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Libro PDF Benjamín de los encantos M. A. Zaric

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clausurar rendijas en ventanas y puertas,
por donde podía colarse el viento frío.
Habían tenido que arreglárselas cada
noche para que los cincuenta y tres
huérfanos sobrevivieran al inclemente
invierno que ya se despedía.
Aunque no habían tenido grandes
nevadas, el invierno se diferenció de
otros por sus fuertes corrientes de aire
helado que sacudieron hasta las
mandíbulas más fuertes.
El presupuesto les era cada vez
más escaso y no había cabida para
gastos de calefacción. Apenas alcanzaba
para los alimentos.
Reforzaron las mantas en las
camas, cerraron los espacios debajo de
las puertas con trapos viejos y cubrieron
las ventanas rotas. Solo era cuestión de
días para que la tímida primavera
terminara de echar al invierno.
En la habitación de los jóvenes
varones de quince a diecisiete años, no
habían reparado la ventana por donde
cuatro meses atrás, se fugaron tres de
ellos. Los monjes apenas pudieron
colocar una vieja reja que les donó la
policía del pueblo y que en nada era útil
para detener el frío; ni el más osado de
los chicos renunciaría a una cama tibia
por escapar en esos días. El lado
izquierdo de la ventana, donde antes
había una puertilla, había sido tapado
con trozos de un viejo cobertor, que
poco dejaban colar el frío.
Gúnthero, un joven flacucho de
quince años e incipiente sensatez,
luchaba más que con el frío con la
perturbación que le producía los
maullidos de un quejoso gato que no le
dejaban conciliar el sueño.
Él era uno de esos chicos
acostumbrados a hacer lo que querían.
Con su alta estatura, piel blanca,
moderados músculos, cabellos negros
desordenados y grandes ojos grises,
arrancaba los suspiros de las chicas o
las dejaba en un letargo, si se le ocurría
saludarlas. Ellas sonreían y murmuraban
complacidas cuando lo tenían cerca; más
de una estaba dispuesta a escaparse con
él si tan solo así lo dispusiera.
Era el más popular entre los
varones, por sus travesuras y por su
inteligencia para librarse de los castigos
de los monjes. Los más chicos lo
odiaban por las constantes ocasiones en
que los molestaba con sus bromas.
Compañeros como Bruno y
Oliver, de su edad, lo seguían para sacar
provecho de su popularidad con las
chicas.
Sin embargo, nada de eso le era
útil esa noche. Por su culpa el viento
helado se colaba desde afuera. Había
desprendido el cobertor de la ventana en
sus intentos de ahuyentar del patio a un
molesto gato; cuyos maullidos de
celebración, dolor o queja, no sabía, no
le dejaban dormir por tercera noche
consecutiva.
Los maullidos del animal
llegaban amplificados a sus oídos,
retumbaban en su cabeza como cinceles
golpeando la piedra. Verdaderos asaltos
campaniles a sus pensamientos; que lo
desesperaron. Quería que amaneciera de
una vez.
Su cama era la inferior de una
litera, ubicada frente a la puerta de la
habitación y a la derecha de la ventana.
Se retorcía desesperado entre las mantas
y trataba de mitigar el molesto ruido
contra la almohada.
Bruno, su compañero en la cama
de arriba, dormía plácidamente sin
siquiera sentir sus bruscos movimientos,
que estremecían toda la litera. Eso le
irritaba aún más, a ningún otro le
molestaban esos maullidos, “¡no podía
ser que no los escucharan!”
―pensaba―. Aprisionó otra vez sus
orejas contra la almohada y el colchón,
pero siguió escuchándolos; parecía que
el gato estaba allí, muy cerca de él, pero
no era cierto. Clavó su cara contra el
colchón, puso la almohada sobre su
cabeza y presionó los extremos contra
sus orejas pero tampoco fue suficiente.
Se levantó otra vez, tomó el
segundo zapato de Bruno y lo aventó a
través de la ventana. Desprendió lo que
quedaba del cobertor y no atinó con el
animal, pero pudo ahuyentarlo.
Regresó victorioso a su cama a
pesar del contragolpe de frío que
recibió del viento, este le entumeció los
huesos. Rogó que sus mantas lo
calentaran pronto y al cabo de un rato
así fue. Cuando se abandonaba
definitivamente al placer del sueño, el
gato y sus maullidos volvieron. Se
levantó furioso, repetidas veces, no dio
tregua al animal con los zapatos de sus
compañeros, esperaba no tener que tirar
los suyos. El felino tampoco le dio
descanso, regresó insistentemente a
molestarlo.
―¡Gato endemoniado! ¡Parece
no cansarse!
―¡Ya duerme! ¡Vas a
trasnocharnos de nuevo!―le respondió
Oliver desde la cama superior de la
litera en el fondo.
―¡Ah! ¿Estás
despierto?―preguntó―.
¿Trasnocharlos? Si caen como piedras.
―dijo y rápidamente fue junto a su cama
y tomó uno de sus zapatos―. Préstame,
esta vez sí le doy.
Oliver saltó de la cama para
detenerlo, pero Gúnthero fue más veloz.
Lo siguió hasta la ventana y no pudo
impedir que arrojara su segundo zapato.
―¡Me los buscas!―respondió
Oliver y le dio una rápida palmada en la
cabeza―. ¡Ni siquiera hay un gato allí!
―¡Claro que sí! ¿Ves allá?―le
señaló a través de la ventana―. Ese par
de lucecitas son sus ojos ―Oliver no lo
veía―. ¿No lo escuchas siquiera?
―Si es eso, está bien lejos
¿cómo puede no dejarte dormir si de
broma se escucha? Ya duérmete que no
es para tanto.
―No sé, es bien raro, lo
escucho aquí adentro ―señaló su
cabeza.
Oliver lo vio como si estuviera
loco. Él era uno de sus amigos más
cercanos, un chico de su misma edad, de
cabello castaño y grandes ojos claros,
algo arrogante pero sensato, a quien
podía seguir en sus ideas. Se dieron
unos empujones, se alejaron de la
ventana y se metieron en sus camas. Lo
hizo dudar.
Tal vez ciertamente exageraba o
sí, podía estar enloqueciendo, pero no
era posible que algo así le sucediera a
alguien como él. Por su bien se
convenció que no debía mostrar mayor
atención en ese gato tal como se lo pidió
Oliver.
Los maullidos del gato cesaron
en sus oídos al cabo de un rato,
resultaron sus intentos de ignorarlo. El
viento no movió más los trozos de
cobertor que colgaban de la ventana, eso
trajo mayor silencio. Se fue quedando
dormido. Sintió un poco de frío, pero
eso no lo detuvo para abandonarse al
anhelado sueño.
Pasada la media noche, el cielo
se despejó de nubes y la luz de la luna
chocó contra la escarcha fría en el suelo.
Atravesó por la ventana e iluminó un
poco más la habitación. Algo rompió
con el merecido silencio y lo despertó
nuevamente. Era el revoloteo de unas
alas que atravesaron velozmente la
ventana y terminaron de tirar los
pedazos de cobertor al suelo.
Gúnthero despertó sobresaltado
y se sentó sobre su cama… pensó
nuevamente en el gato. Escuchó afuera el
graznido de unas aves, se levantó con
sigilo y fue a la ventana. Oliver, Bruno y
otros muchachos también despertaron
con el ruido y se sentaron en sus camas,
intrigados por lo que ocurría. Esta vez sí
tenía la atención de todos. Les señaló
que no se movieran y miró hacia fuera.
Había tres cuervos sobre la nieve que
intentaban picotear a una rana. Un perro
negro, de pelaje largo y brillante
apareció jadeante para ayudarla, pero
otros cuervos descendieron contra éste.
La rana se levantó en sus patas traseras
y se defendió con las de adelante. Atinó
a darle a un cuervo en la cara, antes que
su pico la alcanzara. El cuervo cayó
aturdido.A Gúnthero le resultaba extraño
lo que sucedía, “una rana no podía tener
tal fuerza como para derribar a un
cuervo” ―pensó. Tenía además la
sensación de que esos animales se
cuidaban de su mirada.
―¿Gúnthero? ¿Qué
ocurre?―susurró Oliver.
―No sé, es una pelea de
cuervos con… con una rana y un perro.
―dijo quitando la mirada de afuera para
pensar en sus propias palabras.
Volvió sus ojos a la ventana y de
inmediato una brisa fría le arropó los
huesos. Los chicos dejaban sus camas
para acompañarlo, pero volvieron
rápidamente, atemorizados porque
escucharon que alguien corrió por el
pasillo. Se les heló la sangre de miedo,
no comprendían que ocurría.
―Algo entró por aquí ―dijo
Gúnthero.
Asoció los ruidos en el pasillo
con el sonido que lo despertó.
―¿Pero cómo?―preguntó
Bruno―, ¿si está la reja?
―¡No lo sé!―respondió―. Tal
vez fue un pájaro de esos.
Intentó señalar a través de la
ventana pero lo único que vio fue un par
de ojos brillantes que a toda prisa
vinieron sobre él. Recibió otra ráfaga de
viento frío y unas pequeñas patas
golpearon su pecho, lo bajaron al piso.
―¡Ahhhhhhh!―gritó sin poder
moverse―. ¡Quítenmelo!
Sus compañeros se
estremecieron de miedo. En la penumbra
de la habitación vieron unos siniestros
ojos, un par de pupilas brillantes que
burlaban el cuidadoso movimiento de
los párpados que los acompañaban, eran
del gato que había caído sobre él.
―¡No puedo!―gritó una vez
más―. ¡Ayúdenme!
Los chicos se aferraron a sus
camas, sin decidir qué hacer, algo
siniestro les transmitía el felino y no les
permitía moverse por el miedo.
El gato volvió su cara hacia el
rostro de Gúnthero y fijó sus enormes
ojos en él. Quien seguía sin poder
levantarse. El animal exploró su boca
como si quisiera robarle el aliento.
Gúnthero no encontraba que hacer, le
aterraba no poder responder ¿cómo un
simple gato tenía tal fuerza para
tumbarlo y no dejarlo levantarse? Sus
intentos de liberarse eran inútiles ante el
peso del felino sobre él. Sus ojos lo
hipnotizaron, se sintió en una especie de
trance, algo mareado y perdido.
Para su fortuna, el resplandor de
una luz se filtró en la habitación por
debajo de la puerta y ganó la atención
del gato. Este saltó y corrió tras ella,
empujó la puerta y salió de la
habitación, dejándolo libre.
Gúnthero se dio vueltas en el
suelo y lo vio perderse por el pasillo de
afuera. Oliver y Bruno se apresuraron a
ayudarlo a ponerse de pie.
―¿Era ese gato?―preguntó
Oliver.
―¡Te lo dije!―respondió
Gúnthero ganando aire para sus
pulmones―. Pesaba como un león.
―¿Y tú como sabes cuánto pesa
un león?―preguntó Bruno.
Sonrió con burla. Era otro chico
guapo; trigueño, cabellos y ojos oscuros,
un poco tonto para el gusto de muchas
chicas, pero más agradable que sus
amigos: Oliver y Gúnthero. Sonreía
mucho, en demasía, hasta en los peores
momentos de los demás, tanto que a
muchos les provocaba golpearlo, como
a Gúnthero en ese momento. Tenía ideas
extrañas, poco le importaba, molestar a
sus amigos. Ya estaba acostumbrado a
que Gúnthero le peleara sus idioteces y
hasta lo ignorara.
―¡Mejor cállate!―le ordenó
Gúnthero―. Es el mismo gato que no me
deja dormir, no es normal te lo dije ―se
dirigió a Oliver.
―¿Y entonces?, ¿qué
hacemos?―preguntó Oliver.
―¡Va tras esa luz!
¡Vamos!―dijo Gúnthero.
―¡Esperen!―intervino de nuevo
Bruno―. ¿Y si es el fantasma del que se
habla?―agregó y los otros dudaron en
salir de la habitación.
Les causó mucho miedo la idea,
no serían los primeros en descubrir
cosas extrañas.
Desde hacía unos meses el
monasterio había empezado a tornarse
tenebroso en las noches. No se trataba
de que fuera una edificación con varios
siglos de construida, en la que podía ser
normal, por su deterioro, el rechinar de
algunas puertas, el crujido de pisos o las
constantes fallas en el cableado
eléctrico que apagaban luces en pasillos
y habitaciones. Más bien se trataba de
eventos inusuales.
Cerca de las habitaciones de los
varones habían escuchado objetos
caerse, al amanecer las cosas aparecían
cambiadas de lugar y uno que otro
muchacho en sus visitas nocturnas al
baño había visto siluetas de personas
que se escabullían en la penumbra.
Gúnthero decidió no hacer caso
a las conjeturas. Con mucho miedo se
aproximó a la puerta, intrigado de lo que
ocurría. Dio un paso fuera y miró a la
derecha, al pasillo que llevaba al
comedor y al patio de atrás. Solo vio
oscuridad, nada se movía. Sin embargo,
el pasillo que venía de frente y doblaba
justo en esa puerta era el que podía tener
las respuestas a lo que pasaba. Una luz
destellante lo iluminaba, por allí había
corrido el gato. Se aventuró a salir de la
habitación y caminó. Al fondo se
proyectaban sombras en las paredes, sin
ninguna forma en especial.
Gúnthero trató de prestarles
atención a las sombras. Oliver y Bruno
salieron tras él para detenerlo, le
rogaban que volviera. Los otros chicos,
asustados, prefirieron regresar a sus
camas, no se atrevieron a acompañarlos.
Gúnthero se negó a regresar y por el
contrario fueron Oliver y Bruno quienes
se vieron obligados a acompañarlo.
Conscientemente no podían estar lejos
de él. Caminaron muy juntos, aterrados
por lo que podían encontrar al llegar al

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