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Libro PDF Alcanzar la felicidad Cara Colter

 Alcanzar la felicidad - Cara Colter

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–HUDSON Group, ¿en qué puedo ayudarle?
–Con Macintyre Hudson, por favor.
–El señor Hudson no está disponible en este momento. ¿Desea dejarle algún mensaje?
Lucy reconoció aquella voz. Era la misma recepcionista de tono inmisericorde que había tomado nota de su nombre y de su número unas trece veces en aquella misma
semana.
Mac no iba a hablar con ella hasta que le diera la gana, y estaba claro que no le daba. Tuvo que esforzarse para no colgar. Habría sido mucho más fácil, pero no tenía
elección.
–Se trata de un asunto familiar grave.
–No está en su despacho. Puedo ver si se encuentra en el edificio, pero tendré que decirle quién lo llama.
Aquella vez sí que notó un tono de sospecha, como si la recepcionista también la hubiese reconocido a ella, y supiera que su nombre estaba en la lista de las personas
no gratas para el presidente de aquel grupo empresarial.
–Soy Harriet Freda –le dijo mientras se quitaba una mancha de pintura de color lavanda del pulgar.
–Déjeme su número y se lo pasaré cuando lo localice.
–No hay problema. Espero.
Y mientras esperaba se miró la mano con salpicaduras de pintura roja en la que sostenía una lista de nombres, todos tachados excepto uno.
El nombre que permanecía libre sobresalía de entre los demás como si estuviese escrito con letras de neón.
«El chico que me destrozó la vida».
Macintyre W. Hudson.
Siete años habían pasado y podía verlo tal y como era entonces, el tío más guapo sobre la faz de la Tierra, con unos ojos oscuros y risueños, una sonrisa de medio
lado, un cabello color chocolate demasiado largo.
Y bastó eso para que un escalofrío le recorriera la espalda de arriba abajo, y para que Lucy recordara exactamente por qué aquel chico le había destrozado la vida.
Solo que ya no sería un muchacho, sino un hombre.
Y ella, una mujer.
–Macintyre Hudson no te destrozó la vida –se dijo en voz alta–. Solo te robó unos momentos.
«Pero qué momentos», le contestó una voz interior.
–Tonterías –se dijo con firmeza, pero aquellos días no andaba sobrada precisamente de confianza, y sintió que flaqueaba. Sentía como si hubiera fracasado en todo
cuanto se había propuesto, y además estrepitosamente.
No había ido a la universidad como esperaban sus padres, sino que se había empleado en una librería en Glen Oak, una ciudad cercana a la suya.
Había trabajado hasta llegar a dirigir su propia tienda, Books and Beans, codo con codo con su prometido, pero había tenido que desprenderse tanto de él como de su
parte en el negocio tras su ruptura, pública y humillante.
Y había tenido que volver, lamiéndose las heridas, a Lindstrom Beach, a la casa que la familia tenía a orillas de Sunshine Lake.
Para colmo, la casa había ido a parar a sus manos por pura caridad. Simple y llanamente. Su madre, viuda desde hacía tiempo, se la había regalado antes de casarse y
trasladarse a California con la excusa de que llevaba generaciones en la familia Lindstrom y que así debía seguir.
Y aunque tenía su lógica, y el momento no había podido ser más providencial, tenía la sensación de que lo que en realidad pensaba su madre era que no habría podido
salir adelante sin su ayuda.
–Pero tengo un sueño –se recordó. A pesar de sus fracasos, en aquel último año había desarrollado un proyecto y, por encima de todo, se había sentido necesaria por
primera vez desde hacía mucho tiempo.
Le molestaba tener que recordárselo mientras tamborileaba con los dedos y escuchaba la música que le ofrecía la línea en espera.
Había empezado a tararear la canción sin darse cuenta. Era un tema que trataba de un rebelde, y que ella siempre había asociado con Mac; la historia de un muchacho
que lo arriesgaba todo excepto su corazón. Ese era el retrato exacto de Macintyre Hudson. ¿Quién habría podido imaginarse que el renegado de Lindstrom Beach, el
chico malo, iba a acabar siendo la cabeza visible de una empresa millonaria que fabricaba los archiconocidos productos Wild Side?
Inesperadamente la música se detuvo.
–¿Mama?
La voz de Mac sonaba preocupada y era más grave que cuando los dos eran jóvenes, pero tenía esa misma cadencia grave y sensual que le provocaba escalofríos por
la espalda.
Cuando más necesitaba reafirmar su confianza no era momento para recordar la imagen que aparecía en su página web y que había dado al traste con la esperanza de
que el tiempo le hubiera arrebatado el pelo o añadido panza.
Pero no. La instantánea mostraba al fundador de Wild Side a bordo del nuevo kayak que habían lanzado al mercado, cabalgando la espuma del agua que caía entre dos
piedras. Macintyre Hudson había sido capturado en toda su gloria de hombre.
Llevaba un chaleco salvavidas, también producto de su empresa, que revelaba la considerable anchura de sus hombros, los músculos perfectos de sus bronceados
brazos que brillaban por efecto del agua. Más guapo que nunca, obviamente en su elemento, sus ojos oscuros miraban con intensidad y apretaba los labios en una
expresión de tremenda concentración y determinación formidable.
A lo mejor estaba calvo. Llevaba casco en la foto.
–¿Mamá? –repitió–. ¿Qué pasa? ¿Por qué no me has llamado por la línea privada?
Ya se esperaba algo así. En su cabeza se había planteado todas las posibles líneas de aquella conversación.
Pero no se había imaginado que su memoria fuese a jugarle la mala pasada de materializar ante sus ojos a un Mac Hudson más joven saliendo del lago al pantalán, su
cuerpo bronceado y perfecto, el agua recogiéndose en las líneas de sus músculos, mirándola con la sonrisa en los labios y en los ojos.
–¿Me quieres, Lucy Lin?
Pero nunca «te quiero, Lucy Lin».
Aquel recuerdo endureció la determinación de no mostrarse vulnerable con él. Era un hombre extraordinariamente guapo que utilizaba su atractivo de un modo cruel,
como hacían muchos de los hombres conocedores de su belleza.
–No, lo siento. No soy Freda.
Hubo un largo silencio al que servía de telón de fondo una algarabía tremenda, como si se estuviese celebrando una fiesta.
–Vaya, vaya –le oyó decir. Por lo menos no le había colgado–. Pero si es la pequeña Lucy Lindstrom. Espero que sea importante. Estoy empapado.
–¿En el trabajo? –no pudo evitar preguntar.
–Estaba en el jacuzzi con Celeste, mi asistente –respondió, cortante–. ¿Qué puedo hacer por ti?
–¡Pero si no tienes jacuzzi en la oficina! –replicó, aun sabiendo que no debía.
–Pues claro que no. Y tampoco una asistente que se llame Celeste. Lo que tenemos es un tanque de pruebas para los kayaks.
Lucy había entrado varias veces en su página web a lo largo de los años. Había logrado canalizar el abandono y la irreflexión y transformarlo en éxito, y seguía
divirtiéndose. ¿Quién podía dedicarse a probar kayaks en el trabajo?
Mac siempre había perseguido divertirse, y algunas cosas no cambiaban nunca.
–Esto es importante.
–Lo que yo estaba haciendo también lo es –suspiró irritado–. Algunas cosas nunca cambian, ¿verdad? La niña mimada del médico, la delegada de clase, la capitana de
las animadoras, acostumbrada a salirse siempre con la suya.
Aquella chica, con sus vaqueros de diseño, las mechas de más de cien dólares en el pelo, la miró desde el pasado con cierta tristeza.
¡Qué injusto era lo que le había dicho! En los últimos años había sido de todo menos una niña mimada, y ahora estaba intentando transformar su parte de Books and
Beans en un negocio en Internet, mientras alquilaba canoas en su pantalán.
Tenía que ocuparse ella misma de pintar su casa y vivía de macarrones con queso. No se había comprado ni una sola prenda nueva en todo el año para ahorrar hasta el
último céntimo e intentar poner en marcha su sueño. Y habría protestado airadamente de no ser por una irrefutable verdad: había mentido para salirse con la suya.
–Es que era imperativo que hablase contigo.
–Imperativo. Ya. Suena muy… regio. La orden que daría una princesa.
Seguía insistiendo en recordarle quién era antes de que él le destrozase la vida: una estudiante brillante y popular que no sabía lo que era un problema y que jamás
había hecho nada mal. Ni atrevido. Ni aventurado.
La idea que la joven Lucy Lindstrom tenía, antes de conocer a Mac, sobre lo que era pasar un buen rato era salir en busca del vestido perfecto para un baile, y pasar
las perezosas tardes de verano en el pantalán con sus amigas, pintándose unas a otras las uñas de los pies.
–Mimada, sí –continuó Mac–, pero mentirosa, no. Eres la última persona de la que esperaría un engaño.
Ahí sí que se equivocaba. Precisamente había sido él quien había hecho aflorar en ella su lado tramposo el día en que le dijo adiós.
Herida y sufriendo porque no le hubiera pedido que se fuera con él, intentando ocultar su terrible sensación de pérdida, le había escupido:
–Yo nunca podría haberme enamorado de un tío como tú.
Cuando la verdad era que ya lo estaba, hasta tal punto que tenía la sensación de que el fuego que ardía en su interior la iba a derretir, a ella y a cuanto había a su
alrededor, hasta que no quedase más que una mancha renegrida y pequeña.
–Necesito hablar contigo –insistió, bloqueando los recuerdos de aquel verano y sus días largos y ardientes.
–Sí, ya lo has dicho. Es imperativo.
Parecía dominar por completo el arte del sarcasmo.
–Siento haber insinuado que era tu madre.
–Insinuado –repitió–. Mucho más fácil de digerir que «mentido».
–¡Es que tenía que pasar por encima del perro guardián que contesta al teléfono!
–Tenía tus mensajes.
–¿Todos menos el de que necesitaba hablar contigo en persona?
–No hay nada de qué hablar –espetó en tono gélido–. Tengo toda la información que querías darme. Una gala el Día de la Madre en honor de la mía por toda una vida
de trabajo y por su ochenta cumpleaños. Lo que se recaude irá a parar a sus obras benéficas. Ella ya sabe de la gala y de que se pretende recaudar fondos, pero no sabe
que es en su honor, y bajo ningún concepto tiene que enterarse.
En realidad, la recaudación era para su propia obra benéfica, pero es que Freda estaba en el corazón de ese sueño. En el peor momento de su vida, había acudido a
Mama Freda y ella la había recibido con los brazos abiertos.
–Cuando sientas tanto dolor que creas que no lo vas a poder soportar, liebling, debes dejar de pensar en ti misma y pensar en los demás.
Mama Freda había seguido su propio consejo con ella, animándola, manteniendo encendido el fuego cuando había quedado reducido apenas a un rescoldo.
¿Y no era una ironía deliciosa que ahora fuera ella a beneficiarse de su propio consejo?
–El segundo sábado de mayo –dijo, aburrido–. Cena formal en el Lindstrom Beach Yatch Club.
Su voz estaba cargada de desdén y se imaginó la razón.
–Ah, ya veo por qué te molesta la elección. Más de cien personas han confirmado ya su asistencia y espero que lo hagan algunas más a lo largo de la semana que
viene, y el club es el único sitio en el que cabe tanta gente.
–Aún recuerdo cuando no era lo bastante bueno siquiera para servir sus mesas.
–Tú jamás pediste ese trabajo.
Aun siendo joven, llevando vaqueros de segunda mano y siendo uno más de la larga lista de muchachos de acogida que habían encontrado refugio en casa de Mama
Freda, Mac se comportaba como lo haría un rey, derrochando orgullo y autoestima, ofendiéndose con la más mínima provocación y escondiéndolo todo tras su
encantadora sonrisa.
–Cuando te graduaste, estuviste trabajando para el ayuntamiento, haciendo zanjas para la nueva red de alcantarillado.
–No fue el más noble de los trabajos, pero sí honrado. Y real.
Noble o no, recordaba perfectamente lo que sentía tocando sus músculos, cómo había disfrutado acariciándolo, sintiendo su fuerza bajo las manos.
–Lo llevamos en la sangre en mi familia –repuso, tomando su silencio como una crítica–. Mi padre abría zanjas también. De hecho lo llamaban Dan Zapa.
Saberlo fue todo una sorpresa. Conocía a Mac desde que llegó a vivir en la casa de al lado de la suya. Tenía catorce años entonces, uno más que ella, y cuando sus
caminos se cruzaban, tenía la costumbre de atormentarla y tomarle el pelo incansablemente, y de tomarse el silencio en que solía sumirse en su presencia como signo de
esnobismo por pertenecer a una familia rica, en lugar de verlo como lo que en realidad era.
Curiosidad. Asombro. Tentación. Nunca había conocido a nadie como él, ni antes ni después. Independiente. Atrevido. Alejado de los convencionalismos. Valiente.
Recordaba haberlo visto pasar por delante de su casa solo en su canoa, cargado con material de acampada, y más tarde ver su fuego al otro lado del lago, en una zona
boscosa y despoblada.
A veces se pasaba todo el fin de semana allí, solo, y ella no podía ni imaginarse lo que podía ser estar solo a merced de los osos.
La semana en que ella ganó el concurso de lengua, a él lo echaron del colegio por decir palabrotas.
Cuando cumplió dieciséis años, a ella le regalaron un pequeño Ford, mientras que él se compró con su dinero un viejo descapotable al que le desmontó el motor en el
jardín y por lo que se atrevió a plantarle cara a su padre cuando le recriminó que lo hiciera en la calle. Mientras ella se pintaba las uñas, él se fabricaba su propia canoa
de madera de cedro en el patio de Mama Freda.
Pero ni una sola vez, ni siquiera en aquel verano en que lo amó, recién graduada en el instituto, le reveló él un solo detalle de la vida que había tenido antes de llegar a
la casa de acogida de Lindstrom Beach.
–En realidad, no me importa si asistes o no a la gala –le dijo, intentando aplastar aquella ridícula esperanza que le estaba creciendo dentro.
Todas aquellas personas que le importaban de verdad a Mama, excepto él, habían confirmado su asistencia, pero por otro lado su madre le había dicho que estaba de
safari en África y que no podría asistir, y muchas otras personas de su antigua vida aún no habían contestado. Y los que lo habían hecho se habían limitado a ofrecerle
un escueto «no».
–Siento haberte estropeado tu Día de la Madre.
–¿Cómo que mi Día de la Madre?
–Elegí ese día por su carga simbólica. Aunque Mama Freda nunca ha tenido hijos propios, ha sido madre muchas veces. Ella es el compendio de lo que significa ser
madre.
Eso era solo parte de la verdad. Lo cierto es que ella encontraba el Día de la Madre terriblemente doloroso, y estaba siguiendo la receta de la propia Mama Freda para
enfrentarse al dolor.
–Me da exactamente igual el día que elijas.
–No es cierto.
–Ahora lo recuerdo –dijo con ironía–. Mantener una conversación contigo es como atravesar un campo de minas.
–Sé que piensas que el Día de la Madre os pertenece a Mama Freda y a ti, y te lo he robado.
–Una teoría interesante –replicó, y el frío de su tono le advirtió que se estaba adentrando en terreno peligroso, pero no pensaba detenerse.
–Siempre das el do de pecho en ese día. Le envías una limusina a recogerla, y la subes a un avión para que se reúna contigo, el año pasado en el concierto de Engelbert
Humperdinck en Nueva York. Llevó la pulsera de la entrada hasta que se le cayó a trozos y durante días no habló de otra cosa. De dónde estuvisteis, de lo que
comisteis, así que no me digas que no es tu día. Y que no te molesta que lo haya escogido.
–Lo que tú digas.
–¡Vaya! ¡Reconozco ese tono! Es el de «ni se te ocurra pensar que me conoces».
–Es que no me conoces. Enviaré un cheque por correo para la causa que haya escogido esta vez. Estoy seguro de que te gustará el importe.
–Y yo estoy segura de que Mama se alegrará. Seguramente ni se dará cuenta de tu ausencia, ya que todos los demás estarán aquí. Todos. Mama Freda ha acogido a
veintitrés niños a lo largo de los años. Ross Chillington va a hacer una pausa en la película que está rodando. Michael Boylston trabaja en Tailandia, y también va a
venir. Reed Patterson va a dejar el campamento de fútbol que lleva en Florida para estar aquí.
–Tantas almas descarriadas salvadas por Mama Freda –ironizó con frialdad.
–¡Ha conseguido cambiar el mundo!
–Lucy…
Detestaba que oírle pronunciar su nombre la hiciera sentirse más agotada, que le hiciera revivir el recuerdo en el que se veía a sí misma inclinándose hacia él,
temblando de deseo.
–No me interesa formar parte de una especie de reality show en versión de Lindstrom Beach. ¿Qué tienes pensado para después de la cena de gala? No, déjame
adivinarlo. Los chicos que pasaron por sus manos se irán levantando uno a uno para dar testimonio de cómo su amor los redimió.
Vaya. Eso se parecía demasiado a lo que tenía pensado. ¿Por qué narices tenía que hacer que pareciera algo chabacano y untuoso, en lugar de edificante e inspirador?
–Mac…
–Ya nadie me llama Mac –cortó.
–¿Y cómo te llaman entonces?
–Señor Hudson.
No podía creerle, sobre todo porque seguía oyéndose una especie de jolgorio a sus espaldas. Le estaban entrando ganas de colgarle el teléfono, y lo iba a hacer a no
mucho tardar.
–Muy bien, señor Hudson. Ya te he dicho que no me importa que no te presentes. Sé que es demasiado ped

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