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Libro PDF Barbara Dunlop – Ilusión Rota

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–Tenía la esperanza de que tú pudieras ayudarme a hacerle cambiar de opinión.
–¿Cómo? Apenas lo conozco. Y está claro que no le gusta mucho mi familia…
–Podríamos presentar un frente unido y aliviar sus temores. Demostrarle que no hay ningún problema entre nosotros y que los rumores sobre las luchas de poder son infundados.
No eran infundados. Cuando su padre le dejó a Evan en herencia el control de Lassiter Media, su noviazgo había saltado por los aires y los dos habían librado una guerra sin cuartel por la empresa. Al final se supo que el propósito de J.D. solo había sido poner a prueba la lealtad de Angelica, pero las consecuencias habían sido nefastas para la relación que mantenía con Evan. La desconfianza había causado una herida tan profunda que jamás podría curarse.
Pero era la felicidad de Kayla lo que estaba en juego. O, más concretamente, la felicidad de la madre de Kayla. Angelica estaba segura de que Kayla se casaría con Matt donde fuera. De hecho, seguramente preferirían hacerlo en Cheyenne, donde tenían su casa. Pero la madre de Kayla llevaba esperando aquel día desde que nació su hija, y Kayla haría cualquier cosa por su familia.
–¿Me estás pidiendo que mienta? –le preguntó con dureza.
–Eso mismo –corroboró Evan.
–Por Kayla y Matt.
–Yo haría mucho más que mentir por Matt.
Angelica reconoció la inquebrantable determinación en su atractivo rostro. La experiencia le había demostrado que Evan era un rival formidable que no dejaba que nada se interpusiera en su camino.
–Me da miedo pensar lo lejos que podrías llegar para conseguir lo que quieres.
La expresión de Evan se endureció.
–¿Ah, sí? Bueno… los dos sabemos hasta dónde serías capaz de llegar tú, ¿no?
–Creía que estaba protegiendo a mi familia –se defendió ella. Al conocerse el testamento la única explicación que se le ocurrió era que su padre se había vuelto loco o que Evan lo había persuadido para que le dejara el control de Lassiter Media.
–¿Pensaste que tenías razón y que todo el mundo estaba equivocado?
–Eso me pareció.
Él avanzó hacia ella.
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–Te acostaste conmigo, me dijiste que me querías… y luego me acusaste de robarte mil millones de dólares.
–Seducirme habría sido una parte de tu plan para hacerte con Lassiter Media.
–Tus palabras demuestran lo poco que me conoces.
–Supongo que sí –admitió Angelica, pero Evan pareció enfurecerse aún más.
–Se supone que debías conocerme y confiar en mí. Mi diabólico plan solo existía en tu cabeza.
–¿Cómo iba a saberlo en su momento?
–Podrías haber confiado en mí. Es lo que hacen las mujeres con sus maridos.
–No llegamos a casarnos.
–Por decisión tuya, no mía.
Se miraron el uno al otro durante unos segundos.
–¿Qué quieres que haga? –preguntó ella finalmente–. Sobre Conrad –añadió, al darse cuenta de lo ambigua que podía sonar su pregunta.
La sonrisa irónica de Evan se lo confirmó.
–Tranquila… Sé que nunca me preguntarías lo que quiero que hagas sobre nosotros –retrocedió un par de pasos–. Ven conmigo a ver a Conrad. Mañana por la noche. Finjamos que estamos juntos, que todo va estupendamente entre nosotros y que no hay razón alguna para preocuparse.
La sugerencia de Evan le revolvió el estómago a Angelica. Entre ellos no había nada que fuera estupendamente. Él estaba furioso y ella, apenada. Habiendo resuelto el conflicto de Lassiter Media, echaba en falta muchísimas cosas de su vida anterior.
–Claro –aceptó, empujando la tristeza al fondo de su alma–. Haré lo que sea necesario para ayudar a Kayla.
–Te recogeré a las siete. Ponte algo femenino.
Se miró la falda azul marino y la blusa blanca.
–¿Femenino?
–Ya sabes, algo con volantes o flores. Unos zapatos elegantes… Ah, y también podrías rizarte el pelo.
–¿Rizarme el pelo?
–Conrad es un tipo chapado a la antigua, Angelica. Le gustan las mujeres de otro tiempo.
–¿De cuándo? ¿De los años cincuenta?
–Más o menos.
–¿Quieres que me ponga a batir las pestañas y a sonreír como una
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tonta para que Kayla y Matt tengan un lugar donde casarse?
–Sí, justamente.
Angelica estaba dispuesta a hacerlo por su mejor amiga, pero eso no significaba que le gustara.
–¿Tendré también que aferrarme a tu brazo?
–Aférrate a lo que quieras. Pero procura que sea creíble –dicho aquello, Evan se giró sobre tus talones, abandonó el cenador y se alejó por el camino.
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Capítulo Dos
En el vestíbulo de la mansión Lassiter, Evan veía como una transformada Angie descendía majestuosamente la gran escalinata.
Hermosa, femenina y engañosamente dulce, con los cabellos recogidos y unos mechones sueltos acariciándole los hombros como una cortina de seda color castaño.
–Vas de rosa –observó.
–¿Y ahora quién está diciendo obviedades? –bajó los dos últimos escalones y Evan se fijó en las sencillas zapatillas blancas que hacían juego con el pequeño bolso bajo el brazo.
–Nunca te había visto de rosa –el vestido se le ceñía al busto, con mangas casquillo y una amplia falda de seda con bajo fruncido. Con sus pendientes de diamante y el colgante de oro alrededor del cuello realmente parecía una estampa de los años cincuenta.
–Odio el rosa –declaró ella. Sonrió forzadamente y se giró ante él–. Pero quizá este vestido pueda ayudar a que Kayla celebre su boda en Malibú.
Evan no estaba seguro de eso, pero sí que estaba consiguiendo que su cuerpo reaccionara…
–Vamos allá.
Él le ofreció el brazo, pero ella no lo aceptó y se adelantó para abrir la puerta y salir al porche.
–Tenemos que hacerle creer que somos amigos –le advirtió él, bajando los escalones tras ella.
–Se me da bien actuar –dijo ella.
Evan pasó a su lado para abrirle la puerta del coche.
–¿Podrás mantener la compostura cuando empiece a criticar a tu familia?
–Claro que sí.
–¿Angie?
–No me llames así –espetó ella, mirando al frente.
–¿Cómo quieres que te llame? ¿Señorita Lassiter?
–Mi nombre es Angelica.
Él esperó un momento, hasta que ella lo miró.
–Para mí no –repuso. Cerró la puerta y rodeó el coche para sentarse al volante.
Los dos guardaron silencio mientras Evan tomaba la carretera del
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Pacífico.
–Puedes hacerlo por una noche –le dijo ella un rato después.
–¿Hacer qué? –se preguntó si sería consciente de todas las connotaciones eróticas que podrían extraerse de sus palabras.
–Llamarme Angie –respondió ella, sacándolo de sus fantasías.
–¿Puedo llamarte Angie por una noche?
–Mientras estemos en casa de Conrad Norville fingiendo que todo va bien, pero nada más.
–No creo que puedas controlar cómo te llamo.
–Pero sí lo que llamarte a ti –murmuró ella en tono desafiante.
–Llámame lo que quieras.
–¿Qué te parece «incompetente» e «irresponsable»?
–¿Perdona? –la miró–. ¿Piensas insultarme delante de Norville?
–Delante de Norville no. Esta mañana recibí una llamada de alguien que buscaba referencias de tu trabajo en Lassiter Media.
–¿Quién? –preguntó Evan inmediatamente.
–Lyle Dunstand, de Eden International.
A Evan se le formó un nudo en el estómago.
–¿Serías capaz de socavar mi negocio? –le preguntó en tono incisivo.
Ella tardó un momento en contestar.
–Relájate, Evan. Les he dicho que habías hecho un trabajo magnífico dadas las circunstancias, que habías expandido la empresa a Inglaterra y Australia y que no había nadie con un instinto como el tuyo para las personas. Intento tratarte con respeto y profesionalidad. Lo mismo podrías hacer tú por mí.
–No le he dado a nadie tus datos de contacto –le aseguró él–. Confiaba en que dejaran en paz a los Lassiter.
–Eso es imposible. Has pasado varios años con nosotros y sabes cómo es –se giró hacia él–. Así que vuelves a abrir la consultoría…
–Tengo que ganarme la vida.
–Mi padre te dejó un montón de dinero.
Evan soltó una fría carcajada.
–Ni loco tocaría el dinero de los Lassiter.
–¿Estás furioso con él?
–Claro que estoy furioso con él. Me usó. Jugó conmigo como si fuera un peón en una partida de ajedrez y me fastidió la vida.
–Seguramente pensaba que estaríamos casados para cuando él muriera.
Evan giró la cabeza para volver a mirarla.
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–¿Y eso lo justifica? Me puso al frente de la empresa solo para poner a prueba tu lealtad, y luego me arrebata el puesto para dejarme… ¿dónde? ¿A la sombra de mi mujer?
–¿Insinúas que para ti sería un problema trabajar para mí? Si estuviéramos casados, quiero decir.
–Sí.
–¿Y sin embargo te parecería bien que yo trabajase para ti?
–Puede que no sea lógico ni justo, pero sí, no tendría problemas con eso.
–¿Quién parece ahora de los años cincuenta?
–Esta discusión no tiene ningún sentido. Nada de eso va a ocurrir.
–Porque tú y yo nunca nos casaremos.
–De nuevo diciendo obviedades, Angie…
–Angelica.
–Has dicho que podía llamarte así por una noche.
* * *
Se encontraron con Conrad en el gran salón de la ostentosa residencia, cuyo tamaño y lujo impresionaron a Angelica a pesar de haber vivido en la mansión de los Lassiter.
Conrad le estrechó la mano a Angelica y examinó con ojo crítico el vestido, pero no hizo ningún comentario.
–Tu familia lleva bastante tiempo saliendo en las noticias –dijo. Le hizo un gesto a un mayordomo y este se adelantó portando una bandeja con bebidas.
–Las cosas ya están más tranquilas –respondió Angelica, colocándose junto a la puerta abierta para disfrutar de la brisa marina–. Creo que todos estamos listos para seguir adelante.
–No es conveniente recibir tanta atención por parte de la prensa –Conrad tomó una copa de cristal con dos dedos de líquido ambarino.
–A nadie le gusta convertirse en el centro de atención mediática –corroboró Angelica. El mayordomo le ofreció una copa y ella la aceptó.
Conrad era dueño de una destilería en Escocia. Ella odiaba el whisky, pero se lo bebería.
–¿Tu padre estaba loco? –preguntó Conrad, mirándola fijamente.
Habían intentado ocultar los detalles del testamento de J.D., pero Conrad era un hombre con muchos recursos y podía averiguar cualquier cosa de la familia.
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Evan se adelantó antes de que ella pudiera contestar.
–J.D. Lassiter amaba a su familia por encima de todo. Es una de las cosas que más admiraba de él.
–Mis hijastros son unos chupasangres –dijo Conrad, mirando a Evan–. Un par de fracasados sin cerebro.
Angelica miró a Evan, pero él parecía haberse quedado en blanco.
–Lamento oírlo –dijo ella para romper el incómodo silencio–. ¿Viven aquí, en Malibú?
Conrad soltó una áspera carcajada.
–Ni siquiera pueden permitirse su propia casa. Al menos no la clase de casa que creen merecer –vacío la copa de un trago y Angelica tomó un pequeño sorbo. Era whisky de malta, en efecto. Le abrasó el paladar.
Evan se bebió la suya de un trago.
–Están en Mónaco –Conrad le indicó al mayordomo que sirviera otra ronda–. Solo les interesan las carreras de coche, las chicas y las fiestas.
–Kayla Prince tiene una galería de arte –dijo Evan, arrimándose a Angelica. Seguramente intentaba aparentar que seguían siendo una pareja unida.
–¿Uno de esos sitios refinados para la gente que se cree muy culta? –preguntó Conrad–. Siempre están intentando que me gaste millones de dólares en una basura moderna. No sé ni lo que representan esos cuadros. Por mí podría haberlo hecho un mono y no notaría la diferencia.
–Una vez compré una acuarela pintada por un elefante –dijo Angelica. El instinto la acuciaba a defender a Kayla, pero no podía arriesgarse a discutir con Conrad. Era mejor distraerlo con un cambio de tema.
Evan la miró con extrañeza.
–¿Y qué había pintado?
–Líneas azules y rosas. El elefante se llamaba Sunny. Me costó quinientos dólares.
La confesión le arrancó una sonrisa de los labios a Conrad.
–Seguramente tenía más talento que muchos de esos artistas que venden sus obras por millones de dólares. El mes pasado uno de los chicos fue a una subasta de arte y estuve a punto de tener que hipotecar mi casa.
Angelica miró alrededor, pensando en qué clase de obra costaría tanto como aquella casa.
El mayordomo regresó con más copas y Evan aprovechó que Conrad estaba distraído para beberse discretamente el whisky que Angelica apenas había tocado. Ella agradeció el gesto e intentó rechazar
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una segunda copa, pero Conrad insistió y no le quedó más remedio que aceptar y alabar el whisky.
–Supongo que querrás ver la terraza –le dijo Conrad a Angelica en tono desganado.
–Me encantaría.
–Bien, pues salgamos. Evan me ha dicho que vas a convencerme de que el escándalo ha terminado y que no pasa nada por relacionarse con los Lassiter.
–El escándalo ha terminado –insistió ella.
Salieron a la terraza y al instante se encendieron unas luces estratégicamente colocadas.
–¿Estás al mando de la empresa? –le preguntó Conrad.
–Así es.
Conrad miró a Evan.
–Está al mando –confirmó él–. Y hará un trabajo magnífico.
Angelica sabía que Evan solo estaba actuando, pero sus palabras le llegaron al corazón.
–Angelica, mientras decido si prestaros o no mi casa, ¿qué dirías si te dijera que Norville Productions ha rodado una serie que sería perfecta para que la emitiera una de las cadenas de Lassiter Media?
–Le diría que en Lassiter Media siempre nos hemos ocupado de nuestra propia programación.
–¿Y si te recordara que tengo algo que te interesa?
Angelica lo pensó un momento.
–No puedo ofrecerle un quid pro quo, pero me comprometo a presentar su propuesta a la junta directiva.
–¿Sin promesas?
–Le prometo que la estudiaremos detenidamente –le dijo con toda sinceridad. Que nunca hubieran emitido programas de terceros en Lassiter Media no significaba que no pudieran hacerlo en el futuro.
–¿Y tus hermanos? –preguntó Conrad, tomando otro trago de su nueva copa–. ¿Saben ellos también que el escándalo ha terminado?
–Lo saben. Cada uno está comprometido con la empresa a su manera.
–¿Pero no en el sector de la comunicación?
–No de manera regular, pero toda la familia está unida –estaba exagerando un poco, pues aún había obstáculos que superar. Pero Angelica sabía que sus hermanos jamás hablarían mal en público de la familia.
–¿Y Jack Reed? –preguntó Conrad, haciéndole otro gesto al
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mayordomo.
Angelica ni siquiera había tocado su segunda copa. Por suerte, Evan volvió a aprovechar la distracción de Conrad para cambiarle la copa y bebérsela el.
–Jack está fuera de todo esto. Su papel provocó una gran confusión al principio, pero también él cumplía con la voluntad de mi padre.
Conrad arqueó una ceja.
–¿Tu padre quería que su empresa fuera vendida y hecha pedazos?
El mayordomo regresó y todos cambiaron las copas vacías por otras llenas.
–Mi padre lo dispuso todo para ponerme a prueba –respondió honestamente Angelica–. Quería que me planteara la lealtad a mi familia si se presentaba esa posibilidad.
Conrad esbozó una sonrisa torcida.
–Un viejo muy astuto, ¿no?
–Se podría decir que sí.
–Todo el mundo pasó la prueba con buena nota –intervino Evan–. La familia permaneció unida y Lassiter Media seguirá prosperando.
–A mí me parece que tardaron bastante en reconciliarse –observó Conrad.
Evan se encogió de hombros y tomó un trago de su quinto whisky.
–A veces se tarda en hacer lo correcto.
Conrad se echó a reír.
–Primero se analiza la situación –continuó Evan–. Luego se decide lo que se quiere hacer y lo que es mejor hacer. La única decisión que cuenta es la última.
Angelica se obligó a beber un poco. Necesitaba algo para contrarrestar la reacción que Evan le estaba provocando con su aparente sinceridad al defenderla.
–¿Y qué me decís de vosotros dos? –preguntó Conrad, mirando a uno y a otra.
–Somos amigos –respondió Evan simplemente.
–No, no lo sois –replicó Conrad con el ceño fruncido y una convicción que dejó petrificada a Angelica.
Los había descubierto…
–En una relación como la vuestra –continuó él–, o se ama o se odia. No hay punto medio.
–No puede creer todo lo que dicen los periódicos –objetó Evan.
–No se trata de lo que lea, sino de lo que veo. Las fotos me dicen hasta qué punto habéis estado enfrentados –los apuntó con una mano
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llena de arrugas–. No soy estúpido. Puede que ahora os llevéis bien, pero todo podría saltar por los aires en un santiamén. Y si la historia llega a la prensa mi casa será el centro de un escándalo.
–Tiene razón –admitió Evan. Angelica lo miró con perplejidad, pero él le apretó la mano para tranquilizarla–. La verdad es que estamos pensando en volver a estar juntos.
Se llevó la mano de Angelica a los labios y la besó delicadamente en los nudillos, provocándole un hormigueo por el brazo y el cuerpo. Angelica tuvo que hacer un enorme esfuerzo para disimular la reacción.
–No te creo –espetó Conrad–. Nadie puede mantener algo así en secreto.
–Nosotros sí –declaró Evan en un tono que no dejaba lugar a dudas–. Mírela, Conrad… Tendría que ser ciego y estúpido para renunciar a ella.
Conrad escrutó a Angelica con la mirada, y ella se esforzó por mantenerse inmóvil y parecer una chica de los años cincuenta. La clase de chica dulce y encantadora a la que se le podía perdonar todo.
Conrad apuró su copa y Evan lo imitó.
–En eso te doy la razón…
–Creo que ya has bebido bastante, cielo –le dijo Evan a Angelica. Se apresuró a quitarle la copa y a vaciarla de un trago. Angelica se concentró en mantener la calma y dar la imagen de una mujer serenamente enamorada.
–Qué diablos… –la expresión de Conrad se relajó por primera vez desde que llegaron.
–No soy estúpido –dijo Evan.
–Supongo que no. Entonces… ¿no tengo nada de qué preocuparme?
–Puede estar tranquilo de que no habrá ningún escándalo.
–¿Para cuándo decías que era la boda?
–El último fin de semana del mes.
–¿De este mes?
–Sé que es muy precipitado, pero ya le hablé del incendio en el Esmerald.
–Nos haría falta contratar personal extra y más seguridad.
–Nosotros nos ocuparemos de todo –le aseguró Evan.
Angelica contuvo la respiración hasta que Conrad asintió.
–De acuerdo.
–Gracias, muchas gracias –Angelica le agarró la mano con las suyas y se la sacudió con deliberado entusiasmo–. Kayla se pondrá muy contenta.
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–Sí, sí –Conrad rechazó los agradecimientos y pareció encerrarse en sí mismo.
–Ya le hemos robado demasiado tiempo –dijo Evan, apurando su última copa–. Muchas gracias, señor. ¿Hay algún miembro de su personal con el que podamos ponernos en contacto?
–Albert os dará una tarjeta de visita.
El mayordomo, que había permanecido a poca distancia, se acercó para entregarle una tarjeta a Evan.
–Buenas noches, Conrad –se metió la tarjeta en el bolsillo y le estrechó la mano a Conrad.
El anfitrión le dedicó una sonrisa de despedida a Angelica.
–Supongo que nos volveremos a ver muy pronto.
–Desde luego –afirmó Angelica–. Estoy impaciente.
Evan le puso una mano en el trasero y la llevó hacia el vestíbulo. Nada más salir se inclinó hacia ella para susurrarle al oído.
–Has estado formidable.
–¿Estás bien?
–¿Por qué lo preguntas?
–Te has tomado seis whiskies…
–Ah, sí… Bueno, me pareció una buena estrategia emborracharme un poco… y no podía arrojarte a los lobos –resopló profundamente mientras se acercaban al coche–. Pero la verdad es que estoy un poco mareado… Creo que deberías conducir tú.
–No me digas…
Él se sacó las llaves del bolsillo.
–¿Sabes cambiar las marchas?
–Claro.
–Es una máquina muy inquieta –le advirtió él.
Angelica estaba de espaldas a la puerta del coche y no pudo evitar sonreír.
–Me las arreglaré.
Evan se quedó callado y entonces ella se percató de lo cerca que estaba. El calor de su cuerpo la envolvía y su irresistible olor varonil la atraía en contra de su voluntad. La reacción de su cuerpo a Evan no había cambiado ni ápice, a pesar de todo.
Y eso no era nada tranquilizador.
–Lo digo en serio –le dijo él en voz grave y profunda–. Lo has hecho muy bien ahí dentro.
–Tú también –le respondió ella con sinceridad.
Evan se acercó un poco más.
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–Hacemos un buen equipo… tú y yo.
–Has bebido, Evan.
–Un poco…
–El alcohol se te ha subido a la cabeza.
–Mi cabeza está perfectamente. Eres increíble, Angie. Y me moría por hacer esto… –antes de que ella pudiera reaccionar, la estaba besando en los labios.
Una explosión de luz y color le anegó los sentidos. El beso se prolongó unos minutos hasta que Evan se apartó, dejándola sin aliento y aturdida.
–¿De verdad que el whisky no se te ha subido a la cabeza, Evan? –murmuró secamente, extendiendo la mano para que le entregara las llaves.
Él sonrió y se las puso en la palma.
–Te aseguro que no.
La cafetería al aire libre de la planta veintisiete del edificio de Lassiter Media abría normalmente para los ejecutivos, pero aquel día estaba cerrada para la reunión privada de Angelica con sus hermanos y su primo. Los cuatro juntos controlaban el conglomerado empresarial.
Chance y Sage habían acudido desde Wyoming, donde Chance se ocupaba del rancho Big Blue y Sage dirigía su propia empresa. Por su parte, Dylan se ocupaba del Lassiter Grill Group. Sentados junto a la fuente, Dylan descorchó una botella de uno de los mejores vinos del Lassiter Grill, mientras Chance le contaba a Sage las aventuras de un par de vaqueros del rancho.
Pero Angelica no podía aguantar más. Necesitaba aclarar las cosas de una vez por todas.
–Antes de continuar… ¿me permitís que me disculpe, por favor? –todos la miraron en silencio–. Esto no es una celebración –le recordó a Dylan, y se obligó a mirar a cada uno. A Chance, con su rostro duro y curtido; a Dylan, con su pronta sonrisa y ojos llenos de compasión; a Sage, con su expresión fría e inescrutable–. Dejadme que lo expulse, por favor. Me siento terriblemente mal por lo que os he hecho.
Dylan fue el primero en hablar.
–No ha sido culpa tuya.
–Claro que sí.
–Fue una sorpresa para todos y a ti te tocó la peor parte –dijo Chance–. No sé qué habría hecho yo si me hubiera visto en tu lugar.
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–Te habrías largado sin dar problemas –le respondió Angelica a su primo, y miró también a sus hermanos–. Si J.D. os hubiera excluido de su testamento, lo habríais aceptado sin más.
–No habría sido ninguna sorpresa –dijo Sage–. Con ninguno de nosotros tenía tan buena relación como contigo.
–Querrás decir que a ninguno mimaba tanto como a mí.
–Te quería –dijo Dylan–. Te quería y tú sabías que siempre se preocuparía por ti. Pero él no lo hizo, o al menos no pareció que lo hiciera.
–Era su dinero y su empresa. Podía dejárselos a quien quisiera –tragó saliva con dificultad–. Yo tendría que haberlo aceptado sin rechistar.
Sage le puso una mano en el hombro.
–No seas tan dura contigo misma, hermanita.
El inesperado y cariñoso apelativo hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas. Sage no era uno que demostrara fácilmente sus emociones.
–Lo siento mucho –balbució.
–Tranquila –dijo Dylan–. Ya ha pasado todo. Aceptamos tus disculpas.
Sage y Chance asintieron.
–Somos una familia –dijo Chance–. Tenemos que permanecer unidos.
El afecto que se reflejaba en sus rostros hizo que Angelica se sintiera mejor. Sus temores se aliviaron y consiguió esbozar una sonrisa.
Dylan empezó a servir el vino.
–Ni siquiera sé por qué me dejó el veinticinco por ciento de Lassiter Media –le dijo Sage a Angelica–. Ya tengo bastante trabajo con Spence Enterprises. Te cederé mis acciones cuando quieras.
–No, de eso nada. No voy a seguir contraviniendo la voluntad de nuestro padre. Te dejó una parte importante de Lassiter Media y eso no va a cambiar. Supongo que quería asegurarse de que te sintieras uno más de la familia. Y además, tendré que pedirte consejo de vez en cuando.
Sage sonrió.
–No necesitas mis consejos para dirigir Lassiter Media. Es Evan el que… –se calló y puso una mueca de disculpa.
–Puedes decir su nombre –dijo Angelica.
–¿Has hablado con él? –le preguntó Dylan, tendiéndole una copa de vino–. Desde que volviste a la empresa, quiero decir.
–Sí. Hablamos ayer.
Los tres hombres parecieron sorprendidos por la noticia y esperaron que les diera más detalles.
–Kayla y Matt van a casarse a final de mes y vamos a guardar las
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apariencias por ellos –explicó Angelica.
Un silencio siguió a sus palabras.
–Somos amigos… –empezó, pero enseguida se dio cuenta de que no tenía sentido mentirle a su familia–. Está bien, no somos amigos. Nos hemos hecho tanto daño que no podríamos ni pensar en perdonarnos. Pero sí que podemos fingir ser amigos… Y eso tenemos que hacer, por Kayla y por Matt.
–¿Quieres que hablemos con él? –preguntó Sage.
Angelica soltó una carcajada.
–¿Para decirle qué?
–Que no se pase o… –murmuró amenazadoramente Chance.
–Ya basta –ordenó ella–. Evan siempre os ha gustado. Hubo un tiempo en el que os gustaba más que yo.
–Eso nunca –replicó Dylan.
–No pasa nada –volvió a asegurarles ella–. Pero gracias. Gracias por vuestra preocupación y apoyo.
Dylan levantó su copa y todos lo imitaron.
–Este brindis se ha hecho esperar… Por J.D.
–Por J.D. –repitieron los demás.
–Por papá –susurró Angelica, y sintió que su corazón empezaba a sanar al tomar el primer sorbo.
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Capítulo Tres
–¿Por qué sigues aquí? –le preguntó Evan a Deke cuando dejaron de correr por el paseo marítimo de Santa Mónica y se detuvieron a un par de manzanas del edificio de Evan.
–Estoy ayudando –respondió Deke con voz jadeante mientras se abría camino entre la multitud de turistas, músicos callejeros y patinadores en dirección hacia el puesto de bebidas.
Evan lo siguió porque se moría de sed.
–No estás ayudando para nada.
–Esta mañana he conseguido un buen cliente.
–Lo he conseguido yo. Tú solo respondiste al teléfono.
–Ofrezco un servicio excelente… Dos limonadas con mango, por favor –le pidió al quiosquero.
–¿Cómo sabes que quiero una limonada de mango?
–¿Prefieres otra cosa?
–Me da igual.
–¿Entonces por qué te quejas?
–Porque me gustaría tener un poco más de control sobre mi vida.
–Un poco más de control sobre Angelica Lassiter, querrás decir.
–¿Cómo has dicho?
–Te sientes sexualmente frustrado y lo estás pagando conmigo.
El quiosquero sonrió mientras le daba el cambio a Deke.
–No estoy sexualmente frustrado –protestó Evan. Si no tenía vida sexual era por decisión propia.
–Deseas a Angelica pero no puedes tenerla. Por eso estás tan irritable.
–Eh, anoche la besé. Y ella a mí.
El quiosquero se había girado para preparar las limonadas.
–¿Dónde la besaste?
–En casa de Conrad Norville.
–¿Por encima o por debajo de la cintura?
–Ja, ja.
–¿Y qué significado extraes? –lo acució Deke, poniéndose serio.
Evan se encogió de hombros, arrepintiéndose de haber compartido aquella información.
–No lo sé –admitió. No significaba nada. Era un estúpido por haberlo mencionado. Angie le había devuelto el beso, pero solo porque la había
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pillado desprevenida, no porque quisiera convertirlo en algo memorable. Su enojo posterior así lo demostraba.
El quiosquero puso las bebidas en el mostrador y cada uno tomó la suya.
–¿Cuándo vas a volver a verla? –le preguntó Deke.
–Dentro de una hora. El Esmerald Wave ha enviado por fax los planes de boda a Matt y Kayla. Tenemos que hablar con la florista, el pastelero, los músicos y el nuevo servicio de catering.
–¿Sabe Matt lo del incendio?
–Ahora sí. Esta mañana he recibido un mensaje suyo. Parece que tardarán un par de días más en volver –se sentó en un banco frente al mar y tomó un largo y reconfortante trago.
Deke se sentó a su lado.
–No la verás en Lassiter Media, ¿verdad?
–Claro que no –exclamó Evan. El edificio de Lassiter Media era el último lugar de la Tierra donde querría estar.
–¿Quieres que vaya contigo?
La primera reacción de Evan fue sonreír.
–¿Crees que necesito protección con Angie?
–Creo que es ella la que necesita protección contigo…
–Está todo bajo control –afirmó Evan.
Solo tenía que separar su reacción emocional ante Angie de la comprensión racional de la situación. Y podía hacerlo sin problemas. La falta de confianza que Angie le había demostrado había acabado con cualquier posibilidad de ser una pareja. Pero eso no significaba que no siguiera siendo tan sexy y atractiva como siempre. Era lógico y natural que Evan pudiera imaginársela desnuda al detalle.
–Acabas de decirme que la besaste.
–No fue nada.
–¿Besar a tu exnovia no es nada?
–Fue un desliz. Estábamos los dos solos, frente a frente… –tuvo que esforzarse para no perderse en el sugerente recuerdo.
–¿Y si os volvéis a encontrar hoy los dos solos frente a frente?
–Eso no pasará.
Deke se echó a reír.
–Sabes a lo que me refiero.
Evan tomó otro trago. El sol le calentaba la cabeza y la nuca, empapadas de sudor. Los gritos de los niños se elevaban desde la playa, y el aire húmedo y salado le impregnaba los pulmones.
–Voy a acompañarte –declaró Deke–. Y después iremos a alguna
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disco a bailar con un par de mujeres guapas.
El primer impulso de Evan fue negarse, pero Deke tenía razón. Si no cortaba de cuajo la atracción que Angie le provocaba lo pasaría muy mal. En cuanto hubieran resuelto la boda de Matt y Kayla cada uno seguiría su camino. Fantasear con ella solo serviría para retrasar su recuperación.
–Está bien –aceptó–. Lo que tú digas.

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