---------------

Libro PDF El amor era su destino Sophia Ruston

http://i.imgbox.com/qNvqiEIV.jpg

Descargar Libro PDF El amor era su destino Sophia Ruston 

El marqués se abalanzó sobre su
oponente, gritando de rabia y tirándolo
al suelo. El otro iba a golpearlo por la
espalda mientras éste estaba ocupado
con su compañero, pero algo se lo
impidió.
—Vamos, amigos, ¿no creéis que ya
os habéis divertido lo suficiente?
Un muchacho rubio, con apariencia
angelical, se había colado entre la
multitud para agarrar a aquel matón del
brazo.
—¿Y quién nos va a parar? ¿Tú? No
me hagas reír. Con esa cara de querubín
no asustarías ni a un ratón.
—Cierto, el pobre no podría pararos,
pero el director quizá sí, y viene hacia
aquí —advirtió otro muchacho que se
había parado al lado del rubio.
Pronto la multitud se disolvió,
alejándose de ellos, para no meterse en
problemas.
—El hijo del borracho tiene razón, es
mejor que nos vayamos —dijo el chico
al que el marqués le había dado la
patada, y se levantó a duras penas.
—Esto no quedará así, marquesito —
se libró del marqués, para luego salir
corriendo en pos de sus compañeros.
El muchacho rubio sacó un impecable
pañuelo blanco de su bolsillo y se lo
ofreció al marqués, que continuaba en el
suelo.
—Límpiate, estás horrible.
El marqués gruñó e, ignorando el
pañuelo y la mano que el otro le tendía
para que se levantara, se incorporó él
solo.—
No necesito vuestra ayuda.
—Claro que no, grandullón, sólo hay
que ver cómo te han dejado —respondió
el que le había ofrecido la mano,
caminando junto a él. El marqués se
acercó, tambaleante, hacia un banco y se
desplomó sobre él—. Mírate, estás
hecho polvo.
—Que compartamos habitación y
vayamos a la misma clase no nos
convierte en amigos. Dejadme en paz. Y
tú, deja de llamarme así.
—¿Has visto cómo nos lo agradece,
angelito?
—¿Y tú te quejas de que te llame
grandullón? Mike, eres como un grano
en el culo.
—Gracias, ésa es mi única intención
en la vida. Mis motes son del todo
inofensivos, al contrario que los de
aquellos imbéciles.
—¿No sería mejor que nos llamaras
por nuestros nombres y ya está?
—Alexander y Charles son nombres
sumamente aburridos.
—¿Y Michael no?
—Mira…
—¿Queréis callaros de una maldita
vez? ¡Me duele todo!
Alexander se llevó las manos a la
cabeza, gimiendo y retorciéndose en el
banco.
—¿No será mejor que busquemos a un
médico? —Le preguntó Charles a
Michael.
—No sería buena idea, haría
preguntas y se lo comentaría al director
—contestó éste sacudiendo la cabeza.
—Entonces, lo único que podemos
hacer es llevarlo a la habitación. No lo
podemos dejar aquí tirado. Además,
esos tres imbéciles pueden volver en
cualquier momento.
—Está bien, tú lo sostienes por un
lado y yo por el otro. Espero que por lo
menos se pueda tener en pie.
Entre los dos, le ayudaron a
levantarse. Para tener trece años,
Alexander, era anormalmente alto.
—Caray, cómo pesas, grandullón.
—He dicho que no necesito vuestra
ayuda.
—Te repites demasiado. Déjanos
echarte una mano y ya está. Además,
fuiste tú el primero que se metió en
problemas al ayudar a aquel chico con
el que se estaban metiendo esos inútiles
—le recriminó Charles.
—Eran tres contra uno —respondió,
incómodo, Alexander.
—Al igual que luego fueron tres
contra ti, porque el otro, en cuanto se
vio libre, salió corriendo por patas y te
dejó a tu suerte.
—Pero yo tengo la ventaja de mi
estatura.
—Eso y que tienes dos cojones bien
puestos, amigo —dijo Michael con
sorna, mirando a su alrededor por si
algún profesor lo oía utilizar ese
lenguaje tan vulgar que había aprendido
en la taberna del pueblo, donde se
escapaba para ver a los hombres jugar a
las cartas.
—Ya os he dicho…
—Que no necesito vuestra ayuda —
acabaron diciendo los tres a la vez.
Alexander no pudo evitar reírse con
ellos. Así fue como llegaron los tres,
tambaleándose y riéndose, a la
habitación. Desde aquel día, Alexander,
heredero del duque de Kinstong;
Charles, heredero del conde de
Blackford; y Michael, heredero del
barón de Castel, se hicieron
inseparables.
Capítulo 1
Londres, 1815.
—¿Podría ir más despacio, milady?
—¿Y qué diversión habría?
—No es seguro y bien visto ir al
galope por Hyde Park.
Elizabeth Anglese tiró de las riendas
para frenar a su yegua. Lord Hasclot se
detuvo junto a ella con una sonrisa.
—Si quiere cabalgar, sé de una zona
menos transitada. Sería un placer para
mí llevarla y dejarla seguir con su
diversión.
Lord Hasclot, de unos treinta años,
delgado y no muy alto, seguía
manteniendo su sonrisa, pero ahora
había en sus ojos un extraño brillo que
Elizabeth supo identificar.
—Muy amable, milord, pero se ha
hecho tarde y tengo otro compromiso.
Quizás en nuestro próximo paseo.
Aunque pensó que no volvería a
aceptar otra invitación de él para pasear
solos. Elizabeth desafiaba a su padre al
coquetear con todos los hombres, pero
hasta cierto punto, ya que, por más que
quisiera enfadarlo, tampoco pretendía
arruinar su reputación.
—¿La veré en el baile de lady
Clipton? —Preguntó lord Hasclot
cuando estuvieron frente a la casa del
duque de Handquenfield, el padre de
Elizabeth.
—He aceptado la invitación —dijo
Elizabeth sin concretar más y, entrando
por la puerta que el mayordomo
mantenía abierta, le indicó con un gesto
de la mano que la cerrase
inmediatamente, antes de que lord
Hasclot se ofreciese a acompañarla.
—¿Está mi padre en casa? —Preguntó
al mayordomo mientras se quitaba los
guantes y se los entregaba.
—Aún no ha vuelto, milady.
—Bien.
Subió corriendo las escaleras de una
manera impropia para una dama, pero
era algo habitual en ella. En su
habitación la esperaba Mary, su leal y
amigable doncella, que sólo tenía tres
años más que los diecinueve de
Elizabeth.
—¿Todavía tengo tiempo, Mary?
—Si nos damos prisa, tendrá tiempo
de ir a la exposición y quedarse una
hora antes del baile.
Mientras Mary comenzaba a quitarle
el traje de montar, Elizabeth esbozó una
mueca de disgusto ante sus planes para
la noche.
—Le he cogido el vestido azul de
paseo, el que es del mismo color que sus
ojos. —Perfecto, ya acabo yo, gracias.
¿Podrías avisar al cochero?
—Ahora mismo voy, milady.
—Mary, por favor, llevo cuatro años
pidiéndote que utilices mi nombre.
—Disculpe, pero me resulta muy
difícil llamarla así.
—Espérame en el carruaje —dijo,
mientras se ataba los lazos de su
sombrero de paja y dejaba sueltos
algunos rizos rubios.
Cuando estaban en el patio, Mary
subió al pescante con el cochero y
Elizabeth entró en el carruaje. Antes de
que se acomodara en el asiento, una voz
familiar la sobresaltó.
—Espero que no hayas quedado con
otro de tus pretendientes, niña.
—¡Marcus, me has asustado!
En el asiento de enfrente estaba un
hombre de unos cincuenta años, con su
pelo castaño lleno de canas y cálidos
ojos negros. Marcus Klent, secretario
del duque y su hombre de confianza,
llevaba más de dos décadas trabajando
para los Handquemfield, y era más un
padre para Elizabeth que el propio
duque.
—Voy a la exposición de la Royal
Academy.
—Mejor eso que ir cabalgando como
una loca por Hyde Park.
—Ya no me sorprende que estés al
tanto de todos mis movimientos. Me
controlas demasiado.
—Es necesario.
—Si no me agobiaras tanto…
—Harías lo mismo, con tal de
desafiar a tu padre.
—¡Es que es injusto!
—Ya hemos hablado de esto en
numerosas ocasiones.
—No, Marcus, escucha. Ésta es mi
primera temporada y ha sido todo un
éxito. Si quisiera, podría casarme con
cualquier lord rico.
—No puede ser, porque ya estás
prometida con el marqués de Glenmore.
—Pero si encontrara a otro hombre
con dinero de sobra para devolverle el
préstamo al duque de Kinstong, ¡ya no
tendría que casarme con su hijo!
—No cualquier caballero daría tal
cantidad de dinero y pasando, además,
por alto tu falta de dote.
Elizabeth se cruzó de brazos y miró al
secretario con disgusto. La cara del
hombre mostraba cansancio, pues habían
mantenido la misma discusión durante
muchos años.
Hacía años, el padre de Elizabeth, le
había pedido un préstamo al duque de
Kinstong, este se lo había concedido con
una condición: a cambio del dinero,
Elizabeth debía comprometerse en
matrimonio con su único hijo y
heredero, el marqués de Glanmore. Si
el enlace no se llebara a cabo,
Hadquenfield debería devolver el
dinero, a menos que quien rompiera el
compromiso fuera su hijo el marqués.
Glenmore y su padre el duque
siempre se habían enfrentado, y el
último desafío del hijo había sido
alistarse en el ejército de Su Majestad.
Hacía cuatro años que no se tenían
noticias de él. Sólo se sabía que aún
estaba vivo y que, seguramente, en
cuanto volviera, se llevaría a cabo el
enlace. Eso era lo que decía el duque de
Kinstong en la última carta que el padre
de Elizabeth había recibido de él. Desde
entonces, ella estaba más desesperada
que nunca, porque la guerra en el
Continente había supuesto el destierro
definitivo de Napoleón en Santa Elena,
tras su derrota en Waterloo.
—Y padre aún no tiene el dinero,
¿verdad?
—No, niña, ya sabes que no. Tu
presentación en sociedad no es barata y
tu padre no quiere jugárselo todo con el
marqués, pues éste no suele cumplir con

Web del Autor

Pagina Oficial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------