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Libro PDF Dos guerras y un botiquín M. Fernandez

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CAPÍTULO 1
Como cada sábado por la tarde, Sofí entra en casa de su abuela, a la que saluda con un triste beso en la mejilla. Y no es que la falte cariño a su idolatrada abuela, pero
a sus 16 años, resulta imposible ocultar la frustración que provocan las autoritarias decisiones paternas. Sobre todo, cuando esa odiosa decisión es la prohibición de
dejarla ir de viaje de esquí con su grupo de amigos.
La dulce abuelita, consciente del evidente sufrimiento adolescente de su nieta, la pregunta con ternura –¿Va todo bien tesoro?- Sofí la responde enfadadísima –¿Bien?
Nada va bien Abuela ¡Papá me está amargando la vida!-. La abuela, alega con ternura –No digas eso tesoro, tu padre te adora ¿por qué no te sientas a tomarte uno de mis
famosos buñuelos mientras me cuentas qué ha ocurrido?- Sofí en un principio trata de mostrarse fuerte, pero a los pocos segundos rompe a llorar angustiada al explicar
– Papá…Papá me ha prohibido que vaya con mis amigos a esquiar-. La abuela, trata de contener la risa por la más que evidente exageración y haciendo un gran esfuerzo
por mantener la solemnidad ante un problema tan sumamente ridículo, intenta suavizar la angustia de Sofí, diciendo –Ya veo, y aunque comprendo cuan terrible es el
dolor que te causa su prohibición, debes recordar que todo cuanto hace tu padre es por protegerte…-. Sofí interrumpe iracunda –¿Protegerme? Él no quiere protegerme
¡Él quiere enclaustrarme como a una monja!-.
La abuela, incapaz de contenerse ante semejante alegación, rompe a reír y Sofí dice exasperada –A ti te hará mucha gracia pero soy yo la que tengo que soportar sus
normas ¡es como vivir con Hitler!-. Al escuchar este nombre la abuela cesa sus carcajadas y entristece su rostro sin poder evitarlo. Volviéndose hacia la vitro-cerámica,
intenta esconder bajo las cazuelas, los recuerdos que vuelven a su memoria al nombrar al dictador alemán.
Sofí, no tarda ni un segundo en darse cuenta que su iracundo comentario ha herido a su abuela y se disculpa dolida –Abuela yo…siento muchísimo lo que he dicho.
Se me olvidó que tú…- La abuela, sonríe con ternura a su nieta y tras darla un beso en la frente, la dice –No te preocupes tesoro… ¿Qué te parece si coges tus buñuelos
y tu café y te vas al salón a ver la tele? Puede que no echen nada interesante a estas horas, pero seguro que será más entretenido que ver como cocina tu vieja abuela-.
Sofí la da un fuerte abrazo diciendo – ¡Eres la mejor abuela del mundo!-.
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La abuela mira con cariño cómo Sofí se sienta frente al televisor y vuelve a sus quehaceres en la cocina, cuando Sofí entra muy acelerada gritando “¡Corre abuela!
¡Tienes que ver esto!”. La abuela la sigue apresurada, al tiempo que dije sofocada “¡Sofí, haz el favor de soltarme! ¿Se puede saber a qué viene tanto alboroto?”. Sofí
coge el mando a distancia y sube el volumen del televisor al máximo, al tiempo que explica señalando a la tele
– ¡Es la cruz roja abuela! Una gala para celebrar que lleva funcionando como mil años y están sacando un montón de fotos y videos antiguos-. La abuela mira patidifusa
a la tele, al tiempo que Sofí, al ver una foto muy antigua que están mostrando en televisión, pregunta – ¿Eres tú alguna de esas abuela?- la abuela responde con seguridad
–No tesoro, me temo en donde yo estuve no había periodistas que pudieran fotografiarnos-. Sofí dice decepcionada – ¡Menudo fiasco! Y yo que pensé que podría ver
alguna foto tuya de esa época-. La abuela la sonríe con cariño, al tiempo que explica –Mi dulce niña, las fotografías solo capturan imágenes- y señalando su pecho,
continúa diciendo –Los momentos más especiales solo se pueden capturar con el corazón-.
Sofí la sonríe con cariño y dice algo entristecida –Lo siento abuela, esto debe resultarte muy doloroso y ha sido muy insensible por mi parte- La abuela acaricia la
mano de Sofí, al tiempo que dice –Al contrario, me ha parecido un detalle precioso que me avisaras para ver la gala-. Sofí alega entristecida –Papá siempre me dice que
has tenido una infancia muy dura y que no debo pregúntate sobre tu pasado para no entristecerte-. La abuela responde asqueada – ¡Pero que tontería! Puede que no
hubiera montañas de juguetes en mi infancia, pero te aseguro que fui una niña muy feliz y querida. Además, si no hubiera vivido lo que viví, no podría estar contigo
disfrutando de estos deliciosos buñuelos ahora ¿no crees?-.
Sofí sonríe con cariño a la abuela y tras volver la mirada al televisor, pregunta –Abuela ¿Cómo era?-. La abuela responde sonriendo –Desde luego no cómo se ve por
el televisor. O por lo menos yo no recuerdo que nadie me diera un collar de diamantes para trabajar-. Sofí alega ansiosa – Abuela no bromees, estoy hablando en serio.
Quiero saber como era todo cuando tú estabas allí, ¿Por qué empezaste a trabajar en la cruz roja? ¿Fue por el abuelo? ¿cómo eras tú? ¿Eras guapa?- La abuela rompe en
carcajadas al tiempo que dice –Mi querida niña ¿Qué tendrá que ver…?Sofí la interrumpe explicando – ¡Claro que tiene que ver! Además, quiero saber cómo os
conocisteis el abuelo y tú. Quiero saber cual es tu historia-.
La abuela la mira sonriente y comienza a relatar:
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Pues si quieres saber mi historia, lo mejor será que empiece por el principio. Todo comenzó en Madrid, el 1 de mayo de 1918. Aquel día, mi padre salió a las 15:00
de dar clases en la universidad y se dirigía, como cada día, al hospital de las hermanas de la caridad, donde esperaba pasar consulta hasta las 19:00. Lo que mi querido
padre no se podía imaginar, es que en cuanto cruzara la puerta de su consulta, se encontraría a una tímida enfermera de veintidós años que inmediatamente le robaría el
corazón.
Aunque esto te pueda parecer de lo más absurdo, mi querida Sofí. Debes entender que mi padre jamás fue un romántico, él era un hombre de ciencia y todo cuanto
hacía o decía, era por y para la medicina. Seguramente por eso llegó soltero a los 38 años, pues no se permitía perder el tiempo en dar largos paseos o escribir
románticas cartas, ya que eso le quitaba tiempo de su auténtico amor, la medicina. Pero este gran amor, dio paso a mi madre, que debió de causarle una gran primera
impresión para enamorarle tan súbitamente y sí, antes de que lo preguntes, te diré que mi madre era una mujer muy hermosa, especialmente para aquella época en la que
las jóvenes rubias y de ojos claros, escaseaban por las calles de Madrid.
Como te iba diciendo, el enamoramiento de mis padres fue de lo más rápido y su noviazgo no lo fue menos. Pues no habían pasado ni cuatro meses desde su primer
encuentro, cuando decidieron contraer matrimonio…
Sofí interrumpe el relato escandalizada – ¿Se casaron a los cuatro meses de empezar a salir? ¡Qué fuerte!-. La abuela sonríe la ocurrencia y continúa explicando:
Mi querida Sofí, a pesar de la apariencia romántica de la historia, me temo que los motivos que llevaron a mis padres a acelerar su enlace, eran mucho más trágicos.
Debes tener en cuenta que aquellos fueron tiempos oscuros para España, la situación política iba de mal en peor, el hambre se extendía por todos los rincones del país y
la angustia hacía presa a todo el mundo. Aún recuerdo como mi madre me contaba, que durante la ceremonia, ella miraba temerosa a la puerta de la iglesia, pues temía
que los republicanos más radicales, prendieran fuego a la iglesia durante la boda, como habían hecho ya en otros templos.
Quizás fueran estos detestables atentados o quizás fuera la inminencia de la guerra, pero lo que está claro, es que algo cambió por completo los planes de mi padre.
El cual, pasó de querer vivir el resto de su vida en su despacho, investigando nuevas curas para las enfermedades del corazón. A trasladarse junto a su esposa, a un
recóndito pueblecito escondido en las
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montañas asturianas, para pasar el resto de sus días cuidando de los aldeanos. Sin mayor acercamiento a la investigación, que el que le proporcionaban los artículos
que le enviaba desde Madrid su amigo y colega, el doctor Rodríguez.
Estando viviendo en el pueblecito asturiano llamado Albuerne, fue cuando nací yo. Era el día 25 de Octubre de 1922 y mi padre se puso tan contento por mi
nacimiento, que invitó a todo el pueblo a pescado frito y vino. Después de todo, llevaban años buscando un hijo sin éxito y justo cuando perdieron toda esperanza,
llegué yo.
Ahora que lo pienso Sofí, tu padre sí tiene algo de razón al decir que no tuve una infancia normal. Pues habiendo nacido de un catedrático en medicina y de una
reconocida enfermera, mi día a día fue algo diferente al del resto de los chavales del pueblo. Aún puedo recordar cómo las niñas jugaban a la rayuela, mientras yo
acompañaba a mi madre para asistir algún parto o para coser alguna herida pronunciada. Y aunque durante algunos momentos añoraba participar de los juegos con el
resto de los niños. He de reconocer que me apasionaba poder ayudar a mis padres, ya fuera esterilizando las vendas para una parturienta o preparando el ungüento para
Luis el de los cerdos. Todo cuanto hacía con ellos me hacía sentir importante y lo que era aún mejor, me permitió gozar de una relación tan cercana con mis padres que
la recordaré con cariño hasta el último día de mi vida.
Eso sí, que yo disfrutara trabajando junto a mis padres, no significa que el resto del mundo lo entendiera, y eso es algo que el tío Juan le recordaba constantemente a
mi madre, al repetirla una y otra vez “¡La niña tiene que jugar con el resto de los niños! ¡Ir a la escuela!…” a lo que mi padre respondía riendo “¿A la escuela? Pues será
para dar lecciones a la maestra. Eloísa aún no ha cumplido los seis años y ya sabe leer, escribir y hacer cálculos mejor que muchos universitarios. Por no hablar de las
lecciones de francés que se empeña en darle tu hermana”. El tío Juan, que nunca llegó a compartir las ideas de mi padre, por lo que él llamaba “Agnosticismo
imperdonable”, siempre evitaba hablar de esto con su cuñado y acudía directamente a su hermana, alegando “Luisa, eres mi hermana y te quiero. Por eso, es mi deber
decirte que no actuáis bien con la pequeña Eloísa ¡Por el amor de Dios! solo tiene cinco años y ya ha visto unas cosas…”. Mi madre, siempre dulce y comprensiva con
su hermano, zanjaba estas discusiones con una sonrisa cariñosa y la frase “Querido Juan ¿Acaso te digo yo cómo debes dar la homilía durante la misa? Pues de igual
modo tú no puedes decirme cómo debo educar a mi hija”.
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Lo que ni mis padres, ni el tío Juan sabían, era que estas discusiones quedarían zanjadas de golpe cuando yo tenía nueve años. En concreto, el 25 de diciembre de
1931. Como cada mañana de navidad, mi madre y yo nos encerramos en la cocina a preparar los deliciosos buñuelos de crema que tanto te gustan. Y que aunque ahora
comamos casi a diario, en aquel momento solo los comíamos una o dos veces al año, pues los ingredientes eran caros, por lo que estos deliciosos buñuelos, se
convirtieron en un auténtico manjar para las fiestas.
Aún puedo recordar el embriagador aroma que desprendían los deliciosos buñuelos, cuando mamá abrió el horno y me dijo “Eloísa, me parece que esta mañana nos
hemos superado a nosotras mismas. Esta horneada de buñuelos es la mejor que hemos hecho nunca ¡Corre! Ve a despertar a tu padre ¡ya verás que sorpresa se lleva
cuando vea estos deliciosos buñuelos!”. Yo salí escopeteada de la cocina hacia el dormitorio de mis padres, cuando vi que mi padre no se había dormido en la cama,
“Seguro que se ha vuelto a quedar dormido leyendo en el salón” pensé.
Efectivamente, mi padre estaba recostado sobre el sofá del salón con un libro entre sus manos. Yo corrí hacia él y decidí despertarle con nuestro juego, así que le
tapé los ojos con mis manos diciendo “¿Adivina quien soy?”. Pero en cuanto sentí su congelada piel bajo mis dedos, aparté rápidamente mis manitas y temblando por la
sospecha de que estaba muerto, di un paso hacia atrás, al tiempo que decía con infantil esperanza “¡Papá despierta, ya están los buñuelos! Y esta vez no se me ha
quemado ninguno”. Evidentemente, no hubo respuesta alguna y armándome de insólita madurez, comencé a analizar visualmente su cuerpo, como tantas veces él me
dijo que había que hacer con los enfermos. Le miré pausadamente, advirtiendo que estaba completamente inmóvil y estático. Su piel, antes cálida y algo bronceada, había
tomado un color blanco, casi azulado, pero lo suficientemente evidente como para saberle muerto.
Aún no sé de donde salió el valor que me llevó a mantenerme calmada, cuando fui hacia la cocina y le dije a mi madre “Mamá, papá está muerto”. Lo único que sé, es
que esa frase supuso el comienzo de un nuevo mundo para mí en el que todo lo que había conocido, cambió de golpe.
Al principio, todo era una locura de gente entrando y saliendo de la casa, de flores y de lamentos. Y cuando los actos fúnebres terminaron, fue el vacío quien se
apoderó de la casa para quedarse en ella eternamente.
Una de las pocas cosas que recuerdo del entierro de mi padre, es que no vi llorar a mi madre. Lo cual resultaba de lo más extraño, ya que todo el 6
pueblo estaba llorando y no era para menos, pues no solo se iba su vecino más querido, sino también, el mejor médico que habían tenido en toda su historia.
Nosotras habíamos perdido mucho más. Yo perdí a mi padre, pero mi madre perdió al hombre de su vida y eso la creó un profundísimo dolor que decidió vivir en
silencio. O por lo menos intentó que yo no me percatara de sus lágrimas, cuando aquella noche, creyendo que yo estaba durmiendo, bajó al salón y se recostó sobre el
sofá en que falleció mi padre. Allí estrechó contra su pecho el último libro que leía papá antes de morir y lloró amargamente hasta quedarse dormida. Empezando así una
dolorosa tradición de noches de lágrimas en el salón.
El dolor de mamá no fue lo único que cambió desde las fatídicas navidades, pues la gente del pueblo pasó a comportarse con una condescendencia que muy lejos de
agradarme, me asqueaba sobremanera. Aunque he de decir que no todos los aldeanos eran así, el tío Juan por ejemplo, no solo cesó sus quejas por mi participación en la
medicina, sino que además pasó a ser un verdadero padre para mí. Venía todos los días a casa a cenar y charlaba con nosotras contándonos las anécdotas más divertidas
del pueblo, como cuando a Faustiniana “la cabrera” se le escaparon todas las cabras el día de la procesión de Santa Ana, provocando una auténtica estampida de fieles y
animales por las calles de Albuerne.
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Capítulo 2
Sofí, ansiosa por llegar a la parte más romántica de la vida de su abuela, dice “Abuela cuéntame cómo conociste al abuelo. Fue durante la guerra ¿verdad?”.
La abuela, sonríe la impaciencia de su nieta y continúa su relato:
Sí tesoro. Cuando la guerra estalló, yo tenía 13 años, aunque para serte sincera, no era una trece añera como todas las demás. Desde que mi padre nos dejó, mi madre
se convirtió forzosamente en doctora y yo junto a ella. Lo cual me llevaba a trabajar durante todo el día haciendo visitas a los pacientes, preparando las recetas en la
botica o repasando los libros de medicina que mi padre trajo de Madrid y que supusieron la salvación para muchos aldeanos. Y aunque físicamente, yo era una chiquilla
más bien bajita y regordeta. En mi interior, la madurez florecía a pasos agigantados, dejando atrás una infancia muy lejana.
Al tiempo que yo atendía junto a mi madre, las necesidades médicas de los pueblos cercanos. El resto de las jovencitas andaban extasiadas por la construcción de un
hospital de campaña que la cruz roja había decidido instalar a cinco quilómetros del pueblo. Aunque he de reconocerte que a mí también me emocionó la idea y no por
las mismas razones, pues mientras mis amigas soñaban con poder conocer algún médico extranjero, alto y guapo, yo soñaba con que algún día me admitirían en el cuerpo
de enfermeras del hospital.
Mientras las jovencitas del pueblo nos entreteníamos con estúpidas ensoñaciones, en el hospital de campaña del norte se trabajaba muy duro. Y es que, aunque la
guerra acababa de empezar, la llegada de heridos era constante y a eso, había que sumar el problema de infraestructuras. Pues aunque el hospital ya estaba construido,
los camiones de la cruz roja estaban encontrando grandes problemas para poder acceder a sus hospitales de campaña, pues cuando no estaban cortadas las carreteras por
alguno de los dos bandos, les saqueaban la mercancía el otro bando, haciendo imposible disponer de los medicamentos necesarios.
Seguramente fuera este hecho, lo que llevó a la alocada enfermera Cloe a arrastrar al doctor Carmichael hasta el coche, para ir a recoger las medicinas personalmente
en el puerto de Gijón. Como es evidente, este plan no satisfizo en absoluto al formal y responsable doctor Jake
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Carmichael, un adinerado médico tejano, cuyos excelentes modales sureños no le permitían dejar sola a una jovencita indefensa en una misión suicida.
Para sorpresa del doctor Carmichael, lo más peligroso del trayecto estaba siendo la temeraria conducción de Cloe, pues las carreteras estaban limpias y no había
indicios ni de la milicia, ni del ejército, por lo que su misión estaba siendo todo un éxito. O eso es lo que pensó cuando llegaron al puerto y pudieron descargar las cajas
más esenciales para el quirófano, tras lo cual retomaron el camino de vuelta al hospital.
Lo que el Dr.Carmichael no sabía, es que el peligro no siempre se esconde donde se espera encontrar

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