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Libro PDF El Ardiente Verano – Mauricio Magdaleno

 El Ardiente Verano - Mauricio Magdaleno

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altar tres mocetones, en mangas de camisa, renovaban concienzudamente el
entarimado, golpeteando con tan cuidadosa suavidad que apenas si de cuando en
cuando el ruido de los martillos interfería la lectura del Testamento. Ni Rogelio
Guzmán ni Guadalupe, su mujer, entendían mayor cosa de lo que proclamó el
Profeta hacía miles de años y el reverendo Heppes machacaba desde hacía diez
minutos. Tenían once años en Texas y no habían logrado familiarizarse con el
idioma, en parte porque no frecuentaban el trato de las familias norteamericanas,
pero principalmente por lo inexpugnable de sus raíces nativas. En tanto tiempo no
se habían adaptado a la vida del extranjero ni era probable que se adaptasen en
ningún término de futuro. Morirían siendo barro impermeable de Michoacán, pese
a todas las fuerzas de lengua, costumbres e idiosincrasia que necesariamente
remoldean la imagen mental del emigrante. Con los muchachos, en cambio, era
distinto. Guadalupe y Rogelio chicos habían nacido en estas anchas praderas de
Texas y se educaban en inglés en la escuela de Magnolia. En nada se diferenciaban
de sus amigos rubios y negros y, cuando la familia se trasladaba alguna vez a
Spring o a Navasota, los pueblos más próximos, sobre la vía del Missouri Pacific,
eran ellos los que se entendían con los propietarios de las trocas, las muchachas de
los Five and ten o traducían a su padre las escasas ofertas de trabajo del San Antonio
News.
—«… Por tanto, de esta manera será purgada la iniquidad de Jacob, y éste
será todo el fruto, apartamiento de su pecado, cuando tornare todas las piedras del
altar, como piedras de cal desmenuzadas; porque no se levanten los bosques ni las
imágenes del sol…»
El angosto recinto de madera hervía como si por fuera lo devorara una
hoguera. Los hombres tenían llenas las caras de sudor y algunas mujeres se daban
aire con abanicos de cartulina ilustrados con reproducciones en offset de paisajes y
anuncios de una flamante tienda de víveres de la localidad. Guadalupe rezaba
ensimismada y perfectamente ajena a las raíces de Jacob y a su iniquidad. Hacía
tres años que venían domingo a domingo a este templo bautista, desde que un
incendio redujo a escombros la iglesita católica de Spring y se quedaron sin sus
misas, y los vecinos les hicieron ver, en un unánime tono de admonición, la
conveniencia de frecuentar la Casa del Señor, como toda la gente honrada. Al fin y
al cabo el que fuera bautista no implicaba ningún divorcio de la fe en que nacieron
ni menos significaba algo para ellos el sentido de la tal confesión: habían optado
por venir para no dar motivo a la discriminación con que veladamente se les
amenazó y, además, allí estaba, sobre el altar, el gran crucifijo al que sólo le hacía
falta el Crucificado para ser como el de la iglesia de Spring y como los de todas las
de su tierra de origen. Desde luego que no era lo mismo ni intervenía un más o
menos apreciable grado de fervor en su obligada feligresía y, a mayor
abundamiento… el recitado del pastor tenía la virtud de producir en Rogelio una
invencible marejada de sueño, y era frecuente que su mujer le hiciese señas con el
pie para que no se durmiese; pero ahora no era el sueño lo que lo abrumaba, sino el
torcedor de los días malos que se aproximaban.
El lunes pasado, en efecto, había anunciado Joe Taffers, el del algodón:
—Las circunstancias nos obligan a hacer un reajuste. Desde el 15 los
mexicanos no naturalizados sólo trabajarán el segundo turno.
Lo que quería decir que los cien dólares que cobraba al mes se iban a reducir
a la mitad. La vida se anunciaba color de hormiga. Abata usted a doce y medio
dólares semanarios el salario de un oscuro pizcador que tiene que alimentar y
vestir a mujer y a dos hijos, sin contar otro que viene en camino, y comprobará que
no se trata precisamente de una broma. Alfonso García, un paisano de Etzatlán,
Jalisco, fue el primero que salió del doloroso estupor producido por el aviso de
Taffers y farfulló, ahogándose:
—¡No sea malo, boss! ¡Cómo quiere que vivamos con cincuenta dólares! ¿En
qué le hemos dado que sentir los mexicanos? Cuando ni los negros le quisieron
entrar al algodón de Deadwood, ¿quiénes sino nosotros le entramos?
—I’m sorry, García. No hay para todos y primero son los de casa.
Confórmese con que no los dejemos en la calle.
De un golpe, el pan se achicó. Mendrugo de pan, mendrugo de vida. Los
amigos aseguraban, una vez que el ramalazo los dejó pensar, que los Estados
Unidos se verían obligados a entrar a la guerra y entonces habría dólares hasta
para aventar para arriba. Pero ¿cuándo entraban? Ya hacía más de un año que la
matazón devastaba a Europa y ni señas de que interviniesen los gringos.
Probablemente ni intervendrían nunca, porque el tal Hitler, al paso que iba, no
tardaría en darles la puntilla a rusos e ingleses juntos, y asunto que acabó. El caso
es que, por lo que fuere, la situación no podía ser más ominosa para unos cientos
de mexicanos del valle inferior del Bravo, Rogelio Guzmán entre ellos. Apenas
empezaba a recomponerse de pasadas penalidades y otra vez la de malas le pegaba
otro zarpazo. Cuando Taffers lo llamó a la pizca del algodón, hacía algo más de un
año, andaba dando tumbos de aquí para allá y poco faltó para que el hambre
acabara con él y los suyos. Si no acabó fue porque se batió como un desesperado,
trabajando por unos cuantos centavos ora en las brigadas que mantenían la vía a
salvo de la nieve, ora de albañil y hasta de vendedor ambulante de fruta. Su nueva
ocupación se tradujo en un ingreso de sesenta dólares mensuales —una miseria, es
verdad, pero que lo salvó de caer con la lengua de fuera y las tripas vacías un día
cualquiera, en las calles de Spring o de Magnolia o de Navasota. En el invierno
pasado, con otros pocos, su salario aumentó hasta ochenta dólares, y finalmente
llegó a cien. Y lo que es tener segura la pitanza: no parecía sino que se había sacado
la lotería por el modo como se dejó ganar por planes en lo absoluto ajenos a su
insignificante realidad.
—¿Sabes, Lupe? —¿de dónde demonios sacó ese hablar con los ojos clavados
en la lejanía de la pradera, hacia el hondo horizonte de los trigales de Mae Ranch?
—: Me late que ya se fue la de malas y que nos llegará nuestro chance. A lo mejor
un día, con el favor de Dios, compraremos ese ranchito.
—¡Ahora sí que la acabamos de amolar! ¿Te has vuelto loco? ¡Date de santos
que te dure el trabajo!
—Lo soñé el otro día y volví a soñarlo anoche. Fue cuando me despertaste
porque estaba hablando dormido. Hay ideas que se le meten a uno acá adentro y…
Ideas de loco: ya lo sé. Me acuerdo de que en el sueño te preguntaba: ¿Cuánto
crees que valga el Mae Ranch, Lupe?
La mujer le miró con sus tiernos ojos melancólicos de desterrada y reprimió
una sombra de sonrisa, esa sonrisa que no conviene expresar cuando se regaña a
un hijo candoroso que dice una burrada. Luego, un poquito alarmada por el estado
mental de su marido, disparó en el mismo plan en que hubiese respondido a una
solicitud absurda de Rogelio chico:
—Mae Ranch, como el Hotel Baker de Dallas y el Woolwoorth de Waco y la
agencia de trocas de los Munson, vale lo que nunca tendremos en todo lo que nos
queda de vida, y eso, ganando tú lo que gana un despachador. Bedloe no es ni la
mitad de Mae Ranch, y ¿en cuánto lo vendieron?
—En cuatro mil dólares, pero…
—¡Por el amor de Dios, Rogelio! Agradece que salimos de tantas miserias.
El hombre convino, tratando de abultar, al revés de Lupe, una sombra de
sonrisa que evidenciaba, a las claras, que estaba muy lejos de tomar realmente en
serio su dicho: —Por supuesto que son puras fantasías —¡dejara de ser Guzmán si
no se le fuera la cabeza en el humo de los sueños! Un su tío quiso ser abogado y
para el efecto vendió cuanto tenía y acabó de ordenanza de una oficina en Morelia,
y su primo Lorenzo… No era la primera vez que sus ventoleras, por
desproporcionadas, conmovían a Lupe y sublevaban su maciza noción de la
realidad. Pese a que Rogelio trató de tirar a guasa sus palabras, insistió, bien que
en el tono de quien justifica los alcances de un dislate—: ¿Sabes cómo le pondría si
en vez de ser pobre hubiera sido rico y estuviéramos tirando ya las escrituras?
Lupe Ranch… ¡Sería como si trasplantáramos un pedacito de México en el que tú y
los muchachos se codearían hasta con los Munson!
Una de tantas tardes, de regreso del algodonal, sus ojos y su corazón
acariciaron nuevamente el bulto lejano de la finca y rectificó para sí algún detalle
de construcción que, al pronto, le pareció intolerable:
—¿Cómo diablos se les ocurrió poner el granero precisamente allí donde
parece aplastar la casa? ¡Como si un granero fuera una alberca o una cancha de
tenis! Si Mae Ranch fuera mío, lo primero que haría sería pasarlo junto al pozo y
las trocas podrían cargar en la carretera.
Por lo demás, a nadie sino a su mujer habló de sus chifladuras. El más serio
de sus amigos habría soltado una risotada y muy pronto correrían por los
comederos de los paisanos las más crueles burlas. Seguramente se convertiría en la
diversión de todos. El mismo Alfonso García lo compadecería y se lo llevaría
aparte para sermonearlo: «A ti te enyerbaron con un whisky de esos que anda
recogiendo la policía o se te derritieron los sesos. El verano es duro en Texas y no
eres el primero que se vuelve lucas. ¿Crees que eso vale veinticinco dólares que
ganas a la semana… o cien o quinientos? ¡No seas tarugo y date a respetar!»
Ahora, todo había acabado. Mañana, lunes, habría que fajarse otra vez con la
miseria y, conforme venían las cosas, resignarse a ver reducidos a su mínima
expresión el jamón y la leche y a que los muchachos careciesen de ropa dentro de
cuatro meses, justamente en cuanto empezara a calar el invierno. De Mae Ranch, ni
qué hablar. ¿Para qué? Escupió, como algo amargo, su risible chifladura, y sólo
quedó, mordiéndole las entrañas, la negra realidad. Una protesta se licuó en él,
como uno de esos candies que se convierten en agua fuera del refrigerador.
Maldijo su suerte y el día que nació y la hora en que se le metió entre ceja y ceja
abandonar su pueblo. ¡A ver, imbécil, ya tienes tu Mae Ranch!
Su angustia le afloró en algo que hizo suponer a Lupe que se había dormido
y roncaba. La mujer le miró de reojo y le hizo una seña con el pie. El reverendo
O. W. Heppes había concluido, a la sazón, y su azulenca y flaca hermana miss
Mabel arrancó un himno al pequeño órgano colocado sobre una plataforma
dorada, a un lado del altar. Arriba, en el muro, fulguraban como los centenarios
mexicanos de otros tiempos unas letras en inglés. Acto seguido, el pastor se
escurrió bajo el rótulo, el breve himno se disolvió en una cosa igual a la de todos
los domingos, Miss Mabel cerró el órgano y Ted Carter, el veterano de la Salvation
Army local, subió a su lado para recordar a los presentes que dentro de una
semana se celebraría brillantemente el primer centenario de la fundación de
Magnolia por diez familias de colonos procedentes de Missouri. Habría un gran
desfile en el que tocaría la banda de Dallas, carreras de caballos en las que
competirían los mejores del condado con los del de Conroe y, naturalmente, baile
hasta el amanecer. Se trataba de formar porras, estudiantinas y… de los… cada
quien… los de y los de… step in making… easier… and… Las camisas se pegaban a
los pechos de los hombres y las blusas a los brasieres de las mujeres. Afuera los
voceadores de los diarios de Laredo anunciaban: «Tornadoes rip through southeastern
Texas!»
Noche ahogada y tensa. Bajo los árboles, inmóviles, se dilataban tufaradas
de vapor. Los gruesos troncos hinchados, el aire hinchado, la luz hinchada de las
lámparas, el estrellado e hinchado firmamento. Evidentemente, no hay un límite
de resistencia para el calor, como lo hay para el frío. De día, se insolan los
trabajadores en los algodonales y aun en las mismas calles los niños y los viejos.
Sin embargo, el calor no hace hervir el agua ni la sangre. De noche, lloriquean los
bebés de pecho y la madera suele crujir de un modo especial que es reacción
similar al sudor de hombres, bestias, cereales, máquinas, asfalto, mantequillas.
Daban ganas de asaltar un bus para respirar aire acondicionado. En Magnolia, sólo
el hotel y la cafetería anexa tenían aire acondicionado. Rótulos metálicos gritaban:
beer… beer… beer… Pero el domingo está consagrado al Señor y desde tiempos
inmemoriales se tiene por inconveniente el comercio de nada. En una fuente
restallaba el agua y su olor impregnaba la membrana pituitaria de una
momentánea voluptuosidad. Las bancas estaban llenas de gente y los periódicos
que anunciaban la descarga de un tornado en el sureste de Texas —seguramente
en alguna región próxima a Magnolia— servían para abanicarse. Adultos y chicos
yacían en el césped del parque y brillaban a la luz de los arbotantes racimos de
rosas y peonías. Las mujeres, despatarradas, exhibían los muslos. Sólo la ropa
interior de los escaparates no estaba empapada. En los porches de las casas se
revolvían rítmicamente las mecedoras. Tras varias ventanas se veían rutilar los
jaiboles y las cervezas. En una esquina charlaban dos o tres; y un uniformado,
chofer de la Greyhound o algo así, destacó dos palabras: «tornado» y «Bryan
Mound». Brrrr… brrrr… brrrr… profirió el motor de un viejo Pontiac al que un
negro trataba de echar a andar. Rogelio y Lupe caminaban despacio, en silencio,
pensando exactamente lo mismo: la reducción de veinticinco dólares semanarios a
doce y medio. Apenas volvió él la cara, indiferente al brrrr, brrrr, brrrr que
alguien… con este calor… la de malas…
—El acumulador…
Lo pronunció Rogelio Guzmán, no aquel de la camisa floreada ni el otro que
tiró, a la sazón, el cigarrillo. Lo pronunció pensando en otra cosa que ni
remotamente tenía relación con ninguna suerte de avería mecánica. Lupe le miró,
adivinó una fuga inconsciente en el cerrado reconcomio de su marido, y no
respondió. Hasta entonces advirtió, a su vez, la proximidad de otro pequeño
parque entre cuyos álamos había algo blanco: una estela conmemorativa del
sacrificio de los hijos de Magnolia en la primera Guerra Mundial. Vivían al otro
lado del prado, en una calle de tierra, entre dos baldíos deshabitados. Advirtió algo
más: que llevaba andando muchas horas por un camino desesperantemente largo.
De la casa de los García a la suya no se gastaban más de quince minutos. Quizá
habían hecho veinte. Algo, extraño, la sacudió, como si en efecto Lupe y Rogelio
chicos estuviesen solos desde hacía una inmensidad de tiempo. Una indefinible
sensación de terror la lanzó casi a la carrera. Rogelio llegó tras ella, a su pesar
contagiado por su alarma. Allí estaban los dos y nada, por cierto, justificaba
tamaño sobresalto.
Lupe jugaba una lotería de cartones con las hijas del matrimonio de enfrente,
paisanos, de recientes hornadas, y el muchacho hacía de las suyas en el sótano
desde donde anunció a gritos a su hermana y a las otras:
—¡Le venderé todo esto a Fred y las invitaré a las carreras de caballos!
Instantáneamente la congoja de la mujer se convirtió en franca rabieta.
Todavía nerviosa, chilló:
—¡Sal inmediatamente, Rogelio!
El sótano era su enemigo mortal. Cuantas veces incursionaba en él su hijo,
casi siempre en compañía de dos o tres compañeros de colegio, tantas salía hecho
un vivo terregal y con la ropa rota. Apareció en la boca de la escalera, todo
escurrido, y dijo, en son de disculpa:
—Palabra que acababa de entrar, mamy.
—¿Tanto trabajo te cuesta obedecer a mamá? Mira cómo te has puesto —
pronunció, cansado, Rogelio grande. Luego, despidió a las amiguitas de Lupe con
un protocolario «Hasta luego, chatas. Salúdenme a su papá y a su mamá».
Su hija salió a acompañar a las pequeñas. En el colegio tenía fama de cortés y
la utilizaban frecuentemente para fines sociales. Rogelio pensaba en otra cosa. Se
quedó mirando al hombrecito, como si tratara de abarcar los alcances de algo
importante que aquél, sin saberlo, hubiese revelado.
—Ya debías haber dado una buena limpiada al sótano, hijo —el muchacho
tenía la cabeza gacha y con el rabillo del ojo miraba a su madre servir la cena—.
¿Como cuántos libros habrá?
—Muchos, papy —levantó los ojos y lo miró, a su vez, encantado del interés
que dispensaba su padre al prohibido sótano—. ¿Quieres que bajemos para que los
veas? El jueves hicimos una casa de este tamaño con ellos.
Su mano indicaba algo más de metro y medio. Un montón de tal altura
significaba una superficie mínima de cuatro libros: a ojo de buen cubero,
multiplicó mentalmente Guzmán, sería algo así como un centenar. Lo que quería
decir que, aun como papel viejo, algo valían. Resolvió, en un tono perfectamente
incoloro, sentándose a la cabecera de la mesa:
—Mañana llamaré a Pedro Sánchez a ver si me da un par de dólares por
toda esa basura.
Lupe chica volvió del porche y escondió una risita de mofa. Su hermano la
miró con ojos de odio. Una frase de su hijo recordó a la mujer:
—El jueves tendré que ir a ayudar a María. El viernes es su santo y los
García no perdonan el mole de guajolote.
Tras la cena (el matrimonio y eventualmente los chicos hablaron de la
necesidad de estar prevenidos por si el día menos pensado caía un tornado. Era la
época y…) el muchacho trajo a colación, otra vez, algo referente a los libros del
sótano. De momento no obtuvo respuesta, pero cinco minutos después su padre
dijo:
—Creo que mañana me dedicaré a limpiar el sótano y tal vez yo mismo trate
de vender esos cachivaches en el mercado. ¡Al fin que no trabajaré más que el
segundo turno! —se dirigió a Guadalupe, evidentemente en busca de su
solidaridad—. Hasta me servirá de distracción. ¿No crees?
—Como quieras, pero no creo que saques por todo eso más de lo que te
pague Pedro Sánchez —la voz de la mujer, para quien la conocía, descubría que
estaba un poquito amoscada—. Ahora que si lo que quieres es ponerte como un
marrano…
La ahogada noche de Magnolia se convirtió en silencio. Brillaba, muy alta,
una uña agudísima de luna cuya luz incipiente pintaba dos filamentos en la
ventana de la recámara. El hombre se debatió en la cama hasta dos horas antes del
amanecer, insomne, remoliendo amargamente algo relativo a doce dólares y medio
a la semana. Tampoco Lupe durmió gran cosa, pese a lo cual al día siguiente, una
vez que se fueron los muchachos al colegio, afirmó:
—Tengo tanta fe en que Dios Nuestro Señor nos ayudará, que en cuanto
puse la cabeza en la almohada me agarró el sueño. Es lo que tienes que hacer tú:
tranquilizarte.
Rogelio estaba de mal humor. Se duchó en dos minutos y apenas probó
bocado. Luego agarró su sombrero.
—Voy a echar una platicada con los paisanos del otro lado de la vía.
—Tú sabes muy bien que los del otro lado de la vía no salen del billar. Si Joe
te ve con esos vagos pensará que estás muy a gusto con medio turno de trabajo.
Anoche dijiste que ibas a vender los libros del sótano.
—¿Yo? ¡Para lo que me importa esa porquería! ¡Si siquiera valiera unos diez
dólares!
Se volvió, en la puerta, arrojó el sombrero por ahí y bajó al sótano. Olía a
resequedad y a madera podrida, como la de los durmientes que se resquebrajan en
ciertas vías de las estaciones. Habría, apilados sobre una tierra amarilla, unos cien
volúmenes: exactamente los que calculó partiendo de la base de que con ellos
Rogelio chico y sus amigos habían levantado una casa de metro y medio de altura.
El viejo Simón Noble, que vivió aquí hasta su muerte, no se cuidó, por lo visto, de
que pudiese haber ratas y cucarachas en el sótano. Probablemente ni siquiera bajó
nunca a echar una ojeada por simple curiosidad. Era un hombrecillo descuidado
que salía a las siete de la mañana y volvía a las siete de la noche. Había telarañas
por todas partes y el sitio recordaba uno de esos rincones lóbregos de los
escondites de las películas de misterio. Al contacto de la mano los libros
desprendían un polvo lleno de casi invisibles corpúsculos. Según lo comprobó
Rogelio, con un estricto sentido comercial, nada servía para maldita la cosa, y dudó
de que Pedro Sánchez le diese dos dólares por tan indiscutible residuo. Apartó tres
volúmenes, empastados en percalina roja y azul, que tenían al menos unas láminas
a colores representando animales salvajes y pintarrajeados negros de la selva
africana, y pensó dejarlos en casa para uso de los muchachos. Cuanto a los demás,
se necesitaría ser un idiota para creer que alguien pudiese pagar por ellos más de
unos níqueles, y eso suponiendo que ese alguien fuese lo suficientemente
chacharero como para no tener miedo a pescar un tifo u otra peste cualquiera.
Decidió, por fin, visto lo desdichado de su examen, que lo mejor sería llevarlos a la
barraca de Fred Goober, el de los desperdicios: en todo caso, nada costaba hacer el
experimento y tal vez el mugroso pelirrojo, aunque fuese a regañadientes, tomase
como papel viejo el cargamento por un dólar. Un dólar que, como estaban las
cosas… Lupe le veía subir y bajar como quien saca fardos de algodón que lo harán
millonario. El desdichado montón crecía y crecía en el porche, exhalando tufaradas
de polvo. Lupe no pudo resistir y reclamó a su marido:
—Por lo menos ponte un pañuelo en la nariz.
Lucía abrasadoramente la mañana del lunes 12 de agosto. Al fondo de la
calle, como viniendo del parquecito en cuyo pasto jugueteaban una docena de
palomas, apareció, al pronto, la gris y restirada figura de O. W. Heppes. Cruzó el
arroyo entre un chicharacheo de golondrinas y vadeó la zanja en la que corría
monótonamente el agua del pozo recientemente abierto en un baldío municipal.
Luego, se detuvo en una casa —la de los González— y alguien se quejó de que Joe
Taffers había arrojado a la miseria a los mexicanos. El reverendo asumió una
actitud fatalista y aconsejó resignación.
—Al árbol se le conoce por sus frutos. Hay que tomarlo con calma y
aprovechar la mañana. Acuérdense de la Biblia. Seis o siete páginas reconfortan
más que todo el oro del mundo. «Buscad y hallaréis», dice el Señor.
—¡La Biblia! —refunfuñó, rencoroso, Rogelio Guzmán—. ¡Como si con leer
lo que le pasó a David o a Jacob se arreglara algo!
—Hello, Rogelio. Supongo que también a ti te alcanzó la crisis —lo dijo
haciendo seña de tijeras con el índice y el dedo gordo—. Resignación, hijo,
resignación. Todo tiene fin y tras la tormenta brilla más hermoso el sol.
—Buenos días, señor pastor.
—¿Qué haces con tantos libros? ¿Vas a pon

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