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Libro PDF Confía en mí, Silvania Anais Debeba

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Abro los ojos, pero no veo nada.
Miro hacia la ventana, buscando entre la apertura de las cortinas ese atisbo de luz que me indique que ya ha amanecido, sin embargo, no consigo ver nada más que
la sutil luz parpadeante de la farola más cercana. Me percato entonces de que sigue siendo de noche.
¡Mierda! Otra vez igual.
Me giro en dirección a la mesita de noche buscando entre la oscuridad el tenue destello del reloj digital.
No puedo creerlo. Las seis menos diez de la mañana.
No importa a la hora que me acueste, ni lo cansada que pueda estar. Lo único cierto, es que últimamente mi cuerpo y mi mente parecen haberse puesto de acuerdo
para joderme mis no muy placenteros descansos nocturnos, y siempre sobre la misma hora.
Cierro de nuevo los ojos con la esperanza de volver a conciliar el sueño, pero en lugar de eso, emergen toda una serie de imágenes. Recuerdos que desearía enterrar
definitivamente, pero al parecer mi cerebro no está muy por la labor.
Adolfo, risas, música, coche, rubia, playa…
¡No! Tienes que dormir. Tienes que dormir…
Me revuelvo inquieta en la cama durante unos minutos que parecen eternos, mientras me repito una y otra vez ese mantra. Nada. El mensaje hipnótico que intento
que mi cerebro reciba no surte efecto.
—¡Dios! Esto es desesperante. Me rindo.
Vuelvo a abrir los ojos y observo el techo un poco más iluminado que antes, irritada y molesta con el gen despertador de mi reloj interno que no me permite
descansar y, también conmigo misma, o más bien con mi cerebro, que no consiente que olvide y no cesa de darle vueltas a un tema que ya no tiene solución.
O quizá sí.
No; no la tiene. No sé ni por qué sigo replanteándomelo siquiera. ¿Acaso no es obvio?
Ya me da igual. O no. Bueno, en parte, sí, pero es que… ¡me jode tanto!
En ocasiones, creo que en vez de tener cabeza, tengo una lavadora en constante proceso de centrifugado, sin programa de lavado ni aclarado. Los conceptos se
enturbian más y más cada vez que entran en el bombo y me siento aún peor. Encima, me hacen perder el sueño y estoy agotada.
Ya no recuerdo el tiempo que hace que no disfruto de un sueño reparador. Uno de esos que hacen que lo malo se vea medio bueno y lo bueno, exageradamente
mejor. Entre mi fracaso matrimonial, mi trabajo y, las críticas incansables de mi madre, el día menos pensado mi cabeza va a explotar como un globo cuando lo pinchan
con una aguja.
Lo peor de todo, es que mi madre, en vez de velar por mi descanso eterno, compungida por la pérdida, se plantaría frente a mi lápida a echarme la bronca, indignada
por cómo le he dejado el piso… Estampado de salpicaduras, con un reguero de sangre por el suelo, esquirlas de cráneo incrustados en los muebles y trozos de masa
cerebral que más tarde tendría que limpiar ella.
Probablemente mi epitafio sería…

Aquí yace
Silvania William Gil
Amada hija y amiga.
Nunca te olvidaremos.
Estarás siempre presente…
Presente en las paredes.
Descanse en paz.
Como si lo estuviera viendo.
Una pequeña mueca divertida se dibuja en mi cara.
Me río por no llorar. Desde luego la falta de sueño me afecta demasiado.
Miro de nuevo el despertador. Las siete en punto de la mañana.
¿En serio? Llevo más de una hora dando vueltas en la cama. ¡Pero si parece que solo han pasado diez minutos! ¡Maldita sea!
Definitivamente mi reloj interno se ha estropeado por completo.
Será mejor que me levante. Al fin y al cabo, religada entre las sábanas no voy a hacer nada más que seguir cabreándome por no lograr conciliar el sueño.
Salgo de la cama con la intención de hacer algo de provecho. Me coloco las zapatillas de andar por casa y una bata de punto gris perla. Casi es verano, pero aún
refresca durante las primeras horas de la mañana.
Camino en dirección al baño y cuando llego a la altura del lavabo, veo reflejada en el espejo una cara similar a la mía, pero que apenas reconozco. Bajo los ojos azules
como el cielo más despejado, se deja ver la oscuridad de unas enormes ojeras hinchadas por la falta de sueño.
—¡Qué desastre de cara!
Parece que me he tirado toda la noche boxeando y me hubiesen obsequiado con un par de ojos morados. Muevo la cabeza refunfuñando.
Mi pelo tampoco acompaña la estampa enmarcada. Es una mezcla entre haber metido los dedos en un enchufe de alto voltaje y haber estado expuesta a la
expulsión de aire huracanado del turborreactor de un avión. Y, por último, para rematar la jugada, al pasear la mirada por el reflejo, advierto que toda yo, he debido
engordar quince kilos como mínimo en los últimos meses.
No me gusta nada lo que veo, pero es peor reconocer, que no me extraña, en absoluto, lo que estoy viendo.
La culpa de todo la tiene el capullo de Adolfo.
Hace ocho meses que Adolfo me dejó. No suelo culpabilizar a nadie de las cosas que suceden, es más, suelo buscar alguna excusa para autoinculparme, pero esta
vez no cabían justificaciones. Definitivamente, el único responsable fue él. Mi marido. O el que aún sigue siendo mi marido a efectos legales, claro. Aunque, he
rebautizado a mi ex, con un cariñoso nombre que lo describe a la perfección… «El engendro baboso».
Nadie me puede reprochar que le tengo un poco de inquina. Al contrario. Si yo se lo he puesto con todo el cariño que, ese imbécil que me dejó tirada literalmente en
la cuneta de una carretera, se merece.
Sí, lo sé, parece de locos, pero por cada día que pasa soy más consciente de que le faltaba algún tornillo. O más bien, le faltaban braguetas en el pantalón para
cerrárselas.
Aquel día paseábamos en su Mini Roadster descapotable en dirección a la playa. Hacía un espléndido y soleado día. A pesar de que ya era septiembre, aún hacía
calor y la sombra que nos regalaban los escarpados salientes verticales de roca y los frondosos árboles que enmarcaban la pequeña carretera por la que íbamos se
agradecía.
Él, iba vestido con una camisa de manga corta de color aguamarina, unos pantalones cortos blancos y unos náuticos azules. A donde fuera que fuésemos, le gustaba
vestir arreglado y, hay que reconocer que lo hacía bien. Siempre decía, que nunca se sabía lo que te podía deparar el día y que había que ir preparado para cualquier
circunstancia. Era peor que una mujer. Hasta para ir a comprar el pan se emperifollaba. Y eso sin contar, la cantidad de ropa de recambio que siempre se llevaba a
nuestros viajes y excursiones; era horroroso. Y en esta ocasión no iba a ser menos; se había pasado de lo lindo con la gigantesca maleta que llevaba en el maletero.
—¿Para qué tanta maleta? —le pregunté—. Ni que llevaras un muerto.
—No es para tanto, mujer. Es por si acaso.
—Por si acaso… ¿Por si acaso, qué? Si parece que te has traído medio armario.
—Es por si nos quedamos en un hotel. Yo siempre pienso en todo —me dijo.
¡Y una mierda!
¡Valiente hijo de puta!
Ahora entiendo para qué la llevaba. Y claro, todo era suyo. El muy sinvergüenza aprovechó mis horas de trabajo intensivo para prepararlo todo sin que me diese
cuenta de nada. ¿Cómo pude ser tan ingenua?
Yo, un poco más atrevida e informal —teniendo en cuenta que iba acompañada de don perfecto—, decidí ponerme una camisola de media manga, que me llegaba
hasta la mitad de los muslos, de color blanco con capucha y decorada con un bordado negro por los filos del cuello.
Me encantaba. Era mi blusa favorita. Me sentía supersexi con ella… pero ahora no hay quien se la ponga.
Hago un mohín, disgustada.
Mis pies calzaban unas sandalias de esparto negras, y llevaba una pamela de ala ancha para protegerme del sol, que amenazaba con quemar mi delicada piel.
En la radio se escuchaba All about that bass de Megan Trainor. Podía percibir una sonrisa socarrona escondida entre la barba, en apariencia de cuatro o cinco días
—aunque perfectamente cuidada—, cuando Adolfo me miraba de vez en cuando a través de sus gafas de sol, mientras hacía una burlona interpretación de la canción.
Él siempre me decía que le encantaba escucharme cantar porque tenía una bonita voz, aunque supongo que disfrutaba más cuando a la vez hacía un poco el payaso.
¿Y cuándo no lo hago?
Quizá debí haber estudiado arte dramático e interpretación, o algo así. Suelo perder la vergüenza cuando escucho música.
El día estaba resultando una gozada, disfrutábamos del clima, de las vistas y de nuestra mutua compañía. Todo era perfecto.
Al cabo de un rato, divisamos un coche a lo lejos parado en el margen derecho de la carretera. Un Jeep amarillo que no paraba de echar humo.
A no más de diez metros, una despampanante rubia que parecía haber salido de un calendario de Miss Bikini 2015, se definió entre la humareda, haciendo señales
un tanto desesperada junto al coche. Y no lo digo solo porque tuviese un cuerpazo de infarto, sino porque iba vestida como si lo fuera; con unos mini shorts vaqueros
llenos de lentejuelas, al más estilo «choni», y con lo que podría llamarse un «bikini» rosa fluorescente.
Aunque, para ser sincera, los triángulos del top eran tan minúsculos, que si los juntase y cosiera los bordes, no valdrían ni para funda de móvil.
Claro está, Adolfo sin pensárselo dos veces —o posiblemente ni una sola vez—, detuvo el coche justo detrás del suyo. Se quitó el cinturón de seguridad y se
dispuso a bajar del Mini, no sin antes aclararme con una sonrisa de inocente ética moral, que en situaciones como esa, siempre había que ofrecer ayuda.
Ahora sé yo la ayuda que el muy mamón le quería ofrecer.
Seguramente la mirada asesina que le eché, le habría convertido literalmente en piedra si yo encarnara a la mismísima Medusa. O incluso haberlo fulminado con un
rayo de fuego o algo por el estilo.
Un sonoro bufido irascible se me escapa al recordarlo.
Qué pena no haber tenido alguno de esos poderes u otro peor, así tendría presente que conmigo no se juega y no hubiese pasado tan olímpicamente de mi cara y de
lo que yo podría opinar al respecto.
Con su masculina elegancia de buenos modales, se acercó al vehículo delantero como perro en celo tanteando el terreno. Yo, por supuesto, sumamente molesta y
con gesto de pocos amigos, salí también del coche a toda prisa para vigilar muy de cerca cada uno de sus movimientos. Vamos, que me convertí como quien dice en su
sombra, intentando marcar territorio y, dejando ver y entender, que él era mi hombre y de nadie más, y que por supuesto, no tenía intención de compartirlo con nadie.
Pero ni que decir tiene, que en ese momento, sentí que me había convertido en una sombra. En realidad, parecía más un fantasma; un espectro completamente
transparente para el ojo humano deambulando por los alrededores.
—Posiblemente el radiador haya muerto señorita —le comunicó mi marido tras sacar su cabeza del humeante capó y sin quitarle los ojos de encima a la rubia de
bote.
—Oh, vaya. Qué fastidio.
Su voz de pija tonta y melosa me taladró el oído con solo pronunciar esas palabras, aunque mi marido parecía estar hechizado por sus encantos de veinteañera
mimada.
—¿Y qué puedo hacer ahora?
—Bueno, debería llamar a la grúa y llevarlo a un taller para ver si pueden arreglarlo.
A ver, yo no entiendo mucho de coches, pero era obvio, creo yo.
—El problema…
Ya empezamos.
—Es que el coche no es mío. Es de mi hermano. Él me lo ha dejado para poder ir a la playa con unos amigos que me están esperando allí y ahora me he quedado
aquí tirada.
¡Ajá! Me la estaba viendo venir.
Te aseguro que como sigas por ese camino, la que te va a tirar de los pelos voy a ser yo.
—Bueno, pues llámeles por teléfono y que vengan a recogerla o a echarle una mano con el coche —le dije, revelando mi mirada asesina, que definitivamente no
servía para nada.
Bueno, sí. De algo sí que sirvió, porque los dos pegaron un respingo al darse cuenta de mi cercana presencia que, hasta ese momento, parecía ser imperceptible.
—Eso sería lo ideal —me respondió—. Pero es que no tengo teléfono.
—Oh, no hay problema.
Regalándole una sonrisa irónica, me acerqué al Mini bajo la mirada atónita de Adolfo y de la rubia oxigenada. Cogí mi bolso del asiento e introduje la mano
buscando mi móvil. Cuando por fin lo encontré, lo saqué y se lo ofrecí.
—Llame desde el mío.
Los dos me observaron estupefactos, como si le estuviese entregando una granada de mano, o algo peor.
—Bien, se lo agradezco, —hizo el amago de mirar a Adolfo de reojo de forma fugaz—, pero…
Ya estamos otra vez con los «pero».
—Es que cuando vamos a la playa no solemos llevar los teléfonos encima —me comentó un poco nerviosa—. No tenemos donde guardarlos.
Su risita de falsa inocencia me exasperaba.
¡Venga ya! No hacía falta que me lo juraras, aunque con mucho gusto te indicaría un buen sitio por dónde metértelo.
Me estaba empezando a hervir la sangre y eso no era nada bueno.
En ese momento miré a mi marido y me di cuenta de que sus labios se abrieron con la intención de decir algo. Algo que posiblemente no me iba a hacer ninguna
gracia. Fruncí el ceño y permanecí atenta.
—Bueno… pues si necesita que la ayude, yo solo puedo ofrecerme para llevarla hasta la playa —expuso tan pancho.
Espera… ¡¿QUÉ?!
Mis ojos se salieron de las órbitas. Mi boca se abrió automáticamente haciendo que mi mandíbula se desencajara. Había pasado de ser un fantasma, a convertirme
en partículas de polvo imperceptibles pululando por el aire. Al parecer, a mi marido le importaba un comino lo que yo pensase al respecto.
—¿Qué? —le pregunté claramente indignada por su respuesta.
—A ver, cariño, no podemos dejarla aquí sola —me contestó con cara de cachorro desvalido, mientras la rubia zorrona le sonreía y empezaba a juguetear con un
mechón de su larga melena—. Además, solo sería acercarla a la playa con su familia y sus amigos, eso es todo.
¿Me lo está diciendo en serio? No doy crédito
—Adolfo, te recuerdo que el coche solo tiene dos asientos. El del piloto, que eres tú, y el del acompañante —y recalcando lo de acompañante le ofrecí mi sonrisa
más cáustica—, que soy yo.
—Vamos, cariño, no seas así. Sólo la acercaré un momento y vuelvo enseguida a por ti.
¿Que no sea así? ¿Pero qué me está contando?
¿Es que este imbécil se cree que yo me chupo el dedo? O sea, ¿que a ella no la puede dejar aquí sola, pero a mí sí?
Cerré los ojos y apreté mis dientes y puños con fuerza. Creo que mi cara se tuvo que poner de un rojo escarlata, porque estaba notando un enorme calor infernal,
que me recorría todo el cuerpo debido al cabreo que estaba empezando a emerger de lo más profundo de mi ser. Si no echaba humo por las orejas, era porque sabía que
era prácticamente imposible, aunque no lo descartaba en absoluto. Respiré hondo preparada para pegar un grito descomunal y acabar con esta absurda tontería, cuando
de pronto escuché el motor del Mini ponerse en marcha. Abrí los ojos y observé, entre pasmada y frenética, la imagen del descapotable azul alejándose con mi marido al
volante y la rubia Barbie Malibú a su lado.
Tras despertar del ensimismamiento que me ocasionó el ver la escena que acababa de ocurrir frente a mis ojos, empecé a maldecir al traidor de Adolfo y a la
veinteañera melosa roba-maridos durante más de treinta minutos. Luego, me quedé sentada en el coche de la señorita usurpadora, intentando aplacar mi ira mientras
esperaba que Adolfo volviese a recogerme, haciendo una minuciosa lista de lo que quería hacerle y decirle en ese momento. La verdad es que castrarlo era lo más suave
que se me ocurría.
Unas dos horas después, empecé a pensar que la playa más cercana estaba a veinte kilómetros de distancia y, que con todo el tiempo que llevaba esperando, ya
habría tenido tiempo de ir y volver dos o tres veces.
Cogí el teléfono de mala gana y marqué su número. Los tonos iban sonando, pero no había respuesta. Volví a llamarlo y nada, seguía sin contestar. Si ya estaba
cabreada antes, más exacerbada me estaba poniendo. Le mandé decenas de mensajes y de ninguno obtenía respuesta.
Mi mente entró en periodo de alerta. Miles de situaciones pasaban por mi cabeza. ¿Le habrá pasado algo?… ¿Habrá tenido un accidente?… ¿Le habrán atracado?…
¿Estará herido?
Los minutos iban pasando uno tras otro y él, seguía sin aparecer. Le volví a llamar…
Coge el teléfono Adolfo, ¡por Dios!
Nada.
Joder; ¿estará bien?
Estaba nerviosa. No dejaba de mirar el reloj. Las manos me sudaban y no paraba de darle vueltas a la cabeza… y al Jeep.
Pero si me dijo que solo sería un momento. Que la acercaría y volvería enseguida a por mí. ¿Dónde coño está?
Venga, Silvania, no le des más vueltas. Seguro que está conduciendo y por eso no lo coge. No hay que preocuparse.
Volví a sentarme en el coche y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Cerré mis ojos e intenté tranquilizarme y dejar de pensar en catástrofes.
Pasado un rato, un coche paró junto a mí. Al principio no me percaté de su presencia, hasta que el claxon me sobresaltó. Un hombre de cincuenta y muchos, o
sesenta y pocos años, estaba sentado en el asiento del conductor y me miraba con cara de desconcierto. Se bajó del coche para prestarme su ayuda, con la intención de
revisar el Jeep y ver si podría arreglarlo.
Al parecer, Adolfo no era el único que tenía ética moral.
Le dije que no se preocupara, que estaban a punto de venir a recogerme, pero él insistió. Mientras revisaba todo el mecanismo, me comentó que había tenido
suerte, porque por aquella carretera había poca circulación de vehículos en esa época del año y, aún menos desde que abrieron la autovía nueva que da acceso directo a la
playa. Él, pasaba por allí porque se equivocó de salida y decidió coger el camino que ya conocía antes de perderse de nuevo.
—Pues yo no veo nada raro. ¿Está segura de que no arranca?
—¿Cómo que no? ¿Pero si echaba humo?
—Pues le aseguro que todo está en su sitio.
No lo entiendo. Yo misma vi con mis propios ojos la fumarada.
—Aquí hay una bolita plateada un poco chamuscada, pero no corresponde a ninguna pieza del coche. A ver, dele al contacto.
¿Al contacto? Si yo no tengo llave.
Comencé a buscar por todos los recovecos que se me ocurrían y… ¡Eureka!
Al bajar el parasol una llave calló en mi regazo. Había que ser estúpida. Mira que dejar un coche abandonado con una llave de repuesto.
La metí en el contacto y me dispuse a arrancarlo. El coche vibró y el motor bramó de repente como si le hubiesen puesto uno nuevo. Entonces me di cuenta. Algo
en mi interior me avisaba de la obviedad desde el principio, pero yo no quería hacerle caso. Mi marido no iba a volver a recogerme.
¿Me ha abandonado?
No. No puede ser. Seguro que se ha entretenido por el camino.
Continué arañando posibilidades.
Él, no haría algo así. ¿O sí?
Ahí fue cuando me derrumbé. Mi castillo, nuestro castillo que con tanto amor construimos —o eso pensaba—, se venía abajo y yo no podía hacer nada para que
no se desmoronara.
Todo ese nerviosismo, mi ira, mi furia y ese arrebato que tenía en mis entrañas, se desvanecieron dejando mi cuerpo débil; frágil. El dolor y la desesperanza llegaron
en ese momento a mi corazón, haciendo que una punzada lo atravesara como si me clavaran una daga envenenada. Mis ojos se inundaron de lágrimas, me escocían y ya
no aguanté más.
Comencé a llorar desconsoladamente bajo la mirada atónita de aquel hombre. El sufrimiento que sentía en mi interior solo me permitía acurrucarme en el asiento del
Jeep, con las piernas flexionadas, envueltas entre mis brazos y mi cabeza oculta entre las rodillas.
¿Por qué? ¿Por qué me hace esto? ¿Qué le he hecho yo para que me abandone de esta manera? ¿Es que ya no me quiere?
Por más preguntas que me hacía, no encontraba respuesta alguna —y él, tampoco estaba para contestarlas—. Otra punzada me atravesó despertando mis miedos
más profundos.
Quizá es que nunca lo ha hecho. Nadie es capaz de abandonar a alguien que quiere. Qué estúpida he sido.
Mi marido me había dejado. Me había cambiado por una muñeca plástica de cuerpo perfecto y curvas de vértigo, teñida y más joven que yo.
Recordé entonces la canción de Megan Trainor, cuando decía que no hay que preocuparse del físico, que a los hombres les gustan las mujeres con volumen para
abrazarlas por las noches y no las de silicona. Y que si era eso lo que ellos buscaban, que se marcharan porque cada centímetro que tenía era perfecto.
Mi llanto no cesaba, pero esta vez, lo hacía con rabia y ojeriza. Las lágrimas que recorrían mi cara eran de coraje e impotencia. Megan llevaba razón. Sí, la llevaba; y
he aquí el resultado.
Jamás tuve una talla treinta y ocho y, con el paso del tiempo, aprendí a apreciar lo que tenía, a quererme por cómo era y no dejarme llevar por los estereotipos. No
obstante, al final todos los hombres son iguales, y siempre habrá una Barbie que se cruzará en sus caminos y preferirán tocar cada centímetro de su cuerpo escultural.
¿Cómo competir con eso? ¡Qué asco!
El pobre hombre, realmente preocupado y desconcertado, me preguntó qué era lo que me ocurría. Cuando le comenté las circunstancias, intentando no dar muchos
detalles del porqué estaba allí, se compadeció de mí y tuvo la amabilidad de devolverme a mi casa.
Podría haber vuelto en el Jeep, pero no me seducía la idea, de que me detuvieran y me acusaran por el robo de un vehículo. Si se lo querían llevar, que lo hiciera
otro.
La verdad es que el trayecto fue tranquilo y en silencio, lo que agradecí mucho. No estaba de ánimos para charlas empáticas, aunque a pesar de mi aire taciturno y
conducta poco amable, él no pareció molestarse.
Me sentía dolida, abandonada y hundida. Desde entonces no soy yo misma. Ni por dentro, ni por fuera. Mi ánimo cayó en picado, como si se hubiese tirado desde
lo más alto de un rascacielos, y, aunque parezca mentira, aún no sé si ha llegado a tocar el suelo.
Quizá haya amortiguado la caída cuando llegó y no me he dado cuenta. O quizá abrió el paracaídas a tiempo, salvándome del espachurramiento final. En tal caso, he
de reconocer que día tras día me encuentro un poco mejor, pero sigo sin estar bien del todo.
A causa de todo aquello, entré en un agujero negro que engullía mi fuerza vital, y claro, toda depresión conlleva un inconveniente. En mi caso y resumiendo, la
nevera tiembla nada más verme aparecer por la cocina.
Lo único que me relaja y me anima un poco es comer. Y si es chocolate, aún más. Para mí, ya es un hábito. Si el agujero negro me engulle a mí, yo engullo el
chocolate. Bueno, ya se sabe que es el quitapenas universal, así que desde que estoy sola, es mi nuevo amante, mi compañero de juergas y mi paño de lágrimas.
El reflejo del espejo sigue devolviendo una imagen de una persona que nunca fui. Triste, desaliñada y rechoncha. Por más que me miro y me remiro, la imagen no
cambia y sigue sin gustarme.
Solo tengo treinta años y siento que me he abandonado por completo. Parece como si el cosmos me hubiese puesto una prueba incoherente, que debo pasar día tras
día sin tener ningún premio al que optar, y claro, sin recompensa… ¿Para qué seguir gastando energía?
No merece la pena.
Y si no gasto energía, ni calorías… ¿Cuál es el resultado?
Reconozco que Adolfo siempre fue un golfo y me podía esperar cualquier cosa de él, pero nunca pensé que me dejaría tan tocada como para descuidarme a mí
misma de esta manera.
¿Si no me gusto yo, cómo voy a gustarles a los demás?
Como siga así, voy a terminar vieja, sola, rodeada de gatos y llena de pelos por toda la ropa.
Suspiro abatida, sin ánimos.
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
No sé lo que quiero y no me apetece hacer nada. En definitiva, he dejado de tener el control sobre mi existencia.
Bueno, quizá haya mentido un poco al decir que no sé lo que quiero, ya que no es del todo cierto que no lo sepa; sí lo sé, o más bien, es mi cuerpo el que lo sabe.
Lo anhela. Ansía algo que lleva ocho meses sin probar y ya me lo implora.
¡Dios, cómo echo de menos el sexo con Adolfo!
No… No, no, no. En realidad echo de menos el sexo en general.
¡Al infierno con Adolfo!
Sí, era mi marido, y sigue siéndolo por el momento, pero en la cama no era precisamente un experto. Por no decir que era una mierda de amante —y puedo asegurar
que no habla el rencor que habita en mí, yo solo digo la verdad—, así que mirándolo de esa manera, se puede decir que me he quitado un gran peso de encima.
Aún me pregunto cómo ha tenido siempre tanto éxito el cabrón con las mujeres, teniendo en cuenta que entre las sábanas era un auténtico desastre. En fin, no se
puede tener todo en esta vida.
El caso es que estoy tan necesitada de sexo que ya casi no puedo pensar en otra cosa. Bueno sí, pienso en sexo y en mi maldita nevera. Así que mi febril cerebro ha
trazado una extraña relación entre los hombres y la comida, y de un tiempo a esta parte me dedico a observarlos como si de cupcakes se tratara. Los miro y los remiro,
revisando sus formas, sus aromas y coberturas y, he llegado a una conclusión: el único que merece la pena de todos los especímenes que pululan a mi alrededor es
Mateo, un chico de mi trabajo que no está nada mal.
Bueno, mejor dicho, está como un tren.
Cara cincelada, cuerpo escultural y con unos abdominales de miedo. Un auténtico modelo de catálogo.
Uf, solo de pensarlo me pongo cachonda.
La verdad es que me llevo bien con él. Es muy simpático y divertido. Hablamos de vez en cuando del tiempo, cuestiones laborales y poco más… No es que tenga
muchos temas de conversación, más que de sus juergas universitarias, de partidos de fútbol y de los increíbles ligues que se busca cada fin de semana —es un crápula de
cuidado—, pero es lógico; no se le puede pedir mucho a un chico de veinte años.
Se le ve un poco inmaduro y superficial… pero es que, ¡está tan bueno!
Lo peor de todo, es que solo tiene ojos para chicas modelos con medidas de 90–60–90. Otro al que le van las barbies. ¿Cómo no? Rubias o morenas, plásticas de
arriba abajo y con cerebro de mosquito.
Obviamente yo, solo tengo de muñeca, las uñas postizas que me pongo cuando me arreglo para una fiesta. Y eso sin contar, que podrían confundirme con una
hinchable por mis innumerables michelines… Aunque esas tienen más suerte que yo. Por lo menos tienen sexo.
Aunque Mat está tremendo, y seguramente me quitaría las penas de un plumazo si tuviera la oportunidad, sé que lo nuestro no llegaría a ninguna parte. No
tenemos nada en común. Así que ni me lo planteo en serio.
—¿Pero se puede saber en qué coño estás pensando, Silvania?
No puede ser. Esto ya me está empezando a preocupar un poco. ¿Tan necesitada estoy que he empezado a fijarme en hombres imberbes recién salidos de la
pubertad?
Aunque, éste de inexperto, no tiene nada.
No, para. Puñetas… ¿Tan tocada me he quedado?
Será mejor que me tome un café y organice un poco mis ideas. Creo que estoy empezando a caminar por terreno peligroso.

Capítulo 2
Son prácticamente las ocho de la mañana. Estoy esperando a que la cafetera termine de realizar la función para la que fue inventada, mientras acabo mi plato de
huevos revueltos con queso y una tostada con mantequilla. Finalizo de un trago el zumo de naranja y listo. Recojo y friego en un momento todo lo que he usado para el
desayuno y regreso a mi habitación.
El despertador comienza a sonar. Lo apago sin darle mayor importancia a la hora. Hoy voy sobrada de tiempo.
Abro el armario y cojo lo primero que encuentro. Unos vaqueros, una camiseta básica negra de manga corta y mis Converse a juego.
Todos mis compañeros de tienda, visten el uniforme corporativo, pero teniendo en cuenta que mi cara de pandereta no suele estar expuesta al público, me permiten
ir a mi antojo. Además, hoy me apetece ir cómoda y pasar desapercibida.
Cojo del tocador la ropa interior y paso al baño dispuesta a darme una ducha rápida.
Abro el grifo y dejo correr el agua hasta que sale caliente. Cuando está a la temperatura ideal, me coloco bajo la cascada purificadora e intento relajarme durante
unos minutos.
¡Ay… qué gusto!
Es una sensación exquisita y placentera. Me encanta disfrutar de ella y olvidarme del resto del mundo.
Salgo de la ducha, dando por finalizado el momento zen y me seco rápidamente.
Mierda… Creo que he estado en mi Spa particular más tiempo del que debería. Si no acelero voy a llegar tarde.
Vestirse a la velocidad de la luz, no es nuevo para mí —casi siempre llego a los sitios con la hora pegada en el culo—. Apenas le doy importancia a como se ajusta
la ropa a mi cuerpo, total, no voy a conseguir de ninguna de las maneras, que el flotador que me sobra en la cintura desaparezca. Al terminar de anudarme las zapatillas,
me coloco de nuevo delante del espejo.
¡Puñetas! Mis ojeras siguen siendo visibles.
Paso mis dedos por debajo de los ojos, intentando masajear la zona oscurecida con la esperanza de mitigar la inflamación.
Nada, no hay manera. Me parece que hoy serán visibles para todo el mundo… Y yo que quería pasar inadvertida.
Si no me hubiese distraído tanto en mi relajación matutina, quizá podría invertir algo de tiempo en maquillarme un poco. Pero va a ser que no.
Seco mi melena color castaña rojiza lo más rápido que el aire caliente que expulsa el secador me lo permite. Intento domar, sin éxito, el encrespamiento que yo
misma he ocasionado y me desespero.
—¡Esto es imposible!
Entorno los ojos y sigo cepillando una y otra vez, reconociendo, muy a mi pesar, que es tiempo perdido porque es incontrolable. Observo con frustración mi
reflejo al ver la gran maraña llena de electricidad estática que tengo en la cabeza.
¡Estupendo! Si salgo así a la calle, los hipsters ochenteros, me confundirán con la Bruja Avería, y alguno, incluso, me pedirá que le firme la camiseta.
—Pero ¿es que el universo entero se ha puesto en mi contra?
Gruño a la vez que continúo enfrascada en la tarea y finalmente, me rindo. No me queda más remedio que recogerme el pelo en un moño. Ni siquiera una coleta
conseguiría arreglar este desastre.
Al salir del baño miro el reloj. Las nueve y diez de la mañana.
Bien, no voy tan mal de tiempo. Al final tanto apremio me ha obsequiado con unos minutos que creía perdidos, aunque no es plan de dormirse en los laureles.
Debo darme prisa.
Cojo mi bolso bandolera y meto el Smartphone, la agenda y la cartera. Me dirijo a la cocina, pillo el termo de acero inoxidable de la estantería que está encima del
fregadero, lo relleno de café, lo cierro cerciorándome de que no se sale ni una sola gota y lo guardo también en el bolso.
—¡Lista!
Tomo las llaves de la cesta que hay encima de la mesa de la entrada y salgo apresuradamente del apartamento.
Por lo general, suelo irme a trabajar con Christian. Él, aparte de ser mi compañero de trabajo, es mi vecino de al lado y uno de mis mejores amigos. Tiene treinta y
dos años, casi treinta y tres; los cumple dentro de un mes, aunque no le gusta que se lo recuerden. No le emociona especialmente envejecer.
Se cuida mucho. Demasiado, diría yo. Y es por eso que en ocasiones me desquicia, sobre todo cuando, en días de bajón, me encuentra dándole buena cuenta a
alguna tarrina de helado. Él me comprende mejor que nadie, pero cuando se pone en modo nutricionista, no hay quien lo soporte.
Hay que reconocer que tantos cuidados merecen la pena; más aún si logran alegrarme la vista. Es mi David de Miguel Ángel personal. Rubio, con el pelo rizado a lo
Bisbal, ojos verdes, piel bronceada de un tono tostado dorado y un cuerpo escultural y musculoso. Es fabuloso en todos los sentidos, aunque, todo lo que aparenta ser
perfecto, siempre tiene oculto algún hándicap y, en el caso de Chris, existe un inconveniente muy característico… Es más gay que Matt Bomer.
¡Qué desdicha para el género femenino!
La alarma del móvil, me avisa de que son las nueve y media. Si consigo coger el bus, llegaré a la oficina cinco minutos antes. Si no, me va a tocar correr como una
liebrecilla.
Acelero el paso. Aún es temprano y hay poca gente por la calle, lo cual me permite andar con bastante margen y poca obstaculización. Aunque hay algún que otro
madrugador dando un paseo y un par de estudiantes despistados que llega tarde a clase, la mayoría, son personas que van camino de sus trabajos o de compras
matinales, pensando en sus problemas y sus quehaceres sin importarles el resto del mundo.
Consigo llegar a la parada justo para poder tomar el autobús, subo la pequeña escalerilla que separa la cabina de la calle, abono el tique y busco un asiento libre
junto a la ventanilla. Saco del bolso los auriculares, los acoplo al móvil y conecto la radio. Escucho atenta mi programa favorito de música y mientras me deleito con la
canción Just the way you are de Bruno Mars, me distraigo contemplando las vistas durante el recorrido y, fantaseando con que, algún día, alguien me diga las mismas
palabras.
Cuando llego a mi parada, solo tengo que cruzar la calle y caminar unos diez metros. Miro el reloj del móvil antes de quitarme los auriculares y volverlos a guardar
en el bolso.
No me equivoqué demasiado. Aún me quedan diez minutos.
Trabajo en una empresa dedicada a la venta de electrodomésticos, informática y electrónica. Concretamente en la sección de atención al cliente. Vamos, que soy la
que responde al teléfono cuando alguien tiene alguna queja o duda referente a televisores, ordenadores o móviles, entre otras tantas cosas. Una voz al otro lado del
aparato telefónico, que se come todas las broncas y los malos humos de los clientes cuando les surge alguna incidencia, o cuando tengo que dar instrucciones a tientas,
intentando arreglar algo que no suelo tener delante de mis ojos y no lo consigo. Según ellos, es mi principal responsabilidad. Entonces, tras disculparme hasta la
saciedad, mando a un técnico experto cuando mis habilidades como bruja arreglalotodo por cable no funcionan.
Hablando en plata, soy una de las cabezas de turco de la compañía, pero creo que mis cotas no cubren para nada mis necesidades psicológicas. Menos mal que
Christian suele ser mi apoyo moral y laboral. Trabaja conmigo en la oficina, pero hoy no está, así que me voy a comer todo el marrón yo solita.
Aprovechando que mañana es fin de semana, se ha pedido el día libre para ir a visitar a su madre que se ha puesto enferma. Solo tiene un simple resfriado, pero
Christian tiene complejo de enfermera, y más, cuando se trata de alguien de su familia o de alguien que de verdad le importa. Me llena de orgullo decir que estoy dentro
de ese pequeño círculo de gente que de verdad le importa, ya que dice quererme como la hermana que nunca tuvo, y yo, como es lógico, siento lo mismo que él. No sé
qué hubiera sido de mí, si no hubiese estado a mi lado cuando pasó lo de Adolfo.
Al entrar en el enorme edificio de acero y hormigón, doy un paso tras otro atravesando los numerosos pasillos de la tienda. Algunos de mis compañeros son muy
agradables, pero hay otros como Jade, la insoportable y petulante rubia de telecomunicaciones, a la que me encantaría estampar más de una vez contra la pared cuando
se pone a hablar con aires de, «yo valgo más que tú». No sé. Quizá será que
 

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