---------------

Libro PDF Dueña de su destino María Suárez

http://i.imgbox.com/aWMV9cPF.jpg

Descargar  Libro PDF Dueña de su destino María Suárez 


Lo despertó su habitual dolor de cabeza, la
penumbra de la habitación indicaba que era de
noche, lo que no sabía era si estaba amaneciendo
o, por el contrario, ya había oscurecido. Tenía un
vago recuerdo: había bebido hasta perder la
conciencia, hasta lograr que se calmara ese
horrible dolor de cabeza. Poco a poco, fue
incorporándose en la cama, todo le daba vueltas.
Cuando se hubo estabilizado, bajó al suelo; la
chimenea se había apagado en algún momento.
Estaba desnudo, pero no sentía frío. Se
acercó al escritorio y miró su reloj: las cuatro de
la madrugada. Descorrió la cortina y la luz de la
luna iluminó su esbelto cuerpo. Añoraba las
caricias de una mujer, algo que no ocurría desde
que volviera de la guerra. La única vez que lo
intentó fue con una fulana en el muelle y no pudo ni
empezar al ver la cara de horror de la chica
cuando reparó en la deformación de su mejilla. El
fuego había arrasado con todo lo que encontró.
Ocultaba su ojo con un parche; estaba condenado y
lo sabía. Cogió otra botella de whisky de la mesa
y se metió de nuevo en la cama.
CAPÍTULO 1
—¿Qué vamos a hacer, Rupert?
—No lo sé, Sara.
La tristeza embargaba el pequeño salón de
la familia Baker. La vida no los había tratado bien
en los últimos años. La escasez de dinero por las
malas cosechas había hecho que tuvieran que
desprenderse de muchos de sus muebles y objetos
queridos. Aun así, lo poco que quedaba en la casa
estaba limpio y ordenado. La bella mecedora, que
parecía brillar delante de la chimenea, era un
recordatorio del amor que Baker profesaba a su
esposa, él mismo la había tallado para ella en su
primer embarazo y pensar que tuviera que
deshacerse de ella lo hacía enfermar.
Sentados en la mesa junto a sus hijos Justin,
Claire y Alex trataban de encontrar una solución al
grave problema que tenían.
—Tendrás que ir a hablar con el conde y que
sea lo que Dios quiera.
—¡No puedo! El administrador dejó bien
claro que debemos irnos.
Días atrás, un enjuto y algo antipático
representante de su señoría se los había
comunicado en su visita: «Ya no hay más
prórrogas, tienen que marcharse. ¡Es una orden del
conde! »
Aquellas palabras habían sido un mazazo
para él. El llanto disimulado de Claire pasó a ser un
desgarrador gimoteo.
—¡Pe… pero, tiene que escucharte, papá!—
le dijo a su padre, entre suspiro y suspiro. Sus diez
años no entendían de formalidades.
Rupert Baker se levantó con gesto cansado y
se puso su sombrero y abrigo. Estaba abatido, pues
creía que de nada serviría hablar con su señoría.
—Voy contigo, papá —fueron las primeras
palabras de Alexandra.
El hombre miró con gesto triste a su hija
mayor, pues era una joven que había heredado la
belleza de su madre y trabajaba como un hombre.
Nunca se quejaba de nada y, como todo padre,
deseaba para ella algo más que una vida entre
gallinas y trigo. El abrigo había visto tiempos
mejores, por mucho que ella se empeñara en sacar
tela de donde no había, ya no podía esconder que
se había convertido en una mujer hecha y derecha.
Rupert, hundiendo los hombros ante el porvenir
que les esperaba a sus hijos, se encaminó a la
mansión.
Media hora más tarde, los dos se
encontraban junto a la entrada del castillo del
conde. Hacía años que Baker no iba a ese lugar,
situado sobre un peñasco de roca de arenisca en la
llanura de Cheshire. Se rumoreaba que, en los
jardines del castillo, permanecía enterrado un
tesoro perteneciente a Ricardo II de Inglaterra. Su
aspecto era desolador, el jardín estaba
descuidado, lo que antes era un huerto ahora solo
eran malas hierbas. Sus hermosos rosales ahora
eran rastrojos. La fachada de la casa no era la
mejor, pero conservaba la belleza de antaño, de
cuando el anciano conde aún vivía. Siempre se
había comentado que el joven señor había sentido
más cariño por su abuelo que por su padre. Este
había fallecido cuando él apenas tenía diez años y,
para mayor infortunio, el abuelo también había
fallecido, dejándolo con apenas veintitrés años y
el título de conde de Cheshire.
Se acercaron a la puerta, llamaron y
esperaron a que alguien los recibiera. Tras lo que
pareció una eternidad, un sirviente mal vestido les
abrió la puerta.
—¿Qué quieren?
El hombre no parecía muy contento de
recibir visitas. Hacía años que trabajaba para la
familia, siempre había estado al lado de su señor
y, desde que la desgracia se apoderó de él, vio
cómo todo el mundo le daba la espalda. Todos
esos grandes señores que eran los primeros en
llegar para las fiestas ahora se escondían
temerosos ante el aspecto del amo. En el pueblo
existía la leyenda de que Strafford vagaba por la
casa desnudo y con la huella visible en su cara de
la falta de su ojo. Todo culpa de las incultas
campesinas que solían trabajar allí.
—Deseo ver al señor conde. Mi nombre es
Rupert Baker, soy un arrendatario y me urge que
me reciba.
—Pues lo siento, pero el señor no recibe
visitas. —El sirviente hizo ademán de cerrar la
puerta, pero algo se lo impidió. Hacía tiempo que
había comprendido que lo único que atraía
visitantes hasta allí era el deseo de mortificar al
señor, sin olvidar que podía también ser el
destinatario de la ira del hombre por dejar pasar a
nadie sin invitación.
—No me iré de aquí hasta hablar con su
señoría. —Baker impidió con su pie que el
sirviente cerrara el pesado portón.
—Le he dicho que…
—Dígale que estoy aquí y que no me iré
hasta hablar con él.
—No se mueva.
Mientras esperaban que los atendieran, la
cabeza de Baker no paraba de dar vueltas.
****
En la soledad de la biblioteca y con un
whisky en la mano, una solitaria figura repasaba
mentalmente su vida. Estaba lisiado por el resto de
su existencia, solo, amargado y no contaba con
nadie con quien compartir esa amargura. Ya habían
transcurrido dos años desde que sufriera una
emboscada durante una batalla del ejército al
mando de sir Thomas Graham.
Su misión había sido avanzar hacia el
noreste y bloquear la retirada francesa por el
Camino Real que llevaba a Bayona, atacando el
extremo derecho de la línea francesa situado en los
pueblos de Gamarra Mayor y Gamarra Menor,
pero algo salió mal y fueron directos a una trampa.
Alejado del bullicio de Londres, nadie se
acordaba de él. Su madre vivía por y para sus
fiestas, para ella nunca había sido motivo de
preocupación. La única persona que sintió cariño
por ese niño huérfano de padre fue su abuelo. Los
golpes en la puerta devolvieron sus pensamientos
a la realidad.
—¿Qué quieres? Te dije que no me
molestaras.
—Perdón, señor, pero lo busca un
campesino.
—Pues dile que no estoy.
—Lo intenté, pero insiste en que no se irá
hasta hablar con usted
—¡Maldita sea!¿De quién se trata?
—De Rupert Baker.
—¿Quién? No lo conozco, deshazte de él.
—Dice que es un arrendatario.
—Pues que se ponga en contacto con mi
administrador.
—Sí, señor. —Pero al darse la vuelta,
tropezó con Baker—. ¿¡Qué hace!? Le dije que me
esperara fuera.
—Señor conde, le ruego que me permita
hablar con usted —Baker habló en voz alta para
ser escuchado por el conde que estaba detrás de la
puerta. Baker no hizo caso de la furia del criado y
de sus intentos de empujarlo hacia afuera.
—¡Fuera! El señor no recibe visitas.
Sin medir las consecuencias, empujó la
puerta y se dejó caer de rodillas delante del conde
—¡Por favor, escúcheme! Se lo pido de
rodillas.
El hombre parecía muy desesperado. ¿Qué
querría con él? La curiosidad pudo más.
—Tiene cinco minutos. ¡Aprovéchelos! —le
respondió en un tono severo.
Despacio, Baker se levantó y quedó de pie
junto a Strafford que estaba a su lado. El primer
impacto al ver su cara fue de asombro, había
escuchado rumores, aunque nunca prestó atención.
Sabía que lo habían herido en la guerra, pero no
esperaba un aspecto tan diabólico.
Mathias esperó a ver la reacción de ese
campesino al ver su rostro quemado. Sabía que lo
que el hombre mostrara sería el trato que recibiría
por el resto de su vida.
—Se le acaba el tiempo —dijo girándose y
dándole la espalda.
—Señor, llevo toda mi vida al servicio de
su difunto abuelo y ahora al suyo.
—Por favor —dijo el conde—, no me
interesa su vida. —Con un gesto de desprecio,
cortó las palabras del hombre
Baker no se dejó amedrentar.
—Este año la cosecha no ha sido

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------