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Libro PDF El internado Verdad o atrevimiento 1 Mireia Giménez

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—Usted ha trabajado en el periódico desde que llegó a este instituto, ¿no es cierto?
—Sí, ¿cómo lo ha adivinado?
—Evidentemente porque he estudiado sus expedientes escolares y he de reconocer, que el suyo ha sido uno de los más interesantes que he encontrado entre todo el
alumnado. —Isabel no sabía si sentirse alagada o preocupada porque el profesor pensara que era una mojigata que lo único que ha hecho en su vida es pertenecer a
cualquier club o institución para empollones. El profesor continuó ajeno a los pensamientos de su alumna—. Creo que si usted sigue así conseguirá llegar lejos, muy
lejos. —Y tras decir esto se dio media vuelta y se alejó por el pasillo, girándose por última vez poco antes de doblar la esquina—. Y con respecto a su candidatura para
el periódico, no se preocupe haré lo que sea necesario.
Volvió al aula justo unos segundos antes de que la profesora Del Castillo apareciera en clase cargada de un montón enorme de hojas que todas ya sabían lo que podría
ser. Estaban en lo cierto.
—Señoritas, guarden todo el material salvo un bolígrafo azul y la calculadora.
El curso comenzaba.
IV
La mañana había terminado para regocijo de todas las alumnas y en especial para Isabel que le habían parecido todas las asignaturas un verdadero calvario. Claro que
yo estaba segura de que, al menos una, había sido de su agrado.
De camino al comedor Jimena, Violeta, Alejandra e Isabel hablaron de cómo habían pasado la mañana y por supuesto, del nuevo profesor. Todas coincidían de lo
simpático, amable, gentil y buen profesor que parecía ser, pero ninguna se atrevió a decir en voz alta lo que en realidad todas pensaban. Era un joven con el que todas
soñarían esa noche.
Por el medio del patio central se observaba una fila de muchachas que desfilaban en silencio hasta el comedor dirigidas por su Orientadora, la Señorita Raquel. Tan
solo un grupo de cuatro chicas se animaron a mantener una conversación mientras andaban.
En la puerta del comedor se encontraba el adorado Profesor Diego que observaba distraído a la hermosa Raquel, que se convirtió en seguida en la mujer más odiada
de todo el instituto. Todas pensaron que era evidente que un chico como Diego eligiera a la Orientadora de primer curso. Raquel era una joven de buena familia que,
como él acababa de terminar sus estudios y se dedicaba, en este caso, a realizar prácticas como Orientadora. Ella no era ajena a la atracción que desprendía Diego, por lo
que intentó llamar su atención saludándolo con efusividad al pasar junto a él. Pobre ilusa. El corazón de Diego ya tenía un nombre gravado y no era el de su compañera
Raquel.
La fila del comedor siguió avanzando a expensas de lo que sucediera entre dos adultos en la puerta del comedor. Pero los ojos de Isabel solo pedían dirigirse hacia la
escena que se le presentaba a tan solo unos metros. Veía como Raquel jugaba con su sedoso pelo rubio entre los dedos mientras sonreía con cada palabra que Diego le
regalaba pero los ojos de él recorrían la fila de sus alumnas hasta que se encontró con la mirada indiscreta de Isabel. De pronto, ella notó como un calor intenso invadía
sus pómulos dejándolos totalmente colorados, imposible de disimular su pequeño delito de espionaje. Por suerte, el Profesor Diego era demasiado bueno y
simplemente, le sonrió y volvió a su conversación con la maravillosa Señorita Raquel. O, al menos eso pensaba Isabel.
El comedor se encontraba repleto de alumnas distribuidas por mesas y cursos, nunca se juntaban los distintos niveles salvo en ocasiones especiales donde la
hermandad de las alumnas era primordial. Las cuatro amigas buscaron un hueco donde hubiera cuatro sillas juntas y poder conversar durante la comida. Tuvieron suerte.
Las camareras y el servicio comenzaron a servir la comida portando grandes soperas en sus carros que hacían crujir la madera que cubría el suelo del comedor desde
hacía dos siglos. Con estupenda habilidad conseguida a base de trabajo, ofrecían, mesa por mesa, un gran bol de sopa de verduras que acompañaban con pequeños
recipientes repletos de pan tostado, cebolla picada, calabacín troceado y una graciosa botellita de aceite de oliva.
— He de reconocer que está delicioso, Señora Flores —elogió con amabilidad Alejandra a nuestra cocinera que se paseaba cual chef de etiqueta observando las
expresiones que su comida generaba.
— Es Usted muy cortés Señorita —contestó la Señora Flores mientras miraba al resto de comensales para continuar diciendo—. Es poco menos que curioso que
deba venir una nueva alumna para que se aprecien mis platos.
— Oh, vamos. Eso no es cierto —dijo Isabel—. Sabe de sobra que nos encanta su cocina y que no estaríamos tan sanas y hermosas si no fuera por su sublime
comida.
— Que pelota eres —dijo Violeta riéndose en voz baja.
Sin embargo, el comentario de Isabel pareció gustarle a la Señora Flores que abandonó la mesa con una ligera sonrisa dibujada en su rostro.
Isabel dirigió su mirada hacia la mesa del profesorado y ahí estaba. No podía evitar buscarle, pensar en él e imaginar cómo sería pasear de su mano a solas por el parque,
pero lo único que consiguió fue que sus miradas se cruzaran de nuevo. Ella apartó con rapidez su mirada para dirigirla hacia el plato de sopa que tenía delante y nerviosa
comenzó a echar en el plato todos los picatostes y casi cualquier cosa que pillara a su lado y se dispuso a comer sin levantar la mirada.
—¿Qué te pasa? Ninguna de nosotras pretende robarte la comida. Creo —bromeó Violeta.
—Me ha pillado —contestó Isabel.
—¿Quién te ha pillado? —preguntó Alejandra casi con un susurro, pero no obtuvo respuesta.
—No —dijo Violeta boquiabierta—. Te ha pillado el nuevo Profesor, ¿a que sí?
—Sí —contestó Isabel sin dejar de comer.
—Hombre, es mono —comentó Jimena con una sonrisa pícara.
—¿Mono? Es guapísimo —dijo Alejandra—. No me extraña que le mires. ¿Quieres que le pregunte qué piensa de ti?
—No puedes hacer eso —dijo la aguafiestas de Violeta—. Si resulta que a él le gustara Isabel estarían cometiendo un delito ante las normas internas del instituto.
—No te preocupes —se apresuró a contestar Isabel—. Creo que le gusta Raquel, la Orientadora de Primero.
—¿Quién? ¿Barbie? —dice Alejandra mofándose.
—Sí. Los he visto antes hablando animadamente en la puerta del comedor.
—Quizás se conozcan por otras razones. — Trata de animarme Jimena.
—Da igual. No importa. De todas formas no podía ser, ¿no? —dijo Isabel resignada y miró de nuevo hacia la mesa del profesorado para descubrir que esa vez sería ella
la observada.
El Profesor Diego apartó su mirada y realizó algún tipo de comentario hacia la Directora del Centro que le respondió de una manera muy fraternal.
Sentada frente al pupitre de su habitación Isabel solo podía pensar en ese dichoso profesor que la había atrapado con tan solo una mirada. Necesitaba centrarse en otra
cosa, quizás en las Matemáticas, ya que el año pasado consiguió aprobar por los pelos y todo sea dicho, gracias a mí. Sí, parecía un buen plan, prepararse las lecciones
de las clases para poder solventar sus dudas con Doña Carmen al día siguiente. Buscó en su mochila el libro de la asignatura y sin querer sacó el manual de Historia del
Arte, ojeó sus páginas y pensó que quizás, solo quizás, si ella se aplicaba en aquella asignatura, el profesor le prestaría atención.
«No. Isabel céntrate. Matemáticas» pensó. Cogió su libro, pero al abrir sus primeras páginas un duro recuerdo le abordó. Recordó como hacía tan solo unos meses,
durante el curso anterior, su mejor amiga estaba sentada a su lado ayudándola a comprender cada problema. Recordó la fatídica noche en la que me perdió para siempre.
Todo ocurrió hace unos dos meses, justo a los pocos días de acabar el curso escolar. Como cada verano, íbamos casi todos los días al lago a pasar la tarde. Isabel y yo
siempre hacíamos competiciones desde que éramos pequeñas, éramos las mejores amigas siempre fuera de la pista. El primer año superamos juntas las pruebas para el
equipo de atletismo donde Jimena ya competía, además, nos pusieron en la misma habitación y nos unieron como a hermanas. En fin. El caso es que aquel día decidimos
quedar todas juntas por la noche y divertirnos un poco más. Llevamos algo para cenar y por supuesto, algo más para beber. Yo comencé nuestro juego:
—¿Verdad o atrevimiento? —pregunté a las chicas dándole un último trago a mi vaso.
Por supuesto, Isabel fue la primera en contestar.
—Atrevimiento.
—Muy bien —dije mientras me preparaba quitándome la ropa—. ¿Quién se atreve a nadar hasta la boya y volver?
—¿Es una carrera? —preguntó Jimena.
—¿Lo dudas? —contestó Isabel siguiéndome hasta la orilla en ropa interior.
—Yo paso. Estáis locas —dijo Violeta—. Cómo os pase algo yo no quiero saber nada.
—Aguafiestas —gritó Jimena mientras corría hacia nosotras.
Las tres nadamos a toda velocidad para poder ganar aquella carrera. Recuerdo que toqué la boya y me dispuse a regresar. Jimena e Isabel me adelantaron, pero yo no
pude seguirlas. Mi pie quedó atrapado bajo el agua, enredado en un alambre. Intenté soltarme con todas mis fuerzas pero solo conseguí hundirme más y más. Noté
como mis pulmones se encharcaban poco a poco. Quise gritar. Pero ya era tarde.
V
La mañana se les había hecho eterna, era el día de las charlas y presentación de las distintas actividades extraescolares que ofrecía el centro. Estas actividades eran en
principio voluntarias pero, si las clases acababan a las cuatro y media de la tarde y la salida no era hasta las seis, entonces solo podías hacer tres cosas: estudiar sin
parar, participar en alguna de estas actividades o morirte del asco en un aula. Isabel lo tenía claro, siempre hacía lo mismo. Por un lado, su pasión, el club de atletismo y
por otro lado, su conciencia, el periódico. Pero este año iba a tener otra actividad que no sabría hasta que el ponente hizo su aparición en el escenario del salón de actos.
El Profesor Diego sería uno de los profesores que, sin ser tutores de la actividad, participarían en uno de los pocos clubs mixtos de profesores y alumnas: el club de
lectura.
— ¿Ya sabes a lo que te vas a inscribir? —le preguntó Alejandra a Isabel—. La verdad que estoy un poco perdida con tanta actividad — comentó mientras ojeaba la
hoja de inscripciones en la que solo había puesto su nombre y curso.
— Sí. Jimena y yo estamos en el equipo de atletismo si quieres venir con nosotras —contestó Isabel—. Además, estoy en el periódico y este año pienso
presentarme para redactora jefe.
— Uf. A mi eso de ser periodista no me va mucho, la verdad. Pero creo que os acompañaré en el equipo de atletismo —dijo Alejandra más ilusionada—. ¿Cuándo
hacen las pruebas?
— Supongo que la semana que viene — contesta Jimena que estaba sentada justo detrás de ellas—. Isabel, ¿no te vas a apuntar al Club de lectura?
Isabel le hizo una mueca sacándole la lengua y las tres amigas se rieron divertidas. Pero sí, aunque no le contestara todas sabían la respuesta. De hecho, no sería la
única de mis amigas que acabaría en ese Club.
La mañana terminó y las cuatro chicas fueron al comedor. Como cada día buscaron las cuatro sillas que de un modo implícito serían de su propiedad hasta fin del
curso y esperaron de pie junto al resto a que la Directora hiciera acto de presencia. Antes de sentarse la Señora De la cruz les guió en una oración dándole las gracias a
nuestro Señor por ofrecerles, una vez más, un plato caliente que llevarse a la boca.
— Amén —contestaron todos al unísono. A lo que la Señora De la Cruz respondió con su permiso para que se sentaran y disfrutaran de la comida y la conversación
discreta.
— Creo que el Profesor Diego viene directo a la mesa —comentó Alejandra que captó de inmediato la atención de sus tres amigas.
— Señoritas —saludó el Profesor y sin darles tiempo a responder continuó—. Isabel, me gustaría hablar con usted al finalizar la comida. Reúnase conmigo en la sala
de profesores a eso de las tres. Que aproveche —diciendo esto se fue del mismo modo que había llegado.
— ¡Ooooh! —dijo Violeta burlona—. Una cita a solas.
—No seas idiota. Querrá hablarme de alguna cosa relacionada con las clases, evidentemente —contestó recalcando aquella última palabra.
Faltaban diez minutos para las tres de la tarde pero como siempre nos habían enseñado a ser puntuales en las citas formales y que un mínimo retraso era imperdonable,
Isabel prefirió esperar pacientemente en el banco que se encontraba frente a la puerta de la sala de profesores. Cada minuto miraba su reloj frustrada al ver que cada
minuto sumaba a escondidas segundos para hacerla sufrir.
Cuando tan solo quedaban un par de minutos decidió informar de su presencia a Raquel que, por casualidad, ese día tenía que encargarse de la Secretaría.
—Muy bien, espera un minuto que avise al Profesor y enseguida te llamo —le dijo con una agradable sonrisa. Aunque en los dos últimos días Isabel había decidido
odiarla para siempre no podía negar lo evidente, la Señorita Raquel era realmente simpática y jamás había escuchado ningún chismorreo de ella—. Señorita Alcázar,
puede pasar, le están esperando.
—Muchas gracias Señorita Barb… Raquel.
Entró en la Sala y descubrió que en una mesa grande que ocupaba todo el centro de la estancia se encontraban sentados el Profesor Diego y Lady Stanford, su apreciada
cita tan solo era una reunión.
«¿Qué iba a ser sino estúpida?» pensó.
—Siéntese Señorita Alcázar —dijo Lady Stanford con un acento británico que seguía delatando su procedencia.
Al tomar asiento ambos abrieron una carpeta que parecía ser una copia del expediente académico de Isabel. Lady Stanford se puso sus gafas apoyándolas casi en la
punta de la nariz.
—Señorita Alcázar, veo que ha presentado su candidatura para redactora jefe del periódico — dijo Lady Stanford mientras Isabel asentía con la cabeza y observaba las
gafas tan cercanas a la punta de la nariz que en cualquier momento caerían, estaba segura—. ¿Sabe que no es la única? —continuó la bibliotecaria ajena a los
pensamientos absurdos de su alumna—. Debe saber también que todas las aspirantes deben tener un miembro del profesorado que avale su candidatura para poder
presentarse al cargo. Por suerte para usted el joven Profesor Diego De la Cruz apoya su candidatura por lo que podremos continuar con su pre selección.
—Buenas tardes, Señorita Alcázar —saludó cortésmente el Profesor.
—Buenas tardes —respondió Isabel.
—Mi responsabilidad es informarle de que se encuentra frente a otras dos candidatas de su mismo nivel y que han sido avaladas por diferentes profesores. —El
Profesor Diego tomó una pausa y continuó—. Por ello hemos pensado que las tres deberéis realizar una entrevista a un miembro del profesorado que elijáis y entregarla
no más tarde de la finalización de las clases de este viernes.
—¿Este viernes? —preguntó por la prontitud de la fecha.
—¿Tiene algún inconveniente Señorita Alcázar? —preguntó Lady Stanford colocándose las gafas antes de que cayeran.
—En absoluto Lady Stanford —respondió—. Tendré esa entrevista a tiempo.
—¡Eso es! —exclamó Diego—. Quiero decir. Muy bien, esto es todo —dijo con un carraspeo sospechoso.
—Puede retirarse —le despidió Lady Stanford dando por finalizada la reunión.
¿Quiénes serán las otras dos chicas? Eso os lo diré a su debido tiempo aunque lo que sí os puedo adelantar es que eran de último año.
Mi ex compañera de habitación volvió paseando a la misma mientras pensaba qué profesora debería elegir para la realización de la entrevista. Debía ser alguien a quien
las chicas quieran conocer de verdad y saber su vida, ni que decir tiene que ella hubiese dado lo que fuera por entrevistar a su validador pero no podía entrevistarle,
podrían pensar que la había ayudado a conseguir el puesto.
Al llegar al hall de la residencia vio que había un gran número de estudiantes que miraban el tablón de anuncios. Se acercó para ver que sucedía cuando una de las chicas
le dio la respuesta.
—Ya han colgado los listados de las actividades extraescolares.
Trató de ver sobre los hombros de las alumnas que había delante de ella hasta que consiguió llegar a primera fila. Se buscó entre los listados de las actividades en las que
había solicitado participar. Como cada año se encontraba en el equipo de atletismo como titular, buscó entre las aspirantes a Alejandra y vio que Jimena tenía razón, le
harían las pruebas la semana que viene. Después se encontró en el Club de lectura, echó un vistazo rápido al resto de la lista y se sorprendió al ver a Violeta, ¿por qué
no le había comentado nada? Curioso pero no era lo que más le importara en aquel preciso momento. Buscaba desesperada la lista del periódico. Al fin lo encontró y
descubrió que justo delante de ella aparecían dos nombres que, al igual que el suyo, iban acompañados de una leyenda que decía: «Aspirante a Redactora Jefe».
Para su sorpresa, se encontró con el nombre de Natalia Becker, una de las gemelas. No las he soportado nunca, siempre han conseguido lo que han querido a prueba del
talonario de su padre, tenían hasta un aula con sus nombres y por supuesto, el centro siempre las había tratado demasiado bien.
—¿Sorprendida? —Era Sonia Becker, la otra gemela que le sonreía con verdadera malicia—. Sabes que estás perdida, ¿no? Ese puesto es para mi hermana. No hace falta
que realices ningún trabajo.
Todo su séquito se rió estridente alejándose de allí y dejando a Isabel sola ante el tablón.
Las odiaba. Creídas, superficiales, malcriadas y egoístas que no conocían el significado del compañerismo ni de la amistad. Encima aquel año Isabel coincidiría con las
dos: con Natalia en el periódico y con Sonia en atletismo, soportando que esta última fuera la estrella de la pista.
El tercer nombre pertenecía a Violeta, por alguna razón que a mí me comenzaba a mosquear, había vuelto a no decir nada. Isabel ya llevaba dos listados en los que
compartía actividad con la que creía su amiga y sin que ella le hubiera dicho nada en absoluto.
Estaba a punto de largarse cuando algo le llamó la atención del listado de Voleibol donde aparecía Alejandra como entrenadora suplente y ayudante de la Señora Pelayo.
De pronto se le ocurrió una idea. Corrió hasta la habitación con la esperanza de encontrar a su nueva compañera.
VI
Después de dos días de duro trabajo en la dichosa entrevista, consiguió terminarla poco antes de la llamada a si

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