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No ha lugar a proceder – Claudio Magris

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No ha lugar a proceder – Claudio Magris

 «Ares para Irene o Arcana Belli. Museo total de la Guerra para la llegada de la Paz y la desactivación de la Historia.» Luisa pensaba proyectar aquel nombre barroco
del Museo, tantas veces repetido en los cuadernos y diarios –modificar el pasado, escribía, invertir el tiempo, reducirlo a una calle de dirección prohibida–, en las
paredes interiores del propio Museo. En el caso de que algún día se concluyera. De momento, sólo era un hipotético esbozo, un proyecto que le habían confiado la
Fundación y la Consejería de Cultura del Ayuntamiento, al que trataba de dar forma, imaginando una posible organización del enorme y heterogéneo material en los
diferentes espacios y salas del viejo complejo del hipódromo, la secuencia de piezas, el uso de las imágenes en los monitores, el hilo conductor del recorrido, los objetos
y las historias que surgían de ellos como los genios de la lámpara de Aladino.
¿Cómo organizar aquel Museo desenfrenado, excesivo incluso después del incendio que había destruido buena parte, junto con su todavía más excesivo artífice? El
altisonante nombre, por ejemplo, no quería colocarlo en la entrada, sino proyectarlo en las salas interiores con haces luminosos intermitentes que dibujaran las letras y
las palabras en varios colores que debían encenderse y apagarse sin pausa. Para él todo era signo, mensaje que, cuanto más se acercaba a su final, más anunciaba
felicidad. Nada podía sorprender y mucho menos asustar a quien, como él, afirmaba tener «una relación profética con lo inesperado». El descubrimiento de cualquier
objeto, escribía –una cartuchera, una pistolera–, «es un infinito buen augurio y todo está relacionado con la llegada del infinito bien, cuando el mal será abolido y de las
armas sólo quedará la parte de energía cósmica que tiene relación con su belleza y con su funcionalidad…».
¿Dónde, cómo y en qué secuencia de las salas disponer las notas…, aumentarlas con los reflectores, enmarcarlas, grabarlas en dispositivos camuflados en las paredes
para accionar en el momento adecuado, elaborar un programa, un recorrido más mental que material para que el visitante, al pulsar un símbolo u otro de los mostrados

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en el monitor, junto a las diferentes pantallas y los diferentes objetos en diversas salas, pudiese llegar a otras pantallas, encontrarse con otras historias relacionadas con
aquel cañón o aquella espada, acceder a un objeto a voluntad? ¿El Museo como un hipertexto móvil en el que todo transcurre o desaparece o se anula, como
probablemente había sucedido en su cabeza?
En todo caso, tal vez él tuviera razón, el bien infinito existe, desde siempre. Nos envuelve –sí, quizá también a mí, sentada en medio de este desorden– una suave
nube azul añil que acoge un globo escapado de la mano de un niño. Es la felicidad, pero las criaturas bidimensionales que se arrastran por la superficie del globo no
pueden levantar la cabeza y comprender que existe esa otra dimensión, la nube que las envuelve, y continúan arrastrándose desesperadas. También ella, tan agraciada y
esbelta, era una estela de caracol; su hermosa cabellera todavía oscura al viento –también ésa una herencia de los dos exilios pluriseculares que se habían fundido en ella
después de haber atravesado el desierto y el inmenso mar– no sabía que existía aquel viento. En la sombra, que la lámpara de la mesa repleta de cartapacios proyectaba
sobre el muro, Luisa sentía el pelo de la nuca húmedo. Él debió de conseguir levantar la cabeza de alguna manera, respirar el viento de espacios, de alturas inimaginables
para quien sólo tiene ancho y largo; había aspirado a pleno pulmón aquel aire desconocido para los humanos, un gas hilarante que producía alegría. Afirmaba, además,
que había encontrado un sistema científico para alimentarse sólo de aire, con una nueva técnica de respiración que metabolizaba las microscópicas criaturas vivas en cada
soplo de viento y las hasta entonces desconocidas sustancias nutritivas contenidas en los gases. Y no porque esté sin blanca y me tenga que mantener mi mujer, añadía,
de antigua familia noble húngara, y se vea obligada por mi culpa a trabajar como criada, como se ha insinuado muchas veces con malevolencia, sino porque soy ligero,
libre, feliz.
La oscuridad de la noche del incendio –oscura por la autoridad judicial, para quien era una majestuosa iluminación, la hoguera de un soberano que hace alarde de su
magnificencia arrojando al fuego toda posesión y, aún más, su propio ser– era una pira divina, el rojo atardecer final del Eón cósmico del mal, de la guerra, de la matanza.
Tal vez él no había llegado a sufrir, en aquel ataúd en que dormía, con un casco alemán de hierro en la cabeza y una máscara de samurái en la cara, quizá el humo lo había
ahogado mientras dormía antes de que las llamas pudieran alcanzarlo.
Según la terminología de su proyectada reforma global del vocabulario –rigurosamente expuesta y clasificada en su inacabado DUD, Diccionario Universal Definitivo–
él, en aquella noche de fuego, había entrado en el «invertidor», el término correcto que tendría que haber sustituido al común pero aproximado de «muerte». Su nueva
lexicografía era un cuaderno de vocablos, interrumpido en una página arrancada en la letra M o, mejor dicho, en el lema «mulváceo», del que faltaba la explicación como
faltaba todo lo siguiente. Luisa había pensado, cuando recibió el encargo de proyectar el Museo, presentar el material de aquel diccionario unido a la palabra en tablillas
correderas que asociaran al instante las viejas y chapuceras palabras a las nuevas, de una forzosa y hermética precisión, para borrarlas inmediatamente, apagando sus
letras vistosas, tragadas por la oscuridad con sus viejos y confusionistas significados. La Muerte proyectada en grandes caracteres, rojos, sobre la pared de frente a la
entrada, en la tercera sala, debía revelarse como un simple error de imprenta corregido de inmediato; l’Amor-te1 (p. 27 del manuscrito e incompleto vocabulario).
La muerte no existe, explicaba él; es sólo un invertidor, una máquina que simplemente da la vuelta a la vida como a un guante, pero basta con dejar correr el tiempo en
sentido inverso y se recupera todo. Tiempo reencontrado, triunfo del amor. Amor-te. ¿Quién? A ti, tú, todos.
Aquellos objetos escupefuegos del Museo, carros blindados y cañones y todo lo demás, habrían debido revelarse en última instancia, según las intenciones de su
infatigable coleccionista, como lábiles imágenes ilusorias, pesadillas de un sueño angustioso y disperso, un film proyectado al revés que comienza con la muerte y la
destrucción y termina con aquella gente –al principio, saltando por los aires, despedazada o atravesada, al final contenta y sonriente– para que se comprendiera que la
muerte, toda muerte, llega antes que la vida, no después. Querida doctora Brooks, le había dicho una vez, Moisés escribió el Pentateuco, los cinco primeros libros de la
Biblia, y en el quinto narró su propia muerte en el monte Nebo, en la región de Moab. Por tanto, el momento de su muerte llega antes del momento en que lo cuenta. No
hay antes y después, querida doctora, el tiempo es como el espacio, se va hacia el oeste, se continúa andando hacia el oeste y se llega al este del punto del que se había
partido. Al este del Edén…
Se lo dijo en su primer encuentro, después de que la Fundación hubiera decidido financiar el proyecto del Museo. En principio sólo el proyecto, después ya se vería;
entre tanto, toda aquella Babel de objetos permanecía amontonada en un par de grandes cobertizos y en un amplio espacio vacío del propio hipódromo. Más que
apoyarlo, le habían propuesto frenarlo y mantenerlo a raya en el trabajo. Por lo demás, pronto quedó todo interrumpido por su muerte y no se recuperó hasta años más
tarde, cuando en la ciudad se había reavivado, tras unos artículos provocadores en el periódico local, el interés por el personaje y su grandioso propósito –y sobre todo
por las libretas misteriosamente desaparecidas– y se habían recaudado nuevos fondos. Pero ya bastante tiempo antes de su muerte, sus contactos de pronto se hicieron
escasos. Él, antes tan invasivo y pegajoso, casi no se dejaba ver, como si de repente lo hubiera encandilado alguna otra cosa. Aquella repentina ausencia era extraña, si
bien le hacía más tranquilo y menos obsesivo el trabajo.
Aquellas armas creían, pregonaban, se jactaban de destruir todo lo que se les ponía a tiro, de reducirlo a la nada, y en cambio, muy a su pesar, sólo arremetían contra
el soldado, que saltaba por los aires a causa de una mina, del otro lado de la pantalla, donde todo recomenzaba y el soldado recuperaba la vida que creía desvanecida, la
borrachera del día anterior con sus compañeros de armas, la noche en un mar indescriptiblemente violeta de otro día, una boca besada muchos años antes, la lengua de
trapo del niño que empezaba a hablar. Pobres hombres locos que se hacen ilusiones de matar y destruir; como si, al apagar la luz, alguien creyese que haría desaparecer
de golpe las cosas, indistinguibles en la oscuridad, para siempre. Se podía, por ejemplo, decía en una de sus libretas, proyectar primero la imagen del salón con todos sus
objetos y después mostrar la imagen de un gran incendio que destruye todo y deja la sala vacía hasta que, encendidas las luces otra vez, reaparece la sala con todas sus
cosas, intacta, resucitada, nunca muerta. Podía ser una idea.
En todo caso, él no había temido a las llamas, mariposa que no teme a la luz en la que se precipita, quemándose y quizá naciendo de verdad en ese momento, más que
cuando de oruga se transformó en mariposa. En una de las primeras ocasiones en las que se encontró con Luisa, él, quién sabe si por hacer alarde de su cultura, le había

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recitado en alemán con solemnidad aquellos versos de plácida nostalgia, «keine Ferne macht dich schwierig, kommst geflogen und gebannt», no te detiene la distancia,
alzas el vuelo, fascinada; después, deseosa de luz, tú, mariposa, te prendes fuego, eres tú misma la llama.

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