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Libro PDF El elixir Crónicas de Limbo 1 Cecilia Hahn

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existencia. Era hora, ha pasado demasiado tiempo desde que me recluí entre estos muros. Ya nadie dice mi nombre con reverencia o con temor… no puedo evitar
reírme al pensarlo, cualquiera de las dos maneras me agradaba. Pero si seguía así, escondida como una ermitaña, iba a terminar desapareciendo, desvaneciéndome
como la bruma de la mañana al sol. Los dioses no lo permitan.
Solía pensar que lo mejor era ser olvidada y continuar mi existencia en las sombras. ¡Qué estúpida! Debería flagelarme por haberme dejado caer en este pozo del
olvido. Ni siquiera puedo mantener una conversación interesante con mis sirvientes, ahora debo llamarlos así, no los puedo llamar súbditos ¡Se creen que porque las
épocas cambian, ellos también! ¡Siempre son los mismos palurdos! Os reverencian, os temen y en el fondo, os odian. Los soporto porque gracias a ellos puedo saber
algo del mundo exterior, sólo lo necesario. Si supieran quién soy realmente, se mearían encima. No, para ellos mi nombre es un mito olvidado. Y así como se olvidan
de mí, se olvidarán de los demás. Incluso los que han venido conmigo, mi propia gente, lo presienten también. Algunos así lo desean, yo no. Pero no lo negaré, la
magia está desapareciendo y otra clase de magia se está apoderando del mundo. La llaman «modernidad». Un asco si me preguntáis, todos esconden sus
pensamientos más perversos tras una máscara de hipocresía. Antes, si os temían, al menos lo demostraban, podían veneraros o quemaros en la hoguera. No es que
haya cambiado demasiado, sólo lo hacen diferente. La mente del hombre fue espabilándose con el correr del tiempo y ahora pueden matarse más rápido sin ensuciarse
tanto las manos. No decido si eso es de mi agrado aun cuando puedo usarlo para mi provecho. La vestimenta es uno de los cambios que puedo aceptar, extravagante,
ceñida al punto que impide respirar y apropiada para los estados de ánimos obscuros en los que suelo sumergirme. Adoro estos vestidos y las telas y los encajes que
acarician sensualmente la piel. Quizás no me siente tan mal esta época, como quiero creer. Tal vez deba adaptarme a ella como opina mi consejero, o más bien podría
decir mi carcelero ¡Por qué no se habrá quedado en aquella cueva! No, tenía que venir conmigo para hacerme la vida intolerable, no sea mi intención desplegar mis
artes a la vista de estos pelmazos que no saben distinguir un duende de un troll. No le alcanzó con mi hermano y ahora lo tengo pegado a mí como un niño a mis
faldas. Debe tener apego por la familia el anciano, o por el castillo. No sé en qué estaba pensando cuando decidí volver aquí, debo ser masoquista, ¿creía acaso que
alguna clase de magia borraría los recuerdos?
Cualquier alma estaría contenta de vivir en un castillo como éste, flanqueada por bosques mágicos. Pero yo no soy cualquier alma, y casi nunca estoy contenta,
aunque esos bosques sí son mágicos. Os sorprenderíais. Observarlos a lo lejos, bajo el manto de esas estrellas resplandecientes que deben reírse de los patéticos
mortales aquí abajo, me trae recuerdos de épocas lejanas, cuando podía fundir mi alma con la naturaleza y manejarla a mi antojo. Aún puedo hacerlo, sólo necesito la
motivación suficiente. Y esa motivación cayó del cielo en la madrugada.
No podía dormir y salí al balcón a contemplar la noche. Es uno de los escasos momentos en que puedo olvidar el tedio del ostracismo al que me sometí a mí
misma. No había luna y la melodía nocturna, mezclada con el sonido distante de las olas rompiendo contra los acantilados me envolvió, invitándome a formar parte de
ella. Mi mente me llevó a un lugar muy lejos de aquí, a mi antiguo castillo. No sabía en manos de quién estaría ahora, si es que no estaba en ruinas ya. No porque me
importara particularmente, pero había pasado buenos años allí, siendo la señora del lugar. Quizás lo volvería a ser ¿por qué no? Esa idea me animó un poco, volver
a ser la señora, no de un lugar nimio como este, sino de algo mucho, mucho más grande. Esos delirios de grandeza, como los llama el viejo, pueden levantarme los
ánimos más que el vino.
Mi mirada se posó entonces en los bosques que se extienden a pocas leguas de este castillo. Nadie se aventuraría a cruzarlos de noche, y de día sólo los más
osados. Sentí el ímpetu de salir y ver si aún existía la antigua senda, la que llevaba a la Puerta. Hasta pensé en hacerles una visita a mis vecinos, simplemente para
saber si aún moraban allí. No porque me fueran a recibir con los brazos abiertos, todo lo contrario…la aversión es mutua, ellos tan hermosos, altivos, ajenos a este
lado del mundo y yo tan pegada a él, y tan orgullosa y hermosa como ellos, que os creéis, sólo que de una manera diferente…es que mi magia es distinta a la suya.
Ellos odian mi obscuridad y yo odio esa armonía en la que viven. Allá ellos. Estoy segura de que aún después de tanto tiempo no han cambiado ni un ápice. Sentí
ansias de verlos, pero dudé en ir, ya ni recordaba dónde estaba la Puerta.
Seguía meditando qué hacer cuando algo me llamó la atención. Una luz verde cruzaba el cielo a gran velocidad. No era un cometa ni una estrella, estaba segura.
Pero ¿Qué era? Maldije en voz alta, estaba segura de que había caído del otro lado. No me importó, la curiosidad fue la brisa que avivó la llama que se extinguía en
mí. Como si fuera renaciendo de a poco, sentía en mi pecho el fuego de la excitación, cada vez más abrasador. Debía saber qué era eso que había caído, aun cuando
implicara tener que verlos. Quizás, si tenía suerte, lo encontraría antes. Corrí hacia el patio y sin dar aviso, ensillé mi caballo y partí hacia los límites de mis tierras.
Tampoco recordaba lo extensas que eran, vaya que había salido poco últimamente. Azucé mi montura, si me apuraba llegaría antes del amanecer, y aún debía buscar
la Puerta.
El primer albor me encontró en las lindes del bosque. Me detuve cuando me invadió cierta inquietud y estuve a punto de volver atrás. La idea de entrar en él me
provocaba desasosiego, no sabía si por mis nervios o si era lo que estaba despertando en mí. «Pues que me lleven los demonios» me dije a mí misma, y avancé.
La penumbra me fue envolviendo. Me sentí invadida por la energía del lugar, casi había olvidado esa sensación. Respiré hondo, me llené de su magia. ¡Oh! ¡Qué
eufórica me sentía! Mucho, mucho tiempo había pasado desde que esa magia ancestral me rodeara, me llenara y me despertara. Sabéis que no soy sentimental, pero
extrañaba eso.
Hice que mi corcel aminorara la marcha, frustrada, di algunas vueltas, no podía recordar dónde estaba esa condenada Puerta, ni que características tenía. Debía
encontrarla rápidamente, si llegaba antes que ellos, podría buscar con tranquilidad eso que había caído, llevármelo y nos evitaríamos un desagradable encuentro. De
todas formas fui preparada, si querían impedírmelo o incluso retenerme contra mi voluntad, pues no sólo con mi magia se enfrentarían. Me distraje contemplando la
niebla elevarse entre los añejos troncos. Había olvidado lo hermoso que es el bosque en los umbrales del alba… Debía venir más seguido a reponer mis fuerzas.
Cabalgando lentamente, pasé por las ruinas del templo, cada vez más ocultas por la maleza. Un ojo poco avizor podría pasarlas por alto, aunque si os acercáis lo
suficiente, descubriréis que aún queda mucho de ese lugar de misterios arcanos. Ha quedado poco del techo, pero permanecen las paredes cubiertas por la hiedra y el
piso de piedras por donde se asoma la mala hierba. Si prestáis atención hasta podréis escuchar voces, yo las he oído alguna vez, ese lugar es muy antiguo y creedme
que yo sé de lo que hablo cuando digo antiguo.
Deambulé por su interior unos momentos cuando de pronto escuché un sonido de pasos en la hojarasca. Puse una mano en el hocico de mi caballo obligándolo a
permanecer en silencio, el ruido era cada vez más cercano. Espié por una abertura en las viejas paredes. Un hombre caminaba con paso decidido cerca de las ruinas
y se detuvo a escasos metros, miró alrededor y luego se ubicó de espaldas a mí, podía observarlo perfectamente desde mi lugar. No era nadie que reconociera de entre
mis sirvientes ¿Acaso vivía gente por allí? Recordé que días atrás alguien había comentado acerca de un circo que se había establecido en las cercanías. No me había
interesado esa noticia en aquel momento. Ahora pienso que me he estado perdiendo algo aquí afuera. He pasado demasiado tiempo entre estas cuatro paredes. Seguí
observándolo.
El hombre, joven y bastante apuesto, estuvo un rato mirando los árboles frente a él. Yo no podía entender qué era lo que estaba viendo con tanta concentración.
Siguió sin moverse, y entonces, a medida que la claridad iba desplegando los colores del bosque a mi alrededor, me di cuenta de qué era lo que observaba con
tanta atención. Dos robles se erguían frente a él, idénticos, altos. Sus ramas se entrelazaban más arriba formando una especie de compleja filigrana, como un dintel,
haciéndolos parecer…una puerta. Mi corazón dio un vuelco, pues justo en el preciso instante en que esa revelación cayó sobre mí como el rayo del sol que acababa de
salir, una mujer apareció de la nada, entre los dos troncos. La observé, era uno de ellos no tuve dudas, su larga cabellera rubia, su delicadeza casi etérea eran
inconfundibles. Sus vestidos eran tal cual lo recordaba, sueltos, delicadamente bordados, nunca veréis algo así de este lado. No, no habían cambiado ni una pizca.
Pero el hombre era sólo eso, un hombre. ¿Por qué estaba hablando con uno de ellos? Lo comprendí cuando los vi besarse como se besan los amantes. De modo que
esa era la explicación…y reconocí que la envidia se apoderó de mí. ¿Cuánto hacía que yo no tenía un amante? Los últimos dos, años ha, se quedaban dormidos luego
de la primer fogosa sesión y por eso los envié a hacer trabajos forzados, para que se tonifiquen. Nunca más volvieron.
Volví mis pensamientos a esa pareja casi con lástima, esa relación no podía prosperar. Si esa visión me había sorprendido, no contaba con la sorpresa mayor,
que casi me hace caer sobre mis posaderas y revelar mi escondite. Un niño atravesó el umbral, no aparentaba más de diez años pero con ellos nunca se sabe. Era
flacucho, rubio y hermoso, tenía rasgos similares a la mujer, deduje su madre, pero su belleza era más consistente, más real. Sus ojos me llamaron la atención, eran
azules y brillantes, algo grandes para su rostro si me preguntáis. Cuando lo vi abrazar al hombre no me quedaron dudas de que era su hijo. Vaya…parece que en mi
ausencia hubo bastante «actividad» entre la maleza. ¿Finalmente habrían salido de su cáscara de nuez? No lo creía, éste parecía ser un caso aislado.
Los vi conversar un rato más pero no llegaba a entender lo que decían. La mujer parecía excitada y señalaba con su delicada mano en dirección a la Puerta. Por
alguna razón no me gustó nada lo que podía implicar ese gesto y no veía la hora de que terminara la tierna escenita familiar o me pondría a bufar como un equino a
riesgo de ser descubierta. Finalmente el hombre tomó al niño de la mano y luego de saludar a la mujer efusivamente, ambos tomaron el camino por el que el hombre
había venido. La mujer quedó unos instantes de pie viéndolos irse, luego dio media vuelta y traspasó el umbral. Sonreí.
Ya sabía qué hacer.
La seguí de cerca, pero no tanto como para que pueda sentirme, tienen los oídos tan agudos que hasta pueden escuchar a los árboles, por eso me cuidé de no
tocar a ninguno. Vaya que era rápida, parecía deslizarse más que caminar. Pues yo también podía ser tan delicada como ella si me lo proponía. Me concentré y use la
magia que poco a poco renacía en mí para ser casi invisible, mis pies apenas tocaban las flores blancas que sólo crecen de este lado y floté… ¡Hermosa sensación
largamente olvidada! No pude disfrutarla mucho, pues pronto se detuvo. Debí controlar mi respiración para no delatarme cuando la vi descender a lo que parecía un
pequeño pozo y resurgir de allí con algo que rutilaba en sus manos. Mis ojos deben haber brillado al mismo tiempo. Pude sentir en mi interior el gran poder que
emanaba. Ella debió sentirlo también porque estaba como ensimismada mirándolo y no se percató de mi cercanía.
Eso, lo que fuera, tenía que ser mío.
Sin embargo, mis ansias me jugaron en contra, revelando mi presencia. La mujer levantó la vista y me miró con frialdad. Pude observarla detenidamente, era
muy bella y alta, y ninguna criatura inocente a juzgar por el arco y el carcaj que colgaban a sus espaldas. En mi carrera no me había percatado de ese detalle. Con voz
melodiosa y calma, me habló.
—Sé quién eres, vives del otro lado. Vuelve por donde viniste, no eres bienvenida aquí.
Me alegró saber que no he sido olvidada del todo, al menos en estos lugares. Me reí como hace tiempo no lo hacía. Allí estábamos las dos, una frente a la otra,
ella tan blanca y yo tan obscura Podía escuchar el eco de mi risa rodeándonos.
—No os andáis con vueltas ¿verdad? Pues os lo diré. Vine a buscar lo mismo que vos y no me iré con las manos vacías. Podéis dármelo por tu propia voluntad y
os prometo que no revelaré tu secreto. ¿Sigue siendo Elderith el rey acaso? No creo que le guste saber que andáis en amores con un hombre y mucho menos que ese
niño tiene la sangre mezclada. ¿O ya se retiró? Debe tener sus buenos siglos ya.
Esta vez fue ella la que se río, su risa cristalina y no sin un dejo de suficiencia, me dejó muda e indignada por unos instantes.
—Pasarán los años pero sigues siendo tan vil como cuentan las historias. Sí, Elderith sigue siendo nuestro rey y además es mi padre. Puedes decirle lo que
quieras, si te animas a enfrentarlo en su palacio. ¿Por qué no me acompañas?
Me tendió la mano y la miré con disgusto. No recordaba que Elderith tuviera una hija. Lo recordaba a él, alto, majestuoso, con ese cabello rubio y largo que traía
algunos recuerdos a mi mente… los sacudí pronto, no era el momento de distraer mi mente con pensamientos pecaminosos. Debía actuar o esta insolente se me
escaparía. Hurgué en mi bolsillo y tomé lo que había llevado en el caso de que la situación se complicara. Uno de los mejores inventos de esta era moderna. Lo llaman
pistola. Era de plata completamente y tan pequeña que casi quedaba escondida en la palma de mi mano, la había enviado a hacer para mí. La vi observarme con
extrañeza y yo aproveché esa distracción. Le disparé. No sé dónde le pegué, en realidad nunca aprendí a manipular bien estos artilugios. Sin perder tiempo, me arrojé
encima de ella y con no poco esfuerzo le arranqué el objeto de sus manos. Era una piedra de color verde, muy brillante. Apenas noté la sangre.
Y corrí, corrí como si me llevaran los mil demonios del Averno.
No solté la piedra, no quería detenerme a guardarla por miedo a que cayera. Hasta que algo hizo que me parara en seco. Sentí una voz, como si viniera de
cualquier lado, de alrededor mío, o quizás estaba dentro de mi cabeza, no podía asegurarlo. No entendía lo que decía, sin embargo mi mente de alguna manera
respondió: pensé en la puerta y en escapar y en librarme de esos odiosos seres. Ya estaba cerca del umbral, sólo tenía que dar unos pasos más. Atravesé los robles
gemelos y miré hacia atrás.
Me quedé petrificada. La mujer, del otro lado, estaba de pie, con el rostro desencajado por el dolor, mucha sangre manchaba el costado de su hermoso vestido.
Así y todo había tensado el arco y estaba apuntándome. La mirada delataba su intención de matarme ahí mismo. No sabía cuál era la gravedad de sus heridas, pero
ellos son resistentes, no os dejéis engañar por su aspecto delicado. Entonces lanzó la flecha, que voló hacia mí. La vi acercarse como si flotara lentamente y no me
moví aun sabiendo que me atravesaría la cabeza. Recuerdo que dije algo, unas palabras en un idioma que nunca había hablado antes.
Súbitamente, todo desapareció.
Las flores blancas, la mujer y la flecha ya no estaban, como si se hubieran borrado de la existencia.
Por unos segundos seguí inmóvil, no llegaba a entender qué había ocurrido. Luego, poco a poco, mis pies avanzaron y lentamente, casi con temor, atravesé los
dos árboles nuevamente. Tenía que comprobarlo. Cuando atraviesas una Puerta, hacia el otro lado, siempre sientes el cosquilleo de la magia mucho más fuerte, tus
sentidos se agudizan y hasta el bosque parece diferente, como más brillante, más vivo. Esta vez, nada de eso ocurrió. El bosque de un lado y del otro se sentía de la
misma manera. Sólo los árboles que dejaban pasar los rayos del sol, iluminando polen y algunas mariposas. Todo muy lindo, con su magia ordinaria en comparación
con aquella ¿Pero cosquilleo? No, nada de nada.
Ya no había Puerta.
¿Qué había pasado?
Intenté pensar en abrirla, pedirle a la piedra o lo que fuera, que la abriera nuevamente. Me concentré, pero lo que sea que haya ocurrido, no se revirtió. La
Puerta parecía cerrada completamente y algo en mí supo que quizás, eternamente…
Por un segundo pensé en el niño que jamás regresaría con su madre.
Mala suerte.
Busqué mi caballo y raudamente volví a mi castillo más excitada que cuando salí de él. Tenía en mis manos algo muy poderoso, y debía saber qué era
exactamente. Había cerrado un Puerta quizás para siempre, no es magia para tomarla a la ligera. Me pondría a investigar ni bien llegara
Y aquí estoy, no he dormido nada, intenté relatar todo lo acontecido desde anoche, pero no logro conciliar el sueño. Tengo que pensar cómo llevarla conmigo
siempre sin que despierte sospechas. La ansiedad por descifrar este misterio me desvela. Lo único que

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