---------------

Libro PDF Doble venganza Andrew Peterson

http://i.imgbox.com/qxTS2v6i.jpg

Descargar  Libro PDF Doble venganza  Andrew Peterson

La cálida luz de la cabaña mentía. El grito que salió del interior decía la verdad. Atado a una silla con alambre, el agente federal estaba destrozado. Los ojos cerrados e
hinchados, los pómulos fracturados, dientes rotos y cosas peores. En el suelo de madera, arrinconados, yacían seis dedos amputados. El aire apestaba a tabaco y a carne
chamuscada de las decenas de quemaduras que, como diminutas huellas de un rebaño, recorrían los brazos y el pecho de aquel hombre. El forcejeo para librarse del
alambre le había dejado las muñecas y los tobillos desgarrados y sangrando.
—Ha vuelto a perder el conocimiento.
Ernie Bridgestone lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Aquel hombre alto y flaco, veterano instructor militar, lucía un bigote fino, el pelo
moreno rapado y la cara picada.
—Déjalo, ya ha recibido bastante.
Leonard Bridgestone era más alto que su hermano pequeño y pesaba casi treinta kilos más. Aparte de la ropa —camisetas salpicadas de sangre, uniformes
de camuflaje gastados y botas militares—, lo único que tenían en común eran los ojos azul claro, heredados de la familia materna. De la paterna no hablaban nunca.
Ernie lo soltó.
—Tiene mérito el pobre capullo, ha durado más de lo que habría aguantado yo.
—Espero que no te toque comprobarlo nunca.
Leonard se había formado en el cuerpo especial de los Rangers, pero, a diferencia de Ernie, había sido condecorado durante la primera Guerra del Golfo con
una Estrella de Plata, dos Corazones Púrpura y una Cruz de la Armada por rescatar a un piloto de portaaviones que se estaba ahogando. Agarró un bidón de veinte
litros de gasolina y empezó a esparcirla por el austero interior de la cabaña. Dejó algo menos de la mitad para la carne humana y la vació sobre la cabeza del agente. El
hombre tembló y gimió al notar el escozor del líquido inflamable.
El olor a gasolina invadió todo el interior justo en el momento en que la lluvia empezaba a arreciar en el exterior. Un resplandor blanco iluminó las ventanas.
Una vez. Dos veces. Al cabo de medio segundo, un trueno retumbó contra el cristal.
—Es una lástima prenderle fuego a este lugar —dijo Ernie.
Leonard corrió la cortina y miró por la ventana: la luz del alba teñía Sierra Nevada.
—Calculo que tenemos tres días como máximo. Dijo que se había comunicado hace cinco días y allí cuentan con tener noticias suyas al menos una vez a la
semana.
—Pero Lester lo vio ayer en el pueblo. Quizá ya haya pasado el parte.
—No, nos lo habría dicho. Nos bastaron dos dedos para confirmar que era del FBI. Nadie habría aguantado cinco horas. Imposible.
Ernie le escupió al hombre en la cara.
—Todavía me cuesta creer que nos tendiera una trampa.
—Esto iguala un poco las cosas.
Ernie agarró las tenazas ensangrentadas, los alicates y el picahielos que habían dejado sobre la mesa.
—Deja eso.
—Son herramientas en perfecto estado.
—Déjalas, no te dejes llevar por la rabia. Esto no es una venganza.
—Claro, nada que ver…
—Olvídalo, Ernie.
—Para ti es muy fácil —dijo lanzando las tenazas contra la pared.
Leonard comprendía la ira de su hermano. Cuando cumplía con el tercer año en el correccional militar de Fort Leavenworth varios reclusos lo habían dejado
al borde de la muerte de una paliza por haber robado un paquete de tabaco. Se había pasado catorce semanas en la enfermería, las dos primeras en coma.
El agente del FBI se removió en la silla y gimió. Leonard se acercó y se inclinó hacia él.
—¿Tienes algo que añadir?
—Matadme… ya…
Leonard miró a su hermano.
—Que le den, deja que sufra —dijo Ernie.
—Ya ha aguantado bastante.
Leonard dio un paso atrás, sacó un revólver del 45 y tomó aire, pero antes de que pudiera disparar, Ernie lo apartó de un empujón y encendió una ristra de
cerillas.
—Yo me encargo.
—¡Ern, no!
Pero su hermano no le hizo caso y le tiró las cerillas con toda naturalidad, como quien lanza un dado sobre el tapete de una mesa de juego. El zumbido de la
ignición fue espeluznante.
El hombre en llamas echó la cabeza hacia atrás y aulló.
Leonard volvió a apuntar con la pistola, pero Ernie lo sujetó y lo empujó hacia la puerta. De todas formas, ya era demasiado tarde. Salieron de la cabaña que
acababan de convertir en un infierno. Leonard se protegió detrás de la rueda del Ford Bronco, pero Ernie se quedó plantado bajo la lluvia contemplando el fuego hasta
que no pudo soportar el calor y tuvo que entrar en el vehículo.
Leonard abrió la boca para decir algo, pero Ernie lo interrumpió:
—Te equivocas —dijo con los ojos encendidos—. Siempre es una cuestión de venganza.
CAPÍTULO 1
Tumbado en la cama de una habitación del Hotel Crowne Plaza de San Diego, Nathan Daniel McBride contemplaba el techo. Suspiró y se palpó aquellas tres profundas
cicatrices que le cruzaban la cara y le recordaban a otros tiempos, a otro mundo. La más larga empezaba en la oreja izquierda, bajaba y terminaba en el mentón. La
siguiente por orden de longitud le trazaba una línea diagonal desde lo alto de la frente hasta la mejilla izquierda, pasando por el puente de la nariz. La tercera era la más
vistosa: su profunda trayectoria arqueada iba desde la sien hasta el mentón. Certera, la última. Con sus casi dos metros de altura y poco más de cien kilos, Nathan se
mantenía en forma. Estaba a punto de cumplir los cuarenta y cinco.
Se volvió hacia la mujer que yacía junto a él. En contraste con la suya, la piel de Mara lucía impecable. Dulces ojos pardos, pelo negro y un cuerpo atlético.
A sus veintitantos Mara era un bellezón, pero lo que más le gustaba de ella era que solía respetar los momentos de silencio.
—¿Te lo he agradecido alguna vez?
Ella le pasó una pierna por encima de las caderas.
—¿Agradecerme qué? Soy yo quien debería darte las gracias. No eres como los demás.
Los demás. Le sentó como una bofetada. Negar la realidad era como ponerse una venda. Mara era prostituta y él, cliente. Uno de sus clientes, se repitió
mentalmente. Llevaban ocho meses viéndose un par de veces a la semana, eso era cierto, pero ¿qué tipo de relación mantenían? Vacía. Aquello no iba a ninguna parte.
Ella era hermosa y él… ¿él qué? ¿Era feo por culpa de las cicatrices? ¿O quizá se trataba de otra cosa? Quizá de cómo se ganaba la vida. Intentó imaginar cómo habría
sido su vida de no haberse metido en los marines. ¿Tendría esposa e hijos? ¿Un hogar? No solamente un techo sobre su cabeza sino una casa de verdad que sintiera
suya, propia. Qué más daba todo eso ahora. En cuanto terminó la universidad, se había alistado en los marines y había descubierto que tenía una aptitud natural que
hasta entonces desconocía por completo. Tenía puntería y los marines no tardaron en percatarse de ello. Antes de fichar por la CIA había estado siete años en el cuerpo
como centinela francotirador de élite.
Su carrera había terminado abruptamente hacía diez años, después de una misión fallida. Había caído en manos de un interrogador sádico y había aguantado
tres semanas de puro tormento. El nicaragüense lo había dejado marcado como un pollo asado, con una parrilla de cicatrices cruzadas en el torso apenas separadas entre
ellas un par de centímetros. Como un cesto de mimbre andante.
Al final, el interrogador lo había crucificado en el interior de una estrecha jaula vertical que lo obligaba a permanecer de pie. Tras cuatro días con sus noches
sin descanso, comida ni agua, el dolor en las piernas lo había cegado, literalmente. Había sufrido una infección, fiebre y pérdida intermite del conocimiento.
—¿Dónde estás?
—¿Eh?
—Estabas ausente otra vez.
—Perdona.
La chica le acarició una de las marcas del pecho con el dedo índice.
—¿Eres feliz, Mara?
—Eso no me lo habías preguntado nunca —respondió con una sonrisa que no llegó a reflejarse en su mirada—. El viernes no podremos vernos.
Nathan se incorporó.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Chsss… tranquilo. Tengo otra cita. Un pez gordo de una farmacéutica. Lo ha cerrado Karen.
—Mara, si es por dinero…
Ella le selló los labios con los dedos.
—Eres muy generoso conmigo. No es por dinero.
—Podrías trabajar en mi empresa de seguridad. Puedo conseguirte un apartamento. No tienes por qué seguir con esto, es peligroso.
—Me gusta que te preocupes. ¿Nos vemos la semana que viene?
El teléfono del exmarine interrumpió la conversación. Alargó el brazo hacia la mesilla de noche.
—¿Nathan? Soy Karen. ¡El grandullón ha vuelto y tiene a Cindy!
—Tardo siete minutos. ¿Puedes salir al patio?
—Creo que sí.
—Sal y apaga todas las luces.
Al cabo de dos minutos, Nathan cruzaba a zancadas el vestíbulo del hotel acompañado de Mara. En cuanto cruzó las puertas automáticas de cristal, echó a
correr hacia el Mustang. Los zapatos de tacón de Mara repiqueteaban sobre el cemento tratando de alcanzarlo.
Al llegar al Hotel Circle North giró a la izquierda y aceleró hasta ponerse a ochenta por hora. Coincidiendo con un viraje brusco para enfilar una calle
adelantando a un todoterreno, Mara se abrochó el cinturón.
—Pensaba que había terminado con ese hombre.
—Al parecer no pilló mi advertencia.
—¿Qué vas a hacer?
—Advertírselo con más contundencia.
Se saltó un semáforo en rojo y quemó neumáticos al incorporarse a la interestatal 8. En diez segundos iba a ciento treinta por debajo del paso elevado de
Morena Boulevard. Después de tomar la interestatal 5 en dirección norte detrás de una furgoneta, el Mustang alcanzó los ciento ochenta.
Habían pasado cuatro minutos desde la llamada de Karen. En cuatro minutos podían suceder muchas cosas. Intentó no pensar en ello y concentrarse en la
conducción. Le sonó el teléfono. Vio el nombre de su socio en la pantalla y contestó. Una llamada a esas horas de la noche tenía que ser por algo.
—¿Estás bien?
— ¿Yo? —respondió Harvey—. Sí.
—Ahora no puedo hablar.
—¿Y tú, estás bien?
—Diez minutos.
—Vale.
La presión que sentía Nathan era doble por el hecho de que Karen lo hubiera llamado a él en lugar de haber llamado a la policía. Podría haber marcado el 911,
la policía debía de estar al tanto de su negocio de chicas de compañía; al fin y al cabo, todas ellas eran discretas y de alto nivel. Las mujeres que llevaba Karen no eran
putas callejeras en busca de servicios de veinte dólares para sufragar sus adicciones a la heroína o a la metadona. Aquellas mujeres que trabajaban para el servicio de
acompañantes que regentaba Karen eran jóvenes, sofisticadas y con clase. Caras. Además, Karen mantenía el negocio a pequeña escala y nadie había dado el chivatazo.
El hecho de que Karen llamara a Nathan se debía también a su relación con Mara. No solo la protegía a ella sino también a las demás chicas. Hacía unos años él mismo
había instalado un avanzado sistema de seguridad en casa de Karen.
Nathan miró el reloj al salir de la autopista. Seis minutos. Demasiado tiempo, maldita sea. Tras reducir ante una señal de stop aceleró de nuevo hasta ponerse
casi a cien.
—¡Nathan!
Lo vio. Un gato de color canela apareció de pronto por la izquierda de la calzada. Nathan derrapó hasta el stop que había en medio de la calle y frenó en seco.
Frente a los faros brillaron los ojos azules verdosos del animal como minúsculas linternas. Nathan hizo girar cuidadosamente las ruedas hacia la derecha y se detuvo en
el arcén.
—¿Le hemos dado?
Mara se volvió.
—No, sigue ahí.
Nathan salió del arcén acelerando y frenó bruscamente para tomar el siguiente giro. Al cabo de medio minuto, estacionó a menos de cincuenta metros de casa
de Karen y dejó el motor al ralentí. Tenía que enfriarse después del esfuerzo.
—Espérame aquí. Apaga el motor dentro de un par de minutos.
Estiró el brazo por delante de Mara, abrió la guantera y sacó una Sig Sauer P-226 de 9 milímetros.
Salió del coche, metió una bala de punta cóncava en la recámara y bajó el percutor utilizando la palanca de desarme para desamartillar. Se colocó el arma en la
cinturilla trasera del vaquero y echó a correr por la acera. Al pasar por delante de una casa, un perro ladró tres veces y se calló. Bajo los conos color naranja de los
semáforos montaban guardia hileras de enormes contenedores de basura.
En la entrada de casa de Karen había una camioneta todoterreno con neumáticos desproporcionados y una barra con focos sobre la cabina. Nathan negó con
la cabeza: todo tan desmedido y excesivo como el dueño. Se detuvo unos segundos en el patio delantero para comprobar si se oía algo y luego pegó el oído a una ventana
oscura. No se oía música. Ningún indicio de pelea. Nada.
Se dirigió hacia el lateral del patio y abrió el mecanismo situado en la parte superior que mantenía la verja cerrada. La cancela se abrió sin hacer ruido. Siguió
hacia la esquina de la casa y se asomó por encima de una jardinera llena de cactus de barril. Karen parecía tener frío y se protegía como podía con los brazos cruzados.
La llamó con un leve silbido de pájaro y ella se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Está dentro con Cindy.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Le ha hecho daño?
—¡No lo sé!
—El Mustang está abajo, en la esquina.
—No puedo dejar a Cindy.
—Yo me ocupo.
—Nathan…
—Karen, por favor. Ve para allá.
Nathan se imaginó a Cindy siendo maltratada por aquel tipo y se le encendieron los ánimos. La adrenalina le tensó los músculos, poco le faltaba para perder
los estribos. Cerró los ojos, respiró hondo y relajó las manos. Cuando se hubo calmado, se quitó la camiseta y la dejó sobre una repisa. No quería que su contrincante
tuviera donde agarrarse.
Sacó la pistola y avanzó pegado a la fachada trasera de la casa, con movimientos precisos y sigilosos. En cada ventana oscura se detenía y escuchaba.
Silencio total. Ningún ruido. Esquivando macetas con plantas y muebles de jardín llegó hasta la puerta corredera de cristal. No detectó ningún movimiento y se coló
dentro.
Enseguida oyó algo. Una voz de hombre amortiguada. Procedía del vestíbulo, de detrás de una puerta cerrada.
Lo invadió una nueva ráfaga de adrenalina, esta vez voluntaria y controlada. Esbozó una sonrisa. Nathan McBride en su salsa.
El siguiente sonido que oyó le borró la sonrisa: una inconfundible bofetada. Nathan le pegó una patada a la puerta con tal violencia que se salió de las
bisagras. Totalmente vestida, Cindy estaba en el suelo hecha un ovillo, con las piernas flexionadas contra el pecho en un rincón de la habitación. La bofetada le había
dejado marcada la mejilla izquierda.
El hombre, inclinado sobre ella, se volvió y entornó los ojos.
—Tú.
—Sí, yo.
El tipo era como lo recordaba Nathan: enorme y puro músculo. Quizá unos centímetros más alto. Cabeza afeitada y torso esculpido, un auténtico gorila.
Capaz de intimidar a cualquiera, pero para Nathan no era más que ciento treinta y cinco kilos de carne con el cerebro de un anfibio.
Nathan dio un paso adelante y le soltó una bofetada con la mano que tenía libre, un impacto húmedo y carnoso en la mejilla. Retrocedió a la espera de la
inevitable reacción.
El tipo lo miró a los ojos, se fijó en la pistola y regresó a los ojos.
—¿Qué, esto? —preguntó Nathan.
Tiró la Sig Sauer al suelo, junto a los pies del tipo.
Confuso, el gorila bajó la vista hacia el arma y, en un gesto inconsciente, se tocó la nariz con el índice y el pulgar. Cocaína.
Si hubiera tenido la más mínima noción de la realidad, se habría rendido en aquel preciso instante. Estaba frente a un adversario con el torso desnudo cubierto
de amenazantes cicatrices con pinta de estar disputando algún tipo de lucha cuerpo a cuerpo en un planeta alienígena en guerra, pero aquel hombre no estaba en sus
cabales. Estaba acostumbrado a ganar peleas, sin duda, pero aquella buena racha suya estaba a punto de truncarse.
Haciendo caso omiso de la pistola que yacía a sus pies, el gorila bajó la cabeza y embistió.
Nathan lo vio venir.
Se hizo a un lado y el hombre terminó contra la pared. La cabeza impactó directamente contra el ye

Web del Autor

Pagina Oficial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------