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Libro PDF Desde el laberinto de mis deseos Amnesia 2 Mari Diaz

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— ¡Hola, tierra llamando a
Venus…!.
Diana sonreía al verme
desorientada. Estaba tan centrada en mis
pensamientos que ni siquiera escuchaba
lo que decía. Habían transcurrido seis
semanas desde que dejé a Marcus, junto
a la mentira que había sido mi vida hasta
entonces. Sin embargo, no todo estaba
dicho, aun quedaban muchas cosas sin
resolver. Tendría que regresar a San
Sebastián para el juicio de Soni; pensar
en ese momento me provocaba cierto
desasosiego que terminaba en llanto. No
obstante, tampoco era lo único; también
me angustiaba no saber acerca del
misterioso pasado que continuaba
persiguiéndome en sueños; trozos
segmentados de pequeñas imágenes sin
sentido, pero que en el fondo sabía que
eran reales y habían sucedido.
— ¡Sí, te escucho!, estaba pensando
que debo regresar. —La turbación que
me causaba el regreso se percibía en mi
voz.
—Es cierto, aunque nosotros
tendremos que quedarnos un tiempo más
aquí. —Expresó Diana entristecida.
Anna había superado exitosamente
la cirugía, sin embargo, aun tenía
tratamiento post operatorio; por esta
razón alquilamos un pequeño piso cerca
del hospital en Madrid; todavía quedaba
dinero del pago que había realizado
Marcus. Después de marcharme clausuré
la cuenta bancaria para no recibir ni un
euro más de él. Quería borrarlo de mi
vida, pero iba a ser muy difícil,
continuábamos casados, estaba segura
que él no sabría dónde encontrarme, ya
que había dejado el teléfono móvil,
junto a la alianza y demás objetos que
nunca sentí como míos.
Muchas veces me vi tentada a
entrar en algún centro público de
internet y revisar el correo electrónico,
pero no lo hice. Tenía suficiente con las
fotografías sobre la mesa de noche junto
a la cantidad de canciones que me
recordaban cada día que mi voluntad
estaba a punto de derrumbarse.
Extrañaba tanto sus besos, sus caricias,
su aroma, extrañaba completamente a
Marcus Bonett. Se había metido en mi
piel y el corazón, y ya no podía sacarlo
de ahí.
— ¿Cuándo te marchas? —Aspiré
profundo mientras observaba mi
preciosa niña durmiendo plácidamente.
—Vamos afuera, podríamos
despertarla. —Nos dirigimos hacia la
cocina a preparar té.
—Este sábado, ya reservé el vuelo
para las cuatro de la tarde.
— ¿Por qué no me lo habías
dicho?, faltan sólo dos días. Además me
preocupa saber que estarás sola allá
después de lo que te sucedió.
Inmediatamente a mi mente
regresaron aquellos momentos de
angustia cuando Soni y su red de
criminales intentaron matarme.
—No te preocupes, ya he hablado
con el oficial Ruíz, él me recogerá en el
aeropuerto.
—Eso me tranquiliza. ¿Le hablarás
a Marcus para decirle que regresas?
—Prefiero que no lo sepa. Aun no
estoy preparada para verlo.
—Cariño, yo sé que te ama, es algo
que se puede ver a kilómetros, ¿sabes
cuántos emails, mensajes de texto y de
voz me ha enviado?, él ha estado
preocupado por ti, y por Anna, pero ha
respetado la distancia que decidiste
interponer entre ambos. Vamos Eve,
¿por qué tanto resentimiento?
—Tal vez porque me ocultó muchas
cosas, o porque lo que siente por mí no
es amor, sino necesidad. Me necesita
para darle compañía y alegría a su vida
sombría.
— ¿Y no has pensado que a ese
papacito no le será difícil conseguir
compañía?
El corazón me dio un salto, sentí
que el rostro se me calentaba
rápidamente ante esta idea, que a pesar
de evitarla en muchas ocasiones venía a
mi mente produciendo los mismos
efectos.
Diana ocultó una risita al darse
cuenta de mi estado celópata, e intentó
tranquilizarme.
—No te preocupes, no lo hará. Ese
hombre no ha hecho otra cosa más que
demostrar que te ama, aunque ni siquiera
él mismo lo sabe.
—Pues no lo sabe él ni nadie,
porque lo disimula muy bien. Además,
entre nosotros sigue habiendo un abismo
de verdades ocultas. A propósito, no te
he preguntado sobre alguien que me
encontró en Donostia, su nombre era
Eduardo Vegas.
Apenas pronuncié ese nombre
Diana palideció, sus ojos parecían dos
grandes gemas verdes.
—Uhmm, ¿qué te dijo?
—Dijo que fue mi prometido,
¿puedes explicarme quién demonios es
ese, y por qué nunca mencionaste el
pequeño detalle que estuve
comprometida?
Mi hermana quien hasta ese
momento estuvo calmada de pronto
explotó en un arrebato de ira.
— ¡Ese maldito idiota!, le advertí
claramente que se mantuviese alejado de
ti.
— ¿De qué hablas?, explícame por
favor. —A estas alturas la incertidumbre
se había convertido en una gigantesca
preocupación.
—Él no fue tu prometido, solo
mantuvieron un romance que duró unos
meses, no te lo había dicho, porque te
hizo mucho daño, creí que tenías
suficiente con la amnesia y todo le que
vino luego, para también hacerte cargar
ese lastre.
—Continúa, todavía no me dices lo
que sucedió entre nosotros. —Continué
preguntando.
—Ese hombre tenía un pequeño
piso donde te quedabas a dormir algunas
veces, y estabas ansiosa que en
cualquier momento te propusiera
mudarte con él, cosa que no hizo, —
suspiró profundamente mientras
recuperaba la compostura— un día me
urgía hablar contigo, fui a buscarte, me
invitó a esperarte, dijo que no tardarías,
cuando menos creí…ese bastardo
intentó propasarse conmigo. Lo peor de
todo es que tú entraste en ese momento,
creíste que yo tenía algo con tu novio, y
ese desgraciado sólo decía que había
estado intentando seducirlo.
Me negaba a creer lo que mi
hermana decía, ¿cómo era posible que
eso hubiese sucedido?
— ¿Te creí? —Pregunté
asombrada.
—Pienso que no Evelyn, a partir de
ese momento te alejaste de mí,
afortunadamente, de él también. ¡Te juré
en ese entonces y te juro ahora, que sería
incapaz de hacerte algo así!
Mi hermana sollozaba, mientras
arrodillada sostenía mis manos. Yo
permanecía en silencio, sentía que me
relataba un fragmento de la vida de
alguien totalmente ajeno a mí.
— ¡Tranquilízate Diana, eso quedó
en el pasado! Siento mucho haber sido
tan ciega en ese momento.
—No hermana, no estabas ciega,
quizás aferrada a él, después de mucho
tiempo pude comprenderlo. Querías
creer en él, deseabas creer que ese
hombre te correspondía y no haría algo
así.
Me puse de pie para abrazarla muy
fuerte.
—Eres mi hermana, te amo, a ti y
Anna, son mi familia, te prometo que
jamás volveremos a distanciarnos,
¿vale?
—Sí, vale pequeña Etna.
Se veía tan frágil cuando respondió
que logró hacerme llorar a mí también,
cosa que no era nada difícil estas
últimas semanas.
Anna seguía mejorando y yo,
empeorando, cada vez más ansiosa; las
pesadillas continuaban, ahora más
recurrentes. Mientras que la
conversación con mi hermana había
fortalecido nuestros lazos, los de mi
matrimonio se iban debilitando, tenía
que verlo, tenía que plantear el divorcio,
tenía que hacer tantas cosas que ni
siquiera deseaba hacer. Solía pensar,
¿cómo hubiera sido mi vida de haberme
quedado al lado de Marcus?,
probablemente llena de sinsabores, en
algún momento dejaría de necesitarme.
Yo solo ocupaba un espacio vacío en su
vida; en el fondo sentía muchas dudas. Y
para colmo extrañaba a mis amigas,
Sandra, Carla, a Leyda, Susana, también
a Zeus, sin mencionar que Marcus era el
centro de mis añoranzas; me torturaba
escuchando por horas la canción de Ed
Sheeran Photograph, mientras miraba
las fotografías que Diana nos tomó en mi
cumpleaños, y que mandó a imprimir
con la sola intención que me comunicara
con Marcus.
El vuelo estuvo tranquilo, a
excepción del compañero de asiento que
estuvo sentado a mi lado. Un psiquiatra
de unos cuarenta y tantos años
aproximadamente, educado, formal y
muy carismático, llamado Silvio
Álvarez, que hizo el trayecto más
ameno. Al despedirnos me entregó su
tarjeta para que fuese a visitarlo cuando
necesitara que alguien escuchara mis
problemas, sonreí ante esa idea, iba a
necesitar más que un psiquiatra para
resolver mis problemas.
El oficial Ruíz no aparecía por
ninguna parte, después de aguardar por
un rato me encaminé hasta un teléfono
público para telefonearle. En cuanto
comencé a discar el número alguien me
tocó el hombro. Mi sorpresa fue
mayúscula al ver a Daniel sonriéndome
con afecto.
—Buenas tardes señora, ¿cómo
estuvo su vuelo?
¿Cómo carajo él sabía que yo
estaría aquí? Las palabras salieron
torpemente de mi boca.
—Bien…creo, ¿cómo supiste que
llegaría hoy?
—El señor me envió por usted, él
sabía que usted regresaría hoy.
—Lo siento Daniel, pero no tengo
previsto regresar a su casa, estoy
esperando a alguien más.
—Sí, ya el señor me avisó que todo
está arreglado con el oficial Ruíz.
Marcus no sólo estaba al tanto que
regresaría, sino cuándo y quién me
recogería en el aeropuerto; el control de
Marc sobre mis asuntos me perturbaba.
—Ok, gracias Daniel, pero igual no
iré a casa de Marcus.
El pobre hombre estaba
confundido, tal vez pensaba en el gran
embrollo en que se metería de no
regresar conmigo.
—Pero el señor me dijo que la
llevara de vuelta a la casa.
—Hagamos algo, puedes llevarme
a donde reservé, le dices al señor que lo
esperaré en el restaurante de ese hotel a
las seis de la tarde, y así tú no tendrás
problemas, ¿vale?
—Como usted diga señora.
No pareció muy convencido, pero
al final terminó por aceptar el trato, no
habíamos subido al auto, cuando ya don
controlador Bonett estaba llamando al
pobrecito de Daniel, podía escuchar sus
gruñidos desde donde me encontraba.
Daniel intentaba explicarle, pero ni
siquiera lo dejaba hablar.
Cuando entramos en el auto le pedí
su teléfono, no iba a permitir que pagara
mis platos rotos.
—Hola Marcus.
El corazón latía con fuerza,
mientras sentía que mis emociones
explotarían en cualquier momento.
—Hola Eve.
Ya no estaba gruñendo, ni gritaba,
su voz ronca despertó el deseo en mi
piel.
—Lamento decirte que no iré a
casa…aun, —¿por qué rayos dije aun?,
al parecer estaba pen

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