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El camino del encuentro Diana Palmer

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Bolinda Mays le estaba costando concentrarse en el libro de Biología. No había dormido bien, estaba preocupada por su abuelo. Este tenía poco más de sesenta
años, pero era un hombre enfermo y tenía dificultades para pagar sus facturas.
Bolinda había regresado a su hogar desde la universidad de Montana en la que estaba estudiando para pasar el fin de semana con él. El viaje era caro, teniendo en
cuenta la gasolina que se necesitaba para ir y volver en su vieja, pero todavía útil, camioneta. Gracias a Dios, tenía un trabajo a tiempo parcial en un pequeño
supermercado durante el curso, en caso contrario, ni siquiera habría podido permitirse el gasto de volver a casa para ver a su abuelo.
Estaban a principios de diciembre. No faltaba mucho para Navidad y al cabo de una semana, tendría los exámenes finales. Pronto llegaría el frío. Pero el padrastro de
Belinda estaba volviendo a amenazar con echar a su abuelo de la que había sido la casa de la madre de Bolinda. La muerte de esta había dejado al anciano a merced de
aquel loco cazafortunas que estaba metido en todos los asuntos turbios de Catelow, Wyoming. Bolinda se estremeció al pensar que no iba a poder pagar los libros de
texto de segunda mano que había cargado a la tarjeta de crédito. Iba a tener que hacerse cargo también de las facturas de su abuelo. La gasolina era demasiado cara, pensó
con tristeza. Y el pobre hombre ya había tenido que elegir entre la comida y las medicinas para la tensión. Bolinda había pensado en pedir ayuda a sus vecinos, los Kirk.
Pero al único de la familia al que realmente conocía era Cane, y Cane estaba resentido con ella. Muy resentido. Sería arriesgado pedirle dinero. En el caso de que se
atreviera.
Y no porque Cane no le debiera algo después de todas las veces que había intercedido por él en el pequeño pueblo de Catelow, Wyoming, un pueblo situado no muy
lejos de Jackson Hole. Cane había perdido el brazo en Oriente Medio durante la última guerra, cuando estaba en el Ejército. Había vuelto a casa amargado y frío como el
hielo, odiando a todo el mundo. Había comenzado a beber, se había negado a ir a rehabilitación, no había querido saber nada de psicólogos y había terminado
enloqueciendo.
Cada dos semanas, organizaba una trifulca en el bar de la localidad. Los otros hermanos Kirk, Mallory y Dalton, siempre pagaban las cuentas y conocían al
propietario de la taberna, que era suficientemente bondadoso como para no hacer que arrestaran a Cane. Pero la única apersona que podía acercarse a Cane era Bolinda,
o Bodie, como la llamaban sus amigos. Ni siquiera Morie, recientemente casada con Mallory, podía tratar con Cane cuando estaba borracho. Era un hombre intimidante.
Aunque no para Bodie. Ella le comprendía como pocos lo hacían. Algo sorprendente, teniendo en cuenta que solo tenía veintidós años y Cane ya tenía treinta y
cuatro. Era una gran diferencia de edad. Pero nunca había parecido importar. Cane hablaba con ella como si fuera de su edad, a menudo sobre cosas que ella no tenía por
qué saber. Parecía considerarla como un amigo más.
Pero Bodie no tenía el aspecto de un amigo. Evidentemente, en cuanto al tamaño de su pecho, no podía considerarse muy bien dotada. Sus senos eran pequeños y
respingones y no se parecían nada a los de las mujeres de las revistas para hombres. Lo sabía porque Cane había salido en una ocasión con una de esas modelos que
aparecían en las páginas desplegables y le había hablado a Bodie sobre ello. Había sido otra de aquellas conversaciones embarazosas que Cane mantenía con ella cuando
estaba borracho y de las que, seguramente, después ni siquiera se acordaba.
Bodie sacudió la cabeza e intentó concentrarse una vez más en el libro de Biología. Suspiró mientras se pasaba la mano por el pelo, un pelo negro, corto y ondulado.
Sus ojos, de un peculiar color castaño claro, estaban fijos en los de dibujos de los órganos internos del cuerpo humano, pero no era capaz de poner su cerebro a
funcionar. Iba a tener un examen final la semana siguiente, además de un examen oral en el laboratorio, y no quería ser la típica estudiante que terminaba escondiéndose
debajo de la mesa cuando el profesor empezaba a hacer preguntas.
Cambió de postura sobre la moqueta, en la que estaba tumbada boca abajo, e intentó concentrarse. Comenzó a sonar la música. Era raro. Sonaba igual que la melodía
que tenía en el móvil, un fragmento de la banda sonora de la película Star Trek.
—¡Eh, Bodie! Es para ti —la llamó su abuelo desde la habitación de al lado, donde Bodie había dejado el teléfono en el bolsillo del abrigo.
Musitó algo ininteligible y se levantó.
—¿Quién es, abuelo?
—No lo sé, cariño —su abuelo le tendió el teléfono.
—Gracias —susurró—. ¿Diga? —contestó.
—Eh… ¿Señorita Mays? —llegó hasta ella una voz vacilante.
Bodie la reconoció inmediatamente y apretó los dientes.
—¡No pienso ir! —advirtió—. Estoy estudiando para un examen de Biología. ¡Y tengo que preparar una prueba para el laboratorio…!
—Por favor —repitió la voz—, están amenazando con llamar a la policía y creo que esta vez lo harán. Los periódicos se pondrían las botas.
Se hizo un incómodo silencio. Bodie apretó los labios.
—¡Oh, maldita sea! —musitó.

El camino del encuentro Diana Palmer

—Darby dice que con usted se tranquilizará. De hecho —añadió el vaquero esperanzado—, ahora mismo Darby la está esperando justo delante de su casa.
Bodie caminó a grandes zancadas hasta la ventana y miró a través de los listones de las cortinas. Había una enorme camioneta negra en el camino de la entrada con los
faros encendidos y el motor en marcha.
—Por favor —insistió el vaquero.
—De acuerdo —Bodie colgó cuando él todavía estaba dándole las gracias.
Agarró la cazadora y la riñonera y se puso las botas.
—Tengo que salir. Estaré fuera una hora, no tardaré mucho —le aseguró a su abuelo.
Rafe Mays, acostumbrado a aquella rutina, apretó los labios.
—Deberían pagarte —señaló.
Bodie elevó los ojos al cielo y caminó hacia la puerta.
—Espero no tardar mucho —dijo antes de salir y cerrar la puerta tras ella.
Se metió en la camioneta. Darby Hanes, que durante mucho tiempo había sido el capataz de los Kirk, sonrió con pesar.
—Lo sé y lo siento. Pero eres la única persona que puede hacer algo por él. Está destrozando el bar y los dueños están empezando a cansarse de que ocurra lo mismo
semana tras semana.
Después de asegurarse de que Bodie se había puesto el cinturón de seguridad, salió a la carretera.
—Anoche tuvo una cita en Jackson Hole y la cosa terminó mal. O al menos eso creo por la forma en la que maldecía cuando llegó a casa.
Bodie no contestó. Odiaba enterarse de las chicas con las que salía Cane. Parecían ser muchas, a pesar de que le faltara un brazo. Para ella, aquel problema no suponía
ninguna diferencia. Cane continuaba siendo Cane de cualquier manera. Le amaba. Le quería desde que se había graduado en el instituto y Cane se había presentado ante
ella con un ramo de rosas de color rosa, sus flores favoritas, y un frasco de un carísimo perfume floral. Incluso la había besado. En la mejilla, por supuesto, como a una
niña por la que sintiera un gran aprecio más que como a una adulta. El abuelo de Bodie había trabajado para el Rancho Real hasta que la salud le había fallado y había
tenido que renunciar. Aquello había sido cuando Cane todavía estaba en el Ejército, después de la Segunda Guerra del Golfo, antes de que aquella terrible bomba
colocada al borde de la carretera le hubiera arrebatado la mayor parte del brazo izquierdo y hubiera estado a punto de quitarle también la vida.
Bodie suponía que Cane le tenía cariño. Hasta el año anterior, la gente no había descubierto la capacidad casi mágica de Bodie para tranquilizarle cuando estaba bajo
los efectos del alcohol. Desde entonces, cada vez que se emborrachaba, iban a buscarla a su casa.
Durante un breve período de tiempo, Cane había ido a fisioterapia, le habían tomado las medidas para hacerle una prótesis y parecía estar acostumbrándose a su
nueva vida.
Hasta que, por razones que nadie conocía, todo había caído en picado. Sus estallidos se habían convertido en legendarios. Los gastos eran terribles, y eran sus
hermanos, Mallory y Dalton, los que tenían que hacerse cargo de ellos. Cane recibía mensualmente una paga del Ejército, pero nadie era capaz de convencerle de que
solicitara una incapacitación.
Él era el encargado de ir a las ferias de ganado con un vaquero que manejaba en su lugar a los toros más grandes, y también era la parte creativa del rancho. Se le daban
muy bien las relaciones públicas, era el encargado de mantener las relaciones con los grupos de ganaderos más influyentes, estaba al tanto de toda la legislación que
afectaba al sector ganadero y, generalmente, era el portavoz del rancho.
Cuando estaba sobrio.
Pero últimamente no lo estaba. Al menos, no muy a menudo.
—¿Tienes idea de lo que ha pasado? —preguntó Bodie con curiosidad.
Seguramente, Darby lo sabría. Estaba al tanto de todo lo que ocurría en el Rancho Real, un rancho que había recibido el nombre de su primer propietario, un caballero
procedente de Valladolid, una ciudad situada al norte de Madrid, la capital de España, que había montado aquel rancho hacia finales del siglo XIX.
Darby la miró y esbozó una mueca. Era de noche y hacía frío a pesar de la calefacción y de la vieja, pero todavía funcional, cazadora de Bodie.
—Tengo alguna idea —confesó—. Pero, si Cane se enterara de que te lo he contado, me echaría inmediatamente.
Bodie suspiró y jugueteó con la riñonera que prefería llevar en vez de un incómodo bolso.
—Supongo que ella le habrá hecho algún comentario sobre el brazo.
Darby asintió débilmente.
—Eso es lo que me he imaginado yo. Es muy susceptible con ese tema. Es extraño —añadió muy serio—. Yo pensaba que lo estaba llevando bien.
—Si volviera a terapia, tanto física como mental, mejoraría.
—Desde luego. Pero ni siquiera quiere hablar sobre ello. Se está encerrando en sí mismo —añadió con voz queda.
—Aquí tenemos a este físico teórico haciendo horas extras otra vez —bromeó, porque la mayor parte de la gente no sabía que Darby estaba graduado en ese campo.
Darby se encogió de hombros.
—¡Eh! Que yo solo me dedico a llevar el ganado.
—Seguro que por las noches te encierras en tu habitación para imaginar el desarrollo de alguna nueva y potente teoría unificada de campos —se echó a reír.
—Solo los miércoles —contestó él, riendo a carcajadas—. Por lo menos mi campo de estudio no me deja cubierto de barro ni me obliga a andar metiendo palas en
agujeros por todo el país.
—No te metas con la Antropología —le regañó Bodie con firmeza—. Algún día descubriré el eslabón perdido y podrás presumir de haberme conocido antes de que
me hiciera famosa, como ese tipo que siempre sale en los documentales sobre las tumbas de los faraones egipcios —alzó su redondeada barbilla—. Es un trabajo
honesto, no tiene nada de malo.
Darby esbozó una mueca.
—Pero dedicarse a desenterrar huesos…
—Los huesos pueden contarte muchas cosas —replicó.
—Eso dicen. Bueno, ya estamos —añadió, señalando hacia aquel bar situado en medio de ninguna parte que Cane frecuentaba.
Afuera había una señal de stop que los bebedores solían aprovechar para practicar su puntería cuando salían en sus vehículos de tracción a las cuatro ruedas a última
hora de la noche. Tras aquellas prácticas la señal solo decía S…p. Las dos letras de en medio ya no eran reconocibles.
—Tendrían que cambiar la señal —observó Bodie.
—¿Para qué? Todo el mundo sabe que pone Stop. ¿Por qué malgastar el metal y la pintura? Seguro que volverían a hacer prácticas de tiro con ella. Por aquí no hay
muchas otras maneras de divertirse.
—Supongo que tienes razón —suspiró.
Darby aparcó delante del bar. Solo había dos vehículos fuera. Probablemente, los de los empleados. Cualquiera con un poco de sentido común se habría marchado en
cuanto Cane había empezado a maldecir y a tirar cosas. Por lo menos, eso era lo que solía pasar.
—Dejaré la camioneta en marcha por si esta vez alguien llama al sheriff —comentó Darby.
—El sheriff y Cane son amigos íntimos —le recordó Bodie.
—Eso no impedirá que Cody Banks le encierre si alguien le pone una denuncia por destrozos y agresión. La ley es la ley, por muy amigos que sean.
—Supongo que tienes razón. A lo mejor eso le haría entrar en razón.
Darby negó con la cabeza.
—Eso ya lo intentaron. Mallory dejó que le tuvieran encerrado en una celda durante dos días. Al final, pagó la fianza y, al salir, Cane regresó de nuevo a las andadas
ese mismo fin de semana. Nuestra oveja negra está fuera de control.
—Veré lo que puedo hacer para controlarle —le prometió Bodie.
Salió de la camioneta, se pasó la mano por el pelo y esbozó una mueca. Sus ojos castaños tenían una expresión sombría mientras permanecía vacilante en el porche
cerca de un minuto. Al final, abrió la puerta del bar.
El caos era total. Mesas boca abajo y sillas por todas partes, una de ellas detrás de la barra, sobre un montón de cristales rotos. Y todo apestaba a whisky. Aquello
iba a salir caro.
—¿Cane? —le llamó.
Un hombre delgado vestido con una camisa hawaiana se asomó desde detrás de la barra.
—¡Bodie, gracias a Dios!
—¿Dónde está? —preguntó Bodie.
El camarero señaló hacia el cuarto de baño.
Bodie se dirigió hacia allí. Estaba a punto de llegar cuando la puerta se abrió violentamente y salió Cane. Su camisa, una camisa vaquera de color beige con un bonito
bordado, estaba manchada de sangre. Probablemente suya, pensó Bodie al ver la sangre alrededor de la nariz, que tenía amoratada, y la mandíbula. Su sensual boca tenía
un corte justo en la comisura. También le sangraba. El pelo, corto, tupido, negro y ligeramente ondulado, lo tenía revuelto. Y tenía los ojos inyectados en sangre. Pero,
incluso en aquel estado, estaba tan atractivo que a Bodie comenzó a latirle violentamente el corazón. Era un hombre alto, de hombros anchos y piernas fuertes
embutidas en unos vaqueros. Llevaba unas botas que todavía conservaban un brillo de espejo a pesar de sus hazañas. Cane tenía treinta y cuatro años frente a los
veintidós de Bodie, pero en aquel momento parecía más joven que ella.
La fulminó con la mirada.
—¿Por qué siempre te traen a ti? —exigió saber.
Bodie se encogió de hombros.
—¿Será por mi extraordinaria capacidad para tranquilizar a los tigres furiosos? —sugirió.
Cane parpadeó y se echó después a reír.
Bodie dio un paso adelante y tomó la enorme mano de Cane entre las suyas. Cane tenía los nudillos amoratados, hinchados y cubiertos de sangre. Pero Bodie no sabía
si la sangre era suya o de otro.
—Mallory se va a enfadar mucho.
—Mallory no está en casa —respondió Cane en un ronco susurro. Incluso sonrió—. Morie y él se han ido a Louisiana a ver un toro. No volverán hasta pasado
mañana.
—A Tanque tampoco le hará ninguna gracia —añadió, utilizando el apodo con el que la familia se refería a Dalton, el más pequeño de los hermanos.
Cane se encogió de hombros.
—Tanque estará embobado con alguna de esas películas de cine mudo de vaqueros de Tom Mix. Es sábado por la noche. Suele hacer palomitas, descuelga el teléfono,
se encierra y se harta de películas en blanco y negro.
—¡Y eso es lo que deberías estar haciendo tú, en vez de dedicarte a destrozar bares! —reflexionó Bodie.
Cane suspiró.
—Un hombre tiene que encontrar maneras de divertirse, criatura —contestó Cane a la defensiva.
—Pero no de esta clase —repuso Bodie con firmeza—. Vamos, ahora el pobre Sid tendrá que limpiar todo este desastre.
Sid rodeó entonces la barra. Era un hombre alto y de aspecto peligroso, pero, aun así, se mantuvo a varios metros de Cane.
—¿Por qué no haces esto en tu casa, Cane? —gruñó, mirando a su alrededor.
—Porque en mi casa tenemos objets d’art muy delicados en las vitrinas —contestó Cane con sensatez— Mallory me mataría.
Sid le fulminó con la mirada.
—Cuando el señor Holsten vea lo que le va a costar reemplazar todo esto… —hizo un gesto con la mano—, es posible que recibas una visita.
Cane sacó la cartera del bolsillo y plantó un puñado de billetes en la mano del camarero.
—Si con esto no es suficiente, avísame.
Sid esbozó una mueca.
—Será suficiente, pero ese no es el problema. ¿Por qué no te vas a Jackson Hole a destrozar bares?
Cane parpadeó.
—Bodie tardaría mucho más en llegar hasta allí y terminarían arrestándome.
—¡Eso es lo que tendrían que hacer!
Cane entrecerró sus ojos oscuros y dio un paso adelante.
Sid retrocedió.
—¡Oh, vamos! —gruñó Bodie. Tiró a Cane de la mano—. Voy a suspender Biología por tu culpa. ¡Estaba estudiando para un examen!
—¿Biología? Pero si tú estabas estudiando Antropología.
—Sí, pero, aun así, tengo que aprobar también otras asignaturas, y esta es una de ellas. No podía seguir retrasándolo, así que tuve que matricularme en ella este
semestre.
—¡Ah!
—Adiós, Sid. Espero no tener que verte pronto —añadió con una risa.
Sid consiguió esbozar una sonrisa.
—Gracias, Bodie. Sobre todo por… —señaló hacia Cane—. Bueno, ya sabes.
—¡Oh, sí, claro que lo sé! —asintió.
Tiró de Cane a través de la puerta y salió con él al porche.
—¿Dónde tienes el abrigo? —le preguntó.
Cane parpadeó al sentir el frío aire de la noche.
—En la camioneta, creo. Pero no lo necesito. No hace frío —contestó. Estaba comenzando a arrastrar las palabras.
—¡Pero si hace un frío mortal!
Cane le dirigió una mirada adormilada y sonrió.
—Soy un hombre de sangre caliente.
Bodie desvió la mirada.
—Vamos, Darby nos está esperando. Te llevaré al rancho. ¿Dónde tienes las llaves de la camioneta?
—En el bolsillo derecho de delante.
Bodie le fulminó con la mirada.
—¿Puedes sacarlas para dármelas?
—No.
Bodie apretó los labios en una dura línea.
—¡Cane!
—Tienes que buscarlas tú.
Bodie miró a su alrededor, buscando a Darby.
—No —le advirtió Cane, tapándose el bolsillo con la mano.
—¡Cane!
—No —repitió él.
—¡Oh, muy bien!
Le apartó la mano y metió la mano en el bolsillo para buscar las llaves. Odió el sonido profundo y sensual que salió de la garganta de Cane cuando cerró los dedos
alrededor de ellas. Se estaba ruborizando y esperaba que Cane no pudiera verlo. El contacto resultó casi íntimo, sobre todo cuando de pronto Cane se acercó de tal
manera a ella que lo senos erguidos de Bodie se estrecharon contra su ancho pecho.
—Me gusta —susurró Cane, rozando con los labios las ondas de su pelo—. Huele muy bien. Y da gusto tocarlo —añadió, estrechándola con su única mano contra su
pecho para poder sentir la repentina dureza de sus pezones.
Bodie soltó un grito ahogado.
—Sí, a ti también te gusta, ¿verdad? —susurró él—. Me gustaría quitarme la camisa para sentir tus senos desnudos contra mi pecho.
Bodie le quitó las llaves y se alejó de él con el rostro encendido.
—¡Cierra la boca! —le ordenó en un susurro.
Cane esbozó una mueca.
—¿Cómo te atreves? —la imitó con voz aguda—. Suenas de lo más victoriana —soltó una carcajada—. Lo sé todo sobre las estudiantes universitarias. Os acostáis
con todo el mundo y después pretendéis que se paguen impuestos para poder conseguir métodos anticonceptivos que os permitan hacer lo que os apetezca.
Bodie no contestó. Sabía que eran muchos los que pensaban así. No iba a empezar otra discusión con él, que era lo que Cane pretendía. Estaba provocándola. Y era
extraño, porque nunca lo había hecho con aquella actitud tan sensual. Aquello le afectaba, y no le gustó.
—Vamos, entra —musitó, obligándole casi a subirse en la camioneta al lado de Darby.
—¡Y ponte el cinturón de seguridad! —añadió.
Cane volvió a mirarla medio dormido.
—No, pónmelo tú.
Bodie soltó una palabrota. Inmediatamente, se disculpó avergonzada.
—No tienes por qué disculparte —musitó Darby, fulminando a Cane con la mirada—. Yo siento lo mismo.
A pesar de las protestas de Bodie, Cane abandonó entonces la camioneta y cuando Darby se bajó para obligarle a montar, levantó el puño, dispuesto a comenzar otra
pelea.
Aquello les recordó a los dos que era cinturón negro en una disciplina asiática de artes marciales.
—¡Oh, muy bien! Si quieres, puedes ir en tu camioneta. Pero conduciré yo —se ofreció Bodie enfadada.
Cane sonrió, consciente de que se había salido con la suya. Se dirigió a su camioneta como un corderito, esperó a que Bodie la abriera con el control remoto, se montó
e incluso se ató él mismo el cinturón.
Bodie puso la camioneta en marcha, y le hizo un gesto a Darby para que se adelantara.
—¡Das más problemas que el ganado! —acusó a Cane.
Cane le sonrió.
—¿Tú crees? ¿Por qué no te acercas un poco a mí? —y añadió cuando Bodie arqueó la ceja—: Podemos hablar del ganado.
—Estoy conduciendo.
—¡Ah! —parpadeó—. De acuerdo, entonces, me acercaré yo a ti… —empezó a desabrocharse el cinturón de seguridad.
—Como se te ocurra acercarte, llamaré a Cody Banks —le amenazó mientras sacaba su móvil de prepago y se lo enseñaba—. Cuando una camioneta está en marcha,
tienes que llevar puesto el cinturón de seguridad. Lo dice la ley.
—¡La ley! —se burló Cane.
—Sí, bueno, tú desátate el cinturón y le llamaré.
Cane hizo una mueca, pero dejó de juguetear con el cinturón. Después, la miró fijamente, con expresión dura, taladrándola con la mirada. En realidad, a Bodie solo le
quedaban cinco minutos de llamadas en el teléfono y no quería desperdiciarlos llamando al sheriff cuando podría necesitarlos para cualquier emergencia. Cane podía
permitirse los mejores teléfonos móviles y pagar una tarifa plana. Pero Bodie podía considerarse afortunada al poder costearse uno barato.
—¿Qué ha pasado esta vez? —preguntó, sin estar muy segura de querer realmente una respuesta. Pero, por lo menos, así le haría hablar.
Cane apretó la mandíbula.
—Vamos —le animó—. Puedes contármelo. Sabes que no se lo contaré a nadie.
—Me temo que no te atreverías a contar la mayor parte de las cosas que te digo —musitó Cane, desviando la mirada.
—Es cierto.
Bodie espero, no le presionó, no le urgió, ni siquiera intentó convencerle.
Cane pareció serenarse un poco.
—Tenía esa maldita prótesis. Es una prótesis que parece de verdad, ¿sabes? Por lo menos, hasta que la miras muy de cerca

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