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Libro PDF Construyendo un amor Mar Fernández

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su frente, y en un gesto mecánico, lo
secó con un pañuelo y continuó con su
tarea. El sol comenzaba a ocultarse en el
firmamento, y debía acabar con el
trabajo antes de poder regresar a casa y
darse una ducha. Cleveland, su jefe, le
había encomendado colocar el paño de
azulejos de la cocina, que debía estar
listo para el día siguiente. El tiempo se
le escapaba entre los dedos. Aquella
obra era un encargo urgente y debía
estar listo antes de acabar la semana.
No estaba dispuesto a perder su
trabajo, ya que era el mejor que había
tenido hasta el momento, y necesitaba el
sueldo para salir adelante. Desde la
muerte de su padre, las cosas se habían
puesto difíciles en casa, y las facturas se
acumulaban sobre la mesa del recibidor,
sin que a su hermano pareciera
importarle.
Estaba centrado en su trabajo,
pero no podía dejar de pensar en la
discusión que había mantenido aquella
misma mañana con Malcom. Nunca se
habían llevado demasiado bien, a pesar
de sus esfuerzos, pero lo que estaba
sucediendo en los últimos tiempos no
tenía nombre. Normalmente procuraba
no inmiscuirse en la vida privada de su
hermano, pero en esta ocasión era
diferente. Una semana antes había
descubierto a Malcom besándose
apasionadamente con Stefanie Gregory.
Todo hubiera sido completamente
normal, ya que Malcom era todo un
seductor, si no fuera porque llevaba
saliendo con la hermana de ésta varios
meses. En aquel momento, oculto en el
pasillo de su propia casa, hubiera
deseado reclamarle su actitud, pero por
el contrario calmó su genio y subió las
escaleras en dirección a su dormitorio.
Durante el tiempo transcurrido
había intentado hablar con Malcom en
reiteradas ocasiones, pero había sido
inútil. Su hermano siempre se apañaba
para evitarle, sabiendo que tenía algo
que recriminarle. Pero aquella mañana,
durante el desayuno, no pudo escapar a
su interrogatorio.
—Malcom, tenemos que hablar.
El aludido llenó su bol hasta el
borde, con cereales y leche, ignorando
expresamente a su hermano.
—¿Me has escuchado? —
preguntó Tayler, elevando el tono de su
voz.
Malcom alzó su mirada, con
cierto aburrimiento, y la clavó en el
rostro de su hermano.
—Tayler, ¿qué mosca te ha
picado ahora? —indagó ceñudo.
—Quiero saber que te traes entre
manos con las hermanas Gregory.
Para Tayler no pasó
desapercibida la expresión de sorpresa
de su hermano. Y cuando una sonrisa
ladina adornó sus labios deseó borrarla
con su puño.
—Hermanito —comenzó
Malcom—, no creo que eso sea asunto
de tu incumbencia.
—Por supuesto que no —afirmó
Tayler, intentando controlarse—, pero
no entiendo que hacías el otro día
besando a Stefanie. ¿No se supone que
estás saliendo con Peyton? —indagó.
—¿Ahora te dedicas a espiarme?
—replicó Malcom molesto—. Además,
todo el pueblo sabe que te llevas a matar
con Peyton. ¿A qué viene ahora
defenderla?
Tayler no pudo evitar golpear
con fuerza la pequeña mesa de formica
frente a sí, provocando que la leche de
los boles acabara sobre la misma.
—¡Joder, Malcom, eso es lo de
menos! Quiero que me cuentes lo que
sucede.
Malcom no estaba dispuesto a
dar explicaciones sobre sus asuntos a su
hermano. Sin añadir una palabra más,
abandonó su silla y se dirigió a la
puerta. Solo contestó a sus palabras
cuando llegó al umbral de la misma.
—Tranquilo, ángel redentor,
pienso arreglar la situación —comentó
antes de desaparecer en el pasillo.
Tayler apretó los puños,
intentando con el gesto apaciguar su
genio. Estaba cansado de las constantes
intrigas de su hermano. Aquel cabeza de
chorlito ni siquiera se había planteado
los problemas que podía ocasionar a sus
tíos. Walter y Betty trabajaban desde
hacía décadas en la casa Gregory, y
estaba seguro de que el viejo no se
tomaría nada bien que el sobrino de su
ama de llaves, al que por cierto había
ayudado a costear sus estudios
universitarios, estuviera jugando con sus
hijas.
Era su hermano, y no podía
evitar quererlo, pero cada vez le era
más difícil claudicar con su conducta.
***
Peyton se despertó con una
sonrisa en los labios. No lo podía
evitar, se sentía más feliz que en toda su
existencia. Sabía que había sido una
chica afortunada desde el mismo día de
su nacimiento, pero pertenecer a una de
las familias más prestigiosas del
condado no había sido suficiente para
lograrlo. Desde bien pequeña se había
sentido rechazada por su padre. Se había
esforzado por ser la mejor estudiante,
colaborar en causas benéficas, incluso
había sido reina del baile en su último
año de instituto, pero nada había logrado
que su padre se sintiera orgulloso de su
persona. Pero eso ya no importaba
porque había encontrado un hombre que
la amaba tal cual era, y no pensaba
renunciar a ese amor.
Aquel día era el más
importante de su vida. Por fin había
llegado el momento que llevaba semanas
esperando. Era la primera vez que
Malcom iba a su casa a cenar, y había
preparado aquella velada con
minuciosidad. Había vuelto loca a su
querida Betty, embarcándola en una
receta francesa que la pobre mujer ni
sabía pronunciar. Incluso había sacado
la vajilla de su abuela, reservada para
ocasiones especiales, para el evento.
Pasó parte de la mañana
ultimando los detalles pendientes, y la
tarde la dedicó a elegir lo que se
pondría para aquella noche.
Rebuscaba entre las
perchas de su armario, mientras su
amiga Rebeca la observaba tumbada
sobre su cama. Cuando desechó el
quinto modelo, escuchó resoplar a su
amiga, situada a su espalda, y se giró
para fijar su mirada en ella.
—¿Qué pasa? —preguntó
curiosa.
—Cielo —la llamó Rebeca,
mientras abandonaba el lugar que
ocupaba sobre el colchón, acercándose
hasta ella—, no sé porque te rompes
tanto la cabeza, con tu cuerpo cualquier
cosa que te pongas te quedará genial —
replicó, con una sonrisa en los labios,
mientras estudiaba un vestido azul.
Peyton frunció el ceño antes
de contestar.
—No lo entiendes, esta
cena es muy importante.
Rebeca elevó una de sus
cejas antes de contestar a sus palabras.
—¿Crees que Malcom va a
pedir tu mano? —soltó con sorna.
Peyton apretó los labios
molesta. No era ningún secreto para ella
que Rebeca no soportaba a Malcom, y
que solo lo aceptaba por complacerla.
Su amiga no entendía que amaba a ese
hombre más que a cualquier otra cosa y
no pensaba renunciar a él.
—Muy graciosa, pero te
recuerdo que es la primera vez que mi
padre le invita a cenar, y quiero que
todo sea perfecto.
Rebeca se mordió la lengua
para no verbalizar lo que realmente
pensaba, y para que su amiga no se
percatara, se dedicó a seguir buscando
algo ideal en su armario. Se conocían
desde el parvulario, y para ella no era
un secreto que Peyton llevaba media
vida intentando agradar al señor
Gregory, que nunca parecía conforme
con su hija. Había sido testigo
involuntario de los desprecios que había
recibido su amiga por parte de su
progenitor, y más estando Stefanie
presente.
—Creo que este es perfecto
—dijo mientras le tendía un vestido
color rosa.
Peyton lo tomó entre sus
dedos y lo estudió críticamente. Era un
diseño de líneas sencillas, pero con un
tejido ligero que le gustó. Y finalmente
decidió probárselo, segura de que no
encontraría nada mejor.
***
Poco antes de las ocho, la
puerta de la casa Gregory se abrió, y de
su interior salió una joven que corría
como alma que llevaba el diablo. Betty
salió tras ella, pero solo llegó a tiempo
de ver como el pequeño coche de Peyton
derrapaba en la curva de salida de la
finca.
Con aflicción la mujer se
llevó la mano al corazón, sufriendo por
su pequeña, como solía llamarla. Una
lágrima solitaria recorrió su mejilla, y
abrazándose a sí misma volvió a entrar a
la casa, obligándose a volver al
comedor donde debía servir el segundo
plato. Como suponía, los ocupantes de
la mesa seguían charlando
amigablemente, como si nada hubiera
sucedido minutos antes.
Tayler había salido pronto
del trabajo aquel viernes. Tras acabar
con la reforma, y recoger la herramienta,
se dirigió a la oficina junto a sus
compañeros. Cleveland estaba tan
contento por haber cumplido con los
plazos que les dio una gratificación.
Ryan y Clayton le convencieron
para ir a cenar, y a pesar de que no era
muy dado a salir, aceptó. Necesitaba
desconectar por unas horas de los
problemas que solían acosarlo a diario.
Después de abandonar el
restaurante de Rosemary, decidieron a ir
a tomar unas copas y jugar una partida
de billar al local River Side. Tayler
decidió ir en su propio coche, por si la
noche se alargaba de más. Conocía
demasiado bien a sus compañeros.
Al entrar se encontraron
con que el ambiente estaba en su
máximo apogeo. Se dirigieron a la
barra, que estaba abarrotada, y pidieron
unas cervezas, a la espera de que alguna
de las mesas de billar quedara libre.
Mientras, bromearon sobre las
peculiares costumbres de su jefe, aunque
de forma cariñosa, ya que era un buen
hombre.
La conversación se vio
interrumpida por el sonoro silbido que
surgió de los labios de Ryan.
—¡Madre mía! —exclamó,
señalando a una joven que bailaba en la
pista—, esa tía esta tremenda. ¿Quién
coño será? —preguntó, sin apartar su
mirada.
Tayler, que estaba de
espaldas al lugar, se giró para descubrir
a la mujer explosiva que parecía haber
hipnotizado a su amigo. La sonrisa se
borró de sus labios al descubrir de
quien se trataba.
Ante sus ojos estaba la
mismísima Peyton Gregory. Su vestido
claro refulgía gracias a las luces de neón
sobre la pista. Bailaba al son de la
música, pero de una forma demasiado
sensual. No era de extrañar que la mitad
de los hombres del local no pudieran
apartar la mirada de su cuerpo.
Algo andaba mal, lo supo al
instante.
No era un mal sitio para
pasar unas horas de diversión, pero no
el más indicado para una joven como
Peyton. No entendía que demonios hacía
allí, pero no le gustó. Parecía demasiado
desinhibida, y sospechaba que era a
causa del alcohol. ¿No se suponía que su
hermano estaba cenando aquella noche
en la casa Gregory?, entonces, ¿qué
hacía su novia en un lugar tan poco
recomendable?
Iba a apartar la mirada,
dispuesto a ignorar una situación que no
le incumbía, cuando Norton cogió por la
cintura a la joven y la pegó a su cu

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