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Libro PDF Adicta A El, Hasta Que Los Paparazzi Nos Separen – Isabella Marín

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¡Ni el mismísimo Sherlock Holmes encontraría algo decente en este armario! Tengo más vestidos de los que en realidad necesito y ninguno acertado para la ocasión.
Miro desesperada las prendas que he esparcido por toda la casa. La imagen es, como mínimo, desoladora. Un sendero de vestidos une mi habitación con el vestidor,
encima de la cama hay otro montón de ropa, y un par vaqueros han sido arrojados en algún momento sobre la lámpara colgante que compré en la galería de un
coleccionista durante un viaje a París. Ni el baño se ha librado del desastre, puesto que, desde este punto exacto, sentada en ropa interior delante de las puertas abiertas
del armario, puedo ver montones de prendas tiradas en el suelo, zapatos descansando en el lavabo y unos cuantos abrigos de piel en la bañera. ¡Qué caos! Con razón mi
madre me llama el huracán Katrina. La similitud de nuestros nombres –me llamaron Catherine– siempre le ha resultado divertida.
Las crueles agujas de mi Cartier dorado marcan el paso de los minutos mientras me pruebo un sinfín de vestidos, que acaban arrojados al suelo. Hoy nada
consigue satisfacerme. Cada vez que me contemplo en el espejo, mascullo maldiciones que harían ruborizarse hasta al más chungo de los raperos de Detroit. Me parece
que mis ondas castañas lucen apagadas y sin volumen, que mis ojos son demasiado grandes y demasiado verdes, y que mi cuerpo no es lo bastante escultural. En cuanto
a los vestidos, o bien resultan sosos, o bien resaltan la palidez de mi piel, o, en el mejor de los casos, no reflejan la imagen que yo pretendo proyectar. Tal vez deba
mudarme a un sitio soleado y, de paso, contratar a una asesora de imagen. ¿Será posible que yo, Catherine Collins, la chica más fashion de todo Londres, no tenga un
vestido para ponerme?
Acabaré llegando tarde a la entrevista que tengo con un actorucho americano, una clase de sex symbol de turno que actúa en una famosa serie para niñatos. Su
representante fue de lo más irritante el otro día cuando me llamó para concertar una cita. “Nathaniel Black tiene una agenda muy apretada y su tiempo es mucho más
valioso que el de los demás”. Con esas mismas palabras me lo explicó el ilustre mánager. ¡Como si yo no tuviera limpiezas de cutis y manicuras que hacerme! Mi agenda
también está muy apretada.
Mientras contorsiono todo mi cuerpo en un fracasado intento de cerrar la cremallera de un vestido negro de Dior –cuya existencia no recordaba–, oigo mi móvil
sonar en alguna parte. Me quedo quieta para detectar de dónde procede la irritante cancioncita. Parece estar sonando debajo de un montón de ropa, así que me agacho y
lanzo prenda por prenda por los aires, hasta que localizo al fin el engendro del demonio. En realidad, estaba debajo de la cama. ¿Quiero yo saber cómo había llegado
hasta ahí…?
―¿Qué? ―hago la pregunta de mala gana, sin molestarme en ocultar mi irritación.
―¿Cómo que qué? Se dice dígame ―resuena la voz chillona de Harry, mi novio.
¡Lo que faltaba! Entorno los ojos y respiro hondo para tranquilizarme. Harry no tiene la culpa de que mi armario sea un desastre.
―Si llamabas para criticar mis buenos modales, puedes ahorrártelo. Hoy es un día importantísimo y tengo mucha prisa, así que si no te importa…
Oigo un suspiro al otro lado del teléfono. ¡Oh, no! ¿Y ahora qué?
―Kitty… ―suspira de nuevo―. Solo te llamaba para decirte que lo nuestro ha acabado.
Suelto una carcajada. ¿Hoy es el día de las farsas y yo no me he enterado?
―Sí, sí. Lo que tú digas. Ahora en serio. ¿Qué quieres, Har? Llego tarde a la…
―Sabes que lo he intentado… y me he esforzado durante estos dos años, pero lo nuestro no lleva a ninguna parte. Somos demasiado distintos… De verdad que
lo siento.
Y luego se hace el silencio. Un opaco y exasperante silencio. ¿Ha cortado conmigo por teléfono y luego me ha colgado en las narices? ¡Cobarde rata! ¿Y ahora qué
se supone que debo hacer? ¿Desternillarme de risa o sollozar como una demente? ¿Qué es lo que la gente normal hace en esta clase de situaciones? Desde luego que no
estoy herida, ni mucho menos. Nunca he amado a ningún hombre. Debo de ser incapaz de albergar tan nobles sentimientos. Y, siendo sincera, la pérdida de Harry no me
inquieta en absoluto. No es un secreto para nadie que le tenía menos cariño que a mi barra de labios. No obstante, me parece una total y absoluta falta de respeto
tratarme así. ¡A mí! la chica que todas las demás quieren ser, el icono de la moda británica y el punto de mira de todos los albañiles cuando salgo a pasear mis elegantes
Jimmy Choo por las amplias avenidas de Londres. ¡A mí!, qué siempre le he apoyado en su trabajo –lo que sea que hiciese para ganarse la vida–.
¿Y a quién le importa su estúpido trabajo ahora? ¿Por qué demonios sigo pensando en Harry? Voy a centrar mi atención en cosas más productivas. ¡Pero no puedo
evitar enfurecerme! Es pura vanidad, orgullo, ego o cómo demonios se llame.
―¡Basta ya! ―grito tan alto que estoy segura de que me ha escuchado hasta la señora Wilson, que tiene noventa años, es sorda y vive tres pisos más abajo.
Afrontaré la situación como cualquier dama debe hacerlo: con dignidad, una larga sonrisa y fingiendo que nunca ha pasado. Mi profesora de protocolo estaría
muy orgullosa.
Me armo de paciencia y empiezo a inspeccionar una vez más el contenido del enorme armario de madera, moviendo cada percha de izquierda a derecha.
―Horroroso… aburrido… de monja ―suelto exasperada cada vez que muevo una percha.
Estoy a punto de rendirme y de montar una rabieta de las mías cuando, de repente, lo veo. En el rincón más oscuro, solitario y apartado del armario, prácticamente
oculto a primera vista, estaba él: el vestido. No cualquier trapito de rebajas, no. Este es un auténtico Óscar de la Renta de la colección de alta costura de invierto. Rojo,
fabuloso, con falda por debajo de la rodilla y silueta muy marcada, no solamente por el corte lápiz, sino también por un finísimo cinturón dorado. Una sola palabra:
sublime. En cuanto me lo pruebo, no me cabe duda de que era esto lo que estaba buscando. Refleja elegancia, profesionalidad y sofisticación, pero al mismo tiempo es
sexy. Hay un perfecto equilibrio.
***
Cruzo Londres en tiempo record, abriéndome paso por las vías atascadas a base de pitidos, blasfemias y gritos. A veces tengo la sensación de que nadie tiene prisa
en esta puñetera ciudad. Cuando solamente llevo cincuenta minutos de retraso, aparco con un chirrido de ruedas delante del hotel –enfrente de la señal de Prohibido
Aparcar–. Este año he debido de financiar todas las obras públicas de Londres con la cantidad de multas que me han puesto. ¿Pero acaso es culpa mía que nunca haya
aparcamientos?
Mientras cierro el coche, me distraigo pensando en si la grúa se llevaría un flamante Aston Martin simplemente por estar mal aparcado delante de un hotel de
lujo. Seguro que lo hacen, los muy cabrones, no sería la primera vez y desde luego que no será la última. Solo me queda confiar en que tengan la cortesía de no hacerlo
justo hoy. Con la llegada de estos actoruchos a Londres, el tráfico se ha vuelto tan infernal que tengo la sensación de que la única manera de conseguir un taxi en estas
fechas es haciendo un pacto con el maligno.
Abriéndome paso entre el gentío que aglomera la acera, alzo la vista para contemplar, durante unos instantes, el imponente edificio victoriano que acoge el
evento. El Gran Palace, inaugurado, –o eso cuenta la leyenda– por la reina Victoria en persona y entre cuyos huéspedes más destacados figuran Grace Kelly, Adolf
Hitler y, según algunos, el mismísimo Lucifer.
Tiesa y con la barbilla erguida –tal y como debe comportarse una dama de mi posición–, entro por las puertas giratorias del hotel y me encamino hacia el
ascensor con movimientos felinos, sonriendo y saludando a derecha e izquierda a gente que parece conocerme de algo, aunque soy incapaz de recordar quiénes son.
Seguramente hayamos coincidido en alguna cena o gala benéfica. No suelo recordar los rostros de las personas que carecen de interés para mí.
En cuestión de segundos, he dado con la sala donde se celebra la dichosa conferencia. Nada más entrar, entorno los ojos con exasperación. El sitio está alborotado
de adolescentes desquiciadas que siguen a Nathaniel Black por todo el mundo como si fuera el Mesías. Una especie de groupies, solo que para actores. ¡Muy maduro!
Está claro que yo, a mis veintiséis años y provista de clase, educación y bastante sentido común, no encajo mucho en este ambiente. Confieso que he visto algún que
otro capítulo de ese culebrón y, desde la más absoluta objetividad, puedo afirmar que, más que al argumento literario, su éxito mundial se debe al torso desnudo del
protagonista. Cuesta reconocerlo, pero hasta yo me he percatado de que Nathaniel Black desprende cierta seducción animal. Es sexy, rebelde y tan atractivo como
peligroso… si una presta atención a los cotilleos maliciosos.
A través de la aglomeración, los flashes y los irritantes paparazzi, que se extienden en un círculo alrededor de las superestrellas, distingo la silueta del señor
Black. Está de pie en el otro extremo de la sala, acompañado por su compañera de reparto y novia oficial, la actriz Anne Blunt, y firma autógrafos a las jóvenes que
gritan, lloran o se desmayan, según el caso.
Nathaniel Black es un hombre que llama la atención de las mujeres –la mía incluida, por mucho que me fastidie admitirlo– debido a su gran atractivo físico, algo de
lo que parece estar más que orgulloso, puesto que no para de posar en calzoncillos. Desde que es la nueva imagen de la casa Calvin Klein, su cuerpo cachas está en
todos los carteles de esta ciudad, y su sensual mirada te persigue desde cada autobús que recorre las calles de Londres. Es imposible salir de casa sin toparse con la
imagen de Nathaniel Black. Parece estar en todas partes, a todas horas y en paños menores. Le apodan el “hombre del momento”.
Su rasgo más cautivador es su mirada de color azul intenso, que contrasta perfectamente con su pelo oscuro. No es demasiado alto. Desde esta distancia estimo
que tendrá un metro setenta y ocho, como mucho. ¿Pero a quién le importa eso cuando todo lo demás es inquietantemente atractivo? Desde sus refinados y perfectos
rasgos faciales hasta su pálida piel, recorriendo sus altos pómulos, esos carnosos labios que a gritos piden que los besen, y su masculina mandíbula, Nathaniel Black no
tiene ni un solo defecto. Viste vaqueros oscuros y una camiseta negra de Metallica Rules, que parece haber sido diseñada expresamente para ajustarse a la anchura de
sus hombros. Su pelo está despeinado, como si acabara de levantarse hace unos instantes, y yo me digo a mi misma–no sin cierta ironía–que el chico malo de
Hollywood no debe de pasar las noches en vela pensando en cómo peinarse al día siguiente.
***
―Señorita, ¿quiere moverse? No tengo todo el día para esperar ―protesta una señora a mis espaldas.
Ese tono brusco me causa tal sorpresa que me pongo a balbucear:
―Disculpe, es que estaba…
―¿Embobada? ―me sugiere la amable señora, empleando esta vez un tono distinto. Sarcástico.
Giro la cabeza y la examino de arriba abajo, con las pupilas contraídas. Cuarenta y tantos, gordita, ataviada con un vestido morado que supone una amenaza para
la elegancia y el buen gusto. Sí, viene de provincias, más que seguro.
―Distraída―la corrijo con voz vibrante, casi con cólera.
La mujer me dedica una amable sonrisa, que pasa a iluminar sus ojos verdes.
―No se preocupe. Lo entiendo. Mi hija también está enamorada de ese guaperas. Me ha arrastrado desde Liverpool solo para conocerle.
Bufo para mis adentros con todo el desprecio del que soy capaz. ¡Qué patético! Yo no me enamoraría de ese hombre ni aunque el infierno se congelara, pero
como no quiero llevarle la contraria, le muestro una encantadora sonrisa y me vuelvo a girar.
―Esta es mi hija, Kelly.
Una vez atraída mi atención de nuevo, la encantadora señora empieza a contarme la historia de su vida. Por supuesto, desconecto de inmediato de todo ese
parloteo, limitándome a examinar a la hija. ¡Por favor, qué alguien le quite los bollos a la pobre criatura!
―¿Usted qué opina?
Muevo la cabeza como si acabara de salir de un trance.
―Yo… ―sonrío abochornada, sin saber qué contestar― estoy absolutamente de acuerdo con usted. Sí, absolutamente de acuerdo.
Espero no haber estado de acuerdo con alguna atrocidad. Las señoras de provincias no son de fiar.
―Ya decía yo que usted lo entendería. Buena actitud, sí señor.
Antes de que le dé tiempo a seguir balbuceando, mi móvil empieza a sonar, avisándome de que tengo un mensaje. Gracias a la providencia, tengo una excusa para
volver a mi sitio. Esta charla ha sido agotadora.
―Disculpe, tengo que mirar esto ―le explico con amabilidad, señalándole el móvil―. Parece importante. Un placer conocerla.
―Oh, por supuesto. Lo entiendo. El trabajo siempre es importante, ¿verdad?
No me digno a replicar. Simplemente le doy la espalda y miro el mensaje con una sonrisilla dibujada en las esquinas de mi boca. Según lo intuía, es de mi mejor
amiga, Emma. Empiezo a teclear una contestación, pero, de repente, algo hace que mis dedos se detengan en el aire. Es extraño, como si otra cosa llamara mi atención.
Levanto la barbilla y, sin pretenderlo, tropiezo con la penetrante mirada de Nathaniel Black. En cuanto nuestros ojos se encuentran, él esboza una sonrisa de lado
tan inquietante que, por unos instantes, se me olvida cómo respirar correctamente y contengo el aliento. Su mirada es hipnótica. Hay en ella algo primario, una mezcla
de determinación, descaro y lujuria que, en vez de indignarme, me complace. Nadie, nunca, me ha mirado de esa forma y, si bien soy consciente de que debería aparentar
indiferencia, sencillamente soy incapaz de interrumpir el contacto visual.
¡Genial! Ahora pensará que he venido porque estoy locamente enamorada de él. ¿Seré idiota?
***
Cuando solo quedan tres personas por delante de mí, la música deja de sonar y, prácticamente de la nada, aparece un señor con elegantísimo traje negro –el ilustre
manager, tal vez–que nos comunica el final de la conferencia. Aprieto los dientes con rabia. Aún no he hablado con el señor Black y llevo aquí más de una hora. Si
piensan que me iré sin más, están equivocados.
―Disculpe ―me dirijo al trajeado de la manera más seductora posible. Pestañeo despacio, sonrío, juego con un mechón de pelo; en fin, el kit completo de
seducción―. Ha debido de haber una confusión. La conferencia no puede acabar porque yo aún no he hablado con el señor Black. Así que si tiene usted la amabilidad de
dejarme pasar…
El hombre, cuya edad debe de aproximarse a los cincuenta, se limita a mirarme de forma inexpresiva.
―Pues la próxima vez madrugue más.
Su voz resuena de forma tan agresiva que doy un respingo. Los novios cortan conmigo por teléfono, los cincuentones me gritan, no soy lo que se dice una femme
fatale, ¿verdad? Me armo de paciencia y le muestro una dulce sonrisa, antes de volver a insistir.
―Se confunde usted ―sigo con la tarea de seducirle y, mientras hablo, pongo morritos―. No soy una fan. Me llamo Catherine Collins y vengo de…
―Me importa un carajo quién sea usted, señora. No puede pasar y punto ―brama antes de desaparecer tras una puerta.
Abro la boca por la estupefacción. Su falta de tacto me ha dejado sin aire. ¿Acaba de llamarme señora? ¡Ay, Dios! Creo que estoy experimentando un severo
estado de shock ¡Le he tirado los tejos a un cincuentón y me ha rechazado! No sé cómo podré vivir con eso.
La rabia, el orgullo hecho pedazos y la indignación hacen que mi mente se nuble y, de repente, me veo incapaz de pensar con claridad. Sin pensar mucho en lo
que estoy haciendo, salgo de la cola corriendo, tiro al suelo al gorila de seguridad y, en dos pasos, me coloco delante de Nathaniel Black. Vale. Ya lo he hecho. No es el
momento de ponerse nerviosa ahora. Lo haré luego, cuando tenga que llamar a mi abogado para que pague la fianza.
―Pido disculpas por la teatralidad, pero en mi defensa diré que no me dejaron pasar. Catherine Collins, un placer ―le digo a Nathaniel Black, ofreciéndole una
mano que él se niega a apretar.
Su mirada confusa y la arruga que se le acaba de formar en el entrecejo me confirman que no tiene ni la más remota idea de quién soy, ni de qué es lo que quiero de
él. ¡Un sueño hecho realidad!
―¡Como se le ocurra dar un paso más, haré que la detengan! ―truena el agente de seguridad, incorporándose con la rapidez de una cobra.
Freno en seco y echo una escrutadora mirada a mí alrededor, para evaluar mi situación. En dos zancadas, el guardaespaldas se interpone entre el señor Black y
yo, y me mira echando humo por las orejas. Sonrío avergonzada a la vez que empiezo a encoger como Gulliver en el país de los gigantes. El hombre es tan alto y tan
fuerte y tan…furioso que se me pone un nudo en la garganta solo de mirarlo. ¡Qué miedito! Esta noche dormiré en el calabozo, sin lugar a dudas.
―Señor Black, ha habido un terrible malentendido y, si me concediera tan solo un minuto, podría explicárselo todo.
Debo parecer una doncella en apuros, pienso, incapaz de contener una maquiavélica sonrisa.
―¡Detenla! ―ordena Nathaniel, quien coge a su novia de la mano y se dispone a darme la espalda.
Se ve que mi cara de damisela asustada no ha conseguido impresionarle. De acuerdo, puedo hacerlo mejor.
―Tranquilo ―le digo al agente y lo freno con las palmas, para que vea que no llevo nada peligroso en las manos―. No voy a besarle, ni a lanzarle el sujetador,
o… – entorno los ojos– lo que sea que los fans hagan. Solo quiero hablar. Un minuto.
Nathaniel Black se detiene y, cuando se vuelve a girar hacia mí, reparo en que la expresión aburrida que reflejaba su rostro hace unos instantes ha dejado paso a
una mueca divertida, donde una contenida sonrisa lucha por hacerse notar. Juraría haber detectado un brillo de curiosidad en sus ojos, pero no puedo estar segura. ¿Me
dará una oportunidad o hará que el gorila me detenga? ¡Qué nervios!
Miro de reojo al guardaespaldas, que permanece en su sitio observando la situación. Presta atención tanto a mis movimientos, por si hago algún disparate, como a
una posible orden de su jefe, quien parece ser incapaz de tomar una decisión. ¿Por qué tengo la sensación de que le resulta divertido jugar con mis nervios? ¡Por Dios!
¡Que diga algo ya porque este silencio es inaguantable!
―Suficiente. ¡Que todo el mundo vuelva a sus actividades! El espectáculo ha acabado.
Nathaniel Black se me acerca, me tiende la mano y me sonríe con esa media sonrisa suya que hace que el corazón se me suba a la garganta. Al ver que no hago
ademán de cogerla, entorna los ojos y se inclina sobre mí.
―Tranquila, encanto, no voy a morderla ―me susurra al oído―. Solo quiero que tomemos un café. Aquí es imposible mantener una conversación. Hay
demasiados… curiosos.
―Un… ¿café? ―balbuceo, tragando en seco, intimidada por la proximidad de su cuerpo.
―Sí, un café ―repite exasperado, como si estuviera hablándole a un niño medio retrasado―. ¿Tiene algún problema con el café? ¿Va en contra de su religión o
algo así?
Me lanza una sonrisa burlona que hace que me ruborice ligeramente.
―No, claro que no ―me obligo a responder―. Es solo que me habían dicho que tenía prisa.
¿Por qué demonios me cuesta tanto respirar?
―Pues parece que le mintieron porque tengo toooda la tarde libre ―me guiña un ojo y, esta vez, su sonrisa está llena de insinuación. Indudablemente, me está
haciendo alguna clase de propuesta escandalosa.
Compongo una sonrisilla brillante al mismo tiempo que me echo las ondas hacia un lado, y finjo no haber pillado su indirecta. Por desgracia para él, su novia no
es tan sutil. Anne Blunt mira a su novio boquiabierta y parpadea con rapidez, sin dar crédito a lo que está viendo.
―¿Disculpa? Hola, sigo aquí, amor mío. Lamento interrumpir este precioso momento íntimo entre vosotros dos, pero mucho me temo que tú no vas a ir con ella
a ninguna parte.
―No recuerdo haberte pedido permiso ―gruñe él, sin dejar de mirarme.
Me rio para mis adentros, con satisfacción femenina.
―¡Podría ser una psicópata! ―le grita Anne, fulminándonos tanto a mí, como a él, con su mirada verde.
Las esquinas de la boca de Nathaniel se elevan, mientras sus ojos me repasan desde las puntas de los pies hasta la cabeza, sin tener al menos la decencia de
disimular su aprobación sexual. ¡Oh! ¡Estoy indignada! O al menos debería estarlo.
―Un riesgo que estoy dispuesto a asumir, sin duda alguna.
―¿Cielo?¿Podemos hablar un segundo? ¿A solas?
Nathaniel se toca la barbilla, frunce el ceño como si estuviera cotejando muy en serio esa posibilidad y, al final, tuerce los labios en una sonrisa burlona.
―Lamento no ser capaz de contentarte. Señorita Collins, soy todo suyo por el resto del día ―se inclina con cortesía al hablarme, como el auténtico caballero que
él, yo y la prensa internacional, sabemos que no es.
Anne se queda atónita, mirando como su novio me coge de la mano y me saca de allí, delante de los periodistas que captan cada instante a través de los lentes de sus
cámaras. Mañana seré la portada de alguna revista. Desearía no haber cancelado esa limpieza de cutis. ¿A qué cerebrito se le habrá ocurrido la alta definición?
Y así, tras haber tumbado al suelo a un guardaespaldas, entrenado para matar, solo por hablar con un sex symbol que, por alguna razón, me sujeta la mano en este
momento, salgo victoriosa de la sala de eventos del Hotel Palace.
***
Nathaniel Black me arrastra hasta el ascensor sin articular palabra. Nada más entrar, pulsa el botón para bajar y se coloca a mi derecha. Los dos miramos fijamente
cómo se cierran las puertas delante de las miradas de impotencia de los paparazzi que, retenidos por los agentes de seguridad del actor, no pueden llegar hasta nosotros.
Apenas consigo disimilar mi malicioso regocijo. Miro de reojo al hombre que tengo al lado, pero su rostro impasible no delata nada de lo que está pensando. Es dueño de
la más absoluta tranquilidad, como si toda esta situación le resultara de lo más normal. ¡Ni que todos los días de su vida bajara en un ascensor con una acosadora! Su fría
seguridad es irritante. ¡Oh, venga ya! ¿De verdad que no le asusto en absoluto? ¿Debería sentirme ofendida?
En cuanto se detiene el ascensor, salimos a la vez, sumidos en el mismo pesado silencio. Cuando llegamos a la cafetería del hotel, me siento en uno de los
reservados que Nathaniel me indica, sin atreverme a romper el silencio. Miro las musarañas, tamborileo los dedos, me observo la manicura, en fin, la situación me resulta
tan incómoda que, por un instante, barajo la posibilidad de salir corriendo. Pero solo por un instante. Luego aparto de golpe esa estúpida idea de mi mente. ¡Rendirme!
¡Qué ridiculez! Mi madre siempre me ha dicho que las mujeres Fitzgerald nunca nos rendimos, y pienso hacerle caso, aunque sea por una vez en la vida.
Complacida por mi determinación, agarro el menú con las dos manos y lo examino con atención durante un tiempo, para tener algo en lo que distraerme y no
pensar en el molesto cosquilleo que siento en el vientre cada vez que el brazo de Nathaniel Black roza “por error” el mío.
Nada más cerrar mi carta, decidida a pedirme un cappuccino, Nathaniel le hace una señal con la mano al camarero, un chico increíblemente joven y tan elegante
como el mayordomo de su Majestad, quien se nos acerca a tomar nota.
―Buenos días, Mike. ¿Te importaría prepararnos a la señorita Collins y a mí dos cappuccino? ―le entrega las cartas y sonríe con amabilidad cuando Mike
halaga el buen gusto del señor Black en cuanto a los cafés. Pongo los ojos en blanco para mis adentros.
Y en cuanto Mike se retira por fin, haciendo las debidas reverencias, mi estimado posible cliente se saca un iPhone del bolsillo y empieza a escribir mensajes,
ignorándome por completo. Sin ser capaz de creer lo que estoy viendo, tamborileo los dedos cada vez con más rapidez. ¡Ni se ha molestado en preguntarme lo que iba a
tomar! Veo que le gusta tener el control de la situación. ¿Y si fuera alérgica a los lácteos? ¿Y si me apetecía un té? Pero no te apetece, así que deja de ponerle pegas, me
regaño a mí misma.
―Espero que te guste el cappuccino…mmmm… ―deja el móvil encima de la mesa y levanta la vista al fin.
―Catherine ―acabo su frase, intentando aparentar una tranquilidad que, en realidad, no siento.
―¡Catherine! Vaya, un nombre irlandés. Confiable, cariñosa y algo posesiva. Muy interesante. Creo que te pega.
¿En serio? ¿He agredido a su guardaespaldas y él piensa hablarme sobre la etimología de mi nombre? Un hombre interesante, sin duda alguna.
―A mí me fascina Irlanda ―comenta, juntando las dos manos por encima de la mesa―. ¡Un país precioso! Y los irlandeses, gente muy lista. Al fin y al cabo,
inventaron el whisky.
Me observa durante un buen rato como si esperara algún comentario ingenioso por mi parte, pero a mí no se me ocurre nada que añadir a eso, con lo que me
limito a tomar un sorbo del cappuccino que Mike acaba de traer.
Al fin decido hablar para disculparme por mí comportamiento anterior. Aunque, seamos sinceros, no lo lamento en absoluto.
―Señor Black, siento lo de antes. Yo no pretendía…
―Nathaniel ―me interrumpe con su grave y áspera voz―. Mis amigos me llaman Nate.
Le sonrío de forma casi imperceptible y me coloco el pelo tras las orejas. Su mirada se ha vuelto de pronto hostil, y ese tono frío resulta un poco intimidante.
Exhalo profundamente antes de seguir.
― Bueno, Nate, como te decía, no pretendía…
― No, amor, no te hagas líos. He dicho que mis amigos me llaman Nate, no que tú puedas hacerlo. Para ti soy Nathaniel.
¿Se burla de mí? Lo miro estupefacta durante un buen rato, sin dar crédito. Él también me observa, medio sonriendo, complacido por su propia maldad. Debe de
ser muy divertido para él hacerme sentir tan incómoda.
―¿Y qué decías que era aquello que no pretendías, muñeca? ¿Acabar en la cárcel?
Achino los ojos, aprieto los dientes y mascullo unas cuantas maldiciones para mis adentros.
―Disgustarte ―consigo adoptar un tono normal a pesar de mi irritación―. No pretendía disgustarte.
―¿Te parezco disgustado?
Me pareces irritantemente sexy. Oh, menos mal que no lo he dicho en voz alta. ¿Y ahora por qué me ruborizo? Quiero que la tierra me trague en este momento
antes de hacer el ridículo más de lo que ya lo he hecho.
―Supongo ―contesto con estudiada frialdad.
Bien, Catherine, sigue así.
―Pues te equivocas. La palabra que buscas no es disgustado, sino decepcionado.
―¿Y qué es lo que te decepciona? ―pregunto de mala gana.
―Te lo enseñaré ―me dedica una sensual sonrisa y, de repente, sus ojos se centran en mis labios.
Observo, inmóvil, cómo extiende el brazo y limpia con suavidad una gota de cappuccino de mi labio superior, demorándose más de lo necesario en hacerlo. Al
sentir su contacto, algo se incendia en mi interior, algo primitivo que me acelera el pulso y consigue que mi rostro se ruborice en cuestión de segundos. ¿Mariposas en el
estómago? No seas ridícula, Catherine, esos deben de ser pterosaurios. Me digo a mi misma que debería disimular el efecto que este hombre produce en mí, pero no
soy capaz de poner en práctica este pensamiento. Sencillamente permanezco en mi asiento, perdida en la mirada de él. Mi respiración alterada delata lo mucho que
deseo que me bese. Nathaniel Black tiene algo magnético y diabólico que me arrastra hacia él.
―¿Entiendes ahora a lo que me refiero? Decepcionante ―apoya la espalda contra el respaldo de la silla, y en sus ojos brilla ahora un divertido desprecio―. No
Catherine, no te rebajes tanto… no me interesan tus servicios sexuales ―añade con ironía, en tono demasiado alto.
Mis ojos se abren de golpe. Una pareja de ancianos se dan la vuelta y me observan indignados. Tierra trágame.
―Está ensayando un papel. Es actor, ¿saben? ―me apresuro a explicarles, esforzándome por sonreír como la gran dama que soy.
La anciana mueve la cabeza antes de girarse hacia su marido. Los oigo cuchichear y, por las miradas furtivas que me lanzan, está muy claro que el objeto de las
controversias soy yo.
―¿Te has vuelto loco? ―gruño entre dientes, inclinada sobre la mesa.
Aún conservo la sonrisa. Después de todo, esta es mi ciudad y yo tengo una reputación que mantener. Nathaniel me mira con infinito aburrimiento.
―Me han acusado de muchas cosas, amor, pero la locura es toda una novedad. Y, contestando a tu pregunta, no, no estoy loco. Es solo que estoy cansado de
que mujeres como tú se me insinúen constantemente. Es aburrido.
¿Que yo me insinúo? ¡A la mierda la reputación! Le diré unas cuantas cosas a este imbécil y se las diré ahora mismo. Me levanto de la silla tambaleándome y
tengo que sujetarme a la esquina de la mesa para poder seguir en pie. Siento cómo una furia asesina invade todo mi ser, molécula por molécula.
―Yo… soy… Catherine… Collins… Fitzgerald ―subrayo cada palabra y golpeo la mesa con las palmas para conseguir un efecto más dramático―. Yo no me
insinúo ante nadie, y mucho menos ante ti, gilipollas presuntuoso.
Su cara es un poema. Es casi inevitable no reírse de su expresión asombrada. Sus grandes ojos azules parecen fuera de sus orbitas, y la irritante y omnipresente
sonrisa irónica se ha esfumado. En este momento, la sensual boca de Nathaniel Black parece una línea tensa. ¡Ajá! ¿Quién es el memo ahora?
―Ah, y para que le entre en esa cabeza tan hueca que tiene, mi querido señor Black―levanto el tono para que los ancianos no tengan que subir el volumen de
sus audífonos―, he venido porque su agente me ha llamado, no para caer rendida a sus pies. Es usted demasiado vanidoso. Vanidoso y necio. Tenga en cuenta que esa
no es una muy buena combinación. Y, tal vez, su comportamiento esté impulsado por esa… ―chasqueo los dedos mientras encuentro la palabra― histeria colectiva que
provoca entre las jóvenes, pero yo soy una mujer adulta y las mujeres adultas sabemos que no es oro todo lo que reluce. Puede que impresione a unas adolescentes
patéticas que nunca han visto a un hombre de verdad en sus vidas, pero a mí no. Me he topado con muchos como usted.
Abro el bolso y saco un billete muy superior al precio del cappuccino. Lo tiro con arrogancia encima de la mesa, para el estupor de la pareja de ancianos.
―Que tenga un buen día, señor Black ―me dispongo a irme, pero me detengo para añadir una última cosa, con toda la amabilidad que mi cabreo me permite―.
¡Ah! Y disfrute de la estancia en Londres. Confío en que nuestra ciudad sea de su agrado.
Con los hombros erguidos y la barbilla alzada en actitud de desafío, le doy la espalda al actorucho de pacotilla que ha conseguido estropear mi mañana, y me
dirijo hacia la puerta de la cafetería segura de mí misma. Lo único que se escucha en este sombrío silencio es el taconeo de mis zapatos. Tiro de la puerta con fuerza y
dejo que se cierre ruidosamente a mis espaldas. Tenía que concluir el show con una salida teatral, ¿verdad?
Salgo del hotel lo más rápido que puedo con unos tacones de doce centímetros y, una vez en la calle, inspiro una profunda bocanada de aire fresco y húmedo. Me
hacía falta respirar. Estoy diciendo bobadas. Lo que me hace falta es salir corriendo; alejarme lo máximo posible de este horrible hotel y de sus odiosos clientes.
No me da tiempo de poner en práctica ese pensamiento. En medio segundo, Nathaniel Black se me acerca corriendo. Aumento considerablemente el ritmo de mis
pasos.
―Espera, Catherine.
―¡Váyase al demonio! ―le grito enfurecida, y maldigo entre dientes los tacones que me impiden correr.
―¡Oh, qué escándalo! Una dama como usted diciendo semejantes salvajadas.
Freno en seco y me giro. Está a unos pocos centímetros de distancia, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones, el pelo despeinado y los ojos
chispeando malicia. Al cruzarse nuestras miradas, me lanza una sonrisa deslumbrante, mostrando una dentadura blanca, perfectamente alineada.
―¿Se puede saber qué más quiere de mí? ―empiezo a andar hacia él con la esperanza de hacerle retroceder―. ¿No le ha bastado con humillarme delante de toda
esa gente? ¿A qué viene ahora? ¿A regodearse? Es usted una malísima persona y, para que lo sepa, no es ni la mitad de guapo que en la tele. ¡Y ni siquiera es simpático!
De hecho, pienso que es usted la encarnación del mal. El mismísimo Lucifer es un becario a su lado.
Nathaniel Black se muerde los labios para ahogar una risita.
―¿Ha acabado ya con las injurias? Bien, ahora que se ha desahogado, permítame que le exponga las razones de mi anterior comportamiento ―habla con una
calma que me saca de quicio.
―¡Sus razones me interesan una mierda! ―grito irritada y me cruzo de brazos para reiterarlo.
―Venga, no sea un bicho malo. Tenga piedad. ¿No puede ver que estoy muy arrepentido?
Veo que hace pucheritos como un crio de tres años. Soplo y le doy la espalda. Esta vez empiezo a andar hacia el coche a grandes zancadas. Por desgracia, me
sigue.
―Sus pucheritos no me impresionan, señor Black ―pulso el mando para desbloquear el coche, me giro hacia él y añado―. Además, no recuerdo haber
escuchado una disculpa sincera.
Suelta una carcajada y me mira divertido.
―¡Conque era eso! Esperaba mis disculpas. Bien, si es lo que quiere, allá voy ―se frota las manos, cierra los ojos y adopta un aire solemne―. Mi queridísima
señorita Collins, no sabe cuánto lamento… ―abre un ojo, se inclina sobre mí y susurra― ¿Qué es lo que se supone que debo lamentar?
¡Oh, por el amor de Dios! ¡Odio no ser capaz de odiarle!
―Está bien. ¡Se acabó! Me alegra haberle conocido.
Doy media vuelta para separarme lo máximo posible de su cuerpo que, por alguna oculta razón, me atrae como un imán, pero él me agarra la muñeca y, a pesar de
mis esfuerzos, se niega a soltarla.
―¿Y si rebobináramos? ―me lanza una sonrisa irresistible que casi me convence. Casi.
―¿Rebobinar? ¿Hasta cuándo le parece conveniente retroceder? ¿Le parecería bien justo antes de que me llamara furcia? ―le propongo en tono sarcástico.
Al fin libera mi mano.
―¡Vaya carácter! ―exclama entre risas―. ¿Siempre se comporta así? Está bien, no me apunte con su mirada asesina. Es terrorífico. No voy a discutírselo, está
claro que me merezco sus fríos ataques, puesto que no he sido un caballero con usted. No obstante, me gustaría presentarle mis más sinceras disculpas y espero que el
desafortunado incidente de antes no le haga pensar que soy un canalla presuntuoso.
―Gilipollas ―le corrijo.
Él pone los ojos en blanco, divertido por mi intervención.
―Gilipollas presuntuoso ―repite, subrayando ambas palabras.
―¿De qué va? ¿Piensa que con una disculpa se borra todo lo que me ha dicho?
―¿Y una disculpa y una sensual sonrisa? ―propone, adoptando un aire inocente.
Durante un largo instante me observa suplicante, con esos increíbles ojos suyos que estoy segura de que, a partir de ahora, me atormentarán en sueños. Lo
contemplo con incredulidad, pero, al poco tiempo, me doy cuenta de que mi ira va disminuyendo hasta que se transforma en un borroso recuerdo. Es espeluznante el
efecto que tiene sobre mí.
―Puesto que está así de arrepentido, digamos que le disculpo ―contesto con estudiada gravedad.
Nathaniel me sonríe de manera encantadora y yo le devuelvo la sonrisa. Me siento tonta. Tonta por haberme tragado su disculpa de antes, tonta por seguir aquí
de pie, intentando convencerme a mí misma de que no me atrae en absoluto, cuando, en realidad, lo único que deseo es que me bese.
―¿Ahora que hemos solucionado este pequeño malentendido, te importaría decirme qué es lo que quieres de mí? Al no lanzarme tu sujetador, me ha quedado
claro que no eres una fan.
―Como le he dicho antes, soy Catherine Collins… de Collins & Collins.
Hay un momento de silenciosa tensión que me hace sospechar que sabe perfectamente quién soy y por qué estamos manteniendo esta conversación.
―¡Tiene que ser una puta broma! ―se pasa los dedos por el pelo, sacude la cabeza con incredulidad, y se echa a reír― ¡No me jodas!
El cliente demuestra tener un amplio conocimiento de los tacos y un ligero trastorno mental. Oye, hay que reconocerle al menos ese mérito.
―Por la cantidad de palabrotas que ha usado usted en la misma frase, me figuro que sabe quién soy.
Nathaniel me pone la cara de «¿tú qué crees, genio?».
―Eres la niñera.
―Asesora de imagen.
―Lo que tú digas, Mary Poppins.
Me muerdo el labio inferior para no echarme a reír. Nunca me había visto a mí misma como a una Mary Poppins, pero mi trabajo podría interpretarse de esa
forma. En el fondo es lo que hago. Cojo niños mayores maleducados y los transformo en unos auténticos señoritos.
―Y dime ¿cuál es tu supercalifragilisticoexpialidoso plan, muñequita de porcelana? Porque tendrás un plan, ¿verdad?
―Por supuesto que tengo un plan, querido señor Black. Siempre lo tengo. Lo primero que haré será darle unas cuantas lecciones sobre los buenos modales y las
maneras adecuadas de dirigirse a una dama.
Asiente con la cabeza, para nada impresionado.
―¿Y lo siguiente?
―Cambiar esa imagen de rockero rebelde que muestra.
―¿Qué tiene de malo mi imagen? ―con falso aire afectado, baja la mirada para examinarse a sí mismo.
―Estaría guay de seguir en los 90. Gracias a Dios, los tiempos han cambiado. Además, si lo que pretende es conseguir el papel del distinguido doctor Von Bon,
tiene que convertirse en el distinguido doctor Von Bon. Y créame, Christopher Von Bon no escucha a Metallica en sus ratos libres.
―¡Metallica mola! ―protesta con indignación.
―Solo a ratos. No me ponga esa cara, es cierto. Entre usted y yo, Metallica solo mola cuanto tus únicas dos opciones son escuchar un CD de ellos o pegarte un
tiro.
―¡Blasfemias y calumnias! Te voy a despedir solo por haber dicho algo así.
―No puede despedirme porque aún no trabajo para usted ―repongo, divertida.
―Es verdad ―frunce el ceño, y durante unos segundos adopta un aire pensativo―. Te contrato y luego te despido ―concluye, muy orgulloso de su propio
ingenio.
Echo la cabeza hacia atrás y me río a carcajadas.
―No me contrate entonces. Si lo hace, le aseguro que le confiscaré todos los discos de Metallica y le obligaré a ir a clases de piano. Al acabar el día, lo único en lo
que pensará será en los preludios de Chopin. ¿O es que prefiere los de Debussy?
Nathaniel ladea la cabeza y medio sonríe. Eso debe de ser un no.
―¡Qué tontería! ¿Por qué iba a aprender yo a tocar el piano? Y, por cierto, señorita Collins, antes de empezar una relación conmigo, debería saber que los
preludios se me dan de maravilla.
Trago saliva con dificultad, a causa del nudo que se me ha formado en la garganta. Sí, no sé por qué, algo me dice que los preludios se le dan bastante bien.
―Seguro que tiene mucha experiencia en preludios o, al menos, en la clase de preludios a los que usted se refiere, pero yo no le estaba hablando de eso. Y, por
cierto, señor Black, debería saber que no tengo ni el más mínimo interés en usted, aparte del profesional, por supuesto. Además, es difícil encarnar a un pianista de éxito
sin saber tocar el piano, ¿no le parece?
Al ver su expresión sorprendida, me acerco a él y le susurro:
―¿Sabe que el doctor Von Bon es pianista, verdad?
―¿En serio? ¿Y entonces por qué demonios le llaman el doctor?
―¿Cómo que por qué le llaman el doctor? ―levanto el tono, sin poder evitarlo― ¿No ha leído el libro?
Hace un gesto de negación con la cabeza, sin tan siquiera tener la decencia de parecer avergonzado. ¿He dicho ya lo mucho que me saca de quicio este hombre?
―A ver si me aclaro. ¿Piensa presentarse al casting más importante de toda su carrera y no se ha tomado la molestia de leer un libro de cien páginas? ¿Entonces
cómo va a preparar el papel? Disculpe mi ignorancia, es que lo no entiendo.
Hace una mueca divertida y se cruza de brazos.
―Es sencillo, amor. Ahí es donde intervienes tú. Me ayudas a meterme en la piel del personaje y, ya que estás, mejoras mi imagen. Los productores no están
nada contentos con los escándalos sexuales que me envuelven, y me exigen un importante cambio de actitud. No pongas morritos, princesa de pasarela. Será genial
trabajar para mí. Soy un jefe enrollado y, si eres buena chica, aprenderé rápido cuál es la cuchara de poste y

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