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Libro PDF El amanecer del terror Israel Rojas

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Esas nubes negras y esa tenue luz
yacían en el horizonte de un bosque
perdido en la soledad infinita. Solo se
veía un camino de tierra por el cual fluía
indomable el vehículo dónde Diego y
David, los dos hermanos, recorrían el
sendero en busca de su destino fatal.
Ellos no lo sabían, pero se estaban
acercando a lo que sería el principio de
la locura sin igual en su realidad.
Días antes, habían planeado salir
hacia el pueblo donde se crio un amigo
suyo, Adrián, que les invitó a pasar un
fin de semana en la tranquila morada en
la que vivía. Pero nadie sabía, que las
reglas del juego para ellos, no podían
ser otras que seguir los pasos de los
designios de su suerte y su verdad.
Amanecía en el cielo y la tierra se
proclamaba triste, la luna se retiró
melancólica y las nubes perezosas, al
contemplar el inminente sino de los dos
hermanos, que se habían perdido por el
camino que dictaría, como toda
desgracia, el principio de los llantos de
la eternidad celestial.
— Creo que nos hemos perdido,
llevamos media hora dando vueltas
— Dijo David, con cansancio.
— Pero entonces fue cuando lo
vieron, hay plantado, a su
izquierda, el cartel más propicio
para las puertas del infierno que
para la pequeña población que
anunciaban sus letras.
— Vamos a entrar, puede que nos
digan por donde tenemos que ir
ahora — Comento Diego, llevando
el coche hacia el camino que los
llevaría hacia el momento decisivo.
Entraron en el pueblo, pero lo que
vieron les dejo estremecidos. No sabían
dónde estaban ni como habían llegado
hasta ese lugar, pero lo que si sabían es
que era un sitio misterioso y oscuro, que
les transmitía algo de miedo e intriga a
la vez.—
Mira, están todas las casas en
ruinas, no hay nadie — Dijo Diego
con asombro y emoción.
— Es increíble, vamos a
investigar un poco — Invitó su
hermano, de camino hacia una de
las casas medio derruidas que
yacía como cadáver de lo que
había sido el hogar de algún infeliz.
Se bajaron del coche y miraron hacia
el interior de la casa, pero se quedó sin
palabras en el momento que vio lo que
creyó ver en el interior de la vivienda,
desde una ventana rota podía
visualizarse, descansando en encima de
una mesa, como yacía imperturbable.
— Madre mía ¡qué asco! —
Exclamó David — ¡Vámonos de
este sitio!
Y es que lo que había en esa mesa,
era nada más y nada menos que los
restos descompuestos de una mano
humana, hasta el codo llegaban los
huesos, puestos en la mesa como si de
nada importara. En aquel momento, los
hermanos escucharon un terrible grito de
mujer, alaridos de sufrimiento y llantos
desgarrados que provenían de aquel
sitio alejado del resguardo de la mano
de Dios.
Fueron en la dirección en la que
creyeron que provenían los bramidos,
pero en ese momento cesaron. Se
quedaron en mitad de una plaza eterna,
mirando a su alrededor. Observaban con
terror, buscando con la mirada la mujer
de la cual provenían los aullidos, pero
no veían nada.
— Quizá sería mejor que nos
vayamos — Dijo David con miedo
en los ojos — ¿Has visto lo que
había? ¡una mano humana!
En ese momento aquel alarido volvió
a oírse, pero esta vez se escuchó con
más fuerza, más profundo y más
aterrador. Sólo debía estar a la vuelta de
una esquina que tenían a su derecha,
sólo tenían que ayudar a la chica y
podrían irse de aquel lugar
estremecedor. Salieron corriendo, en
busca de la mujer, pero
lamentablemente, en aquella desgraciada
mañana, eso fue lo peor que pudieron
ver.
— ¡No puede estar pasando esto!
— Gritó Diego aterrado, mientras
entraba en estado de pánico.
— Vámonos de este lugar ahora
mismo, por favor — Dijo David
agarrando a su hermano para que
valla en dirección a su coche y deje
de mirar.
Y la verdad es que no sabían por qué,
pero en el suelo de la triste calle, había
una mujer con las tripas abiertas,
tumbada en el suelo, y en un charco de
sangre. Era terrible esa imagen, más
terrible pues, cuando los dos supieran lo
que había producido esos
acontecimientos, y lo que les llegaría a
sus vidas cuando supieran lo se les
venían encima. Salieron del pueblo
abandonado, aterrados y con el corazón
latiendo a cien por minuto. Acordaron
que avisarían a la policía cuando
encontraran un sitio donde llamar por
teléfono. Más nunca llegarían a avisarla,
porque las siguientes horas serían
trascendentes para ellos.
Llegaron al fin a su destino y
encontraron a Adrián, su amigo, en la
casita que descansaba a la vista de una
bella población de no más de 30
habitantes. Cuando llegaron, contaron lo
que habían pasado aquella mañana, lo
que habían visto y lo que tendrían
guardado en sus corazones para siempre.
— No puede ser que halláis visto
eso… — Se lamentó Adrián —
Veréis, os tengo que contar la
verdad…
Ahí fue, sentados en el sofá, al color
del fuego de la chimenea, donde los
hermanos supieron de su destino tan
cercano.
Hace mucho tiempo, una bella mujer
vivía en un apacible pueblo. Aquella
mujer estaba resentida con la vida, que
la había quitado a sus padres, que
murieron por una enfermedad, y a su
marido, que se suicidó delante de ella,
después de no aguantar más la agonía
del dolor de la pérdida de su hermana.
Ella se quedó sola en el mundo, muy
sola se sentía. Comenzó a no salir de
casa. La gente comentaba que hacía
pactos con demonios, que había
aprendido magia negra. Les mandaba
hacer mal a los habitantes del pueblo, le
mandaba crear incendios y derruir
casas.
Poco a poco el pueblo se quedó sin
habitantes, unos morían y otros se
marchaban. Hasta que un día, ella se
quedó sola, salió a la calle, y se abrió
las tripas con un cuchillo.
Cuentan que Dios la castigo por
pactar con súbditos de Lucifer, que la
maldijo hasta el fin de los tiempos con
vagar por aquel desierto de soledad, y
que lamentaría por siempre todo el mal
que cometió en vida. Pero ella, habló
con el príncipe del mal, y a cambio de la
promesa de que al final de los tiempos
ella iría con él, la concedió el poder de
maldecir a cada humano que visite aquel
pueblo que ahora la pertenecía. Todo
aquel que pise su hogar, será maldecido
con la muerte de sus seres queridos,
hasta morir él mismo, y vagar por aquel
pueblo abandonado después de muerto,
para así poder hacer compañía a la
malvada mujer, que se volvió loca en
vida, loca por dolor…
Fin.
Acerca de Israel Rojas
Comenzó su camino en el ámbito
de la música Hip Hop, componiendo
canciones que luego cantaba. Años más
tarde eligió la escritura y tiene varios
relatos, pero el Amanecer del Terror ha
sido el primero de cara al público.
También pretende terminar una novela
corta que está preparando para

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