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Libro PDF Amalia, Adela y yo José Fernández del Vallado

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arrastrando las aguas de las fuertes
nevadas del invierno. Lo enterré en la
ribera izquierda, bajo las ramas de un
sauce.
Empleé toda la mañana en hacerlo,
sudé como una esclava y al final cayó
boca abajo en la fosa.
Por fortuna era un día entre
semana pero no había cuidado, en
aquel rincón apartado de la montaña
no había nadie y mi obra, bien
acabada, sería dicil si no imposible
de descubrir.
Mi nombre es Patricia Felguer y no
nací para ser asesina, tan sólo el
desno -¿o acaso la sociedad?-
lograron hacer que cambiara de
rutina.
Cuando conocí a Ramón, el hombre
al que enterré aquel amanecer, sólo
era una mujer o me consideraba una
de tantas en la ciudad y en el mundo.
Divorciada tras un matrimonio
fallido, vivía con mi única hija, Adela,
de cinco años. Tenía un trabajo de
funcionaria en un olvidado
departamento de sanidad y llevaba
una vida rerada. Cero en relaciones
con los compañeros del trabajo,
resultado, cero en cuanto a
amistades. ¿Antes? Hubo otros y
otras, pero tras casarse la mayoría
desaparecieron absorbidos por la
rigurosa espiral del régimen familiar.
En cuanto a mí, como digna
funcionaria, seguí cumpliendo con
exactud el rigor que sugieren las
pautas de la sociedad, y pese al
transcurso de los años, de forma
obsnada connué manteniendo la
forma.
Mi cabello conservaba su tono
castaño rojizo, mis caderas eran
firmes y mis nalgas, sin resultar
exageradas, sobresalían firmes y
torneadas. En resumen, cuando
caminaba connuaba recibiendo
piropos de esos seres mezquinos que
nos acompañan en la erra y reciben
el designio de hombres.
Aprendí a odiar a los hombres –
ahora lo sé- gracias a la ejemplar
ayuda de Carlos. Me casé con él con
objeto de que mis padres vieran
cumplida esa ingenua o humana
aspiración que en el fondo desea
cualquier ascendiente: Verme casada
antes de morir. Sí, diligentemente (no
sé debido a qué, creo que por
entonces abrigaba un absurdo
senmiento de culpabilidad)
consideré un deber compensarlos,
pese a que a quien amaba era a
Amalia. Lo de Amalia fue un revés que
no olvidaré. Yo sólo era una chiquilla
y si hubiera aprendido a valorar la
forma con que los lazos del amor
cuando te abrazan te oprimen hasta
emborracharte en su locura quizá…
No tuve valor.
Se suicidó dos meses después de mi
compromiso con Carlos. Dicen que fue
un accidente. Lo cierto es que lo hizo
de forma estudiada y perfecta, y sólo
yo, quien la conocía o creí conocerla a
conciencia, sé que no fue lo que
pareció.
Ocurrió en una expedición a los
Alpes. Formaba parte de una cordada,
siempre le encantaron esas cosas.
Se perdió en circunstancias
extrañas. Días después encontraron
un cuaderno de notas en el que había
escritas unas breves palabras:
Conservo un beso de carmín que sus
labios dejaron impreso en el espejo del
lavabo.
Una foto amarilla, un corazón oxidado.
Y esta sed del que añora la fuente del
pecado.
Evidentemente nadie se explicó el
significado de aquellos párrafos y
cuando supieron a quien pertenecían,
tampoco les sonó extraño; era sólo
una canción. En cambio yo lo reconocí
de inmediato. Era un fragmento de su
melodía preferida de Sabina: “Amores
Eternos”. Y su forma personal de
despedirse. Su cuerpo desapareció en
la grieta de un glaciar.
Carlos en el fondo pensaba que las
mujeres solo servimos para fregar
platos y planchar. No lo admia –
todos suelen hacerlo- en su interior
era un machista. Suponiendo que yo,
su boba y dócil mujer no me iba a
enterar me puso los cuernos de cien
formas diferentes. Trabajé con afán y
contraté a un detecve con quien
puse las cosas de cara.
No puedo evitar recordar el
semblante que puso el día en que le
pasamos las fotos en las que jodía con
sus amiguitas.
Como es natural tras el juicio que
gané de forma convincente, la
responsabilidad del cuidado de Adela
recayó sobre mí.
Con el dinero que me sobraba de la
herencia y cierto descaro -una baja
temporal que pedí por movos
familiares- emprendí el viaje que
deseaba y necesitaba tomar con mi
hija por Europa. Praga, Bucarest,
Moscú, Oslo, Londres, Roma. Las
grandes ciudades abrieron sus puertas
y secretos a nuestro avance constante
y risueño. Ambas disfrutábamos a
tope.
Adela era una bella sirenita que,
mediante su ilimitada curiosidad, me
mantenía despierta y feliz. Deseaba
aprender y yo quería que descubriera
el mundo desde su infancia, no que
permaneciera encerrada en su
juventud, tal como sucedió conmigo.
Con ella me sena cómoda y más a
gusto que con cualquiera, porque en
realidad no necesitaba a nadie más.
Llegamos a París: Versalles, La
Baslla, La torre Eiffel, el Museo
D’Orsay… el Louvre.
Aquella mañana el Louvre estaba
abarrotado; se trata de uno de esos
museos internacionales en los cuales
la gente desfila a manadas. Tomando
mis precauciones escribí la dirección
del hotel en el cual nos alojábamos y
el teléfono en el brazo de Adela.
La sala de la Mona Lisa estaba llena,
imposible ver el retrato. Seducida por
la curiosidad me puse de punllas y al
hacerlo solté un instante su mano.
Jamás debí hacerlo. Cuando me di la
vuelta ya no estaba.
Desquiciada, comencé a bracear y a
llamarla; en un instante me encontré
rodeada de una multud. Llegaron los
asistentes del museo. Tardaron un
rato en encontrar a alguien que
hablara español y cuando lo hicieron,
de forma atropellada les expliqué el
incidente. El intérprete me aclaró que
la buscaban sin descanso, pero que el
museo era inmenso, lo cual era obvio.
Al atardecer cerraron las puertas y
Adela no apareció. Me trasladé a la
comisaría y denuncié lo que, aunque
me resultara alucinante, ya
consideraba su rapto.
No podía parar de llorar y los ojos
me dolían. Pese a lo cual todos y
sobre todo el hombre que hablaba
español, quien no se separó de mí,
me animaron a mantener la calma y
me dijeron que el asunto estaría
solucionado en cuestión de horas.
Dos días después nada estaba
resuelto. Es más, no había indicios
convincentes. Nadie parecía haber
visto salir a Adela del museo.
Resultaba tan ¡increíble!
Transcurrió un día, una pesadilla
más. Eran las tres de la madrugada y
tampoco podía dormir cuando el
teléfono sonó. Entonces y por vez
primera oí con consternación la voz
del hombre trastornado. Me amenazó
con que si hablaba mi hija aparecería
en el Sena, y cuando me percibió
dominada, me dio una dirección en la
cual debía presentarme con veinte mil
euros en metálico; por supuesto, sin
policía. Insisó en que de encontrar a
un agente jamás volvería a verla viva.
Oír aquello me dejó descompuesta y a
su merced.
A parr de esa madrugada mi vida
cambió por completo. Ramón no se
conformó, exigió más. De repente me
di cuenta, estaba enredada en una
trama de amenaza y extorsión, e intuí
que más adelante, cuando se me
acabaran los fondos o se cansara de
mí, el suplicio final estaría reservado a
ella.
Esa

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