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Mi nuevo estilo – Liz Fielding

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Resumen y Sinopsis De 

Mi nuevo estilo – Liz Fielding

queso en el avión, pero los nervios y la excitación le impidieron comer y se lo había guardado intacto en el bolso. Lo sacó y le ofreció un trozo al
gatito, que se lo zampó ávidamente.
Geli le dio otro trozo y volvió a concentrarse en el plano. En algún punto se había equivocado de calle y se había internado en el distrito
comercial, cerrado a esas horas, pero por su vida que no sabía dónde se había extraviado.
No podía llamar a la signora Franco, su casera. Su inglés era tan escaso como el italiano de Geli. Lo que necesitaba era uno de los famosos
bares o cafés de Isola, un lugar cálido y seco con gente que conociera la zona. Se preparó para enfrentarse a lo que ya comenzaba a ser una auténtica
nevada y echó a andar.
Oyó al gatito maullar tras ella y suspiró. Había unas cuantas luces encendidas en los pisos superiores, pero abajo estaba todo apagado y
cerrado. El pobre animal era demasiado pequeño para sobrevivir una noche así a la intemperie. Y ella tal vez estuviera en un país extranjero, pero
seguía siendo la misma.
El gato se encogió aterrorizado cuando Geli se agachó y lo agarró para meterlo en uno de los grandes bolsillos del abrigo. Al día siguiente
volvería a aquel lugar en busca de alguien que pudiera ocuparse de él, pero en aquel momento sus prioridades eran otras. Tenía que poner a prueba
su italiano. Había memorizado la pregunta y podía farfullar «Dov’è via Pepone?» sin dificultad. Lo difícil sería entender las respuestas.
Guardó la linterna y el inservible plano en el bolso y, partiendo de nuevo desde la estación, caminó en línea recta en vez de girar.
En las fotos que había visto era verano, se celebraban conciertos de jazz al aire libre, cada martes se organizaban almuerzos colectivos en el
parque donde la gente compartía la comida y reforzaba los lazos de la comunidad. Las terrazas de los modernos cafés estaban llenas y animadas.
Todo era perfecto e idílico.
Pero ella se había equivocado al escoger el día y la época del año.
Entonces oyó música, como si alguien hubiera abierto brevemente una puerta, y corrió hacia la esquina. Al otro extremo de una plaza las
luces salían de una ventana empañada.
Era el Café Rosa, famoso por sus cócteles, el jazz y las obras que exhibían en sus paredes los pintores del barrio. Invadida por un inmenso
alivio, cruzó la plaza y abrió la puerta.
Al instante se vio envuelta por una ola de calor, un delicioso olor a comida y la animada música que tocaba un grupo en un pequeño
escenario y que se mezclaba con los silbidos de vapor que despedía la cafetera. Mesas de todas las formas y tamaños estaban ocupadas por gente que
comía, bebía y charlaba animadamente, y un hombre alto y moreno estaba apoyado en la barra hablando con la camarera.
Unos cuantos clientes se habían girado hacia ella al abrirse la puerta. Las conversaciones se desvanecieron y lo único que se oyó fue el
rasgueo de un bajo.
El hombre de la barra también se había girado, a medias, y Geli se sintió embargada por una inexplicable e instantánea atracción hacia
aquel hombre de quien nada sabía y a quien nunca había visto.
Por unos instantes hasta se olvidó de respirar. Era como si alguien le hubiera dado al «pause» y la escena se hubiese congelado. Los colores
apagados se reflejaban en el acero, las luces arrancaban destellos de las botellas y los vasos de detrás de la barra y el rostro de Geli se reflejaba como
una imagen espectral tras el anuncio que había en un espejo. Y Míster Italia mirándola fijamente con unos ojos que prometían toda clase de placeres
y una boca que no le iba a la zaga.
No era su espeso pelo oscuro ni sus pómulos sensualmente marcados los que la mantenían paralizada. Eran aquellos ojos de un intenso
color chocolate. Si hubieran aparecido en un folleto turístico, las mujeres de medio mundo habrían reservado sus vacaciones en Italia.
El hombre se irguió, atrayendo la atención hacia el pelo que se le rizaba en el cuello, sus anchos hombros y los fuertes antebrazos que
revelaba su camisa arremangada.
–Signora… –murmuró mientras se apartaba para dejarle sitio en la barra.
Su voz, profunda y arrebatadoramente varonil, dejó sin aliento a Angelica. Pero afortunadamente una mujer rubia y atlética le sirvió un
espresso a aquel dios italiano y se giró hacia ella.
–Sta nevicando? E brutto tempo.
¿Cómo?
Demasiado para el curso básico de italiano que había descargado en su iPod, de modo que hizo lo único que podía hacer y se quitó la
capucha. La gente retomó sus conversaciones y Geli obligó a sus piernas a moverse hacia la barra.
–Cosa prendi, signora?
Al menos aquello lo entendía.
–Eh… Vorrai un espresso… s’il vous plait –respondió en una mezcla de inglés, italiano y francés–. No… quiero decir…
– maldición.
La rubia sonrió.
–Tranquila. Te entiendo –dijo con un marcado acento australiano.
–Oh, gracias a Dios que eres inglesa. ¡No! Lo siento, quiero decir, australiana…
Teniendo a un hombre tan arrebatadoramente sexy a su lado, con uno de sus poderosos muslos casi rozándole la cadera, era imposible dar
la imagen de una mujer de mundo, desenvuelta y sofisticada, con la que quería conquistar Milán.
–¿Qué tal si salgo, doy una vuelta a la manzana y vuelvo a intentarlo?
La camarera le sonrió.
–Ni se te ocurra. Enseguida te sirvo el espresso. ¿Acabas de llegar a Isola?
–A Isola, a Milán y a Italia. Aprendí un poco de italiano cuando pasé un mes en la Toscana, hace años, pero estudié francés en la escuela y
parece que es la lengua que se activa por defecto en mi cerebro cuando me invade el pánico.
Su cerebro estaba demasiado ocupado babeando por Míster Italia como para que le importasen un bledo los idiomas.
–Date una semana. ¿Te pongo algo más?
–¿Un extra de direcciones? –preguntó esperanzada, intentando ignorar que no era solo su cabeza, sino todo su cuerpo, lo que respondía al
bombardeo de hormonas que recibía del hombre que se hallaba sentado a su lado. Hacía lo posible por no mirarlo, pero ¿la estaría mirando él?
–¿Te has perdido, signorina? –le preguntó él con la voz y el acento más sensuales que Geli había oído en su vida. Un estremecimiento que
nada tenía que ver con la nieve que le chorreaba del pelo le recorrió la espalda y los pechos. Respiró hondo e intentó recordar por qué estaba allí.
–No exactamente –sacó del bolso la hoja con las direcciones, la colocó en la barra con el plano hacia arriba y se giró hacia él para explicarle
lo sucedido. Pero cuando se encontró con su mirada y el sensual arqueo de su ceja se quedó sin palabras.
–¿Entonces? –la apremió él.
Sin duda estaba acostumbrado a ejercer aquel efecto en las mujeres. Con su pose relajada y sus penetrantes ojos, irradiaba un aura tan
peligrosa como irresistible.
Su primer día en Isola y Geli ya se imaginaba lo que podría hacer con Míster Italia. Y por la forma en que la miraba él debía de estar
imaginando lo mismo con ella.
¿Habría sido así para su madre la primera vez? ¿Una mirada de un fornido jornalero en la feria anual del pueblo había bastado para
conquistarla?
–Sé exactamente dónde estoy, signor –dijo, mirando fijamente aquellos ojos oscuros de depredador. Para recalcarlo, se quitó el fino guante
de piel que de poco le había servido para calentarse la mano y señaló la plaza con la punta de una uña carmesí.
–No –repuso él. Sin apartar la mirada de sus ojos, le rodeó la mano con sus largos dedos y la desplazó un par de centímetros hacia la
derecha–. Estás aquí.
El tacto de su mano era deliciosamente cálido contra la fría piel de Geli, a quien le costó mantener la compostura cuando por dentro era
como un volcán a punto de entrar en erupción.
–¿En serio? –preguntó, reprimiendo la necesidad de tragar saliva.
Estaba acostumbrada a que la gente la mirase. Desde los nueve años había sido el centro de atención y siempre se había deleitado con el
interés que suscitaba en los hombres.
Pero la mirada de aquel hombre era distinta. Intensa, penetrante y abrasadora. Temiendo que el charco de nieve que

Pages : 58

Autor : Liz Fielding

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Mi nuevo estilo – Liz Fielding

se derretía a sus pies se
transformara en un chorro de vapor, se volvió hacia el plano.
No le sirvió de nada. La mano del hombre seguía cubriéndole

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