---------------

Libro PDF Contigo me encontré Luz Guillén

http://i.imgbox.com/iva4doV5.jpg

Descargar  Libro PDF Contigo me encontré  Luz Guillén


aquellos que nos apoyan para conseguir
nuestros objetivos. Por supuesto, yo voy
a hacer lo mismo: mi familia, mis
amigas más antiguas y las recientes,
lectores que me alientan para que siga
escribiendo, mis compañeras, mi
editora… Soy afortunada por teneros
siempre ahí al pie del cañón,
ayudándome a mejorar, animándome
cuando flaqueo, alentándome a
enfrentarme a nuevos proyectos. Nunca
habría podido escribir esta historia si no
fuera porque os tengo a mí alrededor.
Pero no quiero olvidar a los que
nunca han dado un chavo por lo que yo
pudiera estar intentando. Ellos me han
hecho fuerte y persistente y, sin darse
cuenta, han logrado que consiga muchas
de las metas que me he propuesto.
Gracias a unos por creer en mí y a
otros por no hacerlo. Todos me habéis
hecho quien soy.
—Estúpida, estúpida, estúpida —se
repetía una y otra vez en silencio
mientras se miraba en el espejo del aseo
de su oficina—. ¿Cómo he podido ser
tan estúpida? —Se volvió a repetir, esta
vez en un ligero susurro. Diez minutos
antes había confesado abiertamente
aquello que llevaba diez años ocultando
en lo más íntimo de su corazón. Cierto
era que la conversación no había dejado
entrever lo profundo de su sentimiento,
pero había expuesto su corazón a todos,
y eso la mortificaba más que un cilicio
constriñendo su muslo. La charla había
sido de lo más cotidiana. Su compañera
Sonia le había gastado una broma a su
jefe.—
Pero, ¿quién va a quererte a ti
Jaime?, si eres un monstruo insensible
—preguntó entrecerrando con diversión
los ojos.
—Soy un monstruo contigo Sonia,
porque me rompiste el corazón al
casarte con Pepe, pero soy encantador
con las demás mujeres, ¿verdad, chicas?
—Alzó las cejas varias veces en un
gesto falsamente sexy.
Marta no se dio ni cuenta de lo
rápido de su respuesta. Salió de sus
labios antes de haber pensado siquiera.
—Yo sí te quiero Jaime, y, sí, eres
encantador —Jaime la miró con
suficiencia. Fue entonces cuando ella se
percató de lo que había dicho y se
maldijo por ello. Esgrimiendo una
excusa, se dirigió al servicio y allí
estaba todavía. Hacía diez años que
trabajaba en esa ‘‘mediana’’ empresa
mayorista de recambios de coche. La
compañía a la que pertenecía era un
gigante en el gremio, pero la sucursal en
la que ella trabajaba era bastante
familiar, si no se tenía en cuenta los
puñales que volaban por todas partes
con demasiada frecuencia para su gusto
y para su espíritu.
Todos esos años los había pasado
suspirando por su jefe directo, un chulito
ligón, guapo pero no tanto, que se
pasaba el día presumiendo de su
inteligencia, de su saber estar, de su
superioridad y… de sus ligues. Durante
todo ese tiempo, había estado
encandilada en silencio por él,
aguantando toda su soberbia (que ella
era incapaz de notar), sus desplantes
(que soportaba estoicamente), su
prepotencia… y su desprecio. Jaime
Lorca era un auténtico imbécil, pero
Marta no se había dado cuenta todavía y
seguía pensando en él como su caballero
andante. A pesar de eso, no deseaba de
ninguna de las maneras que él fuera
consciente, si es que no lo era ya, de lo
que llegaba a significar para ella.
Se volvió a mirar en el espejo
redondo de ese aséptico baño, respiró
profundamente para tranquilizar el
desasosiego que sentía y salió de allí
camino a su mesa. La oficina donde
solía trabajar, no era demasiado grande.
Tres mesas distribuidas por el espacio
de la sala, de modo que las tres
compañeras que trabajaban allí se
vieran las caras las unas a las otras, un
mueble de oficina que contenía todos los
archivadores habidos y por haber, una
caja grande de cartón para el papel a
reciclar y una vitrina con algunos de los
productos que vendían a diario. Su
cubículo tenía dos puertas que lo
atravesaban y que daban por un lado al
lavabo y el mostrador y por otro, al
resto de despachos de la empresa.
Se sentó en su silla y suspirando
levemente, siguió con el trabajo que
había dejado a medias tras su
desafortunado comentario.
—¿Estás bien, Marta? —Le pregunto
Sonia echándole un vistazo de reojo.
—Sí, claro, ¿por qué? —respondió
Marta, tratando de disimular su
malestar.
—No, sé. Me ha parecido que te
sentías mal cuando te has ido al baño —
dijo al descuido.
—¡Que va, mujer! —Intentó
desdramatizar con una sonrisa—. La
naturaleza…, que no espera.
—Bien. Bueno —Sonia cambió de
tema—. ¿Has terminado ya con el
balance? Mañana viene el nuevo jefazo
y va a cortar cabezas si las cuentas no
salen. Jaime le teme como a un
escorpión. Al parecer tiene fama de
duro. No se casa ni con su padre, por lo
que cuentan en la sucursal de Cuenca.
Despidió a Lucas de almacén porque no
lo tenía todo como manda el
protocolo.Vamos un gilipollas si me
preguntas.
—No, no te pregunto. Miedo me da
saber algo más. Pero vamos que hasta
que no acaba el año, de balance cerrado
nada. —Afirmó encogiéndose de
hombro.
Lola, la ocupante de la tercera mesa
del despacho, levantó la cara de la larga
lista de pedidos que tenía delante y con
voz distraída les dejó caer:
—Pues dicen que es muy atractivo,
que está viudo y que no se le conoce
novia alguna.
—Bueno y ¿qué? —Saltó de
inmediato Sonia con su ácido tono de
siempre—. Puede ser guapo y gilipollas
a la vez. Si no tiene novia querrá decir
algo, ¿no?
—¿Que todavía no ha olvidado a su
mujer? —respondió Lola un poco mosca
por el tonito de Sonia.
—No, que tiene tan mala leche que
no hay quien lo aguante —«Sonia,
agria como siempre» pensó Marta.
—Bueno Sonia, tú a lo tuyo. ¡No hay
manera de que pienses bien de alguien ni
que te maten, hija!
—Pero ¿no has oído que ha
despedido a Lucas por una tontería?
—¿Qué tal si le damos una
oportunidad al pobre? —preguntó
tímidamente Marta—. Igual había algo
más que motivó el despido y no te lo han
querido decir.
Cuando ya estaba más que dispuesta
a darle una respuesta de las suyas a
Marta, sonó el teléfono interno de Sonia.
Javier, el simpático jefe de marketing, le
llamaba a su despacho para consultarle
algo sobre un cliente nuevo. Con la
información requerida, Sonia se fue
hacia el despacho de Javier, dejando a
sus dos compañeras con cara de alivio.
Cuando la cogía con alguien era como
un perro de presa.
—Menos mal que le ha llamado
Javier. Parece ser el único en la oficina
que consigue callarla. —Se atrevió a
decir.—
Aunque sea dándole trabajo. —
Bromeó Lola.
Marta le dedicó una suave sonrisa y
volvió a su balance. Si el Sr. Álvarez
era la mitad de hueso de lo que suponía
Sonia, tenía que esforzarse al máximo
para que no encontrara ni un solo cero
fuera de su sitio.
El día pasó entre preparativos para
la inminente visita del ‘‘ogro’’ como
empezó a llamarlo Marta para sí. La
perspectiva la atemorizaba, y eso que
todavía no le conocía. A él no, pero ella
sí que se conocía muy bien y no tenía ni
la más remota duda de que, al día
siguiente cuando le viera, le temblarían
hasta las pestañas. Su inseguridad y el
miedo al despido no le iban a poner las
cosas fáciles.
A la hora de la salida, apagó su
ordenador como hacía a diario desde
que entró en la empresa, se enfundó su
abrigo y se enrolló la bufanda al cuello
antes de abandonar el edificio. Con una
sutil agitación de la mano, se despidió
de sus compañeros. Abatida, llegó
caminando a la parada de autobús y allí,
muerta de frío por la espera, volvió a
pensar en el desastre que había sucedido
horas antes. Volvió a regañarse por su
falta de control, ese control que había
conseguido mantener durante diez años y
que se había desintegrado sin que ella
fuera consciente siquiera. Todavía
estaba aguardando el autobús, que ya se
retrasaba un poco, cuando pasó por
delante de la parada su compañero, jefe
de personal y amigo Paco.
—¿Te llevo, colega?
—No, Paco, gracias pero te desvío
demasiado de tu camino y no quiero que
Rosa me mate porque llegas tarde.
—Rosa te adora, no me reñirá si es
por llevarte a casa.
—Rosa no, pero yo sí. Anda, ve con
tu mujer y déjate de historias que el
autobús llegará en un momento. Ya
sabes que siempre aprovecho el viaje
para leer un poco, y ahora mismo estoy
con un libro de Elisa Álvarez y está en
un momento de lo más interesante.
—¡Tú y tus libros! ¡A ver si te
buscas un novio y te dejas de tanta
literatura romántica!
—¿Te quieres ir de una vez? —Le
regañó Marta divertida—. Al final Rosa
te va a echar la bronca y va a ser por
metomentodo. Se lo pienso decir, que lo
sepas. Le diré que eres un alcahuete. ¡Lo
que nos vamos a reír!
—Vale, vale, adiós. No quiero que
os compincheis mi mujer y tú, que salgo
perdiendo fijo. —Y con esas palabras
se marcho hacia su casa coincidiendo
con la llegada del autobús que llevaría a
Marta hasta la suya.
—¿Mamá? Mamá, ya estoy aquí —
anunció al entrar por la puerta de su
piso. Una mujer mayor apareció por el
pasillo precedida por un caminador.
—Hola Martita, ¿cómo te ha ido hoy
en el trabajo? ¿Te los has comido a
todos?
—Sí, mamá, como cada día —Marta
no quería hacer sufrir a su madre, por
eso le ocultaba sus sentimientos por
Jaime, la incomodidad que le hacía
sentir Sonia, su miedo al fracaso… Sabía
que era buena en su trabajo. Estaba
convencida, pero esa inseguridad
arraigada… no tenía idea de cómo
acabar con ella. A menudo se decía «lo
lograré. Seré fuerte. No le tendré
miedo a nada». Pero, en realidad,
sabía de que se mentía a sí misma. Por
ello, Marta, no le explicaba sus temores
a su madre ¿para qué? ¿Para
preocuparla? ¿No tenía Begoña Torres
suficiente con su sufrimiento? No, no la
haría más desdichada explicándole sus
miserias. Era una mujer adulta. Quizás
demasiado adulta como para andar
llorándole a su madre. Se habían
cambiado las tornas y ahora era ella la
que debía ocuparse de su madre y no al
revés.
—¿Y tú? ¿Cómo has pasado el día?
—Bien, hija. Cristina se ha ido hace
un rato. Hoy hemos hecho un ejercicio
muy divertido. —¿Ah, sí? —preguntó
Marta interesada colgando el abrigo que
acababa de quitarse.
—Sí. He podido dar tres pasos sin el
taca-taca. ¡Estoy que no me lo creo!
—¿De verdad? —Inquirió la joven
con clara satisfacción.
—Si, en serio. Ojalá mañana pueda
hacerlo otra vez. —El tono resignado de
su madre la entristeció.
—Mañana seis, ya lo verás —dijo
intentando animar a esa mujer que
representaba el eje de su vida.
—Seguro, hija, seguro —coincidió
para no mostrarle a su hija sus dudas
sobre que eso fuera a pasar.
—Bueno, mamá ¿qué quieres cenar
hoy?
—Cualquier cosa estará bien,
Martita.
—¡Ya lo tengo! —exclamó Marta
tras pensar un momento—. Coliflor con
bechamel. Te encanta y el otro día
compré una en el mercado. Se nos
estropeará si no la cocino ya.
—Pues venga. Coliflor para esta
noche. —Begoña besó a su hija y se
dirigió hacia la sala—. Voy a leer un
poco antes de que empiece el programa
ese de preguntas que me gusta.
—De acuerdo mamá. Yo me pongo
ya a guisar.
Marta se refugió en la cocina para
preparar la cena y, de paso, la comida
del día siguiente. Volvió a sumergirse en
el recuerdo de lo que había pasado en la
oficina ese día, y de repente, se encontró
pensando en el ‘‘ogro’’ al que conocería
al día siguiente. Sabía a ciencia cierta
que no tenía nada que temer, pero no
pudo contener el escalofrío que le
recorrió el cuerpo pensando que se le
hubiera pasado por alto alguna
anotación.
El sonido insistente del despertador
se empeñó en romper el sueño de Marta.
«Bueno, casi mejor» —se dijo a sí
misma—. «¡Para lo que estaba
soñando!» Miró el infernal objeto de
tortura. Las seis cuarenta y cinco. Hora
de levantarse y empezar con la rutina
diaria. Quería llegar más temprano al
despacho para tener tiempo de hacer un
último repaso a la contabilidad, así que,
tenía que acelerar si quería llegar con
tiempo suficiente. Preparó su leche con
chocolate, se tostó una rebanada de pan
un poco seco y que sin duda mejoraría
tras pasar por la tostadora, untó un
tomate, le añadió queso fresco y
desayunó sola, sentada en la cocina,
como hacía siempre. Normalmente no
pensaba en ello, pero ese día sí acusó
esa soledad de la que siempre estaba
rodeada. Soledad del alma. Vivía con su
madre, pero esa no era la compañía que
necesitaba. Ella quería… «No» —se
o r d e n ó — . «Olvídate de esas
tonterías. Hoy necesitas tener la
cabeza bien despierta para lo que
se te avecina».
Acabó su desayuno y preparó el de
su madre. Lo metió en el microondas
para que ella lo calentara al levantarse y
se fue derecha a la ducha. Al salir y
después de secarse, abrió el armario.Se
decidió por un tejano y una camisa
celeste que combinaría con una
chaquetita de punto azul oscuro. Desde
luego, no era el vestuario ni más
glamuroso ni el más actual, pero es que
ella no era ni una cosa ni la otra. Bajita
hasta lo indecible, no llegaba al metro
sesenta, y con más curvas de las que
quisiera, no se sentía precisamente, nada
de eso. Así que, fue a lo convencional,
cómodo, práctico y que no le hiciera
destacar demasiado. No quería llamar la
atención del ‘‘ogro’’. Se colocó su
abrigo, su bufanda y sus guantes y como
hacía un frío de tres pares, se caló un
simpático gorrito de lana a juego con
todo. Autobús igual a lectura. Mientras se
dirigía a la oficina, continuó la aventura
a la que le transportaba su escritora
favorita y a la que adoraba.
En la calle, algo llamó su atención y
levantó sus ojos color miel de su
inseparable Ebook. Sin querer, pensó en
Jaime, ¡cómo no!, y en que no sabía qué
podía esperar de él. Era guapo, exitoso,
y con un gran imán hacia las féminas
¡ella era una muestra! Marta sabía que
no tenía nada que ver con las mujeres
que le gustaban. Y sin embargo, ¡ZAS!,
ahí seguía ella. Aferrada a la idea de
poder conquistarle con su cariño, con su
habilidad con los números, con su
humildad. ¿¡Cómo podía ser tan tonta!?
Acompañada de esos pensamientos,
y sin haber vuelto la vista de nuevo a su
lectura, llegó a la oficina. Era temprano,
tal como esperaba, y dedicó el tiempo
que faltaba hasta la llegada del resto del
personal, para sumergirse en sus
números, esos que nunca la engañaban ni
le hablaban con ironía o desaire.
Cuando llegaron todos, estaba ya
totalmente satisfecha con la faena
realizada. Los balances estaban bien. El
nuevo jefe, el Sr. Álvarez, el ‘‘ogro’’, no
pondría ninguna pega a su trabajo.
Estaba totalmente ¿segura?
En el momento en que el Sr. Álvarez,
Pablo Álvarez, apareció, Marta estaba
en el almacén y no coincidió con él.
Pero al volver a su mesa, Sonia, que si
le había visto, y revisto, le dijo con una
exclamación de aprobación:
—Marta, chica, no sabes lo que te
has perdido. Será un gili, pero el tipo
está muy pero que muy bien. —Se
relamió los labios—. Porque quiero
mucho a mi Pepe, que si no le tiro los
tejos pero a la voz de ya.
—Te lo dije, Sonia. Me lo avisó
Silvia, la comercial de Sevilla. Me
aseguró que me llevaría una grata
sorpresa con el jefazo. No es que sea
guapo, pero esta como un queso, el
amigo. —Lola, como siempre, con su
punto optimista puso su toque a la
conversación.
—Lo veré, chicas, ¡no voy a tener
otro remedio! Seguro que quiere ver las
cuentas más pronto que tarde y para eso
no tendrá más remedio que verme a mí.
—Esperaba que fuera cuanto más tarde
mejor pero, en realidad, sabía que no se
escaparía.
—Pues ha convocado una reunión
con todos los empleados al mediodía —
les contó Sonia con tono conspirador—.
Al parecer quiere presentarse, conocer
al personal y preguntar a cada uno de
nosotros por nuestro trabajo, así que, lo
verás antes de comer sí o sí.
A Marta le entraron todos los males
sólo con la idea de ver al ‘‘ogro’’ en
plena acción, delante de la plantilla y
preguntando a cada uno en voz alta. Iba
a tener que hablar con él frente a todos
los demás. Se iba a morir. Fijo que se
moría allí mismo, rodeada por sus
compañeros y dando un espectáculo…
¡Perfecto! ¡Lo que más le gustaba! Y si
no se moría (lo que dudaba mucho) haría
el ridículo más absoluto. ¡Dios! ¿Pero
qué mal había hecho ella para que la
castigaran tan cruelmente?
Decidió no pensar en lo que se le se
le venía encima y siguió con su trabajo,
que era para lo que estaba allí y lo que
le daba seguridad.
Sus compañeras no pararon de
bombardearle con cotilleos sobre el
nuevo mandamás pero Marta no entró
al trapo y siguió a lo suyo. No quería
cometer errores. Su trabajo era
impecable. No quería que, precisamente
en ese delicado momento, eso empezara
a cambiar.
La mañana pasó sin pena ni gloria.
El Sr. Álvarez estaba encerrado con el
resto de jefes en el despacho que le
habían habilitado y la oficina siguió
como cada día… hasta que se acercó el
momento de la reunión.
Media hora antes, los trabajadores
ya empezaron a removerse en sus sitios.
Algunos, los más ansiosos, se dirigían a
la sala de reuniones aun cuando faltaba
todavía un buen rato para la cita. Otros
intentaban a toda costa acabar con lo
que tenían entre manos por si el
‘‘jefe/ogro’’ les preguntaba algo en
concreto. Las chicas, de todas las
edades, se agolpaban en los baños para
asegurarse de dar la mejor imagen
«¡Como si eso fuera un requisito
para el trabajo!» —pensó Marta,
aunque la tentación de correr hacia el
espejo la sorprendió.
Ya estaba a punto de levantarse para
satisfacer el incomprensible instinto de
mirarse, cuando una mano llena de
papeles se estampó encima de su mesa
impidiéndoselo.
—Marta, guapa, repasa esto. Álvarez
me ha preguntado por los pedidos de
Ford y no he querido dárselos sin que
les echaras un vistazo. Sé que están
bien, claro, los he hecho yo —Jaime,
como era habitual en él, presumió de un
trabajo que no había realizado— pero
no quiero que, si te pregunta a ti, no
sepas de qué te habla.
Marta, ojiplática, miró los papeles,
después a Jaime y otra vez a los
dichosos papeles.
—Jaime —le dijo sorprendida—,
eso está más que repasado. Verifiqué
esos pedidos la semana pasada, los
revisé ayer y los he vuelto a mirar esta
mañana antes de que llegaras. Conozco
al dedillo todo su contenido, no necesito
echarle más vistazos, creo yo —
normalmente Marta no se enfadaba ni
discutía nada, pero eso le había sentado
realmente mal.
—Mira, guapa, —le soltó como un
insulto— te he dicho que lo repases y lo
repasas. No vuelvas a discutirme nada.
Recuerda con quién hablas, bonita. Y
date prisita, ¿eh? No llegues tarde a la
reunión.
Marta le miró atónita.
—Jaime… —empezó a decir, pero él
la cortó casi con un rugido.
—¡Te he dicho que te lo repases!
¡¡Ya!!
¿Qué le había pasado a Jaime ahí
dentro? ¿Qué había ocurrido en esa
reunión?
—De acuerdo, Jaime. Ya voy —
sucumbió sumisa.
—Así me gusta. Me haces caso y
todo va bien. Si no… Bueno, tú ya me
entiendes. —Miró la puerta de salida
por encima del hombro.
No, no le entendía, pero no quiso
decírselo. No estaba el ánimo de él para
más conversaciones. Jaime se giró y la
dejó sola frente a unos papeles que ella
misma había elaborado, revisado, vuelto
a revisar y recontra revisado.
Sintió deseos de desobedecer a
Jaime como un acto de rebeldía, pero su
pundonor no se lo permitió. Así que, sin
ninguna necesidad, volvió la vista sobre
los puñeteros pedidos y se puso con
ellos de nuevo.
Al finalizar, estaba convencida de
que si le pusieran un examen sobre esos
condenados documentos, sacaría
matrícula de honor. Seguro.
Ya no tenía tiempo ni de lavabos ni
de nada. La reunión había comenzado y
ella ya llegaba tarde. Deseaba
desesperadamente que nadie, en
especial el nuevo jefe, se diera cuenta
de su retraso. Pero no fue así.
Marta inspiró tres veces antes de
atreverse a abrir la puerta del que ella
presentía, sería su potro de tortura
personal. Todo el personal estaba
reunido en la sala: los de mantenimiento,
los de almacén, los de compras, los de
ventas, los de personal, jefes… y los de
contabilidad. Bueno, de estos últimos no
todos. Faltaba ella.
Intentó hacer el menor ruido posible,
pero la puerta no estaba por la labor de
ayudarla a pasar desapercibida y chirrió
bien alto, delatora. Se quedó totalmente
quieta como si de esa manera, el sonido
desagradable que se había escuchado
fuera un sueño colectivo y no la puerta
que acababa de abrir. Pero no. Todos
giraron la cabeza a la vez para mirarla,
provocando que el corazón empezara a
martillearle locamente.
Cuando pensaba que su ritmo
cardíaco había llegado a su cenit, la
cosa empeoró potencialmente. Pablo
Álvarez, el ‘‘ogro’’, que tenía la vista
perdida entre el grupo de trabajadores,
giró sus ojos hacia ella en un gesto
claramente reprobatorio. La mirada del
jefe se clavó en la de la empleada
haciendo que se sintiera como la más
diminuta de las hormigas.
Si en un principio Marta se había
quedado totalmente estática, en ese
momento se convirtió en estatua de sal.
Ni el aire en sus pulmones se atrevía a
removerse. Su cara de terror fue
convirtiéndose en una máscara de
pánico, eso sí, con un descarado color
granate imposible de disimular ni
mezclándose entre la gente de la famosa
fiesta de la Tomatina.
––Srta. Martín ––la voz de Pablo
retumbó por toda la sala, y ¡eso que no
la había alzado lo más mínimo!—.
Celebro que haya tenido la amabilidad
de compartir un poco de su tiempo con
nosotros.
Marta quería contestar. De verdad
que quería. Pero su voz se negó en
rotundo a secundarla.
Él la seguía mirando y, conforme
pasaban los segundos, sus ojos se
convertían en bloques de hielo cada vez
más grandes. ¡Ríete tú del iceberg que
hundió al Titanic!
—¿No piensa compartir con el resto
el motivo que la ha tenido tan
sumamente entretenida como para
desobedecer una orden, sencilla por otro
lado, de sus jefes?
Y por culpa de esas palabras, Marta
terminó de bloquearse. Había perdido
de golpe toda la capacidad de hablar,
moverse, respirar y hasta de razonar.
—Srta. Martín, estamos esperando.
––¡Hala! ¡Venga! ¡Mejorando la
situación! Con cada palabra del ogro, la
joven, se iba petrificando más y más.
La situación hubiera resultado
cómica si la pobre Marta no hubiera
estado al borde del colapso. Pero lo
estaba, ¡vaya que si lo estaba!
—¿Srta. Martín? ––Tronó la voz de
Pablo con una mezcla de enfado y
ligeros toques de preocupación.
Quizá ese matiz fue el que consiguió
sacarla de su trance. Parpadeó un par de
veces y empezó a balbucear algunas
palabras sin sentido.
—¿Srta. Martín? ––El tono de Pablo
había cambiado totalmente al percibir
del grave problema en el que se
encontraba ella––. ¿Se encuentra bien?
—P..p..perdóneme ––pudo contestar
al fin con un suspiro de voz––. No era
mi intención llegar tarde —tartamudeó
nerviosa.
—Y, ¿qué la ha retenido? —Su voz
había cambiado. Ahora sonaba
amigable.
En ese momento, temió volver al
estado de catalepsia del que acababa de
salir, pero con una fuerza de voluntad
que ignoraba tener, consiguió responder
a su jefe.
—Tenía que repasar unos pedidos
—balbuceó.
—¿No lo había podido hacer antes?
—Alzó las cejas asombrado.
—Sí, sí señor, lo hice varias veces
—consiguió contestar a duras penas.
—¿Entonces?
—El Sr. Lorca ––al nombrarlo, le
buscó con la mirada––. Me pidió que
los volviera a repasar por si usted tenía
alguna pregunta que hacerme.
Los ojos de Pablo la abandonaron a
la velocidad de la luz para mirar con
disgusto al mencionado.
—Pero, no era necesario, ¿no? ––El
Sr. Álvarez sonó nuevamente duro
aunque, extrañamente Marta no se sintió
amenazada. Tuvo la corazonada de que,
en ese momento, no era ella el objeto de
su enfado ya que Pablo seguía mirando a
Jaime con puñales en los ojos.
—No, no señor. Los elaboré la
semana pasada y los había repasado
varias veces incluso hoy también lo he
hecho para asegurarme de que tuviera
usted todo en regla ––tímidamente, su
ánimo había mejorado un poco y su voz
parecía querer salir, aunque sin
demasiado éxito todavía.
E l ogro dulcificó su mirada al
posarla en ella y la volvió a recrudecer
cuando se enfrentó con el causante del
retraso de la chica.
—Jaime, Jaime… ¿Qué tienes que
decir al respecto?
Lívido como la nieve y furioso como
un tigre de bengala enjaulado, Jaime
escupía fuego por los ojos cuando miró
a su subordinada primero y a Pablo
después.
—Es que no me fío de ella, ¿sabes?
No siempre es muy rigurosa en su
trabajo y no quería que fallara hoy. ––El
vómito de hiel hecho palabras encogió
el alma de Marta.
Pablo notó la sacudida que había
causado en la joven la puñalada trapera
de Jaime. La miró comprensivamente
negando con la cabeza.
—Jaime, ¿me estás diciendo que la
Srta. Martín no cumple con sus
funciones correctamente?
Marta contuvo el aliento. La
expectación por la respuesta de Jaime,
la dejó aturdida. ¡Seguro que él se
desdiría de su comentario anterior!
Seguro. Jaime sabía que era buena en su
trabajo. No, buena no. Era mejor que
buena. Desde luego, ambos sabían que
era mejor contable que él. Era ella quien
llevaba realmente las cuentas de la
filial. Por eso, Marta confiaba en que
Jaime reculara. Le había confesado que
le quería hacía menos de 24 horas; que
lo encontraba encantador. Los dos
tenían claro las veces que le había
sacado las castañas del fuego. Le cubría
las espaldas cuando se retrasaba tras
una noche de juerga y ligoteo. Le…
—«Si» –– se autoconvenció–– «Jaime
rectificará. ¡Pues claro que lo hará!
No puede atacarme de esta
manera. Sabe que he sido yo la que
me he quemado las pestañas para
contabilizar esos malditos pedidos».
Pero no. Jaime se mantuvo en sus
trece.—
Sí, te lo digo —escupió dañino—.
Es descuidada, se olvida de sus
obligaciones y tengo que ir detrás de
ella para que haga el trabajo.
La conmoción golpeó, no solo a
Marta, sino a toda la sala. El murmullo
inicial fue convirtiéndose en un clamor
de indignación que situó a Jaime solo
frente a todos. Hasta Sonia, que era una
de sus más arracimas defensoras, se
sintió horrorizada ante su afirmación, sin
duda falsa donde las hubiera.
Pablo no daba crédito a lo que
escuchaba. Tenía referencias de Marta
Martín. Era muy meticuloso con su
trabajo y antes de comenzar en una
sucursal, se preparaba muy bien sobre lo
que se podía encontrar. Según los
comentarios, todos favorables, que
había escuchado, ella era realmente
buena y dudaba que esa fama fuera
desmerecida. La respuesta de sus
compañeros en la sala lo confirmaba,
así que, la calumnia lanzada por Jaime
le había dejado atónito.
Se giró hacia la estupefacta
muchacha y, por primera vez, se fijó en
ella. Era pequeñita. «Recogida» se dijo
apreciativo «¡Seguro que no me
llega ni al hombro! Pero tiene todas
las curvas necesarias en una mujer
y muy bien puestas, por cierto» —
observó para sí. La estudió con disimulo
pero detenidamente. Ojos oscuros
cubiertos por unas pequeñas gafas
naranja. Piel traslúcida más que blanca.
Labios perfectamente delineados… Su
melena corta le daba un aire de
soñadora, aunque su indumentaria era
más bien tirando a clásica… No, no era
una de esas mujeres que provocan que
los hombres se giren al verla pasar, no.
Pero tenía un rostro dulce y tranquilo, un
cuerpo mucho más que apetecible y su
cabeza, le constaba, estaba muy bien
amueblada.
—Creo que deberíamos mantener
una conversación los tres en privado ––
Pablo trató de calmar algo el ambiente
utilizando un tono conciliador––. Al
terminar aquí, nos reuniremos en mi
despacho. Ahora Srta. Martín tome
asiento y continuemos con lo que
estábamos.
Durante media hora más el nuevo
jefe estuvo explicando sus expectativas
mientras él estuviera al frente de la
delegación, escuchó propuestas,
iniciativas, rutinas… En definitiva, la
reunión fue un primer encuentro con el
que comenzar a asentar lo que sería, en
adelante, el rumbo de la empresa con él
al frente.
Al salir de la sala, y dada la hora
que se había hecho, todos se tomaron un
descanso para comer. Algunos llevaban
su fiambrera, otros se dirigieron al bar
de Gloria, de la que todos opinaban que
cocinaba como los mismísimos ángeles.
Los más potentados se fueron al
restaurante situado al final de la calle.
Entre estos estaban los jefes, claro.
—En serio Pablo, no sé qué coño ha
pasado ahí dentro con esos dos. ––Paco
Ruiz todavía no daba crédito a la
reacción de Jaime—. Normalmente,
Jaime y Marta se llevan muy bien. Lo
cierto es que a él le va genial lo
bonachona que es. ¡Pero si todo el
departamento de contabilidad lo lleva
ella sola! —Siguió Paco enfadado—. Es
una contable buenísima y una mejor
persona, no sé qué le ha podido pasar
por la cabeza para desacreditarla de esa
manera. ––Y si me apuras —frunció las
cejas— ¿por qué le hizo repasar los
pedidos que ya se había mirado ella
varias veces? No tiene ningún sentido,
de verdad.
—Bueno Paco, yo sí que tengo una
pequeña idea.
—Cuenta, cuenta.
—No, mi querido Paco —sonrío
palmeando su hombro—. Por muy jefe
de personal que seas, no te voy a revelar
mis sospechas hasta que tenga claro si
estoy o no en lo cierto.
—Llevo nueve años en esta empresa.
Cuando llegué ya estaban aquí tanto
Marta como Jaime y desde siempre, ha
sido Marta quién ha cargado con el peso
del trabajo. No sé cómo se lo monta
Jaime para que la central no note todas
sus carencias, la verdad.
—Quizás sí que se nota, ¿no crees?
—Alzó una ceja de forma enigmática—.
Puede que esa sea una de las causas por
las que estoy aquí. No la única, por
cierto —se apresuró a aclarar—. Pero
lo que sí te puedo decir es que, tal vez,
se empiece a sospechar que hay algo de
todo esto que no cuadra.
—¿Hablas en condicional?
—Venga, Paco, que se nota a la
legua que eres amigo de la Srta. Martín.
No voy a contarte más de lo que ya te he
explicado. ¿Qué tal si cambiamos de
tema y pedimos la comida?
—¡Veo que eres un hueso duro de
roer! —Se carcajeó—. Sí, tienes razón
soy amigo de Marta. Es fantástica.
Aunque en honor a la verdad, no tiene
demasiados amigos en la oficina.
—¿Por qué? —preguntó extrañado.
Le había parecido una chica afable.
—Es muy celosa de su intimidad. No
tiene una vida demasiado fácil y detesta
que la compadezcan. Y ¡ya está! —
exclamó dando una sonora palmada—.
Ya he hablado más de la cuenta. Es su
vida. Si ella quiere mantenerla en
secreto, no seré yo quién lo impida.
Pablo se quedó pensativo tras la
última revelación de Paco. ¿Por qué una
bonita mujer, amable y educada, no tenía
amigos en el sitio donde pasaba la
mayor parte del día? ¿Por qué decía
Ruiz que su vida era difícil?
Fijó la vista en el menú que tenía
delante dispuesto a elegir lo que iba a
comer. El resto hizo lo propio.
Enseguida se creó un ambiente relajado
y de cordialidad entre todos. Casi todos
en realidad. La cara de Jaime Lorca era
un poema cada vez que miraba con
disimulo al Sr. Álvarez. La
conversación que había mantenido con
él antes del comienzo de la reunión, no
había resultado agradable. En absoluto.
Pablo había insinuado que en la central
no estaban demasiado satisfechos con su
labor y eso le había puesto a la
defensiva. –– «Si el punto de mira
está puesto en Marta, mejor que
m e j o r » ––pensó. Si desviaba la
atención de Álvarez y la desacreditaba a
ella de un mismo golpe, él salía
ganando. La estrategia era perfecta. No
entendía qué había desbaratado su plan.
Pero lo que sí tenía más que resuelto era
que si alguien abandonaba la empresa en
el departamento de contabilidad, ese no
sería él. Por eso había intentado ponerla
en la palestra delante de Álvarez,
haciéndola llegar tarde a una reunión
que él había convocado especialmente y
para la que había exigido puntualidad y
asistencia obligada.
Para Jaime, Marta era boba. Fea.
Bueno, quizás fea no fuera la palabra
exacta, pero poco atractiva, sí.
Demasiado baja. Tetas demasiado
grandes. Culo enorme… Si la perdía de
vista no se iba a llevar un disgusto. ¡No
señor! Lo que sí lamentaba era que si
ella se iba, él tendría que hacer frente a
todo el trabajo, y no tenía muy claro si
sería capaz de hacerlo.
Pablo le observaba
disimuladamente. Si de algo se
vanagloriaba era de catalogar bien a las
personas, y ese tipo no era trigo limpio.
Se lo decían sus huesos. No podía
confiar en lo que dijera. Le parecía un
individuo hipócrita y… ¿peligroso? Tras
ese pensamiento sorprendente, siguió
comiendo y charlando amigablemente
con el resto, pero sin quitarle el ojo de
encima al jefe de contabilidad, tratando
por todos los medios que este no se
diera cuenta. Debía dejar que se sintiera
confiado.
Por su parte Marta se había quedado
en la salita común de la oficina. Como
casi todos los días, se había llevado su
fiambrera, ese día con el delicioso
estofado de carne con patatas que había
preparado la noche anterior, una naranja
y una botella de agua.
Aunque no era muy popular en la
empresa, o eso creía ella, la mayoría de
los compañeros habían ido a ofrecerle
su apoyo por el extraño suceso de la
reunión general. Incluso María Sans, la
ácida secretaria de Javier Simón, el jefe
de marketing, cosa que le sorprendió
sobremanera por que no era muy dada a
relacionarse con la chusma.
Los que compartieron la hora de la
comida con ella, no pararon de darle
ánimos y de aconsejarle que fuera fuerte
y decidida a la reunión que mantendría
un rato más tarde con los dos jefes, el
suyo directo, Jaime, y el que había ido
allí a ponerlos a todos firmes.
Marta sonreía agradecida. En sus
diez años en la empresa, no recordaba
un momento en que hubiera recibido
tanta atención por parte de todos. Pero
por desgracia, las palabras de ánimo,
las sonrisas y el apoyo que le dedicaban
todos, no le servían de mucho. Se sentía
completamente impotente por lo que se
le echaba encima. No se creía capaz de
enfrentarse a esos dos hombres seguros,
inteligentes, preparados, grandes y
guapísimos… Además, ¿cómo iba a
desmentir a Jaime, SU Jaime? Algo
había tenido que ocurrir para que
hubiera reaccionado así. Para que la
hubiera acusado tan injustamente…
Intentaba planear como encarar la
situación, pero no veía el camino a
seguir. Solo sabía que ella no había
hecho nada más que cumplir con lo que
Jaime le había pedido. Al fin y al cabo,
era su obligación. Él era su jefe, ¿no?
Poco a poco los trabajadores fueron
terminando sus refrigerios. Los que se
habían quedado en la oficina, recogieron
sus cosas y volvieron al trabajo. Los que
habían ido al bar de Gloria, regresaban
satisfechos, como siempre, por la buena
comida que habían disfrutado.
Solo faltaban los jefes.
Marta no dejaba de levantar los ojos
de su ordenador una y otra vez para
vigilar la puerta. Sabía que en cuanto la
cruzaran, se iba a desarrollar un
encuentro que dudaba fuera a ser
agradable en absoluto, al menos para
ella. El temido momento llegó algo más
de un cuarto de hora después de que
todo el mundo estuviera ya a lo suyo.
Marta se tensó de inmediato. Clavó su
mirada a la pantalla del ordenador y de
forma lentísima, se fue hundiendo en su
silla con intención de desaparecer del
ángulo de visión del ogro. Sabía que él
iba a llamarla a su despacho, pero, si no
la veía, tal vez se olvidara de ella.
¡Ilusa!
Los directivos se distribuyeron por
sus respectivos despachos. Solo cinco
minutos más tarde sonó el teléfono de
Jaime seguido del sonido de su silla
arañando el piso de forma violenta. Diez
segundos más tarde se abría la puerta de
su oficina y salía al encuentro del Sr.
Álvarez con cara de muy pocos amigos.
En ese momento sonó el teléfono de
Marta.
—¿Srta. Martín? ––La voz de Pablo
sonó alta y clara a través del auricular.
—¿Sí, Sr. Álvarez? —Marta volvió
a tropezarse con las palabras.
—Por favor venga a mi despacho
dentro de cinco minutos. Antes de hablar
con usted deseo mantener una charla con
el Sr. Lorca acerca de lo que nos ha
explicado esta mañana en la reunión.
Los pulmones de Marta estaban
vacíos de aire cuando contestó.
—De acuerdo Señor. En cinco
minutos estaré allí.
—Trate de no retrasarse esta vez ––
la firmeza en la voz no le dejó ninguna
duda de que era una orden en realidad.
—Allí estaré. No se preocupe.
—No soy yo quien debe
preocuparse, ¿no cree? —Afirmó con
rotundidad.
Marta no supo que contestar y
simplemente dejó su respuesta en el
aire.—
Hasta ahora, pues ––concluyo
Pablo.
¡Terremoto declarado en el estado
de Marta! No podía dejar de temblar.
Malo, aquello era muy malo. La muerte
la esperaba tras la puerta del despacho
del nuevo jefe. ––«Bueno» ––pensó
con el poco humor que le quedaba––
«así no tendré que enfrentarme a él
ni a Jaime».
Tres minutos más tarde, se dirigió
hacia el patíbulo. Se adelantó un poco
no fuera el caso que se retrasara y se
metiera en más problemas. Al llegar se
quedó en la puerta esperando el
momento justo para entrar.
Los dos minutos más amargos de su
vida. En esos dos minutos, toda su vida
se desmoronó.
No estaba preparada para escuchar
lo que estaba oyendo.
—…Incompetente. En serio Pablo,
la tengo en el departamento por pura
lástima.
—Pues todo el mundo coincide en
que es muy buena en lo suyo.
—Bueno, no lo hace mal, pero si no
estoy yo allí para supervisar… ¿qué
quieres? No estoy seguro de que el
trabajo esté del todo bien hecho.
—Los de Murcia y Sevilla ––Pablo,
que empezaba a impacientarse con los
comentarios de Lorca, no paraba de
girar la pluma entre sus dedos. Estaba
deseando enfrentar cara a cara a esos
dos––. Hablan maravillas de ella.
—Porque no la tienen que sufrir. Es
lenta e ineficaz… ¡No sé qué sería de
ella en otra empresa! —Se encogió de
un hombro para enfatizar sus palabras.
—Entonces, ¿por qué no te has
desecho ya de ella? Después de diez
años, has tenido tiempo de moldearla a
tu gusto o echarla si no conseguías de
ella lo que esperabas, ¿no crees?
—Sí, tienes razón pero me daba
lastima la pobre. ¿Dónde iban a
contratarla?
—Ese no era asunto tuyo.
—Ya, pero soy buena gente y no
quería dejarla en el paro.
—¿Y no crees que el hecho de que
no haga bien su trabajo es un fracaso
tuyo?—
¿Mío? ––El asombro de Jaime
sonó genuino––. ¿Por qué iba a ser yo el
culpable?
—¿No la aleccionaste bien, tal vez?
—Ella debía venir ya instruida de la
facultad, ¿no? ––Sin darse cuenta, Jaime
iba cavando lentamente su propia
tumba––. Para eso fue allí.
—Tú, ¿a qué facultad fuiste? Tal vez
la suya no era tan prestigiosa como la
tuya —ironizó Pablo.
—Yo no necesité ir a la universidad
––afirmó categórico.
—¡Ah!, ya veo.
—Además, es patética ––cargó de
nuevo para distraer la atención que se
había creado en torno a sí mismo.
—¿Cómo? ––La desfachatez

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------