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Parasomnia – Lars Vintergatan

Parasomnia – Lars Vintergatan

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Resumen y Sinopsis De 

Parasomnia – Lars Vintergatan

En ese momento entró en juego el reflejo vasovagal inevitable: Salí corriendo de la cocina, entré en el cuarto de baño, levanté la tapa del inodoro y, justo a
tiempo, comencé a vomitar con una violencia que casi me desorbita los ojos. Como si dentro de mi cuerpo hubiera estallado un volcán que justo tenía debajo la jodida
placa tectónica de Nazca.
Hubo una tregua que coincidió con el final de la música y yo, jadeante, con los ojos húmedos y el rostro desencajado, me senté en uno de los lados de la bañera;
me quedé respirando como si ya no quedase mucho aire en el planeta Tierra. Desde que había decidido dejar cualquier tipo de droga, mi antiguo dolor de estómago había
mejorado y ya casi no sangraba por la nariz, pero la mejoría estomacal se esfumó en un instante volviendo a sus peores momentos.
Una cabeza de murciélago.
¡De murciélago!
El reflejo, o mejor dicho, la facultad de recuerdo fotográfico de la memoria, como una tortura, me trajo la imagen y todo mi cuerpo se estremeció. Sentía un
horrible y repugnante amargor en la boca que iba en aumento a cada segundo. Hay que dejar claro que yo no soy de esas personas aprensivas que protestan por una
simple mosca en un salmorejo, pero… ¡Qué cojones, había una cabeza de murciélago dentro del yogurt que me había comido! Estaba harto de hablar de vómitos y
problemas gastrointestinales de otros, así que tuvo su momento interesante como experiencia vivir uno de ellos en mi cuerpo… bueno, no demasiado.
Ese asco, supongo, le hubiera pasado a cualquiera. También a ti, porque nadie, ninguno de nosotros, ha creado una inmunidad natural a ese tipo de bichos, a no
ser que, durante años, haya algún tipo de oficio que tenga como fin separar partes de animales de la familia de los roedores voladores.
Cinco minutos después me encontraba más tranquilo. Me había lavado la cara, enjuagado la boca y el estómago se había estabilizado… Aunque mi cara estuviera
roja y entumecida, no había llegado a sangrar por la nariz, lo que me tranquilizó. Me sentía mejor, todo lo mejor que me era posible.
¿Qué hacía una cabeza de murciélago allí? ¿Formaría parte de un tipo de alimento importado de Asia para ayudar a la fermentación? Si estaba allí era porque
alguien la había puesto, ¿no? O algo así, pero ese «algo» dependía de alguien. Un alguien que merecía que le partieran la cara, ¿verdad? Así que… ¿Quién cojones era el
responsable?
Me miré de nuevo al espejo del cuarto de baño contando mis músculos, suficientes para partirle la cara a casi cualquiera. Sabía que podía darle una manta de
leches a mucha gente, excepto a los que tuviesen algún parecido con La Montaña y cabrones así.
«El hijo de puta que haya hecho esto se va a cagar grité. ¡Me voy a encargar de que le cierren el puto negocio!».
Me puse la camisa blanca, bien embutida, el traje negro y anudé la corbata a juego. Soñaba con que llegara el uno de junio, justo ese día mi empresa comenzaba a
permitir hacer las visitas sin corbata e incluso sin americana, como cortesía debido al calor. En el día que estaba de mediados mayo daba igual a la temperatura, me
resultaba lo menos importante, ya que antes de comenzar a completar mi plan de trabajo iba a pasarme por un lugar.
Regresé a la cocina, metí la cabeza de murciélago dentro del bote, lo tapé, lo envolví con papel de aluminio y salí de mi apartamento situado en un antiguo
edificio reformado en la Calle Feria sevillana, en el centro de la ciudad. Pasé del ascensor, bajé los dos tramos de escaleras hasta la carretera, y enfilé el camino a pie para
poner justicia a mi honor estomacal.
¿Qué se habían creído los hippies de granja que habían hecho eso? Seguro que compraban cantidades industriales de yogurt barato para timar a gilipollas con
dinero obsesionados con la salud.
Empezaría por la tienda donde había comprado el tarro y seguiría localizar al cerdo que tenía la culpa directa de que la cabeza de murciélago hubiera estado
dentro.
Pero sobre todo, al inútil manazas que había metido o dejado que cayese dentro del cristal la cabeza de murciélago. Vamos a ver, cuando uno trabaja tiene que
estar atento a lo que hace, ¿no es cierto? Lo mismo da que sea un perroflauta ocupa en una granja perdida o que sea un viejo que nunca ha asumido que el mundo ha
avanzado. ¡Aquello no pasaba con las marcas blancas!
Nada, que va a arder Troya… Era incapaz de calmarme. Con el asco que me dan estas gilipolleces de comida sana y me ha tenido que pasar con una de
ellas.
Primer destino: La tienda. No tenía duda del lugar en el que había adquirido el yogurt, pues pasaba por allí casi todos los días. Estaba cerca del cristo psicópata,
en la estrecha calle Regina que terminaba en las setas de la Encarnación.
Y lo más importante a estas alturas: ¿qué me había hecho entrar en esa tienda ecológica? Pues lo que más me importaba desde siempre, la posibilidad de un buen
polvo. Bueno, la verdad era que sabía desde mucho tiempo antes que el dependiente siempre se dejaba el cuello mirándome el culo cuando pasaba por allí y yo no
evitaba pavonearme. Claro, que un día le vi yo el culo increíble a él, y llegó el apodo de Culobonito; eso significaba que ya lo tenía fichado como posibilidad para una
urgencia. El día de usarlo llegó. Hay que abstraerse de cuando en cuando si estás intentando dejar sustancias atrás, tomar un café, charlar con alguien y mojar el churro.
Así que el sábado me salté todo aquello para ir al último paso, comenzando con una compra casual de lo primero que estuvo al alcance de mi mano.
Con tanto enfado, cuando fui a darme cuenta estaba en la sombra del callejón, clavando la vista en el cristal exterior de la tienda vacía. La decoración era sencilla,
con baldas de madera intentando imitar una tienda de un siglo atrás. Sabiendo la calidad dudosa de sus productos, que estuviera desierta no era algo que me extrañara,
pero aunque me jodiera se debía más a la hora matutina.
Perfecto: ¡Se van a enterar!
Me apoyé sobre la puerta, cargué el peso en la mano libre del tarro, y entré en el negocio. Me fui directo al dependiente, Mario, que estaba colocando pasta de
quinoa en uno de los estantes superiores. El chico terminó, se giró y miró sorprendiéndome pensando en el culazo que tenía.
¡Hola! No esperaba verte tan pronto, Damián.
Yo tampoco, tío respondí.
¿Cómo?
Vengo a hacer una reclamación.
¿Qué reclamación?
Alguien entró en aquel momento a la tienda, una señora loca con un vestido de flores y comenzó a ojear la zona de refrigerados, justo donde estaban los tarros
del demonio.
¿La digo en voz alta?
Culo bonito comenzó a sentirse un poco incómodo. Pero no era tonto, así que sin decir nada hizo un gesto que fue bien interpretado por mí. Me incliné y, casi
tocando mis labios la oreja que días antes había saboreado, susurré:
Mira, Mario. He encontrado una cabeza de murciélago dentro de vuestro yogurt.
¡No! se irguió el dependiente.
Sí aseguré, respondiendo desafiante.
Nunca nos había ocurrido algo así.
Ni a mí tampoco. Sé que no es culpa tuya, así que me gustaría hablar con el responsable.
Joder, lo siento… El dueño está en el almacén, lo mejor será que hables con él, es por

Pages : 82

Autor De La  novela : Lars Vintergatan

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