendo.
Mientras repasaba los apuntes de la
última clase, daba cuenta de mi habitual
café con leche de mediodía, esta vez
acompañado de un dónut glaseado, un
lujo que rara vez me permitía.

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A mi alrededor las mesas estaban
repletas de estudiantes. Mis compañeros
de universidad: un hervidero de mentes
jóvenes y brillantes con poca
experiencia en la vida pero un futuro
prometedor por delante. Casi todos
menores de veinticinco años. La
mayoría pensando en sus planes para el
próximo fin de semana.
Y luego estaba yo: con veintinueve
años, haciendo malabarismos para
cuadrar las clases, mi horario laboral y
mi familia.
Trabajaba a media jornada de cajera
en un supermercado de una importante
cadena de alimentación. Entre eso, las
clases, las horas que pasaba en una
pequeña editorial para cubrir los
créditos prácticos y trabajos sueltos de
traducción que aceptaba para ganar un
dinero extra, llevar una vida social
normal resultaba complicado.
Y si a la ecuación le sumabas un hijo
de doce años, como era mi caso…
La mayor parte del tiempo me sentía
tan fuera de lugar entre mis compañeros
que, durante cada uno de los cuatro años
que había pisado esa universidad, no
había dejado de plantearme si estaba
tomando el camino correcto, que tal vez
hubiese sido mejor solicitar la jornada
completa en el supermercado y no
aspirar a más. Pero mi abuela siempre
me impulsaba a superarme.
Levanté la mirada y clavé los ojos en
la persona que había interrumpido mis
pensamientos. Mi despampanante y
alocada amiga, Sonia Anderson. Todo
en ella hablaba de colegio privado y
familia adinerada, desde la coronilla de
su deslumbrante e impecable melena
rubia hasta las puntas de sus carísimos
botines Fendi.
—¿Qué apuntes necesitas esta vez? —
pregunté con un suspiro, pues Sonia se
saltaba las clases de forma habitual para
luego pedirme que le pasara mis
apuntes. En ese momento me fijé en las
muletas y la flamante escayola que
llevaba en el pie—. ¡Vaya, Sonia! ¿Qué
te ha pasado?
—Iba distraída con el móvil y tropecé
—explicó Sonia con una mueca,
sentándose en la silla de enfrente—.
Tengo un esguince de tobillo y una
penitencia de quince días llevando
escayola. Además, creo que he cogido
algún tipo de virus, porque llevo un par
de días con el estómago revuelto y sin
ganas de levantarme de la cama.
—¿Por eso ayer no apareciste por
aquí? Y yo pensando que te habrías
quedado dormida o algo así. Si
necesitas que te pase los apuntes no hay
problema.
—Hablas como si solo te buscase
para pedirte apuntes —declaró Sonia
con tono herido—. Y reconozco que al
principio era así. Pero chica, la verdad
es que has terminado cayéndome bien.
No eres tan estirada como aparentas —
añadió, guiñándome un ojo.
Acusé sus palabras haciendo el gesto
teatral de clavarme una daga en el
corazón, incluyendo un suave resuello y
bizqueando un poco.
—¿Ves? Incluso puedes llegar a ser
divertida —afirmó Sonia con una suave
carcajada.
Su risa enseguida atrajo todas las
miradas masculinas en varios metros a
la redonda. Era una chica espectacular
de veinticinco años, al estilo de
Cameron Diaz: con una cara preciosa,
uno de esos cuerpos que aparecen en las
portadas de las revistas, una elegancia
innata y una de esas personalidades que
atraen toda la atención sin proponérselo.
Si no la quisiera con locura la odiaría
a muerte. Pero la verdad es que era la
única persona en aquella universidad a
la que consideraba una amiga. Hace un
par de años mi abuela cayó enferma;
nada grave, pero tuvo que guardar cama
durante un par de semanas y para mí
supuso un gran problema. Con mis
apretados horarios contaba con ella para
que llevara a Lucas al cole y después lo
recogiera. Sin pedírselo, Sonia me
ayudó con mi hijo. Le llevó y le recogió
del colegio durante esas semanas. Y
desde entonces, siempre la había tenido
ahí. Debajo de su fachada alegre y
superficial había un corazón de oro.
—¿Qué necesitas?
—Te tienes que hacer pasar por mí el
próximo fin de semana.
Mi carcajada debió de oírse hasta el
vestíbulo de la facultad.
—No es broma. Necesito que me
cubras en un trabajo muy importante.
El padre de Sonia había amasado una
gran fortuna con el boom inmobiliario, y
su madre era cirujana, por lo que ella
siempre había llevado una vida más que
acomodada. Pero desde que le habían
puesto restricciones económicas hacía
dos años por haber suspendido varias
asignaturas, Sonia se había visto
obligada a trabajar. Había encontrado
trabajo en Contact One, una empresa que
proporcionaba servicio personal de
azafatas, guardaespaldas y chóferes a
clientes adinerados. La llamaban para
trabajar días sueltos, normalmente en fin
de semana, en congresos, convenciones
y otros actos bastante exclusivos. Por lo
que contaba Sonia, se podía sacar
mucho dinero, pero como ella era una
trabajadora esporádica, le pagaban en
negro.
—¿Y por qué no le pides a una de tus
compañeras que te sustituya?
—Imposible. El lunes comienza el
Mobile World Congress en Barcelona,
pero muchos de los participantes
comenzarán a llegar este fin de semana.
Uno de los clientes VIP de mi empresa
ha solicitado una traductora personal
que le acompañe durante el sábado.
Necesita que hable español, inglés y
chino; y yo soy la única de Contact One
que da el perfil. Pasado mañana tengo
que ir a recogerlo al aeropuerto de
Barcelona – El Prat —explicó Sonia—.
No puedo avisar con tan poca antelación
a mi empresa y no conozco a nadie más
que pueda sustituirme en tan poco
tiempo. Y si fallo, Contact One seguro
que toma algún tipo de represalia al
respecto, como no ofrecerme otro
trabajo en una larga temporada, y es
algo que no me puedo permitir.
La miré con asombro.
—¿Lo dices en serio? ¿Esperas que
vaya este sábado a Barcelona y me haga
pasar por ti en ese trabajo?
Sonia asintió como si fuera lo más
normal del mundo.
—¿No tienes otra amiga más
adecuada? —pregunté incrédula.
—Tú eres ideal. Hablas inglés a la
perfección, y el chino se te da mejor que
a mí, eres educada y físicamente somos
clavaditas.
Bufé ante aquella declaración.
—Lo del chino, tal vez si fueses a
más clases se te daría mejor —señalé
con sequedad—. Respecto a que hablo
inglés a la perfección, eso te lo concedo.
—Al igual que Sonia, era mitad
española y mitad estadounidense, por lo
que hablaba inglés desde la cuna—.

Mi nombre es Pecado – Adriana Rubens

Pero es lo único que tenemos en común.
Bueno, tal vez la altura —añadí, pues
las dos medíamos un metro setenta y
cinco centímetros, una

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