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Libro PDF El diablo en Florencia – Oscar Soto

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canónigos desde 1145, había servido como baluarte de la fe cristiana en el norte durante siglos. Erigida a instancias del duque de Baviera, representó durante aquellos
lejanos años un puesto de avanzada de la iglesia y sin duda, la elección del lugar para su construcción no había sido tomada a la ligera. La región se hallaba en un lugar de
suma importancia estratégica, a medio camino entre Carantania y el norte de la península, y su propósito fue el de evangelizar a los eslavos que colonizaban esas
tierras, algo que había sido cumplido ampliamente. Pero eso había sido en otro tiempo.
Ahora, la abadía languidecía olvidada por la jerarquía romana en tan remotas tierras. Era cierto que poseía potestad sobre varias aldeas y posesiones que se
extendían muchas leguas a la redonda, lo cual le reportaba beneficios suficientes para mantener con holgura una comunidad eclesiástica que rozaba la cincuentena, así
como los derechos sobre el mayor molino de la región y que utilizaba la fuerza del indómito río Ródano para reportarle grano y harina suficiente para todo el año. Pero
lo cierto era que San Mauricio se hallaba apartado de cualquier atisbo de civilización.
A ese aislamiento ayudaba en gran medida el agreste paisaje y el cruel clima. Durante gran parte del año la nieve cubría la región y los monjes debían someterse al
ostracismo que la meteorología imponía con suma crueldad. La imposibilidad de trabajar la tierra o realizar cualquier tarea al aire libre había obligado a la congregación a
cultivar tareas que pudieran desarrollarse en el interior de los muros del monasterio. Entre ellas destacaba el antiguo y tradicional arte de la transcripción y copiado de
incunables y así, San Mauricio disponía de un scriptorium, que sin llegar al nivel de las de San Columbano o Monte Cassino, poseía algunas piezas de incalculable
valor.
El monasterio bullía de actividad mucho antes de la salida del sol. No bien los oficios de laudes se habían solventado y toda la congregación abandonaba la iglesia,
se veían, de aquí para allá, monjes afanados en varias labores que iban desde la agricultura hasta diversas actividades manuales y trabajos que el propio monasterio
necesitaba para su mantenimiento diario. El silencio con que todas las disciplinas eran realizadas resultaba sobrecogedor y una atmósfera lacónica inundaba cada rincón
del convento. Una sensación de languidez y retiro que era rota momentáneamente cuando los primeros rayos de sol se filtraban por entre las arcadas del claustro, y la
campana tañía anunciando los oficios de prima. La regla de San Benito no obligaba a los hermanos a acudir a la capilla excepto a los oficios de laudes, maitines y
vísperas, por lo que el resto de rezos eran realizados en el mismo lugar donde los monjes se encontraran, para lo cual abandonaban momentáneamente sus tareas y
oraban allá donde se hallaran.
Dependiendo de la estación y época del año, los monjes destinados a labores agrícolas variaban y, aunque siempre había algo que hacer, arar, sembrar, abonar o
recolectar, el número de hermanos ocupados en los campos que rodeaban el monasterio descendía notablemente al llegar el estío. Por eso, aquella mañana de comienzos
de septiembre la gran parte de la congregación se hallaba intramuros y pocos vieron al grupo de jinetes acercarse al galope levantando una ingente nube de polvo a su
paso.
No era habitual ver forasteros por esos pagos por lo que al paso de la comitiva, formada por cuatro jinetes luciendo uniforme de campaña, religiosos y campesinos
de la aldea cercana abandonaban sus quehaceres momentáneamente y alzaban la vista para contemplar al grupo. Cuando los jinetes cruzaron la puerta que daba entrada
a San Mauricio descabalgaron y uno de ellos quedó al cuidado de las monturas. Los tres que se hubieron apeado ascendieron la escalinata que daba acceso al claustro con
aire solemne y se adentraron en él. Al punto uno de los hermanos les salió al paso, interrogándolos.
—Buenos días tengan a nuestra humilde congregación los caballeros —dijo esbozando una sonrisa fingida—. ¿Qué asuntos les traen hasta aquí?
El que parecía comandar el grupo se adelantó y respondió al clérigo con voz grave.
—Solicitamos hablar con el abad del monasterio.
—¿Y quién, si es menester saber, le reclama?
El mismo caballero que hubo hablado rebuscó entre sus ropas y extrajo con orgullo un pergamino lacrado, como si mostrarlo diera apoyo sobrado a sus palabras.
—Cosme I de Médici, Gran Duque de la Toscana es quien nos envía.
Si era poco habitual ver caras nuevas en esas tierras, que estas fueran de tan lejana ciudad como Florencia resultaba aún un hecho más inaudito. El monje decidió no
hacer más preguntas y por toda respuesta les indicó con un gesto que le acompañaran. Los cuatro encaminaron sus pasos en dirección al corredor sur del claustro bajo la
curiosa mirada de cuanto hermano se cruzaba con ellos. Una vez llegaron a su destino, el religioso les conminó a esperar y se alejó con paso raudo. El grupo quedó
esperando al abad y mientras, el que comandaba la comitiva barrió con la mirada el monasterio.
Se hallaban junto al calefactorio, que era el lugar dónde los monjes se refugiaban del frío en los meses de invierno, que a buen seguro, juzgó el caballero, en aquellas
montañas era largo y duro. El refectorio se hallaba a pocos pasos de ellos, a él se accedía por una recia puerta de doble hoja y que ahora permanecía abierta de par en
par. En el interior, dos religiosos se afanaban en la limpieza del suelo, cambiando la paja y fregándolo de rodillas. Una pequeña puerta junto a la sala daba a la cocina
desde donde llegaba un olor inconfundible a verduras estofadas. En el centro de la explanada cuadrada delimitada por el claustro, se abría un pequeño y bien cuidado
jardín cuajado de rosales y enredaderas, cuidadosamente dividido en cuatro porciones por sendos caminos que arrancaban desde cada ala del claustro. En el centro del
mismo se alzaba un pozo. Varias puertas en la galería opuesta a la que se hallaban y que daban a la sala capitular y a las celdas de los monjes permanecían cerradas a cal
y canto. Sobre el primer piso del claustro, delimitado por un tejado a una agua, podía verse una segunda planta de paredes encaladas cuya blanca monotonía rompían
numerosos ventanales. La pizarra que recubría el techado de la iglesia brillaba bajo el sol por encima de sus cabezas. Unos pasos le sacaron de su ensimismamiento y el
caballero recuperó al instante el aire gallardo y solemne.
El abad de San Mauricio le saludó con una efusiva sonrisa que delataba afabilidad.
—Venís desde muy lejos, ¿os placería a vos y a vuestros hombres comer algo?
El caballero negó con vehemencia.
—Traigo una carta del Gran Duque de la Toscana, Cosme de Médici que debéis leer inmediatamente.
El abad tomó entre sus manos la misiva que se le ofrecía y la leyó con gesto grave pintado en su rostro. Al concluirla la plegó y la guardó entre sus hábitos con
sumo cuidado. Después, hablo con calma.
—Tal y como se relata en esta carta, habéis venido desde tan lejos para escoltar y llevar con vosotros a uno de nuestros hermanos pero, no veo que avíos le
pueden reclamar en Florencia con tanta premura. La misiva no es clara al respecto. Creo que siendo el superior de la congregación deberíais, al menos, ponerme al
corriente de ellos antes de permitir su marcha.
—Abad —interrumpió el caballero con gesto severo—, no se os solicita permiso para que uno de los miembros de vuestra congregación abandone la comunidad.
Se os está ordenando que pongáis a nuestra disposición a ese hombre y acatéis una orden de un noble.
—Estamos muy lejos de Florencia. El Gran Duque no tiene potestad aquí —apuntó el abad con firmeza.
—Cómo veis, el documento también viene firmado por altos cargos eclesiásticos de Roma.
—Pero aun así, el hombre del que me pedís prescinda, Dios sabe por cuánto tiempo, es un miembro importante de nuestra comunidad. Nada menos que jefe de
copistas. Sin contar con que en menos de un mes será época de vendimia y necesitaremos cada par de manos disponible.
—No hemos venido desde tan lejos para discutir —sentenció el caballero—. Haced que ese hombre se presente ante nosotros y veamos que decide él.
El abad esbozó un gesto de resignación y se encogió de hombros. Hizo una señal a uno de los hermanos que se acercó hasta él con paso veloz.
—Decidle al hermano Salvatore que alguien le reclama.
Salvatore Di Montivecci se hallaba en el scriptoria en aquellos momentos, ojeando con sumo cuidado una copia recién transcrita de Vitae Parallelae de Plutarco en
el que el grueso de copistas del monasterio había estado trabajando desde bien entrado el otoño pasado. El manuscrito aún olía a tinta húmeda y los espacios en blanco
que lucía debían ser enviados ahora a los iluminadores para agregar las ilustraciones pertinentes. La congregación había hecho un gran trabajo y se sentía orgulloso del
resultado. Lanzó una escrutadora mirada al recinto.
La estancia tenía unas dimensiones considerables y albergaba una docena de mesas de trabajo, amén de numerosas estanterías llenas de manuscritos y diversos
documentos impresos en vitela junto a la pared. Enclavada en el segundo piso de la galería norte, disfrutaba de unas vistas inmejorables gracias a un gran ventanal desde
donde se tenía una visión perfecta de las montañas y campos colindantes. Los atriles donde los monjes llevaban a cabo su tarea estaban vacíos aquella mañana y al
habitual trajín diario le sustituía un pesado silencio que inundaba cada rincón de la gran habitación. Las péñolas y rascadores permanecían silentes sobre las estanterías y
el olor acre y dulzón a tinta se le antojaba nostálgico. Hacía años que existía un nuevo invento denominado imprenta que hacía la labor de copiado sumamente sencilla y
Salvatore sabía que su oficio estaba abocado a desaparecer con el tiempo. Era el precio del progreso. La imprenta daba acceso al pueblo llano a la cultura y al saber,
bienes que el monje consideraba debían ser de uso de todos, pero en lo más profundo de su ser, adoraba esa labor tradicional y rezaba para que el día en que el oficio de
copista desapareciera estuviese lo más lejos posible. Depositó con sumo cuidado el enorme volumen sobre uno de los atriles y se acercó al ventanal que se abría a los
campos.
A lo lejos los Alpes brillaban azules bajo el sol estival y aunque quedaban varías semanas para ello, el frío se podía oler en el ambiente. Plomizas nubes surcaban el
cielo de este a oeste y una bandada de pájaros desfilaba ágil sobre los campos. En unas semanas comenzaría la vendimia. Pese a lo elevado del terreno y a la poca
costumbre de la zona, el vino de San Mauricio tenía renombre en la región y con cada añada, aumentaba su calidad y fama, gracias sobre todo a los esfuerzos de un
hermano experto en el cultivo del vino y que había sido traído ex profeso para tal fin. La vendimia también imponía a los aldeanos la obligatoriedad de colaborar en la
tarea a cambio de una parte del vino obtenido, eso les hacía convivir semanas entre la congregación. Lo que, para Salvatore, representaba la posibilidad de hablar con
otras personas que no fueran sus hermanos. Le agradaba saber algo más sobre esas gentes que, a pesar de vivir a escasas leguas, le resultaban ajenas. El sonido de la
puerta vino a sacarle de sus cavilaciones.
—Hermano Salvatore, el abad reclama vuestra presencia —dijo el monje que acaba de entrar.
Los dos dejaron la estancia y descendieron las escaleras que daban acceso al claustro.
El grupo que le aguardaba le vio venir caminando con paso lento y en calma. Cuando llegó a su altura, el abad hizo las presentaciones pertinentes.
—Hermano, estos caballeros han venido desde muy lejos para verle. Desde Florencia —dijo señalando a los tres forasteros.
El caballero que comandaba el grupo inspeccionó el aspecto del monje. También él se preguntaba que hacía al Duque requerir los servicios de aquel monje para el
asunto del que se trataba. Le lanzó una mirada curiosa de pies a cabeza. El religioso rondaba la cincuentena y lucía una barba canosa pero bien arreglada que le daba un
porte solemne. El cabello con la correspondiente tonsura preceptiva era todavía abundante, aunque algún ligero mechón blanquecino destacaba en la negra cabellera. Su
rostro curtido y moreno estaba surcado por débiles arrugas que se hacían más intensas en la comisura de los ojos. En resumen, aparte del hábito negro, que denotaba su
pertenencia a la orden benedictina, nada revelaba detalle alguno que pudiese ser tomado como especial en él. Mucho menos aún aparentaba ser el objeto de las grandes
palabras y alabanzas con que le habían revestido quienes le encomendaban la labor de llevar al monje sano y salvo a Florencia.
—¿Y cuáles son los asuntos que traen a unos florentinos hasta estas remotas tierras? —inquirió Salvatore en un perfecto toscano que sorprendió a los presentes.
El jefe del pequeño grupo dio un paso al frente y se apresuró a presentarse.
—Giuseppe Lóriga, Capitán de la guardia de su alteza, Cosme De Médici —exclamó con voz firme—. El Duque reclama vuestra presencia en Florencia con la
mayor premura tal y como podrás leer en la carta que vuestro abad tiene en su poder.
El abad le tendió la carta y el monje estudió con detenimiento el lacre de la misma. Pero en lugar de leerla, la guardó entre los hábitos y devolvió una sonrisa plena
de quietud al grupo.
—La leeré sin duda, pero cuando mis quehaceres así me lo permitan. Se acerca la hora de sexta y a mí y a mis hermanos nos placería que nos acompañaseis en los
rezos y después comierais con nosotros. Ya que no conozco los motivos ni creo, aunque los supiera ser merecedor de ellos, si el Gran Duque de la Toscana me reclama,
justo es que me tome mi tiempo en contestar o estaría tomando su requerimiento a la ligera. ¿No estáis de acuerdo conmigo?
Sin dar opción a posibles reclamaciones, Salvatore se retiró dejando al grupo sumido en la más absoluta perplejidad y encaminó sus pasos en dirección a la capilla.
El abad esbozó una sonrisa y refrenando el gesto conminó a los forasteros a seguirle.
La muchacha despertó presa de un inmenso desasosiego. La quietud que envolvía la celda le hizo dudar unos segundos de donde se hallaba. Desorientada se
incorporó en el camastro. Una oleada de dolor le asaltó al hacerlo y sintió nauseas. Se quedó quieta, sumida en una especie de sopor, producto del miedo. De repente
recordó. El jergón crujió estrepitosamente al tenderse sobre él y se afanó en calmar su corazón que, latiendo con fuerza, amenazaba con salírsele del pecho. Ahogó un
sollozo. Desde hacía días se negaba a llorar. Sentía que cada lágrima horadaba la poca dignidad que le quedaba.
¿Cuánto había pasado encerrada allí? La perpetúa oscuridad que la rodeaba le impedía tener conciencia del discurrir del tiempo. ¿Era de día? ¿O era de noche?
Durante las primeras jornadas de cautiverio había descubierto que tratar de adivinar donde se hallaba a través de los sonidos que llegaban desde el exterior le
tranquilizaba y le hacía mantener un cierto control sobre el paso del tiempo. Pasaba horas enteras aguzando el oído para captar y catalogar hasta el más ínfimo sonido,
por débil y lejano que fuera. El susurro del viento, el crepitar de alguna rama, los crujidos de la madera, el bisbiseo de la piedra, todos le resultaban característicos de
una determinada hora del día y había logrado identificar una especie de código temporal propio. Por supuesto no podía tener la certeza de que fuera así, pero ello le
ayudaba a mantener la cordura. De entre la infinidad de ruidos que captaba, había logrado adivinar un lejano murmullo acuoso. Eso le había hecho aventurarse a afirmar
que se hallaba cerca de algún río. De cualquier modo, no tenía manera de saberlo a ciencia cierta.
Se incorporó y caminó a tientas hasta el lugar dónde había un agujero practicado en el suelo para que hiciera sus necesidades. Se puso en cuclillas. Sentía frio. La
humedad que exhalaban las paredes del foso se pegaba a su cuerpo como un sudario. Alzó la vista, pero en realidad, daba igual que mirara en cualquier dirección. La
oscuridad se aferraba a todo. Se enfrentaba a la más completa soledad. Apartada del mundo y de cualquier contacto con nada que no fuera aquel interminable velo
tenebroso. Unas tinieblas tan compactas que parecían un ente sólido, que se cernía a su alrededor y que le impedía ver siquiera su cuerpo. El tacto áspero de unas ropas
que no eran suyas, y el olor a sudor y aguas residuales, que con el paso de los días impregnaba el lugar, le hacían saber que era algo más que una especie de conciencia
vagando en un mar de negra oscuridad. ¿Estaba muerta y eso era el purgatorio? Lo había pensado infinidad de ocasiones.
Pero deliraba. Sabía que seguía viva. Él la mantenía viva. Cada cierto tiempo, la puerta se abría y acompañado de una lamparita que esparcía sombras por las
paredes, se asomaba al foso. Depositaba la lámpara en el suelo y mediante una polea le hacía llegar un cuenco con comida y agua. La primera vez que sucedió habían
debido de pasar como mínimo un par de días desde que comenzara su cautiverio, ya que para su sorpresa se arrojó sobre la comida que se le tendía y la devoró con
fruición bajo la atenta mirada de él. Después, había intentado entablar conversación, preguntarle por qué se hallaba allí, e incluso, exigirle que la liberara. El silencio había
sido toda la respuesta que había obtenido. Los días posteriores había gritado, pataleado y él persistió en su mutismo, como si ella no existiese. Se limitaba a callar
mientras la miraba desde el borde del foso, en silencio. Tan solo una vez en que, arrojando el cuenco contra la pared le advirtió que no pensaba comer y se dejaría morir
de hambre, había obtenido una respuesta. Ese día él habló por primera y única vez. Con voz grave y serena le advirtió que si se negaba a comer se llevaría fuera la
lámpara que traía consigo y que durante el tiempo que ella comía dejaba encendida junto al borde del foso. Para refrendar sus palabras, se alejó y ella escuchó la puerta
cerrarse sobre su cabeza. Sumida de nuevo en la más absoluta oscuridad, el pánico se apoderó de todo su ser. Aquella débil luz, que no era ni siquiera lo suficientemente
brillante para iluminar el foso por completo, era todo cuanto deseaba en el mundo. Gritó y se desesperó y juró por Dios y todos los santos que se limitaría a comer en
silencio y ni siquiera intentaría hablar con él. Cuando las lágrimas se derramaban por sus mejillas sin control y su desasosiego parecía no tener fin, la puerta se abrió y él
regresó con la ansiada luz. Con un gesto le ordenó que recogiera la comida que había arrojado y la miró mientras ella obedecía mansamente.
Después de eso, comía sumisamente sin atreverse siquiera a alzar el rostro y mirar la figura de su captor, temblando de puro miedo. En esos momentos, se sentía
como un animal al que su amo daba de comer. Un animal cuyo destino no le pertenecía y cuya vida había de ser alargada hasta que él así lo creyera oportuno. Mansa y
diligente. Sumisa y dócil. Pero no, la vida de un animal era mejor que eso. Un animal tenía un propósito, una meta. Ella se veía obligada a una vida infinitamente peor.
Una vida en la que la oscuridad eterna la acompañaba incluso cuando el cansancio le hacía caer hasta el sueño. Una vida en la que un insignificante candil tenía la
importancia del mismo sol.
2
Durante el rezo de sexta, al no ser obligatorio que la comunidad se reuniera, la capilla solía tener un aspecto desierto y tan solo un puñado de monjes se
congregaban en ella, mientras que el resto realizaba sus oraciones en el lugar en el que se hallara. Sin embargo, la llegada del grupo de forasteros había atraído la atención
de la comunidad y un numeroso grupo de frailes podía verse en la iglesia aquel mediodía. Como invitados, los caballeros florentinos se sentaron en las últimas bancadas
de la pequeña colegiata. Tras las casullas negras, los monjes observaban con curiosidad a los desconocidos.
Comenzó la liturgia con la invocación inicial y un gran silencio, solo roto por la voz del suprior, se instaló en la capilla. La comunidad olvidó momentáneamente a
los forasteros y asistía con fervor a los actos. Cuando los monjes comenzaron a entonar el himno, una atmósfera de solemnidad se alzó sobre las cabezas de los
presentes.
Lóriga se entretuvo admirando los hermosos frescos del techo que representaban la vida y muerte de San Mauricio, capitán de la legión tebana, formada
exclusivamente por cristianos, a quienes se les atribuía el martirio a manos de sus propios superiores por desobedecer las órdenes de perseguir y dar muerte a sus
compañeros en la fe. Las pinturas estaban toscamente elaboradas y se alejaban del estilo refinado y pulcro que estaba acostumbrado a ver en Florencia, pero estaban
dotadas de un encanto primitivo que le agradaba. Especialmente talentosa le pareció la pintura que adornada el frontal del ábside y mostraba al capitán romano con gesto
sereno y rodeado por el resto de sus soldados mientras dos ángeles con las manos entrelazadas observaba el conjunto con devoción. Sus ojos también deambularon por
las ricas tallas policromadas que adornaban el altar y diversas columnas y no pudo por menos que admirar el mimo con que habían sido trabajadas.
Tras la salmodia y la lectura de la biblia, el abad se encaramó en el púlpito y desde el balcón su voz tronó el responsorio. Acabado éste, la comunidad entonó la
oración final y la liturgia concluyó.
Llegada la hora de la comida la congregación en pleno acudió en perfecto orden al refectorio y fue aposentándose frente a las mesas de bancas corridas dónde se
sentarían tras nuevamente rezar. La estancia, de planta rectangular, estaba compuesta por media docena de mesas alineadas paralelamente de a tres a izquierda y
derecha, dejando un gran pasillo en el centro y por donde, por orden jerárquico los monjes iban accediendo a sus correspondientes sitios.
Los forasteros fueron acomodados en la mesa más cercana a la puerta de entrada y como invitados que eran se les dispensó un trato cortés, mientras que Salvatore
permanecía aparentemente ajeno a ellos y se acomodaba muy cerca del abad. Cuando toda la comunidad estuvo instalada frente a sus correspondientes lugares, se
procedió a entonar una plegaria dirigida por uno de los monjes. Una vez concluida esta, se sentaron y se sirvió la comida que consistía en una sopa de verduras
aderezada con tocino y un jarro de vino de cuartillo rebajado con agua por cada cuatro comensales.
Al fondo de la sala se alzaba el púlpito desde el cual el monje encargado leía con solemnidad las sagradas escrituras. Su voz, monótona y grave, rompía el silencio
con que se desarrollaba la comida. A Lóriga le irritaba el comportamiento de Salvatore, pero la advertencia que se le había hecho antes de partir no daba lugar a duda: el
monje habría de acompañarles por su propia voluntad. Lanzando una velada mirada a la mesa donde este se sentaba, se preguntó nuevamente qué cualidades adornaban
a aquel monje para ser requerido con tanto tacto. Aunque conocía de sobra cuales eran los motivos por los que se reclamaba su presencia, no lograba adivinar la razón de
tan extraño proceder. No tenía respuesta para ninguno de los interrogantes que le asaltaban y sabía bien que como soldado la mejor postura que podía tomar en ese
asunto era callar y limitarse a cumplir sus órdenes. Pero algo en la enigmática figura del monje le llamaba poderosamente la atención y despertaba su curiosidad. Por el
momento, se dijo, no había nada que hacer excepto esperar, así que abandonó ese pensamiento y se limitó a comer en silencio. En cualquier caso, debía hablar con el
monje concluida la comida sin demora y durante el viaje de regreso a Florencia no dejaría pasar la oportunidad de conocer más a aquel clérigo a quien en tan alta estima
parecían tener sus superiores.
Acabada la comida, la congregación salió al claustro. Los religiosos disponían de unos minutos de asueto antes de retomar sus labores y ese era el momento que
Lóriga debía aprovechar para acercarse al monje. Este se encontraba dando un paseo en compañía de otros dos religiosos en la galería norte y el oficial se apresuró a
asaltarle sin dilación.
—A juzgar por vuestro comportamiento, se podría asegurar que el requerimiento de su alteza no os importa mucho —inquirió sin tapujos.
El monje esbozó una sonrisa y detuvo su caminar.
—Lamento que tengáis esa opinión de mí —dijo con tranquilidad —, pero os aseguro que me tomo su petición con gran interés y trato de que mi juicio sea
equilibrado y justo. En cualquier caso, si mis cavilaciones os suponen una inconveniencia a vos y a vuestros hombres, os ruego me perdonéis por ello.
Lóriga gruñó teatralmente antes de hablar:
—Antes hablasteis en toscano con total soltura, así pues habéis debido de nacer allí o haber pasado gran parte de vuestra vida en esas tierra. Es vuestro Gran
Duque, pues, quien os requiere. Debéis obedecerle sin demora.
—Mis obligaciones son para con mi Orden. Y sí, es cierto que soy toscano de nacimiento y aunque conozco bien Florencia, hace tiempo que me fui de ella, y ya
sabéis que se dice: el burro es de donde pace y no de donde nace.
El soldado decidió cambiar de estrategia.
—Puedo obligaros a acompañarme por las malas si no os avenís a razones. —faroleó.
—Estimado Capitán —dijo en tono quedo el monje—, si vuestras órdenes fueran otras que llevarme con mi consentimiento, ya habrías actuado en consecuencia.
El oficial masculló algo entre dientes y miró con aire crispado el cielo. Aquel monje le estaba empezando a sacar de sus casillas y daba la impresión de estar
jugando con él.
—¿Os habéis molestado al menos en leer la carta que os hice llegar? —preguntó con desesperación.
Cómo sacudido por un resorte, el religioso se echó mano al hábito y extrajo de él el sobre al que el soldado hacía referencia.
—¡Claro! ¡La carta! —exclamó contemplando el pedazo de vitela como si lo viera por primera vez—. Había olvidado que la llevaba conmigo.
Los monjes que lo acompañaban ahogaron una risa ante la indignación del caballero.
—¡Maldita sea, Montivecci! —tronó— ¿Os estáis burlando de mí?
El monje guardó de nuevo el sobre con parsimonia y conminó al caballero a alejarse de sus acompañantes. Cuando se hubieron dispuesto a una distancia adecuada,
miró directamente a los ojos al oficial antes de hablar.
—Serenad vuestro espíritu, Capitán. No necesitaba leer la carta para saber que quien me reclama, además de su alteza, son los superiores de mi orden. La he leído,
pero poco importa que lo haya hecho, mi deber es acatar las órdenes de mis superiores. Como vos.
Aquellas palabras tranquilizaron al caballero tanto como lo tomaron por sorpresa y se limitó a esbozar un gesto de satisfacción a la par que simulaba sentirse
ofendido. El ánimo entre ambos pareció sosegarse.
—Y entonces, ¿a qué tanta resistencia?
—Quien os ordenó llevarme también debió haberos informado de los motivos por los que abandoné Florencia —dijo enigmáticamente el monje—. Hace veinte
años que salí de ella y durante este tiempo, os puedo asegurar que nunca ha sido mi intención regresar. Así pues, os ruego que aceptéis que aunque entiendo que si se
solicita mi presencia en la ciudad es por un motivo de peso, tengo mis razones para pensarlo una y mil veces. No me andaré con rodeos, Lóriga. La carta no es nada
clara, así pues: ¿Qué está sucediendo en la ciudad?
El Capitán florentino se pasó la ancha mano por los cabellos, con semblante severo. Súbitamente parecía preso de un nerviosismo que no se molestó en ocultar.
Alzó su cabeza y emitió un sonoro suspiro hondo.
—Mujeres, casi niñas —dijo con un hilo de voz—. Muertas. Nadie sabe con certeza cuantas ni desde cuándo pero, Florencia se está convirtiendo en un matadero.
Algo las está asesinando. Desaparecen durante veintiocho días y después aparecen muertas. Brutalmente asesinadas. Degolladas y sin una gota de sangre en sus
cuerpos. Como si alguien las hubiese vaciado del preciado líquido. La gente tiene miedo y la superstición se ha adueñado de las calles.
Las palabras del caballero se quedaron como flotando sobre sus cabezas con un eco oscuro y tenebroso. Una gélida ráfaga de viento barrió el ala del claustro, su
gemido impregnó el espíritu de Salvatore y algo cercano a la angustia brilló en la mirada del benedictino. Su rostro demudó, como si una funesta nube se hubiera posado
sobre su cabeza.
—¿Quién? —preguntó— ¿Quién las está matando?
—El Diablo, hermano. Eso es al menos lo que el populacho asegura —dijo persignándose con ímpetu.
Los ojos del monje barrieron el claustro. Así que esa era la razón de su requerimiento. El pasado nunca se deja atrás por mucho tiempo, pensó con tristeza antes
de hablar.
—Dadme lo que resta de la jornada de hoy para arreglar las cosas en mi ausencia y con gusto os acompañaré mañana mismo. Ahora, dispondré que vos y vuestros
hombres seáis acomodados convenientemente esta noche en la abadía y partiremos en cuanto decidáis.
—Si tal es vuestro parecer, mañana a la salida del sol saldremos hacia Florencia. Nos espera una semana de viaje y cuanto antes nos pongamos en marcha tanto
mejor.
—Como dispongáis —inquirió Salvatore de buen grado.
—Padre —exclamó el soldado—. Os puedo asegurar que no se trata de un asunto banal. Algo oscuro y siniestro recorre Florencia y aunque desconozco en verdad
porqué se os reclama precisamente a vos, mi obligación es llevaros tal y como se os ha sido requerido.
El caballero trazó una elegante reverencia y se alejó con paso orgulloso. Salvatore lo vio alejarse y como movido por un resorte, lanzó una mirada triste a la galería.
Sin duda, iba a echar de menos aquellos muros.
La tarde, plomiza y bruñida, caía con lentitud sobre los campos que rodeaban la abadía. Como un manto terso y lánguido, se abatía sobre los viejos muros del
monasterio y un brillo cobrizo inundaba cada rincón del edificio, creando una atmósfera especialmente lúgubre en la capilla, que contrastaba con el canto de los pájaros
que tras las vidrieras piaban incesantes sobre las ramas de los árboles cercanos. Junto al presbiterio se hallaba Salvatore, contemplando con la mirada perdida en el techo
algún punto que iba más allá de la realidad física y al que solo él parecía tener acceso.
Desde la llegada de los caballeros procedentes de Florencia, su vida, hasta ahora un estanque calmado y manso, se había transformado en un agitado torbellino que
bullía en su cabeza con fuerza.
Florencia…
Sus recuerdos parecían ir más allá de los veinte años que había permanecido alejado de sus murallas y calles. Mucho más allá del momento en que había arribado a
San Mauricio como un náufrago en busca de un asidero al que aferrarse en mitad de la tormenta. Su vida había experimentado un giro tan brusco entre aquellos muros
que ahora, regresar a Florencia se le antojaba una tarea poco deseada e ingrata. Cuando era un inquisidor, las plazuelas, arcos, callejuelas y calles de la ciudad eran un
terreno conocido y acogedor. ¿Cómo se sentiría ahora tras veinte años alejado de ellos?
La paz, tan ansiada años atrás y que finalmente había hallado en la alejada abadía se resquebrajaba, como los muros de una construcción cuyos cimientos no
hubieran fraguado adecuadamente. Ante sus ojos, sin poder hacer nada por remediarlo, el pasado regresaba testarudo y pertinaz. Sus manos aferraron instintivamente la
carta que Lóriga había traído consigo y un gesto de resignación se abatió sobre su rostro de modo inmisericorde. ¿Por qué precisamente ahora se le conminaba a acudir a
la ciudad? Su pasado como inquisidor era sin duda lo que alentaba semejante requerimiento pero, él había estado alejado del Santo Oficio tanto tiempo que, intentar que
ahora volviese a desempeñar su vieja labor resultaba fuera de lugar. Ver al pie de la misiva la firma de su antiguo camarada y amigo de la infancia, Luca Expósito, le
sorprendió tanto como alarmó. Nadie mejor que él sabía de los motivos del exilio de Salvatore entre los muros de San Mauricio. Él, que incluso le había ayudado a
arreglar su traslado al apartado monasterio. De algo estaba seguro: su viejo amigo sabía que no se negaría a su solicitud, lo cual no hacía sino engrandecer los motivos de
su requerimiento.
La misiva, firmada por su viejo camarada y otros dos superiores de la Orden, así como por el representante del Gran Duque, resultaba parca y ambigua en sus
razones pero, firme en los términos. Se le urgía a acudir a Florencia para un asunto de máxima prioridad que requería de su personal trato. No podía negarse a ello.
Haciendo de tripas corazón, Salvatore había aceptado regresar a la ciudad a la que juró no volver jamás. A la ciudad donde, si el destino así lo consideraba oportuno y a
su pesar, podría encontrarse de nuevo con ella.
Los recuerdos le inundaron como una riada sin control.
Veintidós años atrás, Salvatore había acogido de buen grado el ofrecimiento a convertirse en inquisidor cuando sus superiores le recomendaron para el puesto. Se
creía plenamente capacitado para desarrollar su labor con talento y buen tino. No por nada era un hombre que despertaba, a pesar de sus treinta y dos años, una edad
demasiado temprana para tan alto cargo, admiración por su sabiduría y su docta mano para los asuntos terrenales y los que incluían la fe. Para entonces ya estaba
versado en numerosas disciplinas, como no podía ser de otro modo dado su amor por las ciencias y su visión abierta y curiosa que destacó desde que fuera un niño
abandonado al cuidado de los padres del Hospicio de Los Inocentes. Después de dos años en el cargo, llegó a la terrible certeza de que se hallaba más cómodo entre
libros y pergaminos que esquivando las embestidas políticas que rodeaban su cargo en Florencia. Pero como inquisidor disponía de un acceso a la ciencia y cultura muy
por encima de los demás. Algo demasiado tentador para dejarlo pasar. Así pues continuó con su labor pese a albergar innumerables dudas. Tras meses meditando sobre
la conveniencia de seguir en el puesto, el Señor, o tal vez el diablo, le había puesto en su camino una prueba que zanjaría para siempre la disyuntiva sobre su futuro. Una
prueba con forma de mujer.
El sonido acompasado y lento de los pasos del abad rompió el silencio de la capilla. El eco de sus borceguíes se alzaba hasta la bóveda de la iglesia y resonaba
amplificado por la quietud del crespúsculo, que se filtraba desde el otro lado de las vidrieras con un velo rojizo.
—Estabais aquí —musitó el abad al tanto que se persignaba ante el altar.
—Este es un buen sitio para buscar recogimiento y quietud cuando es lo que se busca.
La voz de Salvatore tenía un poso amargo y triste que no pasó inadvertido para su superior.
—Sois un buen religioso, Montivecci. Piadoso, trabajador, temeroso de Dios y humi

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