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Libro PDF Alguien quiere ver muerto a Emilio Malbrán – Jorge Fernández Díaz

Alguien quiere ver muerto a Emilio Malbrán - Jorge Fernández Díaz

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pronósticos y expectativas sobre un partido que
definía el ascenso a primera. Los dos técnicos
habían asegurado públicamente que cada uno de
sus equipos ganaría por goleada y en las calles
cobraba forma el rumor de que las barras bravas
se habían declarado la guerra. Previendo ese
desenlace, los organizadores habían reforzado la
custodia del estadio con un pelotón de «cosacos»,
que escrutaban con los dientes apretados las
evoluciones.
Mostré como siempre la credencial cuando
faltaban apenas quince minutos y me acomodé. En
ese momento, las hinchadas se dedicaban toda
clase de chicanas e insultos en un duelo verbal que
iba subiendo de tono. Un joven cronista de otro
diario se me había sentado al lado para copiar mis
anotaciones. Dejé que transcribiera una frase
estúpida a propósito del tiempo y en medio de una
oración cambié bruscamente las letras por los
símbolos taquigráficos. El novato se enderezó en
su asiento, sacudió un poco la cabeza y se resignó
a sus propios recursos. Una ensordecedora
ovación nos sorprendió cuando los primeros once
titulares con sus cinco suplentes, de uno en fondo,
emergieron del túnel y alzaron los brazos en señal
de saludo. Recuerdo haber prendido un cigarrillo y
recuerdo también que iba por el tercero cuando
sonó el silbato.
El trámite fue duro desde los primeros toques.
A los diez minutos del primer tiempo, había dos
tarjetas amarillas y un jugador rengueando. Más
allá de un zapatazo de tiro libre que estrelló la
pelota contra el travesaño, nada importante
sucedía que no fuesen los golpes, forcejeos y
empujones de un partido mediocre y trabado. En
dos oportunidades, locales y visitantes
intercambiaron trompadas en el borde del área
chica. La temperatura del ambiente subía minuto a
minuto. Botellas y cascotes caían de todas partes,
mientras que transpirados locutores pedían calma
desde millares de radios.
Al Indio Cuevas se lo notaba pesado y sin
gravitación. Cada vez que recibía una pelota, las
dos hinchadas, la propia y la enemiga, se ponían
de acuerdo para abuchearlo. Parecía un marginado
de brazos caídos y paso lento.
Finalmente, cuando el árbitro se disponía a
adicionar tres minutos, una maniobra barrosa a dos
metros del arco que daba sobre la avenida
provocó una pitada y el anuncio de un penal. Una
exclamación de júbilo y otra de disgusto
sacudieron los cimientos. Los jugadores discutían
airadamente; arreciaban puteadas, escupidas y
botellazos, y fue justo entonces cuando el joven
cronista pegó un grito y yo giré la vista: una
avalancha humana derrumbaba un alambrado.
Cientos de tipos invadieron el perímetro
mientras los infantes corrían por las gradas, con
gases y balas de goma, a muchos hinchas que hasta
ese instante se habían mantenido paradójicamente
tranquilos. Uno de los arqueros fue cercado en la
cancha y castigado brutalmente por un grupo de
energúmenos, y un juez de línea recibió un disparo
en un hombro. En el centro de ese infierno
desatado, una mano anónima apretó el gatillo y
Enrique Cuevas se vino abajo como una estatua sin
gloria.
2.
Me fui abriendo paso con los codos, a
contracorriente, dentro de esa marea humana que
me arrastraba hacia la salida y conseguí alcanzar a
duras penas los vestuarios. El pánico había hecho
presa de la gente y los policías estaban
desbordados. No me fue difícil eludir el cerco de
seguridad que se había montado: me arrimé a los
dos enfermeros que transportaban la camilla con el
lineman herido de bala y me metí con ellos en la
caótica oscuridad. Gritos, directivas y
contraórdenes poblaban las instalaciones con sus
ecos. Los jugadores iban y venían como leones,
pálidos a causa del terror vivido, y el arquero
suplente lloraba silenciosamente en un rincón sin
que nadie se atreviera a consolarlo. Arriba de una
mesa rodeada de bancos largos y pizarrones, yacía
cubierto por una sábana ensangrentada el cadáver
del Indio Cuevas. Tito Salomone, el médico del
plantel, discutía a viva voz con dos dirigentes del
club. Los tres parecían estar repartiéndose las
responsabilidades del caso.
Levanté la sábana y descubrí la horrible
magulladura sanguinolenta, los miembros rígidos,
las facciones inertes. Luego me retiré hacia un
costado para vomitar, pero no conseguí otra cosa
que prender un cigarrillo con el estómago revuelto.
Mis náuseas se acentuaron con la llegada de la
televisión. Un periodista de cabellos plateados y
nariz prominente, seguido por un camarógrafo
bamboleante, hurgó con su micrófono en
conversaciones y llantos, y relató
pormenorizadamente la clase de herida que había
dado muerte al wing izquierdo. Las luces exponían
los detalles con gran crudeza y el lente de la
cámara inspeccionaba el cadáver con lascivia. De
pronto habían estallado en aquel vestuario una
tormenta de flashes fotográficos y una cascada de
precipitadas declaraciones.
Un subcomisario, flanqueado por media
docena de agentes, procedió a despejar el tumulto.
El operativo consistía en trasladar de inmediato a
los heridos hasta las culatas abiertas de dos
ambulancias que esperaban afuera. El escándalo y
la histeria generalizada provocaron escenas
tragicómicas y retrasaron la maniobra al menos
treinta minutos. Como un cortejo fúnebre, todos
siguieron las camillas llevadas en andas hasta la
calle. Yo preferí, sin embargo, la soledad de aquel
sitio lleno de duchas y armarios numerados. La
muerte del Indio me había dejado literalmente sin
aliento. Se la iban a dar tarde o temprano, dijo de
repente una voz a mis espaldas, sobresaltándome.
Giré la cabeza y me encontré con los ojos
diminutos de Lopecito, el encargado del vestuario,
un petiso cejijunto y parlanchín que había nacido
entre aquellas paredes y que sin duda alguna
acabaría sus días entre ellas. Se había acodado en
la mesa y jugueteaba distraídamente con su enorme
manojo de llaves. Estaba cantado, agregó
extrañamente. Aplasté mi cigarrillo esperando que
se explicara y levanté del piso un botín embarrado
que seguramente había pertenecido a Cuevas. Una
pequeña mancha de sangre ensuciaba la plantilla.
—¿Cómo que cantado? —le pregunté.
Lopecito sonrió al ver mi reacción.
—Vos eras amigo del Indio, pero en realidad
no lo conocías, boludo —un segundo después su
expresión se había vuelto a endurecer—. Yo te voy
a mostrar lo que era el Indio Cuevas.
Se levantó amenazante y metió una de sus
llaves en el candado de un armario. Manipuló allí
un rato y luego tiró de la puerta de latón: en su
revés había pegada una inmensa foto color del
Indio en sus buenos tiempos. Lopecito introdujo
sus dedos entre las ropas y sacó una cajita de
metal que contenía un frasquito de vidrio y una
hipodérmica.
—Ya no podía correr cien metros sin una de
éstas —oí que decía.

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