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Libro PDF Décima Docta Myriam Millán

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—¡Disculpe! —lo interrumpió la
azafata, intromisión que provocó un
visible sobresalto—, ¿necesita algo?
Mason giró el ordenador
en cuanto se percató del interés de la
joven por la pantalla del portátil.
—No gracias. Si hubiera sido
así la habría avisado —respondió con
tono brusco.
La azafata continuaba
mirándolo con una sonrisa espléndida,
esperando a que el doctor se hiciera
descubridor de sus encantos. Pero
Emanuel frunció el ceño. No veía nada
más que una individua curiosa e
impertinente.
—Si me disculpa… —dijo
mirando de nuevo el ordenador.
El doctor Mason había
dedicado por completo su vida al
estudio de la sociología y el
comportamiento humano. Especializado
en sectas, cultos, luciferismo, satanismo,
esoterismo, ocultismo y religiones
paganas, se había convertido en un
elemento indispensable en
investigaciones policiales de rituales y
cultos con víctimas. En los que había
participado hasta el momento, que no
eran pocos a pesar de su juventud, su
hoja de servicios destacaba invicta.
El estudio de rituales macabros
conllevaba haber contemplado los
horrores del mundo, en la práctica y en
la teoría, y hacerse inmutable ante
cuerpos de víctimas y tipologías de
asesinos. Aunque esto último, no lo
llevaba tan bien.
Emanuel se acomodó en el
asiento para seguir escribiendo pero
cerró los ojos. Cada vez que lo
interrumpían volvía al mundo y a
percibir los sonidos de su alrededor. A
notar la presencia de personas. A
continuación, le costaba unos minutos
volver a concentrarse. Necesitaba
música, no sabía qué extraña conexión
había entre la música y su cerebro pero
la requería a menudo para pensar. Era
una forma de acelerar su concentración y
hacerla más eficiente. Así que rebuscó
en el bolsillo de su chaqueta y sacó unos
pequeños auriculares que conectó al
ordenador.
La música sonó intensa en
ambos oídos, Hope there´s someone.
Pudo seguir escribiendo.
“El ritual que nos ocupa es investigado
desde hace cuarenta años. Antes de esos
cuarenta años no hay absolutamente nada
documentado (Petrov me precisará la
fecha. No hay indicios, ni implicados,
absolutamente nada).
Cada cinco años, en algún lugar del mundo,
desaparecen diez jóvenes mujeres de
sobresaliente talento y de edades
comprendidas entre veinte y treinta años.
Al tercer día desde la primera desaparición,
aparece muerta una de ellas y así una mujer
cada amanecer durante nueve días. Cada
joven es asesinada de una forma
determinada, según el orden establecido,
bajo un ritual limpio, exacto y perfecto.
La primera aparece degollada, atada por
hombros, cintura, rodillas y tobillos al
mástil de una barca, en algún lago o río, a la
vista de todo el mundo. Va vestida con una
túnica roja y una capa con capucha.
La segunda aparece viva, perdida entre la
gente, sin signos de violencia, sin una gota
de sangre. No puede hablar, no puede ver,
no puede oír, su cuerpo se contrae y
entume. Seguidamente entra en coma y
muere. También lleva capa y túnica roja.
La tercera es hallada cortada en
trozos,…”
Mason, ladeando la
cabeza, observó la foto de la tercera,
para intentar comprender su visión.
Habría pedido agua si no le hubiera
caído tan mal la azafata. Pero continuó
intentando describir aquellas imágenes
con la sequedad en la garganta.
“… formando una estrella de cinco puntas
con su cuerpo, dentro de un círculo rojo
con al menos un palmo de separación entre
sus miembros. Cabeza, tronco, brazos y
piernas. Está completamente desnuda.
La cuarta aparece carbonizada dentro de un
aro de metal. Se da la suposición de que es
quemada viva en un aro de fuego. Sin
embargo, ocho centímetros en cada una de
sus muñecas se muestran virginalmente
protegidos de las llamas, ya que la piel en
esa zona está absolutamente intacta.
La quinta, sin manos y sin ojos,
muere desangrada. También viste túnica y capa
roja.
La sexta es decapitada y colocada desnuda
de costado, formando un círculo con su
cuerpo. La cabeza, separada del resto del
cuerpo, es el centro del círculo.
La séptima forma con su cuerpo una espiral
exacta, de la cual la cabeza es el centro,
como la sexta. Piernas, columna vertebral y
cuello, rotos. También desnuda”
Emanuel se tomó unos segundos
en aquella imagen. Podría haber
dedicado más palabras en describirla.
Quizás de todas las fotos, esta lo había
hecho estremecerse más que ninguna
otra. A pesar haberla contemplado
insistentemente, tuvo que hacer un gran
esfuerzo cada vez que la observaba para
no fijar la vista en las rodillas, giradas
en sentido contrario, o en la curvatura
perfecta de fémur y tibia terminando la
espiral en los pies. Aparentaba un
cuerpo que no tuviera huesos.”
Movió la cabeza, respiró
hondo y continuó escribiendo.
“La octava es encontrada con ocho lanzas
clavadas en línea recta en el abdomen,
desde abajo del pecho y hasta la zona de la
pelvis. El cuerpo está ligeramente arqueado
en dirección opuesta a las lanzas. Desnuda.
La novena aparece exactamente igual que la
primera, degollada, con su cuerpo atado al
mástil de una barca, pero bocabajo.
La décima nunca se muestra.
Todos los cuerpos guardan en común la
túnica o la capa roja (las que se presentan
vestidas), señales en las muñecas de
brazales o grilletes, y un símbolo grabado a
fuego en la cadera (no muy apreciable en
las fotos). No presentan abusos ni violencia
de ningún tipo anterior a la muerte que no
sea el grabado en la piel. Las raptan, las
matan y las dejan, siempre al amanecer, en
un lugar visible.
Petrov dice que tiene algo más para mí y
estoy impaciente por que me lo mue

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