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Libro PDF Crímenes Imperfectos El Club de Lectura Mario Escobar

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Shelley insistió en llevarla en su coche. De Baltimore a Nueva York había más de tres horas, pero harían una pequeña parada en Philadelphia para interrogar a Mark
Sullivan, el amigo escritor de Rosemary. El hombre vivía en una casa a las afueras de la ciudad en Cherry Hill. Mark se había convertido en los últimos años en el autor
más exitoso de novelas paranormales de terror y policíacas. Para muchas de sus fans era además un soltero de oro. A sus cuarenta años permanecía soltero y, por lo que
Grace había visto en las fotos de su perfil oficial de Facebook, se conservaba francamente bien.
—Me encanta conducir —comentó Shelley sin dejar de mirar la carretera.
—A mi me produce cierto temor. No puedo evitarlo…
—Creo que todo es cuestión de práctica. Muchas veces nos empeñamos en dominar algo de inmediato, pero la conducción es el resultado de la suma de seguridad,
experiencia y paciencia —sentenció la abogada.
—Creo que no tengo ninguna de esas tres cualidades —dijo sonriente Grace.
—Pero, ¿nunca conduces?
—Sí, pero únicamente si no puedo evitarlo.
La Interestatal 95 discurría por los hermosos bosques del estado de Maryland y Pennsylvania, hasta llegar a Nueva York. El paisaje invernal no era tan bello como en
verano o en otoño y la nieve cubría a ratos los arcenes de la carretera, pero el viaje fue apacible y cómodo a pesar del tráfico. Se desviaron justo antes de llegar a
Philadelphia y abandonaron la autopista para entrar en las más rural y tranquila zona de Cherry Hill, que pertenecía a Nueva Jersey. El móvil les indicó exactamente el
lugar de la casa y después de recorrer un sendero casi tapado por las hojas llegaron a una gran casa de madera en mitad del bosque.
A Grace le extrañó que no hubiera verjas ni ningún otro sistema de seguridad. Escritores como Stephen King se habían quejado del acoso de algunos lectores, pero Mark
Sullivan parecía vivir tranquila y apaciblemente en aquel hermoso lugar.
En cuanto el coche pisó la gravilla de la entrada la puerta principal se abrió y un hombre de mediana edad, de pelo rubio y blanco les salió a recibir. Mark llevaba un
bigote poco poblado y una perilla cana, pero vestía tan informal como un leñador de los bosques de Maine antes de ir a tomarse la última cerveza de la jornada.
—Señoritas Nell y Sanders, les doy la bienvenida a mi humilde hogar —dijo el hombre acercándose hasta el coche.
—Gracias por recibirnos —comentó Shelley dando la mano al hombre.
—¿Usted es Grace Sanders? Sigo su trabajo, llevo años apoyando la abolición de la pena de muerte. Creo que es una de las reminiscencias del Viejo Oeste. Un país
civilizado no puede freír a sus reos —comentó el escritor.
—¿Le molesta el coche?
—No, déjelo en la entrada. No recibo muchas visitas. El correo lo dejan a un par de kilómetros y es una de las mejores excusas que tengo para caminar un poco. La vida
del escritor es muy sedentaria. ¿Pasarán la noche en la ciudad?
—No, después de hablar con usted saldremos para Nueva York. Esta noche cenaremos con dos de las componentes del club de lectura y mañana veremos a otra más.
—Benditos clubes de lectura. Los escritores los amamos y odiamos a partes iguales. En cierto sentido es como si te metieran en un quirófano y te operaran sin anestesia
—bromeó Mike.
Entraron en el inmenso recibidor de suelo de madera oscura y escalinata con una bellísima baranda oscura. La casa, a pesar de ser moderna, imitaba el estilo gótico de las
primeras mansiones victorianas que habían dominado aquellos vastos territorios. Grace pensó que Mike intentaba ambientarse viviendo en lugares parecidos a los que
se desarrollaban sus novelas. Aún recordaba alguna de ellas, las había leído en los períodos de vacaciones mientras estudiaba en la universidad.
Llegaron a una amplísima biblioteca. Mike invitó a las mujeres a sentarse en un suntuoso sillón de piel color burdeos y él se sentó en una butaca alta de terciopelo rojo
con tachuelas doradas.
—Todavía echo de menos a Rosemary. Llegamos a ser buenos amigos. En esta profesión uno no suele mantener relaciones duraderas y profundas. Los escritores somos
algo envidiosos, no soportamos fácilmente el éxito ajeno aunque nosotros mismos lo tengamos. Además, después de los últimos años, muchos compañeros y
compañeras han dejado la profesión. Algunos para regresar a la docencia y otros muchos para continuar con sus tranquilas y apacibles vidas.
Grace se sorprendió de la negativa visión que transmitía aquel hombre sobre la vida de un escritor, y eso que a él parecía irle francamente bien.
—Rosemary era una de las mejores. Su único problema era que llevaba más de una década con los mismos protagonistas y estaba dispuesta a comenzar una nueva saga.
Eso no se lo perdonaron sus lectores. Si esa loca no la hubiera asesinado, seguramente los lectores acabarían por darle la espalda. Ahora mi amiga es una leyenda del
género. ¿Saben? La muerte de un escritor es su mejor negocio. Por alguna extraña razón los lectores apoyan a los escritores muertos.
Grace se había percatado de aquel fenómeno, aunque imaginaba que la mayoría de los escritores preferían vivir a morir consagrados en medio del aplauso y el
reconocimiento de la crítica.
—Perdonen, creo que les estoy aburriendo con mis comentarios. No viene mucha gente por aquí y cuando me pongo a hablar —advirtió el hombre—. ¿Quieren tomar
algo?
El escritor llamó a su asistenta y pidió que trajera un té con algo dulce.
En aquel momento Grace se dio cuenta del hambre que tenía. No había desayunado nada desde la siete de la mañana y ya eran casi las tres de la tarde.
—Ya sabrá que representamos a Lawanda Davies. Tenemos algunas sospechas. Creemos que nuestra defendida no asesinó a su amiga y que, si lo hizo, no perpetró el
crimen sola —comentó Shelley.
El hombre se puso de pie y caminó por la sala, como si aquel comentario lo hubiese inquietado. Se detuvo frente a una estantería.
—Sé perfectamente a qué se refieren —comentó. Extrajo un libro de uno de los estantes y lo depositó en la mesita enfrente de las dos mujeres.
Grace alcanzó a leer el título de la portada: Miss Marple y trece problemas. Era una novela de Agatha Christie.
—No le entiendo —dijo Shelley, mirando al hombre con los ojos muy abiertos.
—¿No ha leído el libro? Son trece historias en las que los componentes del Club de los Martes narran a la protagonista varios relatos de crímenes y ella debe resolverlos.
Creo que tiene que ver con el crimen de Rosemary —dijo el hombre muy serio.
—¿Por qué? —preguntó Grace.
—Creo que en los últimos años Rosemary estaba algo bloqueada, el Club de Lectura de Central Park le sirvió para tener una especie de nicho de ideas, pero el día que
murió decidió comentar a sus componentes que ya no sacaría más libros sobre la misma protagonista. De hecho, había anunciado un nuevo libro de una temática
diferente. Imagino que a los miembros del club no les gustó mucho la idea.
—¿Quiere decir que esa gente la ayudaba a crear historias? —preguntó Grace.
—En cierto sentido. Rosemary las retocaba y completaba, pero la idea siempre era de alguno de los miembros del club. Una semana antes había visto a mi amiga y
parecía realmente nerviosa. Los miembros del club ya sabían de su cese por un correo electrónico que les había enviado, pero ella accedió a verles por última vez. En
aquel momento se sentía de nuevo viva y en plena etapa creativa.
—¿Piensa que alguno de los miembros del club no quiso que dejara sus historias y por eso la mató? —preguntó Shelley.
—Me temo que fue algo un poco más complejo. Rosemary se convirtió en la última historia del club de lectura. Fue el libro inédito del Club de los Martes.
CAPÍTULO 4
Grace y Shelley salieron de la mansión de Mike Sullivan con más preguntas que respuestas, pero también con la certeza de que las dos miembros del club con las que se
reunirían podrían aclarar muchas cosas. Pararon en una estación de servicio a una hora de Nueva York y tomaron unos sándwiches mientras Grace se descargaba el libro
de Agatha Christie. No creía que resolviera nada, pero al menos entendería la dinámica de las reuniones.
—No creo que lo que nos ha contado el señor Sullivan tenga ni pies ni cabeza. Es posible que esas lectoras se reunieran para dar ideas a Rosemary, pero no entiendo qué
tiene eso que ver con su muerte.
—Puede que tengas razón, Shelley, pero no podemos descartar ninguna hipótesis, por increíble que pueda parecernos. Rosemary se sentía nerviosa al tener que
enfrentarse a un grupo que en los últimos años le había servido de inspiración para continuar con su carrera. Aquel grupo se contentaba con mantener vivo a su
personaje favorito, en el fondo la escritora era un mero instrumento, pero cuando ella se negó a continuar decidieron asesinarla. Creo que tiene sentido —comentó Grace.
—¿Piensas que fue un asesinato en grupo?
—El ritual en la granja da a entender que hubo más de un asesino. Seguramente quisieron estenografiar el último libro que la escritora no estaba dispuesta a escribir por
voluntad propia.
—Será mejor que continuemos e intentemos llegar para la cena. Será difícil que confiesen su crimen, pero tal vez logremos conocer un poco mejor a nuestra defendida.
Lawanda es una pobre víctima. Estoy segura de ello.
Mientras se aproximaban a Nueva York Grace no dejaba de dar vueltas a todo aquel asunto. En menos de media hora verían a Mary Orange y a Elisabeth House. Eran
dos de las miembros más veteranas del club de lectura y seguían reuniéndose todos los martes por la tarde en la misma escuela pública en Manhattan. Las dos mujeres
habían elegido un restaurante muy próximo al club, lo que permitiría a Grace ver la sala en la que se reunían y el aparcamiento.
Afortunadamente los accesos al centro estaba despejados; los grandes atascos se producían a la salida de la ciudad. No tardaron mucho en llegar a la calle 104 Este de
Manhattan. En la parte baja de una pequeña escalinata que daba a un patio enrejado se encorvaban dos mujeres de algo más de sesenta años. Vestían de modo muy
formal, parecían dos entrañables abuelas que llevaran a sus nietos a la escuela.
—Buenas tardes —dijo Shelley al llegar al pie de las escaleras.
—Buenas tardes —contestaron casi al unísono las dos mujeres.
—Antes de ir a cenar, me gustaría ver su sala de reuniones y dónde aparcaba Rosemary su coche —pidió Grace.
—Sí, claro. Para nosotras esta es nuestra segunda casa —comentó Mary.
Las cuatro mujeres cruzaron el patio y entraron por la puerta principal. Luego recorrieron varios pasillos de la primera planta hasta una ala del edificio. Mary abrió la
puerta con una llave y entraron en un aula infantil que normalmente se utilizaba para asignaturas especiales. En un lado había una mesita y seis sillas.
—Esta noche, después de la cena, tendremos una reunión —comentó Elisabeth.
Grace echó una rápida ojeada a la sala. Tenía bastante luz exterior, parecía acogedora y silenciosa. Uno apenas imaginaba que se encontrara en el centro de una de las
ciudades más ruidosas del mundo.
—¿Y Rosemary venía todas las semanas? —preguntó Grace.
—Estuvo un tiempo haciéndolo, mientras sufrió su bloqueo literario. Siempre comentaba que nosotros la inspirábamos, pero más tarde, cuando comenzó con su nuevo
libro y con otro personaje, desapareció durante meses —le explicó Elisabeth.
—¿Tuvo algo comportamiento extraño aquel día? —preguntó Shelley.
—Bueno, los escritores no son personas muy normales. Tienen algo de extravagantes, pero es cierto que ese día estaba visiblemente nerviosa. Rosemary era una
persona solitaria, no tenía ni familia ni demasiados amigos y estaba atravesando la crisis de los cuarenta. Cuando eres consciente de que los mejores años de tu vida ya
han pasado y comienza la decadencia física e intelectual de tu cuerpo —dijo Mary.
—Creo que exageras un poco. Rosemary siempre había sido algo pesimista y negativa, pero no creía que se encontrara acabada… aún le quedaban muchos y muy
buenos años por delante —le respondió Elisabeth.
Mary refunfuñó un poco, después salió del cuarto y llevó al grupo a la salida trasera de la escuela. Atravesaron un minúsculo parque y entraron en un parking abierto,
donde solían dejar sus coches el director y algunos profesores.
—Por la tarde siempre podía encontrar aparcamiento aquí. Después salía sin problemas hasta su casa en Nueva Jersey. Durante mucho tiempo vivió en la ciudad, pero
en aquella etapa comentaba que necesitaba más espacio, estar en contacto con la naturaleza —le explicó Mary.
Grace apenas la escuchaba. Intentó imaginarse la escena. El aparcamiento a oscuras, la calle solitaria. Una persona la esperaba dentro del vehículo, y tras reducirla la
llevó hasta una granja a más de tres horas de allí. ¿Por qué?, se dijo mientras las otras mujeres salían a la calle principal.
—Hay un restaurante de comida mexicana muy cerca, en la Avenida Lexington —dijo Elisabeth.
—Perfecto, me gusta mucho la comida mexicana —contestó Shelley.
Las cuatro mujeres caminaron un par de minutos antes de ver el pequeño local con la entrada cubierta de flores. Grace se giró y dijo a las mujeres:
—Disculpen, regreso enseguida. Creo que me he dejado algo en la clase.
—¿Quiere que la acompañé? —preguntó Mary.
—No hace falta. Regreso en un minuto.
Grace corrió hacia el aparcamiento y miró de nuevo a la fachada. Comprobó que había otra salida justo enfrente de la del pequeño parque de juegos.
CAPÍTULO 5
Las cuatro mujeres charlaron de diferentes temas antes de regresar al asesinato de Rosemary. Por lo visto las dos mujeres eran enfermeras en el Hospital Roosevelt
desde hacía más de treinta años. Siempre habían sido amigas y eran las fundadoras del club de lectura.
—¿Por qué comenzaron a reunirse? —preguntó Grace después de saborear el postre.
—Éramos muy jóvenes. Teníamos que hacer guardias interminables, pero durante los pocos tiempos de tranquilidad que teníamos en el hospital leíamos. Comenzamos
a leer los mismos libros para poder comentarlos, más tarde se lo dijimos a algunos compañeros del hospital y otros amigos. Una de la componentes del club de lectura
tenía a sus hijos en la escuela y nos prestaron un aula los martes por la tarde. Como verá, nada extraordinario —comentó Elisabeth.
—¿Cuándo conocieron a Rosemary? —preguntó Grace.
―Creo que en el año 2001 ó 2002. Había escrito su tercer libro sobre Anna Monroy, la detective que la hizo tan famosa. La invitamos, con pocas esperanzas de que
aceptara, pero lo hizo. En aquel entonces vivía a pocas manzanas de aquí, en un apartamento humilde. Antes de dedicarse a la literatura trabajaba en las oficinas de una
gran empresa, creo que venía de Maine, vivía con su madre hasta que esta falleció, hace bastantes años —contestó Mary.
—¿Cómo era el resto de los miembros del grupo? —preguntó Shelley.
—Amigos y compañeros de confianza. Los dos únicos que ya no se reúnen son John Book y Lawanda —contestó Mary.
Grace tomaba algunas notas y su compañera intentaba que las dos mujeres no se pusieran a la defensiva, intercalando algunos comentarios triviales sobre los libros o la
ciudad de Nueva York. No obstante, llegadas a ese punto ambas sabían que era un buen momento para preguntar por Lawanda.
—¿Cuándo conocieron a Lawanda? —preguntó Grace.
Se hizo el primer silencio largo desde que estaban juntas. Las dos abogadas imaginaron que para el grupo era un tema tabú. Aquella amiga y compañera del club
supuestamente había acabado con la vida de una de sus escritoras fetiches, además de poner la sombra de la duda sobre el resto del grupo. Era cierto que ya había
pasado mucho tiempo, pero para el club cada semana parecía exactamente igual, como si se tratara de un ritual repetido infinitas veces.
—A Lawanda la conocimos seis meses antes. Trabajaba en una biblioteca pública cercana. A veces yo acudía allí para tomar prestado algún libro. Le comenté lo que
hacíamos y me pidió poder participar. Era una gran admiradora de Rosemary. Vino un par de veces y terminamos aceptándola como miembro del club. Seguramente fue
un error, pero ninguna de nosotras podía sospechar lo que iba a suceder unos meses más tarde —dio Mary algo apesadumbrada, como si en parte se sintiera culpable
por lo sucedido.
—Usted no podía imaginar lo que sucedería —la excusó Grace.
—Lawanda era una muchacha muy reservada. Apenas hablaba con el resto, pero conocía casi todos los libros de misterio y terror escritos en inglés. Traía nuevas ideas
para hacer y se comportaba siempre con corrección. Tenía algunos comportamientos extraños, pero esto es Nueva York y no se juzga a la gente —comentó Elisabeth.
—¿En algún momento creyeron que sería capaz de hacer una cosa así? —preguntó Shelley.
—¡No, por Dios! Lawanda parecía una joven muy tranquila. El crimen fue terrible. Todas esas mutilaciones, el rostro desfigurado… que le cortaran las manos y los
pies… —dijo Elisabeth con cara de asco.
—No parece demasiado fuerte para transportar a Rosemary hasta aquella granja y producirle todas aquellas heridas, además de las amputaciones —comentó Grace.
—Tal vez la trastornaron todos esas novelas de terror y misterio. Algunas personas pierden el sentido de la realidad —dijo Elisabeth.
Grace miró a las dos mujeres. Creía que eran sinceras, pero era el momento de hacerles una pregunta que podía terminar con toda la cordialidad con la que las habían
tratado hasta ese momento.
—¿Conocen el libro de Agatha Christie, Miss Marple y trece problemas?
—¿Se refiere al Club de los Martes? —preguntó a su vez Mary.
—El mismo —dijo Grace.
—Todos los aficionados al misterio conocen ese libro. Fue el primero en el que apareció Miss Marple. Un grupo de amigos se reúne cada semana, en concreto los
martes, para resolver algún crimen que haya quedado sin explicar. Naturalmente, la protagonista adivina todos los acertijos —dijo Elisabeth.
—¿Ustedes crearon un club parecido para ayudar a Rosemary a buscar nuevas historias?
Las dos mujeres se miraron por unos momentos antes de contestar a Grace, después Mary frunció los labios y dijo en tono áspero:
—No, señorita Sanders. Simplemente hablábamos de libros e invitábamos a escritores. Lo que hace un grupo normal de lectura.
Grace supo en ese mismo instante que estaban mintiendo y que por primera vez en toda la investigación se acercaban a la verdad, una verdad que hasta ese momento no
había salido a la luz.
CAPÍTULO 6
Cuando llegaron al hotel Shelley no pudo evitar sentir curiosidad sobre las preguntas de Grace.
—¿Por qué les hiciste esas preguntas tan extrañas? ¿De verdad regresaste a la escuela a por algo que se te había olvidado?
Ya estaban frente a las puertas de las habitaciones. No era el mejor momento para hablar del tema y Grace se disculpó, prometiendo a su compañera que al día siguiente
hablarían sobre el tema.
En cuanto cerró la puerta tras de sí tuvo la sensación de que su compañera sabía más de lo que mostraba con sus comentarios. A Grace le extrañaba que tras tantos años
de investigación Shelley no hubiera llegado a conclusiones similares. Pero, si lo había hecho, ¿por qué no le había contado nada? Si de algo estaba convencida era de que
aquella abogada no era negligente, ni se dejaba embaucar fácilmente.
Se quitó la ropa, se puso cómoda e intentó exponer todas sus ideas sobre el informe. Por un lado había una supuesta asesina que no quería la absolución y aparentaba un
carácter débil y manipulable. Las dos fundadoras del club, en cambio, se mostraban seguras de sí mismas, controladoras y capaces de ocultar sus sentimientos. Además,
el comentario del amigo de Rosemary la hacía sospechar que el Club tenía una relación especial con la escritora que parecía trascender la típica admiración de los
lectores. Había varias cosas que no encajaban, como el transporte del cuerpo a otro estado, las mutilaciones o el carácter ritual del crimen.
A la mañana siguiente visitarían a otros de los componentes del club y luego regresarían a Maryland. Debían ver a los investigadores y reunirse de nuevo con Lawanda.
Intentó dejar sus conclusiones para más adelante. Después miró el correo electrónico. Acababa de recibir el informe de su amiga de chat: había decidido defenderle a
pesar de mantener una relación virtual con ella muy poco sincera, pero eso tendría que esperar a que resolviera este caso. También había un par de correos de su jefa
Glenda y un par de mensajes de sus padres en el móvil. No se sentía con fuerzas para contestar a ninguno de ellos. Uno de los efectos que producía en ella los viajes era
que acrecentaba aún más su sensación de soledad. Sabía hacer lo correcto y amaba profundamente su profesión, pero no tenía nadie con quien compartirlo.
Se tumbó sobre la cama, se tapó con el edredón y hojeó el libro que se había bajado sobre el Club de los Martes. Leyó un par de relatos antes de quedarse
profundamente dormida.
A la mañana siguiente se sentía mucho más animada. Por un lado veía con más optimismo la liberación de Lawanda. Las pruebas no eran tan contundentes. El móvil era
demasiado vago y las pruebas circunstanciales. No estaba probado del todo que el arma encontrada en su casa hubiese sido la utilizada para el asesinato. Los restos de
Lawanda en el coche podían deberse a que en alguna ocasión hubiera subido a él. La declaración de culpabilidad tenía más que ver con la presión psicológica ejercida
sobre ella que con una confesión sincera de autoinculpación.
Tomó una relajarte ducha y se vistió mientras contemplaba la ciudad de Nueva York a sus pies. Después de graduarse barajó vivir allí por un tiempo, pero lo único que
podía ofrecerle «la Gran Manzana» era dinero, y eso era lo que menos le interesaba en aquel momento.
Shelley le mandó un mensaje comunicándole que no podría unirse al café que tenían previsto con el otro miembro del club a las once de la mañana, por lo que se verían
para la comida antes de regresar a Maryland. Grace se sintió casi aliviada: deseaba hablar con franqueza con aquel tipo, y pensaba que la presencia de la abogada podía
intimidarle.
Grace agarró su maletín y se dirigió a la cafetería, situada muy cerca del hotel. Se limitó a caminar durante un rato y después entró en el local. No tenía muy claro el
aspecto del hombre. Sabía que tenía entre cincuenta y sesenta años, que era blanco y que también trabajaba en el hospital de Mary y Elisabeth.
En una de las mesas que daba a la gran vidriera había un señor vestido con corbata y chaqueta, completamente calv

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