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Libro PDF Benito Cereno – Herman Melville

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La mañana era propia del litoral aquel. Todo
estaba mudo y en calma; todo era gris. El mar,
aunque lo ondularan dilatados pliegues de olas,
producía la impresión de fijeza, y su alisada
superficie parecía como plomo enfriado y
sedimentado en el molde del fundidor. El cielo
parecía un manto gris. Las grises bandadas de aves
inquietas, afines a las brumas errantes con que se
confundían, pasaban rozando sobre las aguas con
rasero y caprichoso vuelo, igual que golondrinas
sobre el prado antes de la tormenta. Eran aquellas
sombras presagio de otras más densas que todavía
estaban por llegar.
Aquel velero desconocido, para mayor
asombro del capitán Delano, que lo estaba
observando a través de su catalejo, no ostentaba
pabellón alguno, y eso que era costumbre, entre
honrados marineros, izar aquél en seguida que se
entraba en un puerto, por desiertas que aparecieran
sus márgenes y con sólo que otro navío hubiera
fondeado en él. Quizás, de tener en cuenta la
soledad y el desamparo del lugar, y las historias
que sobre aquellos mares se contaba entonces, el
asombro del capitán Delano habríase convertido
en grave preocupación, a no ser persona de
bondadoso temperamento y excepcionalmente
crédula. Salvo el caso de intervenir un estímulo
extraño y repetido, y aun así a duras penas, le era
imposible ceder ante cualquier sentimiento de
alarma que lo obligara a pensar que el prójimo
obraba con malignidad. Visto todo aquello de que
es capaz el género humano, mejor que decidan los
sabios si tal rasgo del carácter pone o no de
manifiesto una particular agudeza y vivacidad de
la percepción intelectual, además del hecho de
poseer un corazón benévolo.
Sin embargo, fueran cuales fueran las dudas al
principio suscitadas por la presencia del barco
desconocido, de seguro que en seguida se hubieran
desvanecido en la mente de cualquier marino
experto, observando cómo se aproximaba
peligrosamente a la costa para esquivar el arrecife
sumergido en las cercanías de su proa. Con ello
demostraba no sólo desconocer aquella isla, sino
también la presencia de la otra nave fondeada en
su puerto. Por consiguiente, no podía tratarse de un
barco pirata conocedor de esas aguas. El capitán
Delano, sin que disminuyera su interés inicial,
siguió acechándolo, estorbado por los vapores que
le ocultaban en parte el casco, a través de los
cuales la distante luz matinal de la cámara fluía
con destello un tanto equívoco, muy parecida a la
del sol, que iba lentamente levantándose sobre la
línea del horizonte como si acompañara a la nave
desconocida en su entrada en el puerto. Aquella
luz solar, también velada a medias por las mismas
nubecillas, bajas y reptantes, no se distinguía
mucho, por su aspecto, del siniestro ojo único de
una intrigante de Lima que atalayara la plaza desde
el agujero indio de su negra «saya-y-manta».
Quizá fuera engaño de la niebla, pero lo cierto
es que, cuanto más tiempo se observaba al velero
desconocido, tanto más extrañas resultaban sus
maniobras. Pronto fue difícil conjeturar si
realmente intentaba entrar en el puerto, o qué otros
fines guiaban sus movimientos. El viento, que
había arreciado un poco durante la noche, ahora
soplaba con mayor ligereza e inseguridad, lo cual
acrecentaba todavía más la aparente incertidumbre
de su orientación.
Finalmente, sospechando que se trataba de un
barco en aprietos, el capitán Delano ordenó lanzar
al agua la ballenera y, a pesar de las prudentes
advertencias que le hizo el piloto, se dispuso a
embarcarse en ella y gobernarla, al menos dentro
del recinto del puerto. La noche anterior, unos
cuantos marineros de a bordo se habían alejado un
buen trecho del navío para ponerse a pescar en las
cercanías de unas rocas caídas, situándose fuera
del alcance del barco. Una o dos horas antes del
amanecer, habían vuelto con un buen botín.
Imaginando que aquel buque desconocido había
debido de permanecer largo tiempo parado en
otras aguas más profundas, el bondadoso capitán
mandó depositar en la ballenera algunas cestas de
pescado que sirvieran de obsequio y poco después
transmitió la orden de partida. Al ver el peligro
que aquel corría, pues seguía navegando
demasiado cerca del arrecife sumergido, urgió a
los suyos para que aceleraran la marcha, ya que
era preciso advertir a sus tripulantes de la
situación en que se encontraban. No obstante, antes
de que hubiera logrado aproximarse la ballenera,
ya había cambiado la dirección del viento, el cual,
a pesar de soplar con poca fuerza, hizo que la nave
fuera alejándose del arrecife, rompiendo en parte
las brumas que la circundaban.
Observada desde más cerca, la nave, cuando
pudo vérsela distintamente encaramada en la
cresta de las olas plomizas, con jirones de niebla
envolviéndola aquí y allá con sus retazos, surgió
igual que un monasterio encalado después de una
terrible tormenta, como asomado a algún sombrío
precipicio pirenaico. No fue, empero, una simple
semejanza fantástica la que, por un momento, hizo
creer al capitán Delano que delante de él tenía
nada menos que un buque cargado de monjes. En la
nebulosa distancia, parecía realmente que a las
amuradas se hubiera asomado una multitud de
negros capuchos, mientras que, entrevistas a
intervalos a través de las portas abiertas,
distinguíanse confusamente otras enormes y
sombrías figuras, como las de frailes negros
deambulando por los claustros.
Ya más cerca, cambió aquel aspecto y se
aclaró cuál era la verdadera índole del barco.
Tratábase de un mercante español de primer rango
que, entre otras valiosas mercancías, llevaba un
cargamento de esclavos negros desde un puerto
colonial a otro. Era un buque muy grande y de
bella estampa en aquel tiempo, como los que a
veces se encontraban a lo largo de aquellas costas:
naves anticuadas con tesoros de Acapulco, o
fragatas ya jubiladas de la armada real española,
que, al igual que arruinados palacios italianos,
conservaban aún vestigios de su glorioso pasado,
a pesar de la decadencia de sus amos.
Conforme fue acercándose la ballenera, se
advirtió que el singular matiz de espuma de mar
que presentaba el barco se debía al estado de
abandono y suciedad en que se hallaba. Tanto los
masteleros y las jarcias como una gran parte de las
amuradas, parecían recubiertos de lana, a causa de
un prolongado desconocimiento de lo que
significaba el empleo de la rasqueta, la brea y el
escobón. Diríase que hubieran levantado su quilla
y ajustado sus cuadernas en el «valle de los huesos
secos» de Ezequiel, lanzándola luego a la mar.
Pese a la misión que entonces cumpliera la
nave, ni el modelo original ni el aparejo parecían
haber sufrido cambio alguno con relación a la
maqueta de nave de guerra estilo Froissart. Sin
embargo, no se veían cañones en la cubierta.
Tenía grandes cofas, aparejadas alrededor con
lo que en otro tiempo fuera un velamen de forma
octagonal, hoy en miserable estado. Esas cofas
colgaban de los aires lo mismo que tres ruinosas
pajareras, y sobre una de ellas, subido a un
flechaste, aparecía un pingüino o pájaro bobo, rara
especie de ave así denominada por su inclinación
al letargo y el sonambulismo, fácilmente
capturable en la mar con la ayuda de la mano.
Descalabrado y enmohecido, semejaba el castillo
de proa un antiguo torreón tomado al asalto tiempo
atrás y abandonado luego a su propia ruina. Del
lado de popa, dos altas galerías, de balaustradas a
trechos cubiertas de algas secas igual que yescas,
emergían de la deshabitada cabina de mando, la
cual, a pesar de la bonanza remante, tenía sus
aberturas herméticamente cerradas y bien
calafateadas.
Aquellos desiertos balcones dominaban el mar
como si fuera éste el Gran Canal de Venecia. No
obstante, la principal reliquia de su glorioso
pasado era el ancho óvalo de la popa en figura de
escudo, con las armas de León y Castilla
intrincadamente grabadas en él, y adornado en
tomo con medallones de tema mitológico o
simbólico. En la parte superior y en el centro de
aquél se veía la silueta de un negro sátiro con
máscara, pisando la doblada cerviz de una
contorsionada figura también enmascarada.
Difícil era discernir si el barco aquel llevaba
un mascarón de proa o sólo un sencillo espolón, ya
que lo impedían las lonas que cubrían aquella
parte, al objeto de resguardarla de los trabajos de
restauración, o con el fin de ocultar decorosamente
su lastimosa condición. A lo largo de la parte de
proa de una suerte de pedestal situado bajo las
lonas, toscamente pintada o escrita con tiza, a
guisa de broma marinera, se leía esta frase:
«Seguid a vuestro jefe». Y poco más lejos, sobre
la deslustrada empavesada del beque, estaba
grabado en solemnes mayúsculas, en otro tiempo
doradas, el nombre del buque: «Santo Domingo».
Cada letra aparecía corroída por los goterones de
orín caídos desde los pernos de cobre, y sobre
aquel nombre, como fúnebres yerbas, oscilaban
negros festones de viscosas algas que, al ritmo
propio de un coche de muertos, seguían los
balanceos del casco del navío.
Cuando al fin consiguió la ballenera
aproximarse al barco mediante la ayuda del
bichero, su quilla, aunque aún se hallaba unas
pulgadas lejos del casco, produjo un áspero
crujido igual que si hubiera rozado con un
sumergido arrecife de coral. En realidad, tratábase
de un enorme racimo de lapas conglomeradas,
adheridas bajo el agua a los costados del barco,
igual que una verruga: prenda y testimonio de los
vientos y las calmas sufridos en cualquier lugar de
esas aguas.
Una vez a bordo del buque, su visitante se
encontró rodeado de pronto de una multitud
vociferante de blancos y negros. El número de
éstos en cubierta superaba al de los primeros,
extraña circunstancia si se tiene en cuenta que se
trataba de esclavos. Sin embargo, irnos y otros,
con voz unánime y en el mismo lenguaje, se
pusieron a referir idénticos relatos de los
sufrimientos pasados. Y, en esto, las mujeres
negras, que no eran pocas, excedieron por su
dolorido acento al de todos los otros. El
escorbuto, junto con las fiebres, habían diezmado
cruelmente la tripulación, produciendo los
mayores estragos entre los españoles. Por un
milagro se habían salvado del naufragio cuando
navegaban cerca de la costa del cabo de Hornos.
Posteriormente, a lo largo de varias jomadas,
quedaron inmovilizados, sin que soplara viento
alguno. Disminuían las provisiones de boca,
apenas les quedaba agua y, en consecuencia, tenían
ya resecos los labios.
Mientras se convertía así en blanco de todas
aquellas locuaces lenguas, el capitán Delano
examinaba con vivaz mirada las caras y los
objetos que lo rodeaban.
Siempre que se aborda en el mar por vez
primera un navío grande y populoso,
principalmente si es extranjero, con una
tripulación, supongamos de láscares o filipinos, la
impresión que se tiene no es nunca igual a la que
se experimenta al entrar en una casa desconocida,
habitada por desconocidos y en tierra extraña.
Tanto la casa como la nave, la primera con sus
muros y postigos, la otra con sus altas bordas que
parecen murallas, ocultan su interior a la mirada
hasta el último instante. Pero en el caso de la nave
se añade esta circunstancia: la de que el
espectáculo viviente que esconde, al quedar
repentinamente al descubierto, produce en cierto
modo, por contraste con el vacío océano que lo
rodea, el efecto de un prodigio. La nave no parece
real; los trajes, gestos y rostros extraños semejan
un fantasmagórico retablo surgido de las
profundidades, las cuales pronto recobrarán lo que
han prestado.
Quizá fuera un efecto parecido

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