---------------

Libro PDF Cuentos completos Juan Carlos Onetti

Cuentos completos  Juan Carlos Onetti

Descargar  Libro PDF Cuentos completos  Juan Carlos Onetti 


nosotros ni de ningún testigo para existir. Esas
formas supremas del arte crean a su alrededor
como un espacio íntimo, como una campana de
cristal en la que es preciso encerrarse a solas para
comprenderlas: delimitan el espacio y el tiempo
alrededor de ellas mismas.
Igual sucede con Onetti. La atención normal,
siempre algo distraída, que dedicamos a los
libros, incluso a algunos de los que más nos
gustan, no sirve delante de los suyos. A Onetti hay
que leerlo tensando hasta un grado máximo las
destrezas usuales de la lectura, igual que se
escucha una música de la que no hay una sola nota
que no importe o que se vive un encuentro
memorable del que uno quiere apurar sin
distracción cada segundo: sus páginas no se agotan
nunca, y cada frase vuelve a surgir con tal
delicadeza y poderío, con una intensidad tan
exaltadora o tan insoportable, que siempre nos
parece estar leyéndola por primera vez. Leer a
Onetti no es difícil, según dice una superstición
idiota: tan sólo exige lo que debería exigir siempre
la lectura, una atención incesante, un
ensimismamiento que cancele cualquier otro acto,
que suprima el mundo exterior. La mejor o la única
manera de leerlo es echado en la cama, con mucho
tiempo por delante, con una absoluta
predisposición de soledad y pereza.
Aprenderemos a descubrir sentimientos inéditos,
estados de ánimo que formarán parte del
repertorio común de nuestra vida pero que tendrán
para siempre la tonalidad del estilo de Onetti:
conoceremos la dulzura triste, el desengaño
ilusionado, la desesperación tranquila, la
compasión cruel, los placeres de la mentira y las
potestades furiosas de la verdad; percibiremos las
cosas a rachas, en fragmentos, bajo una luz
oblicua, modificadas o falsificadas por el
recuerdo, mejoradas por el olvido, como esas
estatuas antiguas que perfeccionó la intemperie;
nos estremecerá la juventud con su milagro tan
inmediato y sutil como el de la palpitación de un
músculo y nos dará asco y terror y lástima la
vejez. Encontraremos las palabras exactas y
atroces del desengaño («Figúrense ustedes el
pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia
impotente, la sumisión, el odio») y las que
nombran el arrebato del amor y su promesa de
sufrimiento y de felicidad: «Te agarra a traición,
como algunas muertes. Y ya no hay nada que hacer,
ni patalear ni querer destruir. Porque no se sabe si
es una cosa que te golpeó desde afuera o si ya la
llevabas como dormida y a veces creíste que
estaba muerta para siempre. Y qué pasa entonces.
Que la llevabas adentro y sin aviso alguno en un
minuto salta y se te derrama por todo el cuerpo y
hay que aceptar y todavía peor, hay que
alimentarla y hacer que cada día aumente las
fuerzas, obligarla a que te haga sufrir más».
Leyendo a Onetti uno va sin darse cuenta
convirtiéndose en uno cualquiera de sus
personajes.
Un hombre solo en una habitación, echado en
la cama, o de pie detrás de una ventana, o acodado
en un balcón; un hombre o una mujer que caminan
perezosamente por la calle imaginando cosas;
alguien, hombre o mujer, sentado en la mesa de un
bar, junto a las cristaleras que dan a una plaza, que
suele ser la plaza de una ciudad fluvial y
provinciana llamada Santa María; alguien echado
a la sombra en el mirador de una casa frente al
mar, viendo acercarse desde lejos una figura;
alguien que cuenta a otra persona una historia,
generalmente embustera: con nombres diversos,
con peripecias anteriores o posteriores sutilmente
monótonas, esas figuras de gente solitaria que casi
no hace nada más que observar y mirar o
atribuirse, a solas o delante de otros, vidas falsas
constituyen los puntos de partida en torno a los
cuales crecen las narraciones de Juan Carlos
Onetti, sean éstas novelas o relatos, que da igual:
las divisiones académicas, las minucias sobre los
géneros, sobre lo mayor y lo menor, con casi
ningún otro autor se vuelven tan inútiles como con
Onetti, en parte porque ha cultivado siempre, con
igual lealtad, la novela y el cuento, y en parte
sobre todo porque en ambos casos ha alcanzado
por perfecta regularidad la maestría.
Existe una tercera razón: los cuentos de Onetti
pertenecen, como sus novelas, a un mismo espacio
imaginario, son fragmentos de ese gran libro de
libros que lleva medio siglo escribiendo y que sus
lectores fieles perciben dotado de todos los
pormenores y las simultaneidades y las
repeticiones de la realidad. Un cuento puede
vaticinarnos en muchos años el porvenir o el
pasado de un personaje al que conocimos en una
novela. Cuando uno ha leído, por ejemplo, La vida
breve, y empieza a adentrarse en La casa en la
arena tiene la sensación fascinadora de haber
estado ya en el lugar de ese relato: de regresar a
esa playa, de ver de nuevo y oír al doctor Díaz
Grey. Cuando apareció, en 1986, después de siete
años de silencio, Presencia y otros cuentos, libro
tratado por la crítica española con un perfecto
desdén, el lector no habitual de Onetti encontraba
a un personaje solitario y sórdido, exiliado en
Madrid, maduro, a punto de ser viejo, alguien que
aludía sin detalle a la propiedad perdida de un
periódico y que se consagraba, muy
onettianamente, a construir un sueño dictado por la
nostalgia y el deseo y urdido con los materiales
menos prometedores de la realidad. Al cabo de
unas páginas, el nombre de ese personaje, dicho
como al azar, nos lo restituía entero, vinculando
además ese cuento tan breve a toda la ficción
anterior de Onetti: este hombre exiliado en
Madrid, fugitivo de una dictadura militar, que
añora a una mujer presa y tal vez asesinada, es
nada menos que Jorge Malabia, el adolescente
literario y patético que usaba boina y fumaba en
pipa en Juntacadáveres y en El álbum, el joven ya
embrutecido por la vida adulta, los caballos y los
revólveres que aparece vengativamente en La
muerte y la niña: las referencias interiores daban
de pronto a ese cuento, Presencia, tan
dolorosamente actual en su condición de
testimonio del destierro y del terror político,
profundidades espaciales y temporales,
resonancias en la memoria de los personajes y de
los lectores, de modo que su breve lectura era al
mismo tiempo una lectura de todos los libros de
Onetti, y también un contrapunto de la
atemporalidad de Santa María y de su posible
condición de mundo cerrado, o de eso que viene a
llamarse ahora, con reiterada pedantería,
«territorio mítico» (hay novelistas que deciden
establecer un territorio mítico como el que decide
comprar una parcela).
En Tan triste como ella, que es sin duda la
historia de amor y de resentimiento más
abrumadoramente triste que se haya escrito en
español, la falta absoluta de referencias exteriores
y hasta casi de nombres (no sabemos cómo se
llaman ni la protagonista ni su marido: no sabemos
tampoco en qué ciudad o en qué país está esa casa
rodeada de muros, con ese jardín ferozmente
entregado a las excavadoras y al cemento) es
desmentida, o matizada, por un detalle menor, por
una información de apariencia neutral: «Ella había
nacido allí, en la casa vieja alejada del agua de las
playas que había bautizado, con cualquier pretexto,
el viejo Petrus». Para el lector habituado, estas
pocas palabras sitúan la historia, sin necesidad de
descripciones ni de explicaciones, en uno de los
paisajes de Santa María, la zona de la orilla del
río donde Jeremías Petrus construyó su fracasado
astillero y la casa elevada sobre pilares de
cemento donde vivía recluida su hija, Angélica
Inés. De este modo, sin decir casi nada, Onetti le
otorga otra dimensión mucho más amplia a la
claustrofobia de Tan triste como ella, y nos
devuelve entero el recuerdo de El astillero, y con
él el de Larsen o Juntacadáveres, el de su
aparición en Santa María, su caída y su regreso
último…
Los cuentos de Onetti, pues, postulan sus
novelas, y se confunden en el mismo tejer y
destejer de su imaginación narrativa, pero aún se
les puede señalar un parentesco más estrecho con
ellas, un grado aún mayor de negación de las
categorías y los géneros: las novelas de Onetti
suelen constituirse en torno a puntos o ejes de
máxima intensidad que se mantienen muy
flexiblemente unidos entre sí, yuxtaponiéndose o
entrecruzándose sin disolverse nunca en una
historia única, en un solo punto de vista. En cada
novela hay una polifonía no sólo de voces, sino de
narraciones distintas, que acaso nacieron como
ideas para cuentos pero que se fueron agregando
las unas a las otras según las leyes y las afinidades
secretas que van revelándose como por sí mismas
en el proceso de la invención. De modo que, si es
posible, y necesario, leer los cuentos como
capítulos de una novela, igualmente pueden
distinguirse en las novelas las unidades menores y

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------