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Libro PDF Ecos de amor Mimi Romanz

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Capítulo 1
—¿Qué? —Carla abrió grande los ojos
ante las palabras que acababa de
expresarle su amiga—. ¿Acaso te
volviste loca? No. No pienso hacerlo, ni
lo sueñes. —Cruzó los brazos sobre su
pecho y frunció el ceño al mismo tiempo
que enfatizaba su negativa con la cabeza.
—Eres la mejor en el tema, Carla.
¿Quién más podría ayudarle? ¿Yo? —
Almudena imitó su gesto y se paró frente
a ella para detener sus pasos—. Vamos,
no veo por qué no puedes hacerlo.
Carla la fulminó con la mirada. Sí,
solía jactarse de que lo era, pero lo que
Almudena pretendía que hiciera podía
poner en jaque aquello que venía
planificando desde hacía tiempo.
—Vale —aceptó Almudena—. Pero
podrías hacerme el favor a mí, ¿no?
Cerró los ojos en un gesto cansino y
resopló. «Lo que me faltaba», pensó.
Esa jugada era digna de su amiga, que
sabía que no podía negarse a nada de lo
que le pidiera.
—¿A ti? —intentó hacerse la
desentendida, aunque estaba segura que
no le serviría de nada.
—¡Ja! Muy graciosa. De más está que
te recuerde que estoy loca por Rodrigo.
Anda, ayúdame. Mientras tú le das
clases a Julio, yo puedo entretener a su
amigo. —Le guiñó un ojo.
Carla se retiró las gafas y frotó los
cristales con la parte baja de la camisa
que llevaba puesta, los levantó para
mirarlos a contraluz y volvió a ubicarlos
sobre el puente de su nariz. Lo haría, aun
a costa de saber lo que ello implicaba,
pero quería hacerla rogar un poco.
—Por favor, por favor, por favor —
suplicó Almudena, juntando las manos.
—Está bien —dijo al fin—, sabes
que no puedo decirte que no, pero que
conste que me debes un favor, y uno muy
grande.
Almudena soltó un grito de alegría y
la abrazó efusivamente.
—Pero que quede claro que será de
acuerdo a mis horarios. Si no puede, lo
lamento —sentenció.
—Lo que tú digas. Eres la mejor
amiga en todo el mundo. Voy derechito a
contarle a Julio.
Carla no tuvo opción a nada, su
amiga apenas se despidió y, rauda,
desapareció de su vista y la dejó sola.
Se acomodó la mochila en el hombro y
se encaminó a la parada del autobús
para regresar a su casa. Como siempre,
no prestó atención a nada ni a nadie,
pero el sí que le había dicho a
Almudena no la dejaba mantener la
mente en otra cosa. No se caracterizaba
por ser tímida, pero darle clases a uno
de los chicos por el que más de una
chica suspiraba —y ella no era la
excepción—, tenía que reconocerlo, la
ponía un poco nerviosa.
Suspiró con resignación antes de
entrar a su casa, ya no había vuelta atrás,
y debía acomodar sus horarios para
pasar unas horas con Julio, seguramente,
en la biblioteca, porque no deseaba
tener un encuentro con él en ningún otro
lugar que no fuera ese, y siendo que
tanto Almudena como Rodrigo y Julio
también vivían en Cartes, sabía que esa
era la mejor opción.
—Llegué —gritó al traspasar la
puerta, para que su madre estuviera al
tanto, y subió las escaleras directo a su
habitación. Se descalzó incluso las
medias; adoraba sentir la piel sobre el
frío suelo, y más cuando el calor
comenzaba a hacerse notar. Tiró la
mochila sobre la cama, se deshizo de la
chaqueta y se cambió el vaquero por un
pantalón corto. Lista para la merienda,
bajó y se dirigió a la cocina.
—Hola, peque —saludó a su
hermana menor, Dara, que ya estaba
sentada a la mesa con un tazón de
cereales frente a ella. Esta le respondió
apenas meneando la cabeza, concentrada
en el cómic que tenía entre manos.
—¿Qué tal tu día, cariño? —la voz
de su madre sonó detrás de la puerta
vaivén que separaba la cocina del
comedor.
—Normal —mintió, no le iba a
contar sobre la ayuda que debía
brindarle a Julio; no era que no quería
hacerlo, pero prefería mantener justo
esta en silencio. Su madre la conocía
muy bien y, con solo una mirada directa
a sus ojos, podía descubrir todo lo que
ocurría en su interior—. Nada nuevo ni
interesante. Siendo el año final de
instituto, parece que todos están más
relajados, aunque, claro, siempre están
los rezagados que piden un empujón a
último momento.
—¿Quién lo hizo en esta ocasión? —
Su madre entró al comedor con una
bandeja en las manos.
Carla se reprochó a sí misma; su
boca había hablado de más.
—Eh… un conocido de Almudena —
dijo y cogió una taza para servirse leche
y evitar el tema—. ¿Me pasas el
chocolate, por favor?
A su madre no le pasó desapercibido
el cambio en su hija. Era común que
ayudara a otros compañeros, ya fueran
de su mismo curso o de otros, y solía
nombrarlos a todos; de hecho, tenía un
registro de cada uno en un cuaderno,
cual profesora que pasaba lista y ponía
notas. Le alcanzó el frasco y se la quedó
observando.
—¿Y no tiene nombre ese chico?
Porque es raro que no lo digas.
Carla tragó saliva, de repente, no
tenía palabras para argumentar lo que
quería ocultar, mas algo le saldría.
—Supongo que sí —señaló sin
apartar la vista de la taza—, pero Almu
solo me dijo que es un amigo de
Rodrigo, ya sabes, el chico del que está
locamente enamorada.
—Ahora entiendo —comentó su
madre—. Mientras tú le das clases, ella
entretiene a Rodrigo.
Carla levantó la cabeza, ¿era bruja,
acaso? Eso mismo le había dicho
Almudena.
—No me mires así, hija, es
entendible. Además, ¿a quién le van a
pedir ayuda si no es a la mejor alumna?
Estoy muy orgullosa de ti, cielo

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