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Libro PDF Cinco para una Kayla Leiz

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Cada vez que publico una novela y tengo
que escribir los agradecimientos me
echo a temblar. Y es que, aunque no lo
creas, es quizá la parte más complicada
de escribir. El miedo a que se te olvide
alguien es enorme, pero al mismo
tiempo, saber que has llegado hasta aquí
me hace esbozar una sonrisa y un tímido
«gracias» porque espero de verdad que
esta historia te haya gustado y mis cinco
se hayan hecho un hueco (junto a Ex) en
tu corazón.
En este caso el primer
agradecimiento es para la propia Ex,
para Irene. De no haber sido por ella,
una de mis grandes amigas, la historia
no habría salido. Ella quería su harén y
yo se lo di, y ahora lo compartimos con
todos los lectores y lectoras que lo lean.
Gracias por estar ahí.
Otro agradecimiento va para Esther
Escoriza, mi editora y amiga. Gracias
por confiar en mí, por esas llamadas que
nos hacemos y que disfrutamos mucho, y
sobre todo por seguir apoyándome y
logrando que mi sueño se cumpla.
Para Claudia Amorín (Calu Amor),
mi lectora cero, esa persona que me
cuestiona, que me aprieta, que me
desguaza la novela para buscarle tres
pies al gato, como se suele decir, porque
sabe que lo puedo hacer mejor. Claudia,
conocernos y trabajar juntas es un
verdadero placer y una delicia saber que
confías en que cada vez sea mejor
escritora y me presiones para lograrlo.
Gracias, de verdad.
En este caso también debo
mencionar a Ricardo, mi chico. Es quien
lee primero mis novelas, capítulo a
capítulo, aunque no le gusta hacerlo
porque le dejo siempre a medias, como
me dice, pero en quien confío y acudo
cuando las dudas por seguir, por dejarlo
todo, me asaltan y él me escucha. Sé que
está ahí y sé que sabe lo mucho que lo
quiero. Pero no puedo evitar decírselo.
¿Y cómo no voy a nombrar aquí a
mi panda? Esas panditas de La panda de
Encarni Arcoya / Kayla Leiz, mi grupo
en Facebook formado por más de 800
personas. Sois grandes todas y todos, y
estoy muy orgullosa de saber que me
apoyáis y me seguís, que si estoy mal ahí
estáis escuchándome y preguntándome lo
que podéis hacer para ayudarme. Sois
parte de mí, y todas mis novelas llevan
un trocito de vosotras, que lo sepáis.
Espero que sigamos creciendo (si te
quieres unir,
https://www.facebook.com/groups/823331417708194
Creo que no me queda más por
decirte. Sólo que seguiré esforzándome
para que mis novelas mejoren, para
seguir en este camino y aprender con la
experiencia. Porque tengo a alguien a
quien debo satisfacer: a ti, lector o
lectora.
Nos vemos por las redes:
http://www.kaylaleiz.com
@KaylaLeiz
@earcoya
facebook.com/KaylaLeiz
facebook.com/EncarniArcoya
Capítulo 1
Tenía problemas. Graves problemas.
Tremendos problemas. No era sólo
haberse ido de casa dos días antes con
lo puesto y el dinero que llevaba
encima: la situación era mucho peor.
Mucho… Mucho…
¿Dónde cuernos estaba?
Miró a su alrededor tratando de
asimilar algo, que en su mente se le
encendiera una bombilla y le dijera
dónde podía estar… ¡algo! Pero ésta
parecía tener un cartel en su lugar:
«Cerrado por vacaciones, o por idiota»,
lo que más le conviniera.
Tembló escondiéndose dentro de su
chaquetón. Esa noche iba a hacer frío. Y
ella estaba en apuros. Dejando a un lado
el hecho de no saber dónde estaba —
esto tenía una buena solución si lograba
encontrar un alma, a poder ser viva y
calentita para robarle algo de calor,
mientras le preguntaba dónde se hallaba
—, el problema era que no tenía ni un
céntimo en el bolsillo.
El dinero se había esfumado a
pesar de que había llevado cierta
cantidad. ¿Y por qué? Por ser una
estúpida y confiar en las personas.
¿Cómo iba a saber que esa ancianita
octogenaria iba a tener las manos tan
largas? Gimió ante el recuerdo de los
ahorros perdidos. Adiós a una comida
decente, adiós a un billete de autobús
hacia un lugar más tranquilo, adiós a… a
todo.
El viento helado la hizo sisear y se
enfundó más en el abrigo, arqueándose
para calentarse un poco los muslos, pues
los dedos de los pies ya no los sentía
hacía rato. Necesitaba encontrar un sitio
donde poder pasar la noche, uno donde
no hiciera frío; no lo soportaba y ahora
éste se tomaba la revancha
atormentándola a conciencia.
Sacó la mano para sostener el
móvil. Podía llamar por teléfono, quizá
la estuvieran buscando o se alegraran de
saber de ella. Como un rayo, el grito
apareció en su mente deteniendo
cualquier avance para encender el
teléfono. Suspiró y lo enterró de nuevo
en su chaquetón. Mejor continuar
andando y mantenerse despierta que
quedarse quieta y morir de hipotermia.
O estaba en un pueblo desierto o
algo pasaba en aquel lugar. Eran las
doce de la noche, sábado o domingo,
dependiendo de los segundos que
llevara ya la hora, ¿no había jóvenes por
ahí? Necesitaba saber dónde se
encontraba, y no sólo para dejar de
sentirse como una auténtica recién
llegada. Un sonido vulgar y digno de un
bruto le llamó la atención.
Se volvió lo suficiente para ver a
un hombre… ¿O era una mujer? Ya se
preocuparía por el género después.
Parecía un gigante bostezando mientras
cerraba con llave la puerta de su casa.
Las luces de las farolas, encendidas
desde que llegó, no le dejaban apreciar
mucho de esa persona, pero le llamaban
poderosamente la atención dos cosas: el
color oscuro de su piel y el hecho de
llevar un tocado de mujer y un vestido a
juego. Se quedó mirando embobada sin
saber por qué. Era altísimo y fortachón,
como uno de esos hombretones que se
dedican a la lucha libre profesional y
que se veían por televisión o en los
videojuegos. Pero toda masculinidad
estaba desinflada por el vestido rojo,
escotado por delante, con dos rellenos
para simular pechos, y el pelo negro
recogido en un moño del que
sobresalían mechones discretos pero
simétricos unos de otros, como si
hubiera dedicado bastante tiempo a ello.
Llevaba zapatos de tacón de color
rojo, no demasiado altos; tampoco los
necesitaba pues debía de medir uno
noventa, si no más. Los ojos eran de un
color ocre, refulgente ante tanta
oscuridad; tenía una peca al lado de la
comisura izquierda… Un momento, esas
cosas no se podían ver desde lejos…
Reaccionó cuando una enorme
mano la zarandeó levemente.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó
una voz claramente de hombre aunque
intentaba darle un toque «femenino» sin
demasiado éxito.
Levantó la cabeza casi hasta
dolerle el cuello y observó a ese
hombre, segura ya de que era de sexo
masculino, eso o una mezcla de humano
y gigante, que la miraba con amabilidad.
—Disculpe.
—¿Eres nueva aquí? —preguntó.
«Aquí…» Era curioso como todo el
mundo empleaba este adverbio para
referirse al lugar donde se encontraba.
¿No podía decir simplemente el nombre
de la localidad? La primera persona, o
gigante, que se encontraba y tenía que
decir «aquí».
—¿Dónde…?
—¿Tienes…?
Se miraron los dos callando las
preguntas que iban a hacer, estallando en
risas de repente. ¿Cuántas posibilidades
había de que dos completos
desconocidos fueran a hablar al mismo
tiempo?
—¿Qué haces aquí sola? ¿Te has
perdido?
Negó intentando sonreírle. ¿Por qué
no estaba nerviosa con él? Era casi el
doble de alto que ella, quien apenas
llegaba al uno cincuenta, y encima hacía
dos veces, o tres, su complexión. Y, sin
embargo, el hecho de ir vestido como
una mujer le quitaba toda fiereza.
—Ven conmigo, iremos a un sitio
donde calentarte —agregó cogiéndola
del brazo.
Ella afianzó sus pies en el suelo
ejerciendo algo de resistencia. Una cosa
era sentirse bien a su lado, otra ir
adonde él quisiera.
—Me llamo Jerôme. Ésa es mi
casa y, si no nos damos prisa, todos
estarán pillados.
—¿Todos? —preguntó frunciendo
el ceño.
—Date prisa, cariño. Hoy quiero
que Ithan sea sólo para mí. ¿Me harás
ese favor? ¿Sí?
Ver a un tipo de casi dos metros
suplicando, con las manos unidas en un
rezo y una de sus piernas levantada
hacia atrás, no era la idea de un macho,
desde luego.
—Te prometo que no te llevo a
ningún lado malo, sólo es el Fever Club.
—¿Fever Club?
Jerôme abrió los ojos y levantó las
cejas. Se tapó la boca abierta con la
mano. ¿Acaso había dicho algo grave?
—¿No lo conoces? Dios Santo, una
mujer como tú debería ver eso, y a los
cinco. Tienes que ir, vamos —contestó;
esta vez tirando sin ningún pudor. No es
que ella pudiera ganar ante uno como él,
a no ser que tuviera una piedra y
emulara a David contra Goliat. Y aun
así, seguro que si le tiraba la piedra sólo
le haría cosquillas.
Caminaron —si se podía llamar así
a tener que dar tres pasos por cada uno
de Jerôme— por las intrincadas calles,
todas desiertas en esos momentos salvo
por alguna que otra mujer que corría
adelantándolos. ¿Qué pasaba allí para
que las mujeres… y los gais se pusieran
histéricos?
—No me has dicho tu nombre —
puntualizó Jerôme—. ¿Tienes nombre?
—Por supuesto… Puedes llamarme
Ex.
Él la miró de reojo arqueando una
ceja.
—No es muy normal que digamos.
—Tampoco lo es un hombre como
tú vestido de mujer —replicó ella.
Levantó la vista hacia Jerôme y vio que
sonreía.
—Les vas a gustar a los chicos, no
suele haber mucha sangre fresca por
aquí.
Otra vez el aquí…
—¿Y aquí es…? —preguntó en un
intento por saber adónde demonios
había ido a parar.
El grito de varias mujeres le hizo

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