---------------

Libro PDF El hijo del halcón Profecía 1 Enrique A. Cadenas

Revista H – Enero 2014

Descargar  Libro PDF El hijo del halcón Profecía 1  Enrique A. Cadenas

triangular.
– Galozzo: navío tanto militar como
de mercancías, con 160 remeros y dos
mástiles con velas triangulares.
– Carrak: pesado navío mercante
con tres mástiles y bauprés.
Ejército
El reino de Míttig es un país
anclado en las antiguas tradiciones
nobiliarias, por lo que sus ejércitos son
una amalgama de caballeros, tropas con
soldada y campesinos mal armados y
mal adiestrados que acuden a la llamada
de su señor.
Los reinos más avanzados ya
poseen unos ejércitos más profesionales.
Se dividen de la siguiente forma:
– Bandera: dirigida por un general.
Compuesta por una mezcla de armas,
divididas en Comandos. Alrededor de
5.000 hombres.
– Comando de caballería: dirigido
por un comandante. Dividido casi por lo
general en 3 unidades, totalizando unos
500 hombres.
– Comando de infantería: dirigido
por un comandante. Dividido por
unidades, entre 3 y 8, dependiendo del
arma del que se trate. Entre 750 y 2.000
hombres.
– Unidad de caballería: dirigida
por un capitán. Entre 150 y 200
hombres.
– Unidad de infantería: dirigida por
un capitán. Alrededor de 250 hombres.
Prólogo
La lluvia era pegajosa. Cuánto se
parecía a las trombas de agua que caían
en las semanas estivales, pero claro,
estaban a la mitad del invierno. Aún así,
Franz vestía pantalones y blusa ligeros.
El chico se preguntaba qué habría
pasado en los siglos anteriores a su
nacimiento, hacía ahora casi quince
años, ya que los últimos veranos se
habían ido alargando de forma gadual,
hasta dejar al invierno apenas unos
cuantos días de vida, como si su
existencia testimonial tuviese sentido
solo para poder seguir celebrando las
fiestas del Solsticio.
Franz Shoóster se dirigía hacia las
caballerizas. Debía ensillar uno de los
caballos de su señor. Como escudero
novel estaba entre sus funciones el tener
preparada la montura antes del
amanecer. Él no acompañaría al conde
en su mañana de trabajo. Nunca lo hacía.
Dichoso trabajo aquel de cabalgar y
cazar alimañas rodeado de amigos. A
Franz le gustaban los caballos pero,
como el humilde hijo de zapatero que
era, no había tenido oportunidad de
conocerlos con anterioridad, solo de
lejos. Pero en este último año, su
dedicación a ellos era casi completa,
aunque lo único que había conseguido
montar eran potros de escasa valía. Aún
así, todavía seguía soñando que era un
gran caballero cuando trotaba sobre uno
de ellos durante las prácticas de
equitación dentro del castillo.
―Eh, Franz, ¿qué caballo quiere el
conde para hoy?—preguntó Willie, el
escudero de armas del conde.
―«Nada de caballos, muchacho.
Hoy prepárame a Estrella»—contestó
Franz, con una voz gutural que no le
correspondía y que Willie acompañó
con un par de carcajadas.
―Pues si el conde requiere su
yegua favorita, dudo que vaya de caza.
Además, tampoco me ha ordenado que
limpie sus venablos…
―Qué extraño…todo el castillo
sabe que hoy sale de caza…
―Tú prepárale a Estrella y cumple
sus órdenes; «zapatero a tus zapatos»—
terminó diciendo Willie, no sin sorna.
Franz no puso mala cara. Estaba
acostumbrado a la chanza desde hacía
casi un año. Justo desde aquel feliz día
en el que había sido enviado al castillo
del conde por mandato del alguacil del
pueblo. Un feliz día que contrastaba con
el aciago día, una semana antes, en el
cual sus padres habían muerto debido al
incendio fortuito de su casa-taller. Sus
dudas sobre qué sería de él, habiéndose
quedado sin familia y sin hogar, se
habían desvanecido cuando el conde en
persona le acogió y le dio la
oportunidad de servirle como escudero,
aunque ni tenía ascendientes nobles, que
él supiera, ni mostraba grandes aptitudes
guerreras ni tampoco el conde era
conocido por ser un piadoso creyente.
En realidad, no era el mejor
escudero del reino, ni siquiera del
castillo, pero sí era curioso y poseía una
gran retentiva. La vida como escudero le
llenaba más que la anterior vida de
forzoso aprendiz de zapatero, de la cual
solo echaba de menos el amor de sus
padres. Debía acostumbrarse. Aquella
vida ya no volvería.
Decidió, puesto que no tenía nada
mejor que hacer, ensillar a Chusco, el
potro más tranquilo de las caballerizas,
y escapar unas horas del castillo, con la
excusa de que necesitaba entrenar un
poco más el arte de la monta, excusa
que, por otro lado, no estaba exenta de
veracidad.
No sabía las palabras adecuadas
para poder explicar la sensación de
libertad que lo envolvía en las pocas
ocasiones en que había tenido
oportunidad de salir a montar fuera del
castillo. Tampoco es que pretendiese
hacerlo. Solo era algo que quería
guardar para sí, desconociendo que,
quizá, esa misma sensación la estuvieran
experimentando cientos de escuderos
noveles por toda Astiria. Cabalgaba por
los extensos prados que rodeaban la
colina sobre la que se asentaba el
castillo condal, prados verdes henchidos
de agua de la lluvia matinal que, aunque
ahora extinta, se evaporaba debido al
incipiente sol invernal de esta insólita
época. Creía que no tenía un camino
predefinido, que su único deseo era
evocar de nuevo los sentimientos que le
producían el jugar a que no era un
muchacho de apenas ocho palmos de
altura, sino un poderoso caballero de al
menos diez, aunque en el fondo de su
privilegiado cerebro supiese que no era
cierto. Quizá fuera el azar, o el destino, o
una rara concatenación de ambos el que
hiciera que se fijara en que, muy por
delante de él, aparecía la figura de un
jinete sobre una magnífica yegua blanca.
No es que fuera capaz de distinguir
desde tal distancia si era un caballo o
una yegua, pero no hacía ni una hora que
había palmeado el poderoso cuello de
Estrella antes de ensillarla para el
conde.
Sin meditarlo en profundidad, tomó
la resolución de seguir a su señor
procurando pasar inadvertido, más como
un juego para su preparación como
futuro combatiente que con una intención
inconfensable de huroneo.
Al cabo de lo que podría creer que
serían unos quince minutos, Franz
observó desde la distancia que su señor
iba camino del bosque Dúnkel, extraño
lugar escogido para cazar, aunque,
claro, el conde no iba ataviado para la
caza, ni montado en uno de sus corceles
de caza, ni armado con alguna de sus
muchas azagayas de caza, ni siquiera, y
eso era lo más raro, acompañado de su
inseparable cortejo de caza. Acaso esa
inconfesable intención de huroneo sí que
empezaba a hacer mella en su ánimo,
por lo que, con un naciente hormigueo
que comenzó a subirle desde la parte
baja de la espalda, determinó acabar lo
que había comenzado y apremió a
Chusco para que tomara la misma
dirección, aunque manteniendo un
razonable intervalo entre ellos, para
intentar pasar lo más desapercibido
posible.
Al rato, el conde desmontó y entró
en el bosque con su yegua de la brida,
cosa que no extrañó a Franz, ya que no
vio ningún sendero por el que se pudiera
entrar montado hacia la espesura que se
adivinaba. Lo que sí le pareció curioso
fue que el conde se introdujera en el
bosque. Él no sabía qué se podía hacer
en un bosque si no era cazar.
El chico estaba inquieto, pues
nunca había puesto pie en el bosque
Dúnkel, del que las leyendas que se
contaban a la luz de las hogueras
nocturnas decían que había estado
habitado por duendes o gnomos, seres
depositarios de un saber ancestral ahora
desaparecido. Y ya se sabe, se teme más
a lo desconocido que al peligro cierto.
Franz decidió entrar por el bosque
desde un punto distinto al iniciado por
su señor, con idea de atar a Chusco en
una rama de alguno de los árboles del
lindero del bosque, pero bien escondido
para que no se pudiera ver desde fuera
de aquel. Tardó más de lo normal en
anudar las riendas a una rama que creyó
adecuada para tal propósito, porque
parecía que sus dedos habían decidido
independizarse del resto de su cuerpo y
no le hacían caso, o más bien era todo su
cuerpo el que se rebelaba ante la
estúpida aventura que capitaneaba su
mente. Arrancó algunas hojas de una
rama del abedul al que había atado a
Chusco y, sin caer en la cuenta de lo
singular de su existencia en esa época
del año, las estrujó y se las acercó a su
nariz, brotando una fragancia de efectos
terapéuticos que tranquilizaron sus
nerviosas extremidades para, acto
seguido, cortar en diagonal hacia el
posible camino tomado por su señor.
Por fin iba a tener una oportunidad de
poder probar sobre el terreno su
habilidad en el juego de esconder, el
cual practicaba con asiduidad con sus
compañeros en el castillo, en el que, si
bien no era el más fuerte, sí tenía fama
de merodeador.
Un ruido proveniente de más
adentro hizo que sus pies se detuvieran y
vislumbró entre los árboles unas
conocidas grupas blancas que seguían
adentrándose por la espesura. Franz
siguió al conde hasta que este paró y ató
las riendas de su yegua a un tronco
muerto, para, sin perder más tiempo,
continuar andando hacia el interior del
bosque.
Sorprendido por el inusual
comportamiento de su señor, Franz
siguió un camino paralelo, tratando de
evitar que Estrella pudiera delatarlo al
pasar por su lado, con algún inoportuno
relincho, hasta que distinguió un poco
más adelante lo que parecía un claro en
este desconocido bosque. Siguió un
poco más y se escondió detrás de unos
arbustos entre dos grandes robles, los
cuales le permitían una magnífica vista
del claro sin, creía él, la posibilidad de
ser descubierto.
Jamás había visto a alguien con el
pelo color rojo fuego, aparte de a sí
mismo, y nunca en una melena tan larga
como la que lucía la alta y estilizada
mujer que estaba de pie junto a su señor,
con su piel nacarada que pareciese que
jamás un rayo de sol había tocado su
cuerpo, pero a la vez de una belleza
inusual. Su larga túnica negra con
capucha, ahora bajada, tampoco era un
ropaje habitual.
Pudiera ser que ambos ya se
conocieran de antes, puesto que la
conversación que mantenían parecía una
discusión, sobre todo por los gestos de
sus manos al hablar, ya que desde la
distancia era incapaz de distinguir sus
voces. En un momento dado, la mujer se
abalanzó sobre el conde y lo besó, de
forma que, a partir de ese instante, tomó
el control de la situación, llevando al
hombre pegado a su boca casi a rastras,
como si fuera un muñeco de trapo, hasta
una roca rectangular casi perfecta
situada en el centro del claro, la cual
parecía fuera de lugar. Los ojos de
Franz fueron atraídos hacia los laterales
de ese extraño cubo rectangular de
piedra, antiquísimo, recubierto de unos
misteriosos e indescifrables símbolos.
Alguien, hacía mucho tiempo, había
invertido gran cantidad de trabajo en
tallarlos, para yacer ahora abandonados,
allí, en ese intransitado bosque.
La mujer tumbó al hombre sobre el
cubo de piedra, sin dejar de besarlo, y
acto seguido se subió a horcajadas sobre
él y se remangó la túnica, por lo que
Franz pudo observar sus largas piernas
blancas, en contraste con la túnica negra.
La desconocida de larga cabellera roja,
mientras besaba al conde, metió su mano
dentro de su alta bota derecha y, en un
único y fugaz movimiento, extrajo un
largo estilete y le atravesó el corazón.

Web del Autor

Pagina Oficial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------