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Libro PDF El amor es hambre Ana Clavel

 El amor es hambre Ana Clavel

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Una vez fui un ángel y como todo ángel fui
también un demonio de pureza. Una pequeña fiera
sin contemplaciones: mis garras eran diminutas lo
mismo que mis alas pero sabía hincarlas o
agitarlas sin medir consecuencias. Sólo yo y la
inmediatez de mi deseo.
Como todo bicho empecé desde pequeña.
Tuve un nacimiento feliz en el seno de una familia
amorosa. Entonces habían pasado de moda las
familias grandes. Los hombres ya no tenían la
obligación de demostrar su virilidad con el
número de hijos ni con la primogenitura de un
varón, así que papá se quedó satisfecho cuando
mamá me dio a luz. Por su parte, mi madre se
sintió fascinada de tener su propia muñeca de
carne y hueso a la que vestir con flores y listones,
sin tener que descuidar su profesión de bióloga.
Desde que tengo memoria, una de las primeras
frases que le recuerdo decir a Camila, mi madre,
hechizada por mi inocencia, fue:
—Pero mira qué ojos más grandes tiene
esta niña…
A lo que Joaquín, mi padre, solía replicar
alargando la boca como un lobo embozado:
—Son para comernos mejor.
No sé si se daban cuenta entonces o sólo
era parte de un juego, pero sellaban mi destino al
trastocar así los mundos y los sentidos: ver y
comer intercambiaban sus lugares, los ojos y la
boca se entremezclaban. Comer con los ojos,
alimentarse con la mirada. Ver con los labios,
conocer con la boca. Los dos principios voraces
que han dirigido mi merodear por los bosques y
las ciudades, cargada con mi canasta de deseos y
apetitos.
II
No de manera deliberada, pero mis padres
se esmeraron en afianzar esos aprendizajes
carnales al prolongar su luna de miel más allá de
mi nacimiento y mi primera infancia. Cuando
Joaquín no estaba atendiendo su fábrica de
envases plásticos o Camila en un congreso, eran
frecuentes las escenas de un paraíso terrenal ya
fuera en la casa de la Ciudad de México o en la de
descanso en Tepoztlán, tal y como debieron de
comportarse Eva y Adán al descubrirse
subyugados por una voz que no era la de Dios
Padre, sino un susurro proveniente de su interior
que les abismaba la piel, que murmuraba oleajes y
tumbos en sus corazones y entrañas. Qué pronto
descubrió aquel Adán, contemplando las
redondeces apetecibles de su amada, que su Eva
era la verdadera manzana. Qué pronto comprendió
Camila que el fruto más suculento estaba en el
huerto cerrado del cuerpo de su marido. Tal vez
por eso, para andar a sus anchas, aunque en ambas
casas había amplios cuartos de servicio,
prefirieron siempre la ayuda doméstica
estrictamente necesaria. Mucamas, cocineras,
choferes, jardineros, eran contratados según un
horario riguroso de entrada por salida y sólo en
determinados días de la semana. Y en algunas
temporadas, argumentando que las labores
manuales fortalecían el cuerpo y el espíritu, papá
se hacía cargo de podar los árboles frutales y
mantener el jardín, lo mismo que mi madre
mandaba de vacaciones a la cocinera y se ponía al
frente de la espaciosa cocina con mosaicos de
talavera, construida a imitación de las de la época
colonial, y donde era una delicia para la mirada
descubrir en una mesa central la variedad de
chiles y pimientos, jitomates, guanábanas, huevos,
rábanos, aves, calabazas, zapotes, carambolos,
pescados, sandías, aguacates, carnes suculentas,
acelgas, varas de canela y ramos de epazote
embriagador.
Muchas veces he pensado que la memoria
se parece a una pantalla de cine donde se proyecta
una película que, según las circunstancias,
editamos, ampliamos y corregimos para entender o
reafirmar el confuso presente. Entre mis primeros
recuerdos está el de verme trepada en un banquito
colocado por Camila para que jugara a armar
muñecos con las frutas, viandas y verduras. Por
supuesto, yo aprovechaba para reventar sus pieles
turgentes entre mis manos, para macerar sus carnes
impúdicas y probar sus sabores terrenales
mientras ella se hacía cargo del menú del día. Así
surgieron la señora Codorniz con capulines como
aretes y un collar de uvas en el ombligo, o el señor
Lenguado con entraña de ciruelas y cola con aros
de pepino. Supongo que fue ahí donde comenzó a
urdirse mi afición por la comida, o al menos eso
es lo que respondí la última vez que me
entrevistaron en la televisión para conocer un poco
más de lo que los especialistas han llamado mi
salvaje y delicado “toque carnal”.
Pero muchas veces mamá no terminaba de
hacer la comida, asaltada por mi padre. Tanta era
la urgencia de sus cuerpos, el hambre y la sed por
devorarse, que apenas les daba tiempo de
colocarme en el cuarto de juguetes o ponerme una
película infantil para dejarme entretenida. Y se
amaban en plena sala, en la cocina o el comedor,
en las escaleras. Lo atestigüé numerosas veces
porque, apenas pude valerme por mí misma, dejé
los juguetes y las películas para seguirlos, para
situarme en la sombra y comerme con los ojos ese
manjar salvaje y dulce de sus cuerpos
entrelazados. La entrega voraz de mamá, la fiereza
sutil de mi padre. Se encabalgaban con ese
poderío del que se sabe esclavo de su goce. Y
como se ponían al borde del placer y el dolor, y
jadeaban, aullaban, gruñían como las dos
bestezuelas que en realidad eran, al principio temí
por sus vidas. Si bien se apareaban en un frenesí
animal que algo tenía de sublime, terminé por
intuir que sus besos eran verdadera hambre,
mordidas de éxtasis arrancadas a algo tan oscuro y
desconocido como el presagio de la muerte. Lo
mismo los que se prodigaban al juntar sus bocas,
que al beber Camila en el mástil de papá, o al
abrevar Joaquín en esos otros labios ocultos de mi
madre. Al final, sus cuerpos rendidos uno sobre
otro, recobrándose después del furor, eran en sí
mismos los labios de una gran boca que manaba en
su reciente sosiego resabios del paraíso. Y yo
miraba que esa boca sonreía plena y exhausta.
III
Hubo un día que marcó el principio del
placer, que hincó sus dientecillos dulces y feroces
en la piel de la memoria. Ahora que me he
decidido a escribir este cuaderno y la pluma se
desliza como una confesión inesperada, o la punta
de un hilo para aventurarse en el bosque sin
perderse del todo, supongo que puedo ser
despiadadamente voluntariosa y franca. Máxime
que el destinatario de esta enramada de escritura y
deseos tal vez no llegue a leerla. Pero puedo írsela
leyendo yo, del mismo modo que él me leía de
niña. Miro a Rodolfo convaleciente, conectado a
tubos en su cama de hospital y lo imagino como un
embrión en el vientre de una madre misteriosa, en
un estado de latencia semejante a la semilla que
duerme y espera para germinar en otro cuerpo. O
al menos, es lo que deseo creer.
Decía de un momento que hincó sus
dientecillos de placer. Joaquín y Camila
celebraban algo, aunque para el os estar juntos
pudiera ser suficiente motivo. Yo era más pequeña
todavía que en las ocasiones en que me paraba en
mi banquito de la cocina para jugar y acompañar a
mamá. El recuerdo es impreciso y tal vez en gran
medida inventado, pero ¿qué memoria no es una
creación personal? Camila preparaba un pastel,
una especie de savarín con almíbar abundante. A
mí me había dejado recostada en una gran manta en
el suelo, rodeada de almohadones. Hacía calor y
me tenía desnuda jugando con mi cuerpo y los
sonidos con los que se derramaba en surtidor mi
garganta. Terminó de preparar el pastel y decidió
descansar a mi lado en lo que llegaba Joaquín.
Pero papá se retrasaba, algún asunto en la fábrica
lo entretenía. La cercanía de mamá, de su pecho
oloroso todavía a leche y miel, me despertó esa
ansiedad que desasosiega con el hambre. Me
prendí a su blusa y ella entendió el mensaje. Se
descubrió el pecho desbordante que había
empezado a gotear apenas se supo requerido.
Cuando llegó Joaquín, nos encontró a una en
brazos de la otra, adormecidas por el sopor y el
goce: yo por haber comido, ella por prodigarse.
Entonces papá acercó el pastel y un cuenco donde
Camila había depositado el resto del jarabe para
seguir humedeciendo el postre. Llevó una
rebanada recién mojada en el bol a los labios de
mi madre y entre bocados y migajas comenzaron a
amarse. Un aura de dicha y carnalidad se extendía
en torno a ellos y me rozaba a mí también. Gorjeé
porque esa alegría exultante se contagiaba por
cada poro de la piel. Papá se detuvo de pronto
para observar el remolino en que se batían mis
manos y mis piernas, y acercó el cuenco de
ambrosía. Cruzó una mirada con mi madre que,
curiosa y cómplice, lo dejó hacer. Joaquín mojó un
dedo en el cuenco, depositó unas gotas en mi boca
y después comenzó a derramar el líquido espeso y
cristalino sobre mi cuerpo. Luego, entre los dos,
procedieron a lamer y a comerme literalmente a
besos. Mamá diría después que mis ojos grandes
crecían voraces en su éxtasis.
IV
Nadie tuvo que contarme de Caperucita y
el lobo. Advertirme como a la pequeña niña:
“Cuidado con los extraños” porque lo supe por
cuenta propia. A los nueve años mi vida dio un
giro inesperado. Para decirlo sin dilaciones,
Joaquín y Camila se accidentaron en una carretera
camino a Puerto Escondido. Allá habían ido a
reencontrarse pues luego de años de casados por
fin la hiel de la rutina había hecho mella en sus
vidas. Para que nada los distrajera del sueño de
recuperar su paraíso matrimonial, me encargaron
con una pareja de amigos, que eran también mis
padrinos de bautizo. No es que para mis padres
fuera importante la cuestión religiosa, pero como
muchos, cedían a los rituales heredados de sus
familias casi como un compromiso social.
Después de leídas las disposiciones
testamentarias, supe que Rodolfo y Mirna también
serían mis tutores. Una noticia en absoluto extraña
pues se trataba de los mejores amigos de mis
padres, a quienes los abuelos y los tíos veían
como una parte más de la familia. Como no tenían
hijos, dispusieron que viviera con ellos en su
casona de Coyoacán, así que la estancia temporal
que se había programado para unas semanas, pasó
a ser mi residencia permanente.
Por supuesto extrañaba a mis padres, pero
si he de ser sincera, mis tutores se esmeraron por
prodigarme atenciones para que el trago fuera
menos amargo. Mirna también era bióloga como
mi madre, daba clases y trabajaba en el jardín
botánico al sur de la ciudad y tenía pasión por las
plantas carnívoras. De hecho, en una terraza
interior de la casona había creado un hábitat
completo con sus preferidas. Aprendí a conocerlas
y a cuidarlas: en primer lugar, varias droseras o
“rocío de sol”, llamadas así por las gotas viscosas
que secretan para atraer a sus presas. (Cuando
Mirna me presentó su ejemplar de Drosera
rotundifolia, me dijo que fue la que despertó en
Darwin la pasión por las plantas insectívoras, a
las que calificó de verdaderos “animales
disfrazados”, y causa también del tratado que
sobre las mismas publicó en 1875, después de
quince años de investigaciones.) También tenía
diversas byblis o “arco iris” por las puntas
iridiscentes de sus pilosidades asesinas; la muy
díficil de cultivar Darlingtonia californica, mejor
conocida como “Lily Cobra”, sólo reservada para
coleccionistas experimentados, pero fascinante por
su apariencia de serpiente cobra a punto del
ataque; varios tipos de pinguicula con sus hojas
carnosas en roseta, y mi predilecta, la Dionaea
muscipula, mejor conocida como la “Venus
atrapamoscas”.
Una vez que me enseñó a cuidarlas, Mirna
se podía olvidar de mí mientras les prodigaba los
cuidados de humedad y tierra especial como el
musgo molido canadiense, adicionado con perlita
o agrolita para su crecimiento, pero también
porque me podía pasar horas observándolas,
mirándolas fingirse inertes y dormidas hasta que
un insecto, atraído por las delicias de sus néctares,
se posaba entre sus hojas o tallos aterciopelados.
Decía que la Venus era mi consentida,
porque algo de un misterio cárdeno se me revelaba
entre sus valvas carnosas, la suculenta labia de un
sexo secreto que se ofrecía sin recato. El hecho de
que en sus bordes hubiera una suerte de púas o
pestañas que se entrelazaban cuando la anhelada
presa se paseaba en el interior de la vulva
rosácea, provocando un espasmo de gula, no hacía
sino acentuar el horror y la fascinación que esa
boca lúbrica y vegetal me desp

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