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Libro PDF Amor en el amazonas Melane Collins

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Siempre supe porque tenía esa afición a escribir diarios, pero me pesaba como una losa el motivo que me impulsaba a hacerlo, quizás era una manera de poder sentir
que era parecida a mi padre, ponerme en su piel, sacar a flote esa genética que se suponía que nos unía… que era aplastada por el carisma que había heredado de mi
madre y que afortunadamente evitaba que pudiera, en algún momento de mi vida, compórtame como el lo había hecho, lo odiaba, ese era el único sentimiento que tenia
hacia el y que se había mantenido intacto durante años. No recuerdo exactamente cuando empecé a odiarlo, pero creo que cuando tuve conocimiento de lo que me
rodeaba, cuando las burlas de los compañeros del colegio por ser huérfana me hacían llorar a diario, cuando la sensación de soledad, de no tener a nadie inundaba mi vida.
Podía perdonar a mi madre, el cáncer que se la llevó al poco de yo nacer, había sido algo imprevisto, no se pudo hacer nada, y aunque mi abuela María me había criado
con el mismo cariño incondicional de una madre, siempre me había sentido sola, como que me faltaba algo. A mi padre nunca lo perdonaría.
Había dejado de escribir en mi diario, los recuerdos volvían a atormentarme, me puse a reírme… ¿qué recuerdos Lía? Si no había conocido a mi progenitor,
rectifico, efectivamente lo conocí hasta los dos años, pero era evidente que no tenía ningún recuerdo de él.
Solté el bolígrafo y apoyé mis manos sobre mi nuca dejando caer el peso de mi cabeza sobre mis brazos, no quería llorar, pero las lágrimas escapaban solas, ¿cómo
no iba a odiar a mi padre? Pero aún más me odiaba a mí, por no haber perdido nunca la ilusión de volver a verlo. En ocasiones soñaba con él, o creía soñar con él, lo
había visto en fotos, pero el hombre con el que soñaba era mucho más mayor, aunque en mis sueños tenía la sensación de que era mi padre, nos mirábamos, él sonreía, y
yo no podía moverme, algo impedía a mis pies separarse del suelo, pero no importaba, tampoco tenía ganas de ir corriendo a abrazarle, mi rencor se mantenía patente en
aquellos duerme vela que me hacían despertarme con aquel sudor que me abrasaba, me ahogaba y explotaba en un llanto maldiciendo mi suerte.
Miré detrás de mí, mis estanterías estaban llenas de libros de todo tipo, y en la parte de arriba de una de ellas, como latiendo, estaba el diario de mi padre. En
ocasiones tenía la sensación de que me llamaba, que cobraba vida propia y que me exigía que lo cogiera entre las manos…. Tras aquella ansiedad inicial, venia la rabia que
me impulsaba a quemarlo y zanjar por fin cualquier vínculo, por escaso que fuera, con mi progenitor. Resoplé y cerré mi diario, aquel vacío volvía a hacerse hueco en mi
vida, me levanté y preparé un té, me tomé un ansiolítico para calmarme. Nunca me había gustado tomarme nada, pero a veces no tenía fuerzas para superar el dolor que
me causaba todo el tema de mi padre, sentía que mi vida estaba vacía, me sentía triste y desdichada, especialmente desde la muerte de la única persona que quería en este
mundo, mi abuela María, dos años atrás.
Lloré amargamente y supliqué porque el ansiolítico hiciera efecto lo antes posible. Volví a la biblioteca, cogí mi diario de encima de mi mesa y lo metí de nuevo en
la estantería, justo al lado del de mi padre, mi mano temblorosa hizo que el de mi padre callera al suelo abriéndose por la última página que escribió. Me quedé mirándolo
durante minutos desde aquella posición, desde la altura, apreciaba su letra escrita con pluma, como siempre mi abuela me había dicho que le gustaba escribir a mi padre,
cerrando un poco los ojos podía ver claramente la fecha que databa la pagina: 21 de enero de 1983….Me puse de cuclillas y apreté el diario contra mi pecho, fue un acto
reflejo, supongo que lo hacía para poder sentir el calor de mi padre de alguna extraña forma. Sin soltar el diario de aquella posición me dirigí de nuevo a mi mesa de
estudio, dejé el diario sobre la misma, y noté que al dejarlo me quitaba un peso de encima, ¡que montón de sensaciones me producía aquel diario!, coloqué mi dedo al
inicio de la fecha de aquella última página y comencé a leer:
“21 de enero de 1983
Creo que ha llegado el día, le he dicho a Yerko que ya no necesitaba de sus servicios, su cara de sorpresa ha resultado cómica, ha insistido en reiteradas ocasiones
de que no debo adentrarme en la selva sin un guía, desconozco si su interés es por mi seguridad o por mi cartera, en cualquier caso he decidido introducirme en la selva
sin su ayuda, además, soy consciente de que Yerko no me acompañaría nunca al lugar donde quiero ir. Mi trabajo continuado con los Omaguas ha hecho de mí un
superviviente de las amazonas, sé que puedo sobrevivir en esta selva sin ayuda, y estoy seguro de poder encontrar a los Anmetha. Donde muchos han fracasado estoy
seguro que yo no lo haré.
Álvaro Bernal”
No sé cuántas veces había leído el diario de mi padre, pero aún me era más difícil recordar cuantas veces había leído su página final, la última página que escribió
antes de que la selva se lo tragara y nunca más se volviera a saber de él.
Álvaro Bernal, mi padre, había sido un naturista obsesionado con las tribus de Perú, había gastado todo lo que tenía en hacer expediciones por la selva amazónica,
en conocer a los indígenas, en saber sus costumbres y hábitos, siempre he sabido que los amaba más a ellos que a mí, si no, nunca se hubiera arriesgado a introducirse en
esa selva y a perderme para siempre, mi abuela insistía en que mi padre me amaba muchísimo, pero que la selva y aquellas gentes eran su trabajo y su pasión. Leí
muchos recortes sobre su desaparición, aunque nunca los guardé, eran demasiado dolorosos para mí, en la mayoría decían que había muerto, aunque cada uno exponía
una muerte diferente para mi padre, “que se había ahogado en el río por las corrientes” “ que había caído por un acantilado” “ que una serpiente lo había mordido
produciéndole la muerte” “que los habitantes de la tribu con la que tan obsesionado estaba habían acabado con su vida”… la única realidad era que su cuerpo nunca se
había encontrado, y he de reconocer con pesar, que deseaba que estuviera vivo. Me puse melodramática y cerré su diario, recordé el recorte de periódico que me impacto
por su cabecera hablando de mi padre “ los indígenas de la tribu que buscaba, acabaron con su vida”, era sarcástico, que aquello que lo obsesionó, que llegó a amar más
que a mí , aquellos por los que se jugó la vida, hubieran acabado con ella.
El ansiolítico estaba haciendo efecto, y mis ojos empezaban a cerrarse, la paz empezaba a inundarme, era el momento de cerrar los ojos y olvidarlo todo, hasta que
existía en este mundo.
Cuando abrí los ojos la habitación estaba a oscuras, me había acostado de día y ahora era de noche, miré mi móvil que estaba sobre la mesita, las 20:32, había
dormido más de seis horas, mejor para mí, me había hecho pensar menos. En el móvil había un mensaje de texto, Ángel, suspiré con pesadez y leí “¿te apetece que vaya
a tu casa esta noche?” no pensaba contestarle, hacia dos días que había vuelto a España y ya mi “amante” quería verme, evidentemente no para ir a cenar o al cine, él no
podía exponerse al público y correr el riesgo de que su mujer lo viera, en eso se había convertido mi vida, en ser la otra. Nunca había estado enamorada de el, desde aquel
primer día que dejé que la pasión me envolviera, que la necesidad del contacto humano hiciera que mis sentidos intentaran cobrar vida, había sido plenamente consciente
que Ángel no era más que alguien con quien compartir un rato entretenido en la cama, le había dejado claro desde el principio que no quería saber nada de su mujer y por
supuesto no quería que me contara mentiras sobre lo mal que iba su matrimonio para justificar una infidelidad ante alguien que no había pedido nunca, ni pediría,
explicaciones de su comportamiento.
Cuando conseguí el trabajo en la embajada española en Perú, creía que mi vida iba a cambiar, ilusa de mí, debía reconocer que había luchado por conseguir ese
puesto con la esperanza de encontrar algún día a mi padre, de estar más cerca de él, estuviera donde estuviera de la selva amazónica, llegué a obsesionarme con ese tema.
He leído tanto sobre tribus que al igual que mi padre, creo que sobreviviría en el amazonas sin necesidad de ayuda, se tanto sobre ellos que podría escribir mil libros, y el
único contacto que he tenido con alguna tribu ha sido en las reservas, aquellas que están catalogadas y que se sabe que existen. Un día un Chaman de una tribu me dijo
que mi padre estaba vivo , y que algún día lo encontraría, aquello no hizo más que darme falsas esperanzas, que terminé perdiendo con el paso de los años. Llevaba
trabajando 5 años en la embajada, ahora a mis 29 años, estaba empezando a plantearme el dejarlo, quería rendirme, necesitaba rendirme, pero lo haría por lo alto, con un
último intento que ahogaría mis ilusiones.
Me levanté, sonó el teléfono, ¿sería Ángel insistiendo? pensé, miré el nombre que aparecía en la pantalla del móvil, Kike, mi amigo Kike…
-Hola – dije aun adormilada, obligando a mis piernas a iniciar el movimiento para poder bajar de la cama.
– ¿Estabas durmiendo a estas horas?- pregunto con aquel tono recriminatorio que era el padre nuestro de la vida de Kike, y que lo hacía ser una persona antisocial,
que nunca había tenido pareja y que con ese carácter dudosamente algún día la conseguiría.
– Si lo estaba, pero ya me he levantado- mentí intentando sentarme en la cama- aunque no tengo claro que sea lo que realmente quiero- suspiré, mi voz empezó a
sonar acongojada, se me había creado un nudo en la garganta y las lágrimas acudían a mis ojos, me había convertido en una mujer patética, que solo necesitaba un
pequeño empujón para volverme loca.
– Te pasas la vida llorando… deberías estar de más ánimo, mañana salimos de viaje, ¿no se supone que era tu sueño?- la pregunta casi la gritó, la verdad es que debía
ser duro soportarme en mi estado depresivo.
Volví a la realidad, mañana salíamos de viaje, un viaje común para mí, y nuevo para Kike, nos íbamos a Perú, pero esta vez no para volver a mi trabajo, si no para
hacer una expedición. Pensaba ir justo al sitio donde se despidió mi padre de su guía y adentrarme como el en la selva, Kike se había ofrecido a ir conmigo, tenía un
espíritu aventurero del que yo carecía en estos momento, pero que era contrarrestado por la necesidad de conocer la verdad sobre lo que le ocurrió a mi padre.
-Bueno- continuó Kike sacándome de mis pensamientos- te paso a recoger a las 5 de la mañana ¿no? El vuelo sale a las ocho- Notaba que ya se había cansado de mí,
quería finalizar cuanto antes aquella conversación y colgar, siempre me decía que cuando estaba en plan “negativo” se lo trasmitía y le daba “mal rollo”, que ya no
pasaba el día igual.
– Perfecto- le dije- estaré preparada a esa hora- colgó sin dejarme decir ni adiós, seguramente temiendo que volviera a acongojarme.

CAPITULO II
Me quedé paralizada, escuchaba de fondo el agua correr, una suave brisa me refrescaba la cara y aquel olor a humedad llegaba hasta mis pulmones. Un escalofrió
recorrió todo mi cuerpo, mi mente estaba en blanco, me movía, pero mis pies estaban firmes y no temía caer, estaba sobre aquella barca, Kike ya había saltado a la orilla,
y yo no podía moverme. Allí empezó todo, allí fue donde mi padre se adentró a la selva en busca de su sueño. Mis sentidos estaban mermados, veía a Kike hacerme
señas, pero no lo escuchaba, dejé de escuchar el sonido de la selva, pánico era la palabra que venía a mi mente, miré lentamente hacia el río, por donde habíamos venido,
¿seguro que quería seguir adelante? había más posibilidades de que encontrara la muerte que a mi padre, no sé porque Kike había decidido venir conmigo, lo miré, me
miraba sorprendido pero había dejado de hacer señas, venia hacia a mí, cogió mi mano.
– ¿Vamos?- salí de mi aturdimiento momentáneo, miré la mano que sujetaba la mía y subí la mirada por todo su brazo hasta llegar a su rostro, sonreía y afirmé
automáticamente con la cabeza.
El guía nos dijo que nos acompañaría, aceptamos su propuesta tras acordar los términos económicos, yo sabía que no estaría con nosotros mucho tiempo, quizás
cien o doscientos metros, nadie se arriesgaba a introducirse más en la selva, aquella zona era un paraje inhóspito. Llevábamos solo dos mochilas, la de Kike llevaba los
víveres, los sacos de dormir y alguna toalla, la mía llevaba todo tipo de medicamentos. Sabíamos que adentrarse en la selva era peligroso, especialmente me aterraban las
serpientes, para las que llevábamos antídotos.
Caminar por la selva era toda una aventura, atrás habían quedado las sendas que en más de una ocasión había recorrido para acercarme a alguna tribu de las que
llamábamos “civilizadas”, ahora no habían sendas, el camino lo hacíamos nosotros pisando todo tipo de vegetación salvaje, en ocasiones miraba mis pies al caminar,
quizás debajo de aquel suelo verde hubiera alguna insecto no catalogado que veía mis pies como una fuente de alimento, cerraba los ojos obligándome a dejar de pensar
en aquello y seguir adelante. Kike por su parte parecía tranquilo, para él aquello era un recorrido por el monte con más vegetación de la que estaba acostumbrado y algo
de dificultad, desconocía todos los peligros que la selva proporcionaba, se le veía ilusionado y asombrado por aquel lugar tan hermoso.
Llego el momento en el que el guía no quiso continuar, había aguantado menos de lo que esperaba, apenas habíamos recorrido 100 metros según mi podómetro,
recorrer esa distancia nos había costado cerca de 15 minutos, siempre dirección norte. El curso acelerado de orientación de Kike, su única preparación para este viaje,
nos ayudaba a no desviarnos del camino.
– ¡Eso no es lo que habíamos acordado!- escuché a Kike gritarle al guía cuando este se negó a continuar – hemos pagado por tus servicios por adelantado por más
de cien metros sin duda…- el guía negaba con la cabeza, se apoyaba en un árbol e incluso creí ver que le clavaba las uñas intentando aferrarse a aquel lugar, Kike
respiraba agitado y empezó a exigirle que le devolviera el dinero abonado.
– Déjalo Kike, no merece la pena, que se marche- dije mientras me acercaba a él y le cogía la mano para que se relajara y lo dejara marchar, tras unas palabras más
calmadas entre nosotros, por fin accedió a que se marchara.
– Estas gentes no tienen respeto por nada…. ni palabra- dijo mientras mirábamos como el guía se marchaba por donde habíamos venido, sin inmutarse por los
gritos que Kike, de vez en cuando, aún soltaba dirigidos hacia él.
– Agradezco que hayas venido conmigo Kike- intenté distraerlo- sé que te he dado las gracias en varias ocasiones, pero te agradezco de corazón que estés aquí
conmigo…- conseguí calmar a Kike, que me miró con ese cariño que siempre me dedicaba en sus ojos y que nos dedicábamos sonriendo como dos bobos.
Continuamos la marcha hasta que empezó a anochecer, según mi podómetro habíamos andado cerca de los dos kilómetros, buscamos un claro para poder acampar,
no tardamos en encontrarlo. Sacamos los sacos y algo de comida, Kike buscó algunas ramas secas para hacer fuego mientras yo preparaba un cazo donde calentar algo de
agua para hacer una sopa de sobre.
– Solo un día más, no quiero que se te olvide- dijo Kike mientras cenábamos alrededor de una hoguera que habíamos encendido.
– No lo olvidaré- me levanté, aparte mi plato a un lado, decidí que mañana lo limpiaría y le di un beso en la mejilla deseándole buenas noches, él sonrió.
Kike y yo nos conocíamos desde hacía 9 años, habíamos coincidido en la embajada de Perú en España mientras esperaba que empezara una reunión que se retrasó
demasiado por culpa del cónsul que había salido a alguna urgencia, él era policía y para matar el tiempo mientras esperaba había estado hablando con el hasta el punto
que terminamos dándonos el teléfono, aquello pintaba muy bien, Kike era un chico de pelo rizado en un tono castaño, de ojos verdosos y un cuerpo de vértigo, no
demasiado alto pero si lo suficiente para mirarme por encima cuando se ponía chulo, aunque cuando yo me calzaba mis tacones de aguja era el momento que le devolvía
aquellas miradas. Como siempre nunca atendía todas mis recomendaciones aunque tuviera claro que yo era la experta en el amazonas y en contra de mi consejo había
traído su arma “por lo que pueda suceder” había dicho, realmente lo que en sus inicios parecía que podía llegar a ser una relación, continuo como grandes amigos.
Durante el primer año que nos conocimos mantuvimos una especie de relación donde yo, creí estar enamorada de él, pero él nunca dio señales de que le interesara más
que para apoyarnos en nuestras decepciones amorosas. La cosa cambió cuando conocí a Abel al año siguiente, e iniciamos una relación, recuerdo perfectamente como
Kike quedó conmigo para soltarme un montón de argumentos de porque no debía estar con Abel, él no lo conocía de nada, y todo se puede resumir en el único
argumento que tenía, con pesadez lo confesó al final, se había enamorado de mí, o eso creía, aunque siempre supe que ese enamoramiento no era más que la necesidad
de una buena amiga que creía haber perdido. Aquella relación con Abel nunca fue bien, mi trabajo hacia que estuviéramos más tiempo separados que juntos, hasta que un
día el decidió dejarme por otra. Entonces volvió Kike, para ser el amigo que siempre había sido.
Volví a mi sitio, saqué de mi mochila un pequeño espejo que me había guardado para la incursión en la selva, podía parecer algo inútil en aquel lugar, pero aun en
aquella expedición, no había dejado de ser una mujer y no quería tener unas pintas horribles. Me miré, sonreí, no sé porque antes de salir el día anterior había decidido
plancharme el pelo, ahora con la humedad del lugar volvía a estar con aquel leve rizo que me llegaba hasta mitad de la espalda, miré mi cara, estaba más morena, el sol la
había maquillado, el contraste de mi cara con mi pelo hacia que este pareciera más bien rubio que el castaño claro que había tenido siempre, cogí una goma del pelo y me
hice una cola alta.
Vi a Kike meterse en su saco sin pensárselo, yo decidí lavar un poco mi ropa interior en una especie de riachuelo de escaso caudal que había a unos metros, la tendí
en un árbol y me metí en el saco con la ropa de todo el día, echaba de menos haber traído más ropa, pero solo íbamos a estar por allí un día más, ya me lo había
recordado Kike para que no me hiciera más ilusiones, el plan estaba definido: otro día más nos quedaba para adentrarnos, y dos para volver a donde nos esperaría el guía
para regresar a casa.
No tardé en dormirme, aunque ya hacia minutos que escuchaba la respiración de Kike larga y acompasada, síntoma inequívoco de que se había dormido. Volví a
soñar con mi padre, aquel hombre mayor que sentía que era mi padre, me desperté como ocurría siempre, abrí los ojos y solo vi oscuridad, observé algunas sombras que
proyectaba la hoguera que ya se estaba apagando, volví a cerrarlos para intentar dormir de nuevo, sentí como si alguien me observara, el ambiente se volvió más pesado,
diferente, volví a abrir los ojos y lo vi sobre mi cuerpo.
Era un hombre joven, su cara estaba justo sobre la mía, me miraba con los ojos muy abiertos, como observando cualquier detalle de mi rostro, parpadeó, yo estaba
inmóvil por el miedo, tenía dos rallas de pintura roja marcadas en la cara, posiblemente con los dedos, que atravesaban sus mejillas, los ojos podían asustar al más
valiente, eran oscuros y parecían muy grandes, una circunferencia de pintura negra los rodeaba y eso los hacia más tenebrosos aun, no veía su cuerpo, ni sus manos, solo
su cara a escasos tres dedos de la mía. Su pelo debía ser largo y negro azabache, pues caía a los laterales de mi cara, giró un poco su cabeza con ojos extrañados sin dejar
de mirarme, quise gritar, debió entender mis intenciones porque puso dos de sus dedos sobre mis labios, algo que no impediría que gritara, pero que consiguió callarme,
empecé a respirar rápido, e instintivamente apoyé mis manos sobre alguna parte de su cuerpo que supuse que sería su pecho para quitarlo de encima de mí, noté que
sus dedos ásperos resbalaban de mis labios hacia mi mandíbula y se quedaban allí, al mismo tiempo mis manos se anclaban sobre un pecho firme y duro, sentía los
latidos de su corazón, nada comparados con el mío, el suyo lo notaba tranquilo y relajado. Salí de mi ensoñamiento y empujé fuertemente con mis manos a aquel
hombre que estaba sobre mí, al tiempo que me levantaba gritando.
Kike dio un salto, cogiendo su pistola y mirándome mientras apuntaba a la selva.
– ¿Qué pasa?- preguntó hablando fuerte para hacerse escuchar entre mis gritos mientras me protegía con su espalda y con s

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