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Libro PDF El jardín de atrás Inés Díaz Arriero

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al pueblo donde se habían criado y
donde realmente estaba toda su vida. Él
había conseguido un importante puesto
en el Ayuntamiento y ella no tendría
problemas para obtener una plaza de
profesora en la escuela donde había
estudiado de niña. Los dos se miraron
sabiendo perfectamente que el otro
también estaba recordando todo lo
vivido años atrás. Se sonrieron y se
abrazaron, sintiéndose más felices de lo
que lo habían sido en mucho tiempo. Y
así se quedaron un rato largo, plantados
en medio del salón, abrazados, y
orgullosos de su nuevo hogar.
En el piso de arriba, Daniel no lo
tenía tan claro. Sus padres le habían
contado que allí podría jugar libremente
en la calle y eso le hacía muchísima
ilusión. Sin embargo, no le entusiasmaba
demasiado haber tenido que dejar a sus
amigos y mucho menos tener que
empezar en un colegio nuevo. Miró
alrededor. Su habitación nueva era
mucho más grande que la antigua y eso
le gustaba. Además todos los muebles
eran nuevos y tenía más espacio para
colocar sus juguetes y sus libros. Hacía
un rato que había terminado ya de
ordenar todo y, aunque le costase un
poco admitirlo, él también se sentía muy
orgulloso de su nueva habitación. Sin
duda, lo que más le gustaba era la
ventana abuhardillada. Cogió su silla, la
acercó a la pared para subirse en ella y
se asomó por la ventana. Lo único que
alcanzaba a ver eran algunas casas y
muchísimos árboles. Abrió un poco la
ventana y llenó los pulmones del aire
fresco que entró por la rendija. Daniel
se animó un poco pensando que tal vez
sería divertido vivir en aquel pueblo. Al
fin y al cabo, sus padres crecieron allí y
parecía que lo habían pasado muy bien.
Con este pensamiento decidió finalmente
bajar al salón para reunirse con ellos.
Además era la hora de cenar y se moría
de hambre.

Al día siguiente eran apenas las diez
de la mañana cuando Nerea entreabrió
ligeramente sus ojos azules y vio que la
persiana dejaba entrar unos rayos de sol
que iban a parar directamente a su
póster de La Cenicienta. Desde la
cocina, situada en el piso de abajo,
llegaban diferentes sonidos, seguramente
amortiguados por una puerta cerrada.
Nerea se restregó los ojos, se desperezó
y se levantó de la cama con sus
preciosos rizos rubios todos enredados.
Se puso sus zapatillas rosas, cogió al
Señor Cito, su ratón de peluche, y bajó
la escalera todavía restregándose los
ojos. Cuando llegó a la cocina abrió la
puerta y dentro vio a sus padres, ambos
ataviados con un delantal, moverse muy
deprisa de un lado para otro partiendo
verduras, batiendo huevos y fregando
platos. Nerea se quedó allí un rato
observándolos hasta que por fin se
dieron cuenta de su presencia.
—¡Anda, si la princesita de la casa
se ha levantado! —Joaquín cogió a su
hija en brazos y le dio un beso—.
¡Buenos días!
Elvira se acercó a ellos y también
besó a la niña. Joaquín la soltó en una
de las sillas que rodeaban la mesa y se
dispuso a prepararle el desayuno: un
tazón de leche con cacao y unos
cereales. Mientras desayunaba, Nerea
no podía dejar de mirar a sus padres que
parecía que eran incapaces de estarse
quietos. Cuando hubo acabado se quedó
sentada un buen rato más, observándolos
sin decir ni hacer nada por miedo a
desconcentrarlos. Nerea no entendía que
ocurría; nunca había visto a sus padres
tan agitados.
—Bueno, pues esto ya está. La tarta
tiene que estar una hora en el horno y
después meteremos el pollo —sentenció
Elvira, satisfecha con el trabajo
realizado, mientras Joaquín terminaba
de fregar algunos cacharros.
La mujer miró el reloj y vio que eran
ya casi las once.
—Será mejor que empecemos a
arreglarnos —dijo a la vez que cogía a
Nerea en brazos para llevarla a la
bañera. Después la ayudó a vestirse y le
recogió la melena en una coleta sujeta
con un lacito azul.

Un par de horas más tarde sonó el
timbre. Elvira, emocionada, casi corrió
a abrir la puerta. En el otro lado
apareció una pareja que saludó
efusivamente a los padres de Nerea.
Ella, medio escondida detrás de
Joaquín, se fijó en el niño que los
acompañaba. Era moreno e iba peinado
con la raya al lado. Tenía los ojos
oscuros y vestía un pantalón corto y una
camiseta. Cuando Daniel vio que Nerea
le miraba, le sacó la lengua, a lo que
Nerea respondió poniendo morros.
Joaquín se dio la vuelta y dio la
mano a Nerea. Hizo que avanzara un
poco y se la presentó a la pareja, aunque
ella no estaba muy convencida de querer
conocerlos.
—Mira hija, son unos amigos de
mamá y papá. Cuando éramos pequeños
jugábamos siempre juntos. Se llaman
Chelo y Pedro.
La pareja sonrió a la niña que
contestó con un tímido «hola» y volvió a
esconderse tras las piernas de su padre.
Joaquín no pudo evitar reírse.
—Su hijo se llama Daniel. Tiene
nueve años —añadió Elvira con dulzura,
tratando de animar a su hija a salir de su
escondite. Sabía que Nerea era bastante
tímida con la gente a la que no conocía,
pero una vez que cogía confianza era una
niña muy simpática.
Un momento después, estaban los
seis sentados en el salón. Los dos
matrimonios charlaban sin parar,
recordando todas las aventuras que
habían vivido juntos antes de que Chelo
y Pedro tuvieran que irse del pueblo.
Reían, se ponían serios y volvían a reír
a carcajadas. «¿Os acordáis ese día
que…?» era la frase que más repetían.
Nerea estaba sentada en la alfombra
jugando con el Señor Cito y Daniel leía
un cómic que se había traído de casa
escondido bajo la camiseta.
—Bueno, creo que va siendo hora de
comer —propuso Elvira al darse cuenta
de lo tarde que se había hecho.
A todos les pareció muy buena idea
y salieron al jardín para dar buena
cuenta del pollo asado, las patatas y la
ensalada. Durante la comida no se
detuvieron las anécdotas y las risas.
Tenían muchas cosas que contarse y
muchos momentos que rememorar.
Nerea miraba a Daniel de reojo mientras
comía. Él a veces la pillaba
observándole y le sacaba la lengua.
Cuando acabaron de comerse la tarta,
Chelo propuso a Daniel que fuera a
jugar con Nerea.
—¡No pienso jugar con ella! Es muy
pequeña, sólo tiene seis años —
refunfuñó él.
—¡Yo no soy pequeña! —se
defendió Nerea.
Elvira acarició el pelo de su hija y
se le ocurrió una idea: —¿Por qué no le
enseñas tu casita del árbol?
—¿Tienes una casa en un árbol? —
preguntó Daniel bastante interesado.
—Sí, me la ha hecho mi papá —
respondió Nerea muy orgullosa.
Daniel se levantó de su silla y se
acercó a donde estaba Nerea.
—Perdón por llamarte pequeña. ¿Me
enseñas la casa?
Nerea se lo pensó un poco pero
enseguida asintió con la cabeza, se
levantó de la silla con el Señor Cito en
la mano y echó a correr por el jardín
seguida de Daniel.
Cuando llegaron a la parte trasera de
la casa, el niño se detuvo y exclamó: —
¡Que guay!
Ante sus ojos se encontraba un árbol
con el tronco muy grueso y sobre él una
pequeña casita de madera. Nerea vio
que Daniel tenía la boca abierta de par
en par y sonrió orgullosa. Le invitó a
entrar y, uno detrás de otro, subieron por
la escalerilla que Joaquín había
construido pegada al tronco. Cuando
llegaron arriba, Nerea descorrió la
cortina que tapaba el hueco de la puerta
y Daniel observó el interior. No le
faltaba ningún detalle. Tenía dos
pequeñas ventanas a los lados y una más
grande justo en frente de la puerta por la
que podían verse la montaña y las nubes
blancas que corrían ligeras por el cielo.
Todas ellas tenían sus correspondientes
cortinas. En el centro de la casa había
una pequeña mesa llena de tazas, platos,
y demás cacharros de juguete. Incluso
una pequeña lamparita, que funcionaba
con una humilde instalación eléctrica,
colgaba del techo. Esparcidos por el
suelo había varios cojines de colores.
Nerea se sentó en uno de ellos y empezó
a jugar con los cacharros. Sin duda, era
la hora de tomar el té con el Señor Cito.
—¿Quieres tomar el té? —preguntó
distraídamente a Daniel.
—No gracias, eso son juegos de
niñas pequeñas. Prefiero leer un rato —
respondió él, sentándose sobre un cojín
y sacando su cómic.
Nerea se enfurruñó de nuevo.
—¡Yo no soy pequeña! —gritó justo
antes de sacarle la lengua. Le dio la
espalda y siguió jugando tranquilamente.
Pasado un rato Nerea se levantó y se
acercó a Daniel que seguía sentado en la
misma posición concentrado en el
cómic. Levantó al Señor Cito y se lo
puso al niño frente a la cara.
—¿Podemos leer contigo? —
preguntó Nerea, moviendo al ratón de
peluche y poniendo una graciosa voz.
Daniel se rio y le señaló el cojín que
se encontraba a su lado. Nerea se sentó
y empezó a mirar atentamente el cómic.
Daniel comenzó a explicarle la historia:
«Mira, este es el gigante malo. Se
alimenta de pelo de la gente, pero este
de aquí va a salvarlos a todos…»
Horas más tarde, Daniel escuchó la
voz de su madre que le llamaba. Los dos
niños bajaron de la casa.
—Es hora de irnos. ¿Lo has pasado
bien? —dijo Chelo.
—¡Sí! ¿Podré venir otro día a jugar?
—respondió él muy agitado.
—Eso se lo tendrás que preguntar a
Nerea —contestó la mujer sonriendo.
—¿Puedo volver? —preguntó
Daniel dirigiéndose a Nerea.
—¡Pues claro! —respondió ella
alegremente.

Al día siguiente, Daniel tuvo q

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