---------------

Libro PDF Aniquílame Libro 3 Christina Ross

http://i.imgbox.com/AwcQsqeH.jpg

Descargar  Libro PDF Aniquílame Libro 3 Christina Ross


Derechos y Nota Legal: Esta obra
está protegida por la Ley del Registro de
Derechos (Copyright) de 1976, como
también por las leyes internacionales,
federales, estatales y locales aplicables,
con todos los derechos reservados,
incluyendo derechos de reventa.
Se entiende que cualquier marca
registrada, logotipo, nombre de producto
u otras características identificadas, son
propiedad de sus dueños respectivos y
se usan estrictamente como referencia
sin que dicho uso implique la promoción
de los mismos. Queda prohibida
cualquier forma de reproducción,
distribución, comunicación pública y
transformación de esta obra sin contar
con la autorización del autor.
Primera edición de e—book ©
2013.
Descargo de responsabilidad legal:
Esta es una obra de ficción. Cualquier
similitud a personas vivas o muertas, a
menos que se mencionen
específicamente, es pura coincidencia.
Copyright © 2013 Christina Ross.
Todos los derechos reservados.

Nota del traductor
El español utilizado en esta
traducción es eminentemente peninsular.
Sin embargo, se ha tenido en cuenta la
diversidad de usos del español entre los
posibles lectores de la novela y se han
buscado giros lingüísticos y vocablos
tan neutros como ha sido posible.
Siguiendo este criterio, se ha querido
evitar usos que, aun siendo correctos,
puedan estar estigmatizados en
Latinoamérica. Por otra parte, se han
seguido las directrices y
recomendaciones recogidas en la
gramática de la Real Academia de la
Lengua (RAE) con respecto a la no
acentuación de pronombres
demostrativos, entre otros vocablos. En
la obra se incluyen algunos de los
préstamos lingüísticos que se han
incorporado al uso coloquial de la
lengua.
–Antonio Gragera, traductor.
ÍNDICE
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Otras novelas de Christina Ross
ANIQUÍLAME
Vol. 3
CAPÍTULO UNO
Nueva York
Septiembre
— Saben que estamos en la acera
—dije a Alex aterrorizada.
Miré a nuestro alrededor. La gente
que subía y bajaba la avenida o nos
ignoraba por completo o nos miraba de
reojo. Alex había dejado la puerta del
coche abierta y era evidente que
estábamos discutiendo.
Miré hacia arriba, hacia abajo, hacia
el otro lado. A esa hora de la noche el
tráfico era relativamente fluido en la
Quinta, pero las luces de los coches
bajando la avenida hacían difícil ver
nada al otro lado de la calle.
— Desde alguna parte, en este
momento, alguien nos está mirando.
Me cogió del brazo.
— Entonces, si es así, vuelve al
coche. No hagas nada estúpido.
A pesar de lo furiosa que estaba con
él, no tenía otra elección que hacerle
caso. Estar a cuerpo descubierto era
estúpido. El coche estaba a unos metros.
La puerta trasera abierta. Pistola en
mano, nuestro conductor salió del coche,
protegiéndose en lo posible con él. No
completamente, no por todos los lados.
La vista de la pistola hizo que la
gente aligerara el paso. Algunos
empezaron a correr. Vi cómo abrían
sobresaltados ojos y boca.
Permaneciendo allí, en la acera, ponía
en peligro a todos a mi alrededor.
Necesitaba volver al coche y lidiar con
Alex más tarde, así que me agaché y me
precipité hacia el coche con él.
Nos dejamos caer en el asiento
trasero. Alex cerró con un portazo y le
ordenó al conductor que entrara y que
nos sacara de allí. En ese momento,
escuchamos el disparo de un rifle.
Instintivamente me alejé de un salto de
la ventana cuando una bala la golpeó. El
cristal se quebró dibujando una tela de
araña, pero no llegó a romperse. Al
contrario, parecía como si estuviera
sujetando la bala como una araña sujeta
a su presa en un entramado de hilos. Oí
mi propio grito. Parecía que estuviese
fuera de mí. No completamente allí, no
del todo presente. La bala estaba a la
altura de mi cabeza. Sin un cristal
blindado estaría muerta.
Los instantes siguientes los recuerdo
borrosamente. Alex me abrazó contra él
y el coche se puso en marcha. Entró al
tráfico cortando el paso a los coches que
bajaban la avenida, a riesgo de
golpearnos con alguno de ellos.
Se oyeron bocinas y rechinar de
frenos. El coche atravesó la avenida sin
miramientos. Al otro lado de la calle, un
poco más abajo, vi un coche negro que
se incorporaba al tráfico desde la acera.
Nos dirigíamos directamente hacia él a
tal velocidad que nuestro conductor
gritó que nos agacháramos y sujetáramos
fuertemente.
Vamos a darnos con él…
Alex me puso la cabeza en su regazo
y me cubrió con su cuerpo. La colisión
que siguió nos empujó con una violencia
que me hubiera hecho caer del asiento y
probablemente herido seriamente si
Alex no me hubiera sujetado con tanta
fuerza. Aún así, la sacudida fue lo
suficientemente grande como para
lastimar- me el cuello y dislocarme el
hombro derecho.
Afuera, la gente gritaba, daba voces.
Miré a Alex y me pareció que estaba
bien, al menos físicamente. Me sentí
aliviada y agradecida de que así fuera a
pesar de mi furia anterior. Me senté,
estiré la nuca, aturdida, y miré por la
ventana sin dejar de tocarme el hombro.
En la calle, una multitud de gente en la
acera empezaba a alejarse poco a poco
de la escena.
La fuerza con la que el conductor le
había dado al otro coche había dejado
irreconocible la puerta del conductor.
Empezó a salir humo del motor. Vi
sangre en la ventanilla del coche,
demasiada para poder entender del todo
lo que había pasado. No había señal
alguna del conductor, de nadie herido y
haciendo lo posible por salir del coche.
Se me encogió el estómago al pensar en
el peor de los casos. Quienquiera que
estuviera dentro o estaba muerto o
dispuesto a actuar de nuevo a pesar de
las heridas.
— No se muevan de donde están
—ordenó el conductor—. No salgan del
coche a menos que yo se lo diga.
Protegiéndose con su arma, salió del
coche. Agazapado, se colocó en la parte
delantera. A nuestro alrededor, el tráfico
aceleraba para evitar posibles
acontecimientos o se ralentizaba para
que los pasajeros pudieran ver lo
posible antes de verse forzados a
continuar.
Una vez más se oyó ruido de bocinas.
En la distancia, sonaban las sirenas de
la policía. Alguien debió llamar al 911.
Debieron informar que alguien se
protegía tras un Mercedes negro
mientras apuntaba a algún blanco al otro
lado de la calle. Me volví a Alex, vi su
expresión adusta y luego miré a nuestro
conductor, que se acercaba al otro coche
con cautela.
— Podrían dispararle —dije a Alex.
— Lleva chaleco antibalas.
— ¿En la cabeza? ¿Es el pecho el
único sitio donde pueden dispararle?
— Está entrenado, Jennifer. Es
mucho más que un simple chofer.
— Detenlo. Que espere a la policía.
Pero Alex no respondió ni actuó. Sus
ojos permanecían fijos en el hombre.
Noté que tenía la mano en el tirador de
la puerta y que estaba listo para
intervenir si era necesario. Me invadió
el miedo, alimentado por la adrenalina y
el instinto de protección. Si Alex
pensaba salir del coche para ayudar al
conductor yo no podría impedirlo. Era
demasiado fuerte y no había manera de
detenerlo si era eso lo que estaba
dispuesto a hacer. Aparentemente, creía
que sus puños bastarían para ayudarlo si
el matón del coche estaba vivo y
esperando dar un tiro certero al primero
que se acercara.
— ¿Hay otra arma por aquí?
—pregunté.
Cuando le hablé, Alex pareció volver
en sí. Parpadeó, me miró con una furia
que no había visto nunca en él y luego se
inclinó para coger algo de debajo del
asiento. Con pulso firme sacó un arma
de apariencia sofisticada. Era estilizada,
con un acabado metálico gris, mate.
Aparte de lo que había visto en la
televisión o en el cine, no sabía nada de
armas, pero lo que había vivido en
breves instantes me bastó para saber, de
forma rudimentaria, cómo funcionaban.
En cuanto a Alex, era obvio que se
sentía a gusto con un arma. Con la
habilidad de un experto extrajo el
interior de la culata para mirar dentro
del cargador y comprobar si tenía balas.
Volvió a meterlo y vio al conductor
acercarse un poco más al coche dañado,
que desprendía ya tanto humo que me
preocupaba menos la posibilidad de un
incendio y más la de una explosión.
— ¡Sal del coche! —gritó nuestro
hombre. Estaba en la acera, intentado
ver el interior a través de la ventanilla
del conductor—. ¡Sal del coche o
disparo!
¿Estará vivo?
La muchedumbre que estaba en la
acera empezó a retroceder y alejarse,
como una marea llevada por la
curiosidad y arrastrada por el miedo.
Pero la ciudad es una ciudad de gente
arrojada y podía intuir por la manera
cómo los más jóvenes estaban actuando,
poniéndose de puntillas para tener mejor
vista, maniobrando para abrirse camino,
dispuestos a ayudar, que la situación
estaba a punto de escapársenos de las
manos.
— Mira ese humo —le dije a Alex.
—El coche va a salir ardiendo o a
explotar. Dile que vuelva. Necesitamos
mantener la distancia y esperar a que
venga la policía. Están de camino. Deja
que ellos se encarguen de todo.
— Podría ser demasiado tarde.
— ¿Por qué haces esto?
— Porque te dispararon. I

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------