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Libro PDF El mundo del ahora El despertar de Loxran 1 Marcos Nieto

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No tenía ninguna intención de escapar
del claustro que mi propia madre había
creado para mí, pero por alguna extraña
razón, mi cuerpo deseaba lanzarse al
exterior, recorrer las calles de Londres,
los callejones, los teatros, las plazas…
Todos los días bajaba hasta la puerta y
lo intentaba, intentaba escapar de mi
prisión, mas tras tantos años de
confinamiento, mi cuerpo no era capaz
de hacerlo. Muchas veces pensé que
quizá padecía agorafobia…, o tan solo
era un cobarde.
Pasaron tres meses y mi situación
empezaba a ser desesperante. No podía
estar encerrado de por vida, o quizás sí;
estaba confuso y mi mente no dejaba de
pensar en la posibilidad de salir al
exterior, de visitar Londres, de ser un
habitante más.
Por aquel entonces, los Beatles
arrasaban con su Yellow Submarine, y
un grupo llamado Led Zeppelín lanzaba
su primer disco. Morían personas,
nacían otras… en fin, el mundo giraba y
giraba. Esa mañana, como siempre, mi
querido Walter, puntual, entró por la
puerta.
—Le traigo el periódico, señor
Loxran.
—Muy bien, lo leeré ahora mismo.
El London Herald de principio a fin
era mi monotonía matinal. Gracias a él
me mantenía al corriente de lo que
sucedía en la ciudad del Big Ben, del
Palacio de Buckingham, de la Catedral
de San Pablo. ¿Cómo podía vivir en una
ciudad tan bella y no ser capaz de salir
al exterior?
Aquel año, el de mil novecientos
sesenta y nueve, personas como Rocky
Marciano o el expresidente
norteamericano Eisenhower dejaron este
mundo para trasladarse al otro. Muchas
más lo hicieron, y es triste que sólo
recuerde a esas dos. El Milán ganaba su
segunda Copa de Europa al derrotar en
la final al Ajax de Ámsterdam, y Jackes
Stewart se proclamaba campeón del
mundo de la Formula 1. Además, el
Apolo 11 surcó los cielos en dirección a
la Luna, un destino que se encontraba a
cuatrocientos mil kilómetros de
distancia: un viaje sin precedentes hacia
otro mundo.
Mientras ojeaba el periódico con
detenimiento, Walter se despidió de mí,
aunque ese día, lo hizo de una forma
diferente: su habitual «hasta mañana», se
había tornado un «adiós» seco, tajante.
No le di demasiada importancia, pero
aquel «adiós», esa corta palabra, se
quedaría grabada a fuego en mi mente
durante mucho tiempo.
Nunca más volví a verle.
A la mañana siguiente, al despertar, el
mundo se tiñó de rojo. Sin tiempo a
reaccionar y con los ojos aún
entumecidos, me di cuenta de que la
casa estaba en llamas. Por debajo de la
puerta de mi cuarto, el humo, denso y
negro, entraba sin descanso dándome los
buenos días. A duras penas conseguí
llegar hasta la puerta, casi a rastras, al
borde del ahogamiento. Los ojos me
escocían, no podía ver nada y cuando
intenté abrirla, el pomo ardía y me
quemé. Con un grito de dolor la abrí y al
hacerlo, la cosa no mejoró. Las llamas
lo devoraban todo; pedazos de techo
caían seguidos de estruendos y chirridos
que presagiaban un colapso inminente
del que hasta ese día había sido mi
hogar. La vida pasó ante mis ojos
fugazmente: vi a mi madre, a Walter, y
recordé su «adiós». Ahora lo entendía.
Iba a morir en ese mismo instante, a
quemarme vivo, a exhalar mi último
aliento. Pero de pronto, algo dentro de
mí se retorció, se enfureció y dijo: «¡no,
hoy no!», y mis piernas, como guiadas
por alguna fuerza extraña, comenzaron a
correr hacia la ventana. Sentí mucho
calor, un dolor intenso recorrió todo mi
cuerpo, como si anduviera por el
mismísimo infierno, pero cerré los ojos
y continué avanzando. Las llamas
danzaban a mi alrededor, intentaban
arrancar la vida de mi cuerpo, pero
seguí corriendo. Varios trozos de techo
en llamas cayeron sobre mi cabeza y no
sentí nada, como si nadie pudiera
hacerme daño, como si aquel día yo
fuera indestructible, inquebrantable. Y
abrazado por un mar de llamas proseguí
hacia mi inevitable destino.
Y la ventana se hizo añicos, los
barrotes de mi celda se quebraron en mil
pedazos, mis huesos crujieron y
entonces… vi la luz, una luz cegadora.
Sentí mi cuerpo flotar, sonreí, al fin lo
había logrado, estaba fuera, el mundo se
descubría ante mí.
Lo siguiente que vieron mis ojos fue
las incrédulas caras de mis vecinos,
agolpados a mi alrededor, fijando sus
miradas en ese extraño ser que acababa
de saltar por la ventana de una casa en
llamas.
—¿De dónde ha salido esta criatura
de Dios? —se preguntaban.
Nadie me había visto antes, aunque yo
llevara dieciséis años observándoles
por las ventanas de mi hogar; hogar que
yacía carbonizado a mi espalda. La
gente no dejaba de murmurar y
murmurar, hasta que un agente de la ley
se acercó al ver el tumulto.
—¿Qué pasa aquí? ¡Apartaos!
—¡Este muchacho ha saltado por la
ventana, nunca antes lo habíamos visto!
—se apresuró a decir uno de los allí
agolpados.
—¡Seguro que es un ladronzuelo que
ha entrado a robar y en su intento le ha
prendido fuego a la casa! —aventuró
otro.
Mi cabeza aturdida aún por el golpe,
y las palabras de esas gentes
retumbando en mi cabeza como un
pájaro carpintero haría en el tronco de
un árbol… Intentar dar una explicación
lógica no hubiera servido de nada, la
pura verdad, la historia de mi vida solo
me hubiera hecho parecer más culpable;
e hice lo único que podía hacer: correr a
toda prisa, con todas mis fuerzas. El
policía intento darme caza, pero yo era
rápido, muy rápido; otra cosa que
acababa de descubrir.
Corrí hasta encontrar un callejón en el
cual me sentí seguro. Me senté en el
suelo mojado, sucio, y lloré durante
horas, y palpé que mi mundo se
desmoronaba al igual que mi casa poco
tiempo atrás. Rodeado de inmundicia,
sentí como las lágrimas brotaban y de
igual manera, los recuerdos de mi
infancia lo hacían en lo más profundo de
mis entrañas. Vi a mi madre con su tiza
en la mano, radiante, dándome clases de
matemáticas delante de aquella pizarra
que fue testigo de los mejores años de
mi vida. Recordé las clases de gimnasia,
de geografía, de historia, de religión… y
por más que lo intentaba, mi cabeza no
dejaba de darle vueltas a la locura que
había sido mi vida. Sentir que los días
frente al fuego leyendo a Shakespeare no
volverían…, desgarraba mi alma hasta
tal punto que pensé en quitarme la vida,
acabar de una vez por todas con esa
pesadilla, destruirla; pero yo no era un
cobarde, y limpiándome las lágrimas
con la única parte limpia de la camisa
que me quedaba, me dispuse a seguir
viviendo, a respirar, aunque fuera como
un simple mendigo, pidiendo limosna
por las calles para poder comer un
pedazo de pan duro.
Entonces ocurrió algo inesperado, y
mi cuerpo se petrificó al instante. Detrás
de mí se hallaba alguien, lo supe porque
acababa de tocarme la espalda: dos
toquecitos a la altura de mi hombro
derecho. Estaba perdido, me habían
descubierto.
Y cuando me volví, no vi a ningún
agente de la ley ni a ningún vecino
tratando de atraparme. Cuando me giré,
la vi a ella: una muchacha de mi edad,
de cabellos rubios, piel clara, esbelta,
preciosa. Me quedé mudo y ella me
sonrió; no podía decir nada. Vestía
harapos, el pelo sucio y enmarañado, y a
mí me parecía el ser más hermoso que
mis ojos habían contemplado.
—Hola, ¿qué haces aquí? Esta es una
zona peligrosa —dijo mirándome a los
ojos.
—No lo sé, estoy perdido, mi casa…
—No tenía ganas de dar explicacione

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