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Libro PDF El gran libro de la historia de las cosas – Pancracio Celdrán

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Prólogo
El libro de Pancracio Celdrán, Historia de las
cosas, tiene a su vez una historia singular, unida
nada menos que a la de la televisión privada en
España.
Lo que hoy tiene el lector entre manos es una suma
de casualidad y de mucho trabajo. Y es que la
historia de este libro se gesta en Antena3
Televisión, y se desarrolla más tarde en Antena3
de Radio. En 1989 se me encargó poner en marcha
Teletienda programa que entonces suponía una
novedad en la televisión española, y que requería
por ello una buena dosis de imaginación. Todo
estaba por inventar. No era un trabajo fácil, pero
eran los tiempos del entusiasmo sin límites, de
arrimar el hombro allí donde hiciera falta, de
colaborar sin condiciones.
Lo primero que busqué fue al mejor
guionistadocumentalista posible, capaz de
facilitarme material sobre la historia o las
curiosidades que envolvían las cosas que
pretendíamos vender, y que lográbamos vender
bastante bien. Era necesario dotar de contenido a
un programa que de otra forma devendría en asunto
árido. Me costaba trabajo ser ingenioso y original
hablando semana tras semana de un cúmulo de
cosas que iban desde el frigorífico a la hamaca,
desde la sandwichera al tostador, pasando por la
bicicleta, por el vino y el jamón. A mi me
resultaba difícil imaginar que se pudiera contar la
historia de esas cosas diarias, como el sofá o la
tartera. Y hablé con un erudito excepcional:
Pancracio Celdrán, capaz de hablar de cualquier
cosa de forma documentada, y de escribir sobre
los más complejos asuntos. No tardé en darme
cuenta aunque ya sabía yo de su habilidad y
conocimiento de que Pancracio Celdrán era un
documentalista e investigador de raza, un
verdadero conocedor de bibliotecas y archivos
donde espigaba curiosas y llamativas noticias en
torno a cualquier cosa. No resultaba difícil, con su
ayuda, hablar de cualquier producto, y hablábamos
con soltura de la historia de la silla o del teléfono,
del mantel o la cuchara. Resultaba muy atractivo
para la audiencia, que así lo manifestaba con sus
llamadas.
Transcurridos algunos meses, trasladamos la idea
a Antena3 de Radio. De nuevo hablé con
Pancracio Celdrán para proponerle la adaptación
del material al nuevo medio. Creamos una sección
llamada Historia de las Cosas. Se aportaron
nuevos detalles, nuevas noticias, nuevas historias.
Se convirtió en un programa verdaderamente
atractivo, con gran seguimiento de audiencia, y
muy comentado. No tardaron en surgir fans de
Historia de las Cosas, que nos escribían y
demandaban copia de los guiones. No podíamos
atender tales demandas, dado su número.
Desaparecida Antena3 de Radio, Pancracio
Celdrán tuvo la feliz idea de recopilar, de refundir
todo aquel material para convertirlo en libro. Así,
lo que empezó siendo una serie de guiones para
televisión, y se reconvirtió más tarde en programa
de radio, ha venido a dar, en su nuevo soporte, en
libro.
Estoy convencido de que una vez leido quedarán
sorprendidos del origen de algunas cosas;
entretenidos por el de otras; y alucinados por el
resto. Este libro, además de entretener, aumenta el
conocimiento de lo que nos rodea.
Miguel Angel Nieto
Presentación
El primer acercamiento encaminado a historiar el
abigarrado mundo de las cosas tuvo lugar en un
programa de Antena3 Radio, hace ahora casi un
lustro. Se titulaba, como este libro: HISTORIA DE
LAS COSAS.
El texto que ofrecemos es básicamente aquél,
aunque la naturaleza del medio escrito haya tenido
sus exigencias, y haya naturalmente repercutido en
la extensión de las entradas o capítulos.
El título es autoexpresivo al respecto de lo que nos
proponemos, y aunque la palabra “cosa” no tiene
límites significativos concretos, dada su condición
de
“palabra omnibus” como dicen los lingüistas sin
embargo todos aprehendemos en seguida su
significado y extensión, que no es otra que el
mundo, el universo todo. De hecho, ¿qué hay, qué
nos circunda, de qué nos rodeamos sino de
cosas…?
Pero las cosas de que hablamos aquí no son
cualesquiera cosas…, sino esas cosas útiles, fruto
de ideas geniales que ha tenido el hombre a lo
largo de su existencia pensante, los pequeños
inventos, a menudo fruto de la improvisación, de
la necesidad. De hecho, el hombre sólo se
encuentra con lo que en el fondo de verdad
necesita… Tenemos un olfato especial para lo útil,
y para descartar lo innecesario.
Del repertorio de cosas que aquí recogemos e
historiamos de forma no exhaustiva, ninguna hay
que no haya rendido al hombre un servicio
extraordinario. Ninguna es supérflua. Piense el
lector en ellas, detenidamente, una por una, desde
la cama al biberón, pasando por el ataúd o los
cosméticos, y convendrá con nosotros en que
cuanto aquí recogemos merece, en el ánimo del
hombre, un monumento.
Entre los cientos de sonetos que el Fénix de los
Ingenios dedicó a mujeres hermosas, capitanes
aguerridos, hombres de estado, y sucesos de
importancia, no olvidó incluir un soneto a los
inventores de las cosas: El Soneto CXXXIV de los
incluidos por Gerardo Diego en la edición que
este poeta hace de las Rimas del Gran Lope:
Halló Baco la parra provechosa,
Ceres el trigo, Glauco el hierro duro.
Los de Lidia el dinero mal seguro,
Casio la estatua en ocasión famosa,
Apis la medicina provechosa,
Marte las armas, y Nemrot el muro,
Scitia el cristal, Galacia el ámbar puro,
Polignoto la pintura hermosa.
Triunfos Libero, anillos Prometeo,
Alejandro papel, llaves Teodoro,
Radamanto la ley, Roma el gobierno,
Palas vestidos, carros Ericteo,
la plata halló Mercurio, Cadmo el oro,
Amor elfuego y Celos el infierno.
Poética visión del mundo de las cosas, la que
recoge el genial dramaturgo.
Visión muy particular del mundo de los objetos.
Pero hace honor a una deuda que tenemos con el
universo anónimo, pequeño, de las cosas que
usamos cada día, y que nos hacen la vida grata,
llevadera y próxima.
En las grandes visiones históricas del mundo, de la
presencia del hombre sobre la tierra, a veces
perdemos de vista lo que más cerca tenemos: el
universo de los objetos, de las cosas con las que
nos desenvolvemos en nuestro diario quehacer.
Hablamos de lo divino y de lo humano, del cielo y
de la tierra, de la vida y de la muerte, del saber y
la belleza…, y entre tanta polvareda perdemos a
don Beltrán. Es decir: hemos dado de lado, en ese
historiar el mundo, a lo que de verdad hace la
historia de los días, la historia de las horas, en la
casa, en el campo, en el taller, en la soledad: las
cosas nuestras de cada día. Decía Mark Twain que
él conocía a muchos hombres que podrían vivir sin
una filosofía determinada, pero que les sería
imposible hacerlo sin sus botas ni su pipa…
Afirmación genial, de la que se desprende la
importancia que tienen los objetos menudos, esos
que pasan desapercibidos hasta que empieza á
notarse su ausencia.
Y eso es así porque el hombre no inventó
las cosas al azar, o sin propósito clarísimo. No hay
objeto pequeño a nuestro alrededor que no tenga
una historia amplia y una peripecia compleja en lo
que a su hallazgo o invención se refiere. Después
de todo, el hombre nunca ha buscado lo que no ha
sentido como necesidad.
De mis tiempos de profesor de Historia
Comparada en la Universidad israelí del Negev,
en BeerSheva, guardo con particular cariño la
anécdota de un alumno, Amit, quien me preguntó
“Profesor, sabemos lo que hizo el hombre, e
incluso por qué…, pero ignoramos a menudo cómo
pudo hacerlo, de qué cosas se sirvió…, o cómo dio
con las cosas que le facilitaron la vida…”
Tenía razón Amit. El 90% del tiempo del hombre
transcurre en contacto con los pequeños objetos,
en el trato directo con las humildes cosas: el
cuchillo, la cama, el armario, el anzuelo, los
zapatos o la capa… ¿Quién se ocupa de esas
cosas? ¿Quién ha pensado en su historia? Nadie.
Parece que nadie ha escrito la Historia de las
Cosas. Por eso, en homenaje, y a modo de
modestísimo tributo a los objetos menudos que
rodean nuestra vida de comodidad, pensamos que
conviene decir algo al respecto de ellas. Y
convenir con el filósofo que dijo: “Cosa es todo
aquello que tiene entidad, porque lo que no vale
cosa, no vale nada…”
Pancracio Celdrán Gomariz
El abrelatas
Resulta curioso, a la vez que chocante, observar
cómo la lata de conserva se inventó medio siglo
antes que el abrelatas. ¿Cómo conseguirían abrir
aquellos envases…?
En efecto, la lata fue inventada en Inglaterra en
1810 por el comerciante Peter Durand, e
introducida en los Estados Unidos

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