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Nadia sin miedo – Alfredo de Braganza

Nadia sin miedo – Alfredo de Braganza

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Libro Nadia sin miedo – Alfredo de Braganza

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representante de la embajada de Suiza en la India al Festival Internacional de Locarno, donde le van a dar un premio por toda su carrera y proyectarán algunas de sus
películas.
Me quedé atónito. Lo que tenía en mente era largarme del infierno caluroso de Delhi tan pronto acabase la agenda con los proveedores indios para la misión comercial y
así reunirme con mis compañeros para disfrutar de las vacaciones. Ni siquiera me acordé de que tenía una excusa preparada; pero sin pensarlo no pude dejar que se me
escapase:

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—Pero… ¿no debería encargarse de esto la sección cultural?
Mi jefe hizo una mueca, molesto, porque consideraba una impertinencia que alguien le llevara la contraria y más aún un becario. Ya quería zanjar el tema y echarme
encima el trabajo. De hecho, de un vistazo me fijé en que en su mesa tenía los billetes ya reservados con mi nombre impreso. Supuse que antes de mi llegada a su
despacho había revisado todo puntillosamente.
—Pues no, Robert —me dijo clavando sus ojos en mí—. He sido yo quien les ha quitado de encima a última hora este trabajo, por la sencilla razón de que, después de
tu misión comercial de productos de maquinaria, vamos a organizar una misión comercial a la India para productores audiovisuales suizos. Así pues, quiero que te
familiarices con la industria del cine indio y hagas contactos en el festival —dijo agarrando el montón de papeles que tenía enfrente.
Y añadió:
—¡Toma! Aquí tienes tu itinerario: Bombay-Zúrich-Lugano, y la vuelta. Esta es la dirección de la actriz, el dinero en metálico para sufragar gastos durante el viaje y el
teléfono de contacto de la persona del festival que os estará esperando a la salida del aeropuerto de Lugano para llevaros en coche al hotel de Locarno. No tienes mucho
tiempo. Deja lo que tenías que hacer, te largas ahora a tu apartamento a hacer la maleta y para el aeropuerto con mi chofer. ¡Echando chispas! ¡Ya!
Salí cabizbajo de su despacho. Ni siquiera se me ocurrió preguntar a qué actriz tenía que acompañar. Tan solo pensaba en la pérdida de mis vacaciones en aquellos
lugares exóticos de la India que no sabría cuándo volvería a tener oportunidad de visitar. ¡Qué estúpido fui! Tenía que haberme marchado la víspera…
—¡Ojo, Robert! —me dijo mi jefe sonriendo y señalándome con el dedo índice a modo de advertencia—. Y nada de ligar con la actriz. Que te conozco. Mucho decoro,
¿eh?
De inmediato, rompió a reír y sus carcajadas podían oírse por todo el pasillo. Sin duda, el muy gracioso, había omitido decirme que la actriz era nada más ni nada menos
que octogenaria.
Bollywood guarda una especial relación con Suiza debido a que sus bellos paisajes se utilizan como exteriores en las grabaciones de muchas escenas musicales. Pero de
esa industria, yo sabía más bien poco que nada. Tan solo había visto una película entera con mis compañeros de la embajada, pero como leía muchos periódicos todos
los días estaba al corriente de los estrenos y leía por encima las críticas y cotilleos sobre los actores del momento. La verdad es que no me entusiasmaban mucho; me
parecían tan solo destinadas a un público indio, llenas de clichés, melodramas tórridos y, en general, muy aburridas historias para aguantar casi tres horas dentro de una
sala. Constituía la excepción alguna que otra canción en la que salían bailando mujeres indias muy atractivas y que parecían más bien videoclips de MTV. Además, tanto
muchas canciones y melodías como los argumentos eran copias descaradas de películas extranjeras.
Al llegar a casa me encontré a mi compañero Claude, con quien compartía el apartamento, haciendo las maletas mientras su novia Lara terminaba de preparar bocadillos
en la cocina, ya que ese mismo día se iban en tren a Cachemira. Les comenté lo sucedido, y Lara me explicó que aquella actriz se llamaba Nadia, e incluso me enseñó un
folleto del festival de cine. Ella trabajaba en la sección cultural de la embajada y me dijo que la organización del Festival Internacional de Locarno les había mandado un
fax pidiendo un acompañante para la actriz invitada debido a su avanzada edad. En un primer momento, iba a ir ella, pero el día anterior mi jefe dijo que era competencia
de la sección comercial porque iban a promover las coproducciones audiovisuales entre Suiza e India. Así entendí el inesperado y precipitado cambio.
Lara me comentó que era una gran oportunidad conocer a una leyenda viva del cine y su historia personal, ya que se trataba de una pionera del cine indio. Me quedé
sorprendido cuando me dijo que no era de origen indio sino australiano. Esto me llevó a decidir meter en mi maleta la grabadora y, de camino, pedir al chofer de mi jefe
que me acompañara a comprar un montón de casetes y pilas de repuesto.
Con el banderín de la bandera suiza ondeando al aire en el Mercedes con matrícula diplomática de color azul, llegué al aeropuerto de Nueva Delhi con el tiempo justo
para coger mi vuelo a Bombay.
A media tarde, nada más llegar a la capital del estado de Maharashtra, cogí un taxi y fui directamente a la dirección que me había dado mi jefe.
El apartamento de la actriz estaba lleno de perros callejeros que ella había acogido. Tras indicarme la criada dónde estaba el salón, eché un rápido vistazo a la habitación
así como al resto de la casa, y presentí que había conocido tiempos mejores. Había un ambiente de frescura y un aroma placentero, como a palo de rosa y sándalo, todo
lo contrario al sahumerio insoportable tras quemar alguien un montón de basura y hojas secas que me encontré en la calle nada más bajar del taxi.
Era un apartamento amplísimo; debía de costar una fortuna. Bombay es una ciudad carísima y el valor del metro

Nadia sin miedo – Alfredo de Braganza

cuadrado está por las nubes; aquella zona solo era
asequible para millonarios o para ricos herederos. Me fijé en que había lugares en la pared

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