---------------

Libro PDF Conversaciones con Goethe Johann Peter Eckermann

Conversaciones con Goethe  Johann Peter Eckermann

Descargar  Libro PDF Conversaciones con Goethe  Johann Peter Eckermann


las otras personas, al mundo. Podemos
referirnos a estos variados hechos con
la expresión «poder significador» de
las palabras. Metamorfosis decisiva:
ese raro «poder» convierte a una
aburrida cadena de sonidos en un
lenguaje aclarador, apasionado,
insustituible.
Notoriamente, este «poder
significador» posee diferentes
funciones. Se adelantó: con el lenguaje
se configuran las experiencias y se las
trasmite. Me interesa detenerme, sin
embargo, en dos atributos generales de
ese «poder» en relación con las
conversaciones.
En primer lugar, cualquiera sea el
tipo de conversación —desde la charla
más chismosa y envenenadora hasta el
intercambio científico más severo e
imparcial; de la negociación más dura
y práctica a la reflexión más
desinteresada y contemplativa…— y
cualesquiera sean las intenciones que
operen, el poder significador tendrá, de
modo inevitable, una dimensión
personal. Esa dimensión es la cofunción
que acompaña a todas las otras
funciones (configurar experiencias,
trasmitirlas…) del lenguaje. Por
ejemplo, quien escucha con atención
reafirma, en principio, a su
interlocutor: al menos, lo elimina como
«nadie» y lo reconoce como «alguien».
Lamentablemente, en segundo
lugar, el poder significador posee
ambigüedad sistemática: con las
palabras articulamos las experiencias
y, también, se las deforma o sabotea;
trasmitimos informaciones verdaderas
y falsas; sinceramente nos confesamos
y nos encubrimos con engaños. De ahí
la prudencia de pedir:
Ten cuidado con las palabras.
Y lo pedimos en el doble sentido de:
cuidar a las palabras y de cuidarse de
ellas.
Sin embargo, a solas una palabra
carece de poder. Las palabras dejan de
ser meros sonidos y se convierten
propiamente en nuestras herramientas
más ineludibles al formar parte de un
habla, y de entre todas las formas de
habla ninguna tan básica —porque tan
originaria y frecuente— como
conversar. ¿Qué quedaría de una
persona a quien se le despojara de sus
pasadas y presentes conversaciones, de
su conversar con los otros y consigo
misma?, ¿qué sobrevive de la vida
social si eliminamos ese murmullo
variopinto e infinito? Sin embargo, no
olvidemos la ambigüedad sistemática
del poder significador. De ahí que no
sólo sea prudente sino que urja pedir,
en particular:
Ten cuidado con las
conversaciones.
De nuevo, lo pedimos en un doble
sentido: hay que cuidar a las
conversaciones y hay que cuidarse de
ellas. Porque a veces habito en las
conversaciones: son la casa en la que
crezco, en la que se me ampara y me
educo, y se me reconoce y me
reconozco. No obstante, en otras
conversaciones también se me
adoctrina y me adoctrino, se me tortura
y me torturo, se me esclaviza y me
esclavizo, en fin, se me desconoce y me
desconozco: son mi prisión.
II
Las Conversaciones con Goethe de
Johann Peter Eckermann se publicaron
en 1836, en Leipzig. Y resultaron (¿o tal
vez sólo nos resultan a algunos
malpensados de entre nosotros?) su
casa y, a la vez, su buscada prisión.
Pero estoy corriendo. El éxito de los
dos tomos fue rápido y vasto, lo que
llevó a Eckermann a elaborar un
tercero a partir de notas inéditas
propias y de los apuntes que su amigo
Soret puso a su disposición; este tercer
tomo apareció en 1848. ¿De qué se
habla en esa compleja trama de
conversaciones?
Literalmente: de «todo». De poesía
y de teatro; de Schiller, de
Shakespeare, de Molière, de Byron, de
Voltaire, y… «hasta» de Lope y
Calderón: de la Weltliteratur, la
«literatura del mundo»; de política, del
rechazo a la Revolución Francesa, de
Napoleón, a quien, con pompa,
describe como «compendio del
mundo»; de pintura, de la ciencia de
los colores y de su aversión a Newton
(«a uno le cuesta trabajo creer el daño
que puede llegar a realizar un valioso
cerebro cuando se empeña en el
error»), de la naturaleza; de todos los
pequeños y grandes asuntos de la vida,
sin excluir los rumores y las
complicidades cortesanas. Sin
embargo, en el ir y venir de las
palabras —no pocas veces agudas y
brillantes—, a contraluz pero con
cierta nitidez… empieza a confirmarse
la inquietante ambigüedad de las
conversaciones respecto de su
dimensión personal.
Ah… por supuesto Eckermann lo
negaría: habría protestado con toda la
terquedad y el entusiasmo que solían
acompañarlo, que no eran poco.
¿Acaso se insinúa que en este
«sublime» conversar —el gastado
adjetivo es insustituible— con el viejo
poeta haya habido algo más que un
reconocerse mutuamente, y para
Eckermann un sentirse elegido,
iluminado y como transportado por la
figura de Goethe en su espléndida
ancianidad? ¿Qué torcido contrapunto
se busca trazar en los márgenes, o en
los pliegues, de esta «novela
romántica»? ¿Qué bajezas, qué impías
suciedades se quiere borronear?
En la presentación, o prólogo, con
razón Eckermann no señala a la
estatua de Goethe, a la identidad
homogénea e inmóvil del mármol, sino
al hombre Goethe con la compleja y
tensa identidad de un tapiz de muchos
hilos, y de demasiados colores y
dibujos, previsiblemente no todos en
armonía. (Tal vez para que la analogía
fuese más adecuada habría que pensar
en un tapiz cambiante o, más bien, en
incesante movimiento). Eckermann
indica que Goethe, a veces:
concede la mayor importancia a los
materiales que el mundo exterior ofrece
al poeta, y en otros al mundo interior de
éste; unas veces la salvación ha de
encontrarse en el objeto y otras en la
manera como el objeto sea tratado; luego
declara que la belleza ha de estribar en
una perfección formal, y más tarde afirma
que en el descuido en la forma, para
radicar sólo en el espíritu.
Pequeñas variaciones, se observará,
cambios nimios y circunstanciales de
opinión o de sentimiento: aires que el
viento de cada día lleva y trae. De
acuerdo: pero son muy buenos indicios
de ese plural de voces conversando —y
a veces gritándose entre sí, y hasta
insultándose a muerte— que es cada
persona. Luego, en la «Introducción»
Eckermann comienza por contarnos su
vida y sus ambiciones. Quiere llegar a
ser un gran escritor. La narración es
larga y minuciosa, como de antemano
rogándonos: cuando comiencen a
prestar toda la atención a Goethe
tengan un poco presente que yo he sido
y soy; por favor, no se olviden de mí;
de mí que también soy y procuro seguir
siendo y, por eso, escribo.
De este modo, en este comienzo,
Eckermann procura aferrarse a lo que
podríamos llamar el «imperativo de
sobrevivencia». Cuidado, que ese
imperativo se dice de muchas maneras:
en las diferentes situaciones y para las
diferentes personas posee significados
e implicaciones diferentes. Para
Eckermann se trataría de pensarlo, y
de vivirlo, en tanto «imperativo de
sobrevivencia en situaciones
radicalmente asimétricas». En este tipo
de situaciones —tan propicias a los
desatinos— ese imperativo recuerda y,
sobre todo, me recuerda:
Ni el tú, pese a su grandeza, agota el Todo,
ni el yo, pese a sus limitaciones, es Nada.
O, si se prefiere, tal imperativo en
cualquier situación de alarmante
desigualdad —y hay tantas variedades
de ello, trágicas e involuntarias, pero
también buscadas y hasta cómicas—,
pide:
No sucumbas a la tentación de la
impotencia.
¿Logra el buen Eckermann, ante la
avasallante presencia de Goethe, ya no
sólo cuidar a sus conversaciones sino
también cuidarse de ellas: no acallar
aquello que dice para él el imperativo
de sobrevivencia?
III
Me detengo —no sin alguna bajeza, se
atacará— en pequeños encuadres que a
veces se insinúan de ese drama casi
invisible, «a contraluz pero con cierta
nitidez», que subyace a este conversar.
El miércoles 11 de junio de 1823,
Eckermann anota con júbilo apenas
reprimido:
Esta mañana recibí otra vez una
invitación para visitar a Goethe, por
medio de una tarjeta escrita por él mismo.
Pasé con el poeta más de una hora.
El apunte de esos detalles no podría
ser más banal. No obstante, importa
porque se está fraguando el comienzo.
¿De qué? Por lo pronto, de un vínculo
fecundo o, más bien, de una admiración
sin límites. También de otras muchas
cosas, por ejemplo, de un proyecto de
escritura y, ¿por qué no decirlo?, de
una seducción parsimoniosa. El jueves
19 de junio escribe Eckermann:
Me sentí muy agradecido hacia Goethe
por la solicitud que me demostraba, y me
llenaba de satisfacción, más que ninguna
otra cosa, comprobar que el gran poeta
me contaba entre los suyos y que como a
tal querría tratarme.
El demasiado agradecimiento y la
demasiada satisfacción, como todo
exceso, suelen confundirnos. Sobre
todo, conforman malos comienzos. Sin
embargo, nos equivocamos si
pensáramos que la construcción de este
vínculo proviene de un solo

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------