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Libro PDF Bienvenido Gamberro – Melissa Hall

Bienvenido Gamberro - Melissa Hall

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bajó el tono de voz para que yo no le
escuchara gritar.
Tapé mis labios, justo a tiempo. Esa
forma de actuar de él, era
extremadamente extraña. Era un hombre
que sabía cambiar una rueda de
repuesto, aunque en aquel momento no
podía. Parecía que en veinticuatro horas
lo había olvidado todo. Se sentó en el
capó del coche y, disimuladamente, tiró
de la corbata que llevaba. El pobre se
quedaba sin respiración y, quien se
encontraba al otro lado de la línea, le
mantenía en espera, acabando con su
poca paciencia.
La clase de Ciencia Avanzada
comenzaría en unos minutos, así que
busqué las palabras adecuadas para
recitárselas al profesor. Ese hombre de
larga barba blanca y enormes ojos
detrás de unas diminutas gafas… no
llegaría a creerme.
Mis dedos rebuscaron en el interior de
mi cartera. No se detuvieron hasta que
tocaron la blanda almohadilla de los
auriculares rosas. Los saqué con una
enorme sonrisa y, cuando el iPod
descansó en la palma de mi mano,
busqué la única canción que me
desconectaría del mundo, por completo.
En ese momento solo podía escuchar la
afinada voz del cantante. Leiva, era uno
de mis cantautores favoritos.
Tarareé a la vez que movía la cabeza.
Podía sentirme bien, incluso cuando mi
querido padre se movía de un lado a
otro por conseguir una grúa en un día tan
especial (al menos, especial para
nosotros). Aumenté un poco más el
volumen, justo cuando susurró el
estribillo.
Cuando la canción finalizó, asomé la
cabeza por la ventanilla hasta
encontrarme con su azulada mirada. Se
acercó, manteniendo una mano en el
interior de uno de los bolsillos del traje
y, la otra, apretando el teléfono móvil en
su enrojecida oreja. Quería, o mejor
dicho, necesitaba verle sonreír, al
menos durante un par de segundos.
Arrugué la nariz graciosa y, con una
amplia sonrisa, intenté calmarle.
—Saldremos de esta.
Reí en el momento en que presionó el
teclado táctil, casi enloquecidamente.
—No lo creo —frunció el ceño—.
Puede que, antes de que acabe la semana
—cogió aire antes de seguir—, ¡cambie
de seguro!
Me carcajeé, sin evitarlo.
Por mucho que él gritara, la lenta y
melancólica canción callaría sus
palabras. Al otro lado, no había nadie.
Siempre desaparecían las señoritas que
te atendían para pasar a sus otras
funciones. Llevó hacia atrás su negro
cabello y se inclinó, un poco, para
mirarme directamente a los ojos. Sabía
qué estaba pensando; no quería ver
cómo llegaba tarde a clase. Mi padre
terminaba por preocuparse más por mis
estudios que por un duro día de trabajo.
Mi mano quedó encima de la suya;
acaricié su piel y, con una sonrisa, moví
la cabeza dándole a entender que todo
estaba bien. Sabíamos que era un
desastre en el instituto, así que, por
mucho que intentara que llegara pronto a
primera hora de la mañana, mis notas
seguirían cayendo en picado.
A veces temía por no llegar a la
universidad, ya que era más importante
para mis padres que para mí misma.
Ellos seguían con la esperanza de ver a
su única hija, licenciarse en una buena
carrera. Por supuesto que no esperaban
que me convirtiera en cardióloga, como
él, pero estaba la posibilidad de que me
interesara en el mundo de la medicina;
como por ejemplo… enfermera.
Y… pensar que mi madre siempre
había sido una gran enfermera, llegaba a
ponerme mucho más nerviosa. Tenía
tantas cosas que aprender de mis padres
que, por mí, escogería la carrera más
sencilla para no decepcionarles. Quería
ser una hija ejemplar. Rompí el silencio.
—Deberías calmarte, papá —dije,
cuando entró dentro del coche y cerró la
puerta. Los nervios le llevaron al
tamborilear sobre el volante—. Todo va
a salir bien. T.O.D.O. La próxima vez,
adelanta la visita al mecánico y, de esa
forma, todos te lo agradeceremos.
Miró de reojo. Entonces, apreté los
labios prometiendo que no volvería a
decir nada más (al menos durante un
rato).
Por suerte, quince minutos después
llego la grúa.
No sentí remordimiento al haberme
perdido la primera clase de la mañana.
El señor Muntaner solía pasearse por
delante de nosotros, golpeando una tiza
sobre nuestras cabezas a la vez que, su
irritante voz, intentaba enseñarnos algo
útil y bueno que recordar.
A segunda hora, en Literatura, fue
mucho más entretenido (o siempre solía
serlo). Joseph, mi novio desde primer
año de bachillerato, guardó un asiento
para mí. La última fila, donde el
profesor Gener no podía vernos, era
perfecta para mantener una
conversación. El libro quedó en medio
de ambas mesas, y acomodé mi rostro en
la palma de la mano cuando el codo tocó
la superficie. Le escuché atentamente,
olvidándome de la asignatura. J. tocó su
melena, y agrandó esos enormes ojos
verdes que tanto me gustan. Sonrió de
una forma dulce al ver que el profesor
Gener se acercó hasta nosotros.
El hombre estaba algo mayor pero, aun
así, podía ver todo sin ningún problema.
Cruzó los brazos bajo el pecho con
seguridad y, con una extraña mueca, nos
señaló la pizarra. Había anotado los
nombres de los autores más importantes
del siglo XVI y nos preguntó por algunas
de sus obras pero, ambos, nos callamos
avergonzados. Separó nuestras mesas,
casi llevando la mía junto a la contigua,
a mano derecha.
Fue una mala idea ya que, al otro lado,
estaba mi mejor amiga. Kimiara era
mejor estudiante que yo. Le encantaba
estar atenta a cualquier asignatura por
muy difícil que pareciera. Observé de
reojo cómo su dedo atrapó uno de sus
rizados mechones caoba, y asintió con la
cabeza en más de una ocasión.
—¡Chsss! —le llamé; Kim rio por lo
bajini.
Bajó la cabeza, y rebuscó entre las
páginas de su libreta un par de folios en
blanco que tenderme. Los cogí, hasta
darme cuenta de que eran toda la
explicación de la clase, junto a sus
apuntes.
—Tendrías que estar más atenta, en
clase —alzó su cuerpo, mirando por
encima de mi cabeza—… Joseph te
entretiene demasiado.
Ambos éramos culpables.
Al no poder estar más tiempo con él
después de clase, aprovechábamos los
minutos del instituto; los pocos que
teníamos en cada descanso. Cuando
coincidíamos en alguna asignatura, los
dos desconectábamos por completo.
La familia de Joseph, a diferencia de
la mía, era mucho más estricta con él.
Sus padres tenían unas cuantas fábricas
textiles a las afueras de Granollers; eso
significaba que algún día él sería el
dueño. Pensar que J. dirigiría a miles de
empleados, era casi una locura.
Seguramente no le podía ver como a
un jefe en un futuro, porque él tampoco
luchaba por parecer una persona adulta.
Y, de alguna forma, lo entendía.
Teníamos diecisiete años; solo
pensábamos en pasarlo bien.
Algo que tendría sus consecuencias.
La hora de Literatura finalizó, dando
paso a un par de clases más: Lengua
Extranjera y Filosofía. Después de la
última, salí corriendo para dirigirme al
comedor. El desayuno que me había
preparado mi madre era digno de
saborearlo mientras que me acomodaba
en un taburete junto a mis amigos. Por
suerte, Kim, llegó antes y ocupó la
mejor mesa; cerca del gran ventanal que
estaba enfrente del campo de fútbol.
—No te ha costado encontrarme.
—Qué graciosa —le saqué la lengua.
Tenía los pies en la tierra, como de
costumbre. En todo caso, desconecto un
rato en clase, y tú lo sabes.
Sacó su almuerzo; una ensalada con
varitas de pescado.
—Tu padre se enfadará contigo, como
vuelvas a sacar una nota por debajo del
cinco —le hincó un diente a un trozo de
tomate–, ¿qué harás? ¿Recuperar todas
las asignaturas a final de curso?
Mi padre no me presionaba, pero sí
que recompensaba cada nota que
superara un seis. Era una forma de
ayudarme, de darme un empujón para
que estudiara un poco más. Pero… Por
mucho que lo intentara, siempre
terminaba por debajo del cuatro.
—Estoy en ello, Kim.
—«Tic-Tac» —movió el dedo, como
si fuera una aguja del reloj—, el tiempo
corre.
Por un momento, pensé que ella
llegaría a sacar una vez más la excusa
de tener novio. Kim siempre llegaba a
soltar, por sus pintados labios negros,
que los chicos únicamente llegaban para
quitarnos el mejor tiempo que teníamos
en la adolescencia. Desde que Didac la
dejó en verano, su actitud cambió por
completo.
Se enfurecía, conmigo, por preferir
estar con Joseph, antes que ver, por
décima quinta vez, El diario de Noa. A
veces era muy persuasiva, pero J. era
mucho más convincente.
Ella era mi mejor amiga, y siempre lo
sería, incluso si había un par de chicos
de por medio.
—¿Has visto a Didac? —El tenedor se
le escurrió de entre los dedos.
—No. Tampoco tengo ganas de verle
—Parecía asustada.
—¿Qué pasó entre vosotros dos? —
Quité el envoltorio del sándwich—
Siempre te lo callas, y prefieres cambiar
de tema. Tal vez pueda ayudarte…
—O tal vez, es mejor dejarlo —
suspiró, entrecerrando los ojos, casi
agotada—. Le conocemos. Sabemos
cómo es Didac. ¿Por qué debería estar
con alguien que solo sabe meterse en
problemas? —En el fondo tenía razón.
Didac Bellucci era una pesadilla—. Mis
padres no quieren que le vea. Se lo dije,
y él me dejó.
Bellucci había sido un completo
imbécil, con ella. Joseph, muchas veces,
llegaba a pelearse con su padre por
culpa de Didac. Desde que volvió al
instituto, todo eran problemas. Nos
alegramos y ni siquiera añoramos el
tiempo que estuvo fuera de nuestra
ciudad. Cuando él se marchó a Francia
por la muerte de su padre, Middles
Bilingüe School parecía un lugar mejor.
El problema es que nunca nos
podíamos quitar a Didac de en medio. A
unos metros de la mesa donde
comíamos, Joseph y sus amigos entraron
al comedor dando voces. Sus gritos
llegaban a molestar, pero el profesor de
guardia se mantuvo en su asiento
mirando el teléfono móvil. Mi novio
alzó la mano, saludándome con una
enorme sonrisa. Me gustaba que él me
buscara… pero solo, y no acompañado
como en ese momento.
—¿Didac está en el grupo? —Preguntó
Kim.
—Sí —ante mi respuesta, mi amiga
intentó levantarse. Aferré mis dedos
alrededor de su muñeca, deteniéndola.
Si estaba a mi lado, ese imbécil no le
diría nada malo—. El grupo es de
Didac. Todos esos idiotas que tiene
como amigos —bajé el tono—,
incluyendo a mi novio, le siguen porque
creen que es el más fuerte. Están muy
equivocados. Ignóralo. Es lo mejor,
Kim.
Ella asintió con la cabeza y apartó su
desayuno. Se le quitó el apetito, solo
con oír el nombre del chico más temido
de nuestro instituto. Pensar que, esos
dos, habían estado enamorados meses
atrás, se me hacía extraño. Podía tener
miedo como ella por pensar que J. haría
lo mismo conmigo, pero él era diferente;
confiaba en mi chico.
Unos labios tocaron mi sonrojada
mejilla.
—¿Cómo estás, preciosa? —Joseph
me acercó hacia él, casi intentando
acomodarme sobre sus piernas. Adapté
las manos en sus mejillas, deteniéndole
— Te he echado de menos.
Solté una risa, llamando la atención de

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