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Libro PDF Caricias del ayer lan MacKinlay 3 Yolanda Revuelta

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de una de las paredes de la cocina y
comprobó que aún le faltaba una hora
para acudir al trabajo. No pudo evitar
pensar en sus alumnos y esbozó una
sonrisa al recordar el día anterior.
Había sido duro, pero había merecido la
pena, siempre lo merecía. Dougal
O`Clery, su alumno más rebelde hasta la
fecha, había introducido en clase,
escondida en uno de los bolsillos del
abrigo, una rana. La pobre nada
agraciada, como ella misma pudo
comprobar minutos más tarde.
Debió ser en el instante en que
se encontraba de espaldas a sus
alumnos, explicando una de las
lecciones de matemáticas, cuando
Dougal decidió que era un momento
propicio para soltar el anfibio al grito
de:«Besar al príncipe, besar al
príncipe». La rana, asustada y
atemorizada por varias decenas de
manos que querían darle caza, saltaba de
mesa en mesa, como si supiera que su
vida corría más peligro que nunca. Salió
ilesa de milagro.
No tenía la más mínima duda de
que este episodio quedaría grabado en
su memoria para siempre, aunque en ese
instante no le hizo ni pizca de gracia. El
revuelo que se formó durante los
siguientes quince minutos fue digno de
una película de acción.
Algunas de las niñas se
precipitaron hacia las mesas y sillas
vociferando a pleno pulmón mientras
giraban sobre sí mismas sin perder
detalle a lo que ocurría a su alrededor;
otras, quizá las más valientes o más
hábiles, correteaban por el aula en busca
de su trofeo, siendo arduas
competidoras para los niños más
avispados de la clase.
Gracias a Dios, el señor
Lampert, director de la escuela, no había
sido testigo de aquel momento. No pudo
evitar que un suspiro se colase entre sus
labios; cada vez que pensaba en esa
pobre rana, lo hacía.
La tetera pitó con fuerza, y
Emma la retiró de inmediato del fuego,
abrió el armario situado a su lado y sacó
el azúcar y una lata de latón donde solía
guardar las galletas que ella misma
horneaba una vez a la semana. Abrió la
tapa de la tetera y con cuidado de no
quemarse, vertió una mezcla de melisa y
té verde al agua hirviendo. El aroma de
las hierbas le llegó al instante, y se dejó
embriagar por este durante unos
segundos.
El episodio de la rana aventurera
terminó con varios castigos. Entre ellos,
el de Dougal, que se llevó el mayor,
escribiría en su cuaderno, más de cien
veces: No debo secuestrar ranas ni
príncipes verdes.
Y con la liberación del anfibio,
que presagiando el peligro y su buena
estrella decidió huir a un ritmo
vertiginoso saltando vigorosamente
sobre sus ancas traseras, terminó así la
nueva aventura del niño más revoltoso e
inquieto de toda la clase: Dougal
O`Clery. Sonrió de nuevo y meneó varias
veces la cabeza de un lado para otro,
como si de esa forma quisiera dispersar
sus pensamientos. Bien sabía Dios que
le había costado un triunfo no echarse a
reír ante tal espectáculo. No eran más
que niños que deseaban divertirse. ¿O
acaso ella era diferente a sus alumnos?
Claro que no. A decir verdad,
necesitaba más que nunca distraerse.
Mientras la infusión reposaba,
volvió su mirada a la ventana, se fijó en
que aún no había amanecido; tras el
cristal solo se vislumbraba el color de
la noche y las gotas de lluvia
estrellándose contra la ventana. Llovía
con fuerza, pero eso era algo a lo que
estaba acostumbrada; si no fuera así, no
sería irlandesa.
Se llevó la mano al hombro, aún
le dolía, a pesar de que habían pasado
siete meses desde que le habían
disparado en el bosque; además, el frío
y la humedad no ayudaban a que el dolor
menguara. Todavía tenía pesadillas por
las noches y solo la asfixia hacía que se
despertase con la boca abierta buscando
aquella bocanada de aire fresco que
tanto parecía necesitar; abría los ojos de
repente bañada en un sudor frío que lo
único que conseguía era que comenzase
a tiritar, castañear de forma incesante
los dientes y no poder entrar en calor el
resto de la noche a no ser que decidiese
darse una ducha a altas horas de la
madrugada. Imaginó que era el alto
precio a pagar cuando alguien había
intentado matarte. Pensó en Brenda, su
prima, y el miedo que debió pasar
cuando había sido secuestrada en
Washington por ese desalmado de
Melnik.
Aquella voz con acento ruso,
aquel hombre apuntándola con un arma,
esa sonrisa maquiavélica, esos ojos
entrecerrados buscando la diana: su
corazón. Esa impresión de que iba a
morir volvía cada día a su vida como si
fuera un continuo rum rum que parecía
no querer terminar nunca. Los recuerdos
de aquel día—el frío que la atenazaba,
el viento delineando su rostro, el olor a
sangre— se agolpaban en su mente una y
otra vez. Le daba la sensación de que si
no conseguía controlarlos, de seguir así,
perdería en algún momento la razón.
Tocó con la yema de los dedos
el frío cristal y con el índice recorrió
una buena parte del camino de una de las
gotas que se deslizaba rauda, sin una
meta definida, por el elemento
transparente sin saber muy bien cuál
sería su destino. Esa era la sensación
que tenía ella sobre sí misma; caía y
caía, pero nunca parecía llegar a ninguna
parte. Esa percepción de vértigo podía
ser alarmante en demasiadas ocasiones,
y eso la angustiaba y preocupaba al
mismo tiempo.
Dejó de compadecerse de sí
misma, cogió una taza del armario y, con
ayuda de un colador, vertió una buena
cantidad de té en su interior. Se preguntó
por enésima vez dónde estaría Owen y
por qué razón había decidido marcharse
de Barna sin despedirse de ella. Sabía
la respuesta, pero no estaba preparada
para aceptarla. En el fondo de su ser era
un cobarde.
Se amonestó de nuevo por
pensar en él. ¿Acaso no se hacía una y
otra vez la misma promesa cada
mañana? Dios sabía que lo intentaba,
pero siempre había algo que lo
recordaba: una brizna de hierba, un
tocón perdido en el bosque, todo lo que
la rodeaba tenía un sentido acorde con
Owen. Absolutamente todo. Ni tan
siquiera el pueblo era el mismo sin él.
Él, el hombre que adoraba la
paz, que creía que todo se podía arreglar
con el diálogo, había empuñado un arma
sin dudarlo y disparado sin miramientos
al agresor que había decido asesinarla a
sangre fría aquel día en el bosque. El
resultado, el mundo lo sabía; Andrey
Melnik había caído muerto en el acto, y
ella había resultado herida de gravedad.
Volvió a hacerlo, lo palpó varias veces,
como si con ese gesto pudiese aliviar la
tensión que padecía aún la piel y, a
cambio, percibió esa sensación que
siempre la acompañaba, ese hormigueo
que parecía que no iba a cesar nunca.
Al menos Jimena, en aquel
momento embarazada aún de pocos
meses, y Brenda, su prima, se habían
librado de la amenaza. Agarró con
fuerza el asa de la taza y tomó un par de
sorbos de té; estaba amargo pero no le
importaba porque así armonizaba con su
estado de ánimo.
Escuchó varios golpes en la
puerta, no hizo ademán de ir a abrir.
Generalmente, nunca cerraba con llave
hasta el día en que resultó herida, pero
sus más allegados tenían una copia. Así
que obvió cualquier pensamiento
derrotista y volvió a concentrarse en
beber otro sorbo de té. Estaba aún muy
caliente, sopló suavemente hasta formar
pequeñas olas que terminaron lamiendo
el borde de la taza. Escuchó el tintineo
de unas llaves..
Brenda apareció sonriente, como
solía hacerlo cada mañana, claro que
con un marido como el suyo, quién no se
levantaría así. Neil Collins, ex senador
del Capitolio y ahora importante
abogado, era quien compartía su vida y
cama. Era un hombre de muy buen ver,
con un saber estar y una diplomacia que
rayaba lo más alto de su standing.
Gracias a Dios, Barna y Brenda habían
raspado su superficie permitiendo así
que saliese el hombre que se camuflaba
tras trajes de firma y corbatas de seda.
Claro que el hecho de que vistiese a
diario jeans y camisas de firma no
restaba un ápice a su atractivo.
Brenda se removió el pelo con
ímpetu y dejó que se derramara por sus
dedos. Lo tenía rizado, pero ella se
afanaba una y otra vez en alisarlo. Esta
vez, las gotas de lluvia se encontraban
dispersas por su melena azabache como
si se tratasen de pequeños diamantes,
dándole a sus rizos un aspecto más
salvaje de lo acostumbrado. Esa mañana
vestía pantalones de pana beige y un
jersey color chocolate que le quedaba
excesivamente grande. Emma llegó a la
conclusión de que la prenda podría
pertenecer a Neil. Ignoró la sensación
de envidia que recorrió todo su cuerpo.
Debía alegrarse de que su prima
estuviera felizmente casada.
—No puedo creer que estés aquí
teniendo un marido como el qu

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