---------------

Libro PDF Al ritmo de tus besos Sarah McCourt

http://i.imgbox.com/CZNN9Pb2.jpg

Descargar  Libro PDF Al ritmo de tus besos  Sarah McCourt


—Sigue —me pide con voz ronca—.No pares.
Salgo un momento de su interior y la giro hacia mí. La empotro contra la pared y ella alza las piernas rodeando mis caderas. En esta posición tengo acceso a
sus tetas y paso la lengua sobre ellas, primero una, después la otra, lamiendo cada porción de su piel y deteniéndome en los pezones que están completamente duros.
El agua caliente cae sobre nosotros y solo se oye el gorgoteo del agua, el roce de nuestros cuerpos y nuestros gemidos. Deslizo la lengua hasta su cuello y subo
lentamente hacia su rostro. Sus labios entreabiertos invitan a besarla y me introduzco en su boca buscando su lengua mientras su cuerpo comienza a temblar y su vagina
se contrae en torno a mi pene. No aguanto más y me dejo ir. Todo mi cuerpo se tensa y la aprieto con fuerza en una última y brutal embestida mientras noto sus uñas
clavándose con fuerza en mi espalda.
Terminamos de ducharnos y mientras me seco y me pongo la ropa del día anterior, Marla me tiende un sobre que contiene el pago por mis servicios de esta
noche.
—Le diré a Rodrigo que te pague también lo de ahora.
—No, no le digas nada. Me apetecía tanto como a ti.
—Ha sido un auténtico placer —me dice poniéndose de puntillas y depositando un beso en mis labios—. Le diré a Antonio que te lleve a casa.
—Gracias.
De camino a casa pienso en todo lo sucedido. No ha sido un sueño, sino algo muy real. Prueba de ello son los arañazos que llevo en la espalda y que
comienzan a escocer. Nunca se me había pasado por la cabeza ganarme la vida de esta manera, tampoco habría aceptado si no fuese porque mi situación fuese
desesperada y no porque no me haya gustado. Ha habido suerte y Marla no solo ha resultado ser una amante excepcional, también es preciosa.
Antonio me deja en la puerta del edificio donde vivo y subo las escaleras en lugar de coger el ascensor. Estoy deseando llegar a casa, comer algo y meterme en
la cama. Por fin voy a poder dormir de un tirón, sin que los problemas lo impidan mientras busco soluciones desesperadas sin ningún éxito.
María y Nuria están desayunando en la cocina. Aún están en pijama, María lleva uno de cuadros azules y blancos de corte masculino, y Nuria uno de ositos
que a mí me parece muy infantil. María no es alta, debe medir un metro sesenta, y, aunque siempre lleva ropa holgada, intuyo que debajo de toda esa tela debe haber un
cuerpo muy apetecible. Es rubia y lleva el pelo largo, sus ojos son de color caramelo y tiene unos labios preciosos y muy sensuales. Me gustó nada más verla, pero ella
no parece sentir lo mismo por mí, siempre se muestra esquiva y es reacia a permanecer más de unos minutos en la misma habitación que yo a menos que también esté
Nuria.
Nuria es alta, delgada y morena. Lleva el pelo muy corto, pero a ella, al contrario que a otras mujeres, le queda bien. Tiene los ojos grises y aunque no es
guapa, es simpática y tiene una personalidad arrolladora. Su forma de comportarse conmigo deja muy claro que si yo estuviese dispuesto no le importaría meterse en la
cama conmigo. Sin embargo, María me gusta y prefiero mantener mi relación con Nuria en un plano platónico.
—Buenos días —saludo entrando en la cocina—. ¿Hay café?
—¿Has pasado la noche fuera? —pregunta Nuria.
—Sí —respondo sin intención de dar más explicaciones—. Por cierto, esta tarde iré yo a hacer la compra.
—¿Te ha tocado la lotería? —pregunta Nuria.
—Algo parecido —le digo sirviéndome una taza de café.
—¿No irás a dejarnos así? —insiste Nuria.
—Digamos que he tenido un golpe de suerte.
María mueve la cabeza de un lado a otro. Desde el principio no le caí bien y siempre que tiene ocasión no duda en demostrármelo. No conozco la razón,
siempre soy amable con ella y nunca he traspasado los límites que ha puesto entre nosotros. Quizá el único problema es que soy un hombre y ella estaría más cómoda
compartiendo piso con otra mujer.
—Voy a dormir un rato —anuncio—. Y no lo olvidéis, esta tarde yo haré la compra.
—¡Que descanses, Carlos! —oigo decir a Nuria cuando salgo de la cocina.
María permanece callada, como siempre, no hay manera de que conectemos, aunque lo he intentado de mil maneras. Quizá debería relajarme y dejar de
intentarlo de una vez.
4
Después de pasar la mayor parte del fin de semana durmiendo, el lunes me levanto temprano dispuesto a recuperar los buenos hábitos y seguir buscando
trabajo. Afuera llueve y hace frío, pero eso no me quita las ganas de retomar mi vida como ha estado sucediendo estos últimos dos meses.
Estamos en periodo vacacional, las clases no comienzan hasta enero y no tengo pensado irme a Galicia a pasar la Navidad. Mis padres no saben que me he
quedado sin trabajo, no quería preocuparlos, pero ahora esa mentira me viene de perlas. Les he contado que es época de mucho trabajo y que este año no puedo ir a
casa, y ellos se lo han creído. Quiero a mis padres y los veo muy poco, pero no siento lo mismo por mi hermano y su mujer, de quienes prefiero mantenerme alejado.
Voy al baño con intención de darme una ducha para despejarme. Desde el pasillo no oigo ningún ruido y supongo que las chicas aún no se han levantado. Solo
llevo puestos unos bóxer, nunca me ha gustado dormir con pijama, y aunque intento no cruzarme con mis compañeras de piso medio desnudo, no siempre lo consigo. Sé
que a María le incomoda. Las dos veces que me ha visto así ha bajado la vista al suelo y ha salido corriendo.
Abro el grifo de la ducha y me quito la ropa interior mientras espero que comience a salir el agua caliente. Tengo el pene completamente erecto y duro, como
cada mañana, y como cada mañana coloco la mano sobre él con intención de aliviarme. Me siento en la taza del wáter con el pene en la mano y la muevo de arriba abajo.
El sexo en solitario tiene su parte buena y es que sé qué teclas tocar para tener un orgasmo rápido. No hace falta que piense en nada, solo me dejo llevar y estoy tan
excitado que no tengo que esforzarme demasiado.
Los músculos de todo el cuerpo empiezan a tensarse, estoy a punto de correrme y acelero el ritmo de mi mano. Cierro los ojos y jadeo, jadeo profundamente,
estoy tan cerca que mi cuerpo comienza a temblar. Hasta que la puerta del baño se abre súbitamente y María, con los ojos abiertos de par en par y gesto de
incredulidad, aparece tras ella. ¡Joder! La he cagado. Lo sé por la forma en que me mira, aunque esta vez no baja la vista hacia el suelo y sale corriendo como cuando nos
cruzamos por el pasillo y yo llevo poca ropa encima. Esta vez parece tan turbada que no reacciona.
—¡Joder! —exclamo en voz alta.
María sigue de pie en la puerta y no sé qué debo hacer ahora. Pero mi pene, que debería haber reaccionado como si le tiraran un cubo de agua helada encima,
sigue animado, de hecho, está muy animado, tanto que temo que me juegue una mala pasada. La situación me excita en lugar de cortarme el rollo y deseo con todas mis
fuerzas que María se vaya antes de que suceda algo que no pueda perdonarme nunca.
—María —la llamo poniéndome en pie y caminando hacia ella —. Lo siento, yo… —pero no puedo acabar la frase.
Aunque al ponerme de pie he soltado mi pene, este no parece haberlo notado y se sacude, se sacude como si tuviera vida propia y solo puedo volver a cogerlo
y apretarlo mientras comienza a descargarse sobre mi mano. También sobre María.
¡Ahora sí que la he cagado del todo!, pienso. Pero solo puedo mirarla deseando averiguar en lo que piensa. Ella se gira y comienza a caminar por el pasillo.
Prefiero dejarla ir y no meter más la pata. Las cosas entre nosotros nunca han sido fáciles y esto solo empeora aún más la situación.
Me ducho y me visto antes de ir a la cocina a desayunar. Llevo un buen rato pensando qué voy a decirle a María, después de todo no tengo la culpa de que
haya entrado en el baño justo cuando me estaba masturbando y masturbarse es algo completamente natural que hace todo el mundo.
—María, tenemos que hablar —le digo en la cocina, mientras ella está preparando café.
—No tenemos nada de qué hablar —dice categóricamente.
—Lo siento, espero que esto no cambie las cosas entre nosotros.
—Podrías probar a echar el cerrojo, ¿no crees?
—Sí, supongo que tienes razón. No estoy acostumbrado y a veces lo olvido, pero no quiero que pienses que lo he hecho con la intención de que tú o Nuria me
pillarais en plena faena. Me siento muy cómodo viviendo con vosotras y no me gustaría que algo así enturbiara nuestra relación —le explico.
—Ya —dice mientras pone la cafetera.
—¡Joder, María! —exclamo acercándome a ella y cogiéndole la barbilla para obligarla a mirarme.
Y vuelvo a meter la pata, porque tenerla tan cerca solo hace que vuelva a excitarme y que desee besar esos labios que quiero probar desde el día que nos
conocimos. Son unos labios sonrosados, llenos y muy apetecibles, y mi segundo cerebro se remueve inquieto dentro de los pantalones.
—Lo siento, no volverá a ocurrir. A partir de ahora cerraré siempre la puerta con cerrojo y, si no te importa, también podrías llamar antes de entrar por si
acaso me despisto. ¿De acuerdo?
—Está bien —dice apartándose de mí.
—Oye, sé que ha podido resultarte incómodo, pero no es para tanto, lo que pasa es que siempre te he caído mal y …
—¿Cómo sabes que me caes mal, Carlos? —me interrumpe—. Ni siquiera hemos mantenido una conversación, no nos conocemos, así que no puedo saber si
me caes bien o mal. Lo que pasa es que nunca quise compartir piso con un hombre, pero Nuria se empeñó y yo terminé accediendo.
Al menos mi despiste con el cerrojo parece haber traído algo bueno. María acaba de decirme que no le caigo mal, así que después de todo me he equivocado,
ella no me odia y eso abre todo un abanico de posibilidades. Solo tengo que conocerla un poco más y quizá pueda tener alguna oportunidad con ella. No sé por qué,
pero esta mujer me vuelve loco y forma parte de muchas de mis fantasías sexuales.
—De acuerdo, ¿qué te parece si volvemos a empezar? —pregunto animado.
—Mejor dejamos las cosas como están —responde ella—. Hagamos como si nada de esto hubiese pasado.
—Bien, si eso es lo que quieres me parece correcto.
Salgo de casa media hora después y me acerco a varios bares de moda para dejar mi curriculum. Después me acerco al gimnasio, me pongo al corriente de pago
y paso las siguientes dos horas quemando adrenalina.
A medio día quedo con un par de amigos de la universidad para comer y la comida termina alargándose hasta altas horas de la madrugada. Sé que debo ser
cuidadoso con los gastos y que en unos pocos meses volveré a encontrarme en la misma situación que hace un par de días, pero hacía mucho tiempo que no me salía
nada bien y solo quiero divertirme un poco, nada que no haría un chico de mi edad.
—¿Te ha tocado la lotería? —me pregunta Guillermo al verme sacar un billete de quinientos euros.
—No, en realidad no —respondo—. De hecho no he encontrado trabajo aún y las cosas empiezan a ponerse difíciles.
—Oye, el otro día estaban buscando camareros en un bar que hay aquí al lado —dice Rubén.
—¿En serio? Pasaré a preguntar cuando salgamos.
—Conozco a uno de los camareros, es el novio de una amiga, así que luego te acompaño.
—Sí, es buena idea.
—¿Qué tal con tus compañeras de piso? ¿Aún no te las has tirado? —pregunta Rubén.
—Claro que no, solo somos compañeros y prefiero que las cosas sigan así —miento—. Vivir con dos chicas es mucho mejor que vivir con de lo que pensaba.
La casa siempre está limpia y ordenada, y en la nevera nunca falta comida.
—Joder, tío, pues sí que te cuidan bien —opina Guillermo.
—En realidad tenemos turnos para hacer la compra y la limpieza —les confieso.
—¿También te planchas la ropa? —me pregunta Rubén.
—Claro —asiento con la cabeza—. ¿Por qué no iba a hacerlo? También lo hacía antes.
—Joder, es verdad —se ríe Rubén.
—Creo que eres demasiado joven para pensar así —le digo.
—¿Así? ¿A qué te refieres?
—Como pensaba tu abuelo. Las tareas de la casa no le corresponden a las mujeres, tío, esa es una forma de pensar machista y desfasada.
—Tienes razón —dice Guillermo.
—¿Tú también? —inquiere Rubén.
—Claro que sí, tío, las mujeres no son nuestras sirvientas, deberías tenerlo claro.
—Dejemos este tema y larguémonos a otra parte —propone Rubén.
Nunca habíamos mantenido este tipo de conversación y Rubén, a quien considero un buen amigo, nunca me había parecido machista. Cuando vivíamos juntos
simplemente dejábamos que las tareas de la casa se acumularan y de vez en cuando poníamos dinero para que alguien viniera a poner orden a nuestro caos. Las personas
nunca dejan de sorprendernos, por muy bien que creamos conocerlas. Y esto lo ha sido, una desagradable sorpresa que me deja muy mal sabor de boca.
Pero estoy un poco borracho por la cantidad de cerveza que hemos bebido y me apetece pasar una noche de desconexión total después de las desastrosas
semanas que he pasado. Así que apuro el tercio y me pongo en pié dispuesto a pasármelo bien. Y lo hacemos, nos divertimos como siempre, bebemos, nos reímos, a
media noche conocemos a unas chicas, y acabamos enrollándonos con ellas. María me gusta y voy a esforzarme un poco más para conquistarla, pero no voy a
desperdiciar ninguna de las oportunidades que se presenten en mi vida, mucho menos tratándose de sexo.
5
Paso la Nochebuena solo en casa con un par de pizzas congeladas y la nevera llena de cerveza. Nuria y María se han ido a pasar las fiestas con su familia y no
regresarán hasta después de Nochevieja. María es de Soria y Nuria de un pueblo de Ciudad Real del que no recuerdo el nombre.
Echo de menos la cocina de mi madre, probablemente la mesa estará llena de deliciosos manjares esta noche, pero la idea de tener que compartirla con mi
hermano y su odiosa mujer me hace pensar que he tomado la mejor decisión. No sé cómo Juan puede aguantarla, ni tampoco mis padres, aunque afortunadamente ellos
solo la ven un par de veces al año, en Navidad y algunos días durante las vacaciones de verano. Montse, que así es como se llama mi cuñada, es una mujer caprichosa
que mira a todo el mundo por encima del hombro. Supongo que Juan ha encontrado la horma de su zapato, él siempre ha sido un gilipollas que se avergüenza de su
familia y de sus orígenes humildes.
Paso la noche viendo absurdos programas de televisión que deben llevar meses grabados, hasta que me quedo dormido en el sillón, que ha conocido tiempos
mejores y ahora no es más que un amasijo de muelles que me deja la espalda echa un asco. Las chicas han intentado mejorar su aspecto colocando sobre él una tela verde
con dibujos tribales, y lo han conseguido, aunque sigue siendo un instrumento de tortura.
El día de Navidad quedo con algunos amigos para tomar unas cañas y regreso a casa a las tres de la madrugada, muerto de hambre y completamente borracho,
pero los siguientes días sigo con mi agenda. Dejo curriculums en bares y restaurantes, voy al gimnasio y regreso a casa a la hora de comer para pasar la tarde
poniéndome al día con los estudios. No me dejo tentar por ninguna de las invitaciones de mis amigos, no quiero volver a dejarme llevar y terminar como hace unas
semanas, con diez euros en el bolsillo y sin saber qué voy a hacer con mi vida.
El viernes por la mañana, mientras me doy una ducha, alguien llama a la puerta. Salgo aún enjabonado y chorreando agua. Quien quiera que sea parece tener
mucha prisa y no deja de aporrear la puerta y llamar al timbre. Solo llevo una toalla alrededor de la cintura, así que espero que no sea la casera, una mujer de más de
setenta años a quien la idea de tener a un hombre viviendo en su piso no parece hacerle mucha gracia.
Marla sonríe de forma deslumbrante frente a mí. Lleva un abrigo negro que contrasta con su rubia melena perfectamente peinada y a la luz del día sus ojos son
más verdes de lo que recordaba. No sé qué está haciendo aquí, ni cómo me ha encontrado, hasta que recuerdo que Antonio, su chofer, me trajo a casa aquella mañana.
¡Mierda! Debí decirle que me dejara en otro sitio, aunque ahora es un poco tarde para lamentarse.
—¡Hola! —me saluda entrando en mi piso sin esperar a ser invitada.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo algo que proponerte —dice mientras se quita el abrigo y lo deja sobre el sillón—. ¿Estás solo?
Asiento con la cabeza sin apartar los ojos de ella. Lleva un vestido de cuero negro completamente pegado a su cuerpo, una cremallera lo atraviesa de arriba
abajo, como el que llevaba la otra noche, y solo puedo pensar en tirar de ella hacia abajo para dejarla desnuda.
—¿Te he pillado en la ducha? —dice acercándose peligrosamente.
—Sí —respondo.
—Quizá deberías volver a la ducha —dice con voz ronca, y noto como mi polla reacciona al oír su voz y se endurece.
—Quizá.
—¿Estamos juguetones? —susurra mirando hacia mi entrepierna.
—¿Tú qué crees?
Marla se deshace de la toalla dejándome desnudo y aunque esta vez no hay dinero por medio, no me importa que lo haga.
—Esto está muy bien —dice cogiendo mi pene entre sus manos—. Y yo estoy muy cachonda.
Las ganas de volver a meterme en la ducha para deshacerme del jabón se me quitan por completo, a menos que ella me acompañe y se encargue de frotarme la
espalda.
Marla baja la cremallera de su vestido y deja al descubierto un conjunto de ropa interior morado tan pequeño como el de la otra vez y completamente
transparente. Lleva medias y liguero, y se alza sobre unos imponentes tacones de aguja. La recorro con la mirada y la observ

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------